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El sonido repetitivo de las máquinas de hospital inunda la fría habitación. Las respiraciones contrastantes; el leve aleteo de una nariz perfilada y el aliento de limón de una dama con colmillos filosos; ambos se entremezclan con el pitido constante en compás, con el viento suave que entra por una ventana abierta que deja colarse al sol de una primavera helada, con el crujir de las sábanas blancas impolutas que se arrugan cada segundo ante el peso del pulso sin cambios. Un bolígrafo en la mano derecha; una intravenosa en la muñeca izquierda. El corazón latente, cansado, grande y pequeño en partes iguales continúa allí, el cuerpo físico continúa allí. Él tiene una forma, él tiene calor. Él está allí, tal vez con todas sus piezas, tal vez por completo y tal vez finalmente de una manera a como nunca lo ha estado antes.
Y aún así, él está durmiendo. Durmiendo por— ¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo continuará durmiendo? Cuánto. Cuánto. Cuánto.
(Él es un soñador demasiado soñador.)
Han Sooyoung no sabe cuándo despertará. Querría dar un número, pero su cabeza es un lío, no sabe pensar, no sabe qué hacer.
Sus delgados dedos se aprietan al bolígrafo. Quiere escribir algo, algo en el pecho de este hombre, algo que llegue a su alma fragmentada (que ha sido vuelta a reconstruir como un rompecabezas). Algo. Necesita escribirle algo, algo que llegue a él, algo que consiga mover esa terca cabeza inconsciente.
Algo como lo que ya hizo antes. Escribir una novela casi eterna y esperar, desear, pedir que lo mantenga con vida, que lo mantenga sonriendo.
Sólo que no puede.
El bolígrafo cae al suelo. Las manos se pierden en el aire. Los ojos cansados de la escritora miran sin mirar a este hombre malvado, a este demonio con esencia bendecida, a este traidor maldito a quien ella misma desearía agarrar con sus propias garras, enterrarse en su carne y hacerlo sangrar, escucharlo gritar, sentirlo vivo y matarlo por sí misma. Luego hablar, y hablar, y hablar de cosas que no tendrán sentido, hacerle mil y un preguntas, acompañarlo y regañarlo, fingir que no lo molesta a cambio de hacerla sentir bien, desear en silencio tener su mirada brillante encima, y tal vez morderle tan fuerte como mordería un caramelo sin sabor y luego—
Luego simplemente decirle que lo odia porque la ha obligado a amarlo.
A amarlo tanto que se ha condenado a sí misma a la eternidad. A una eternidad de sufrimiento de amar a alguien que nunca llegará a alcanzar.
—Deja de hacer bromas, Kim Dokja...
Es un murmullo, apenas puede murmurar. Apenas puede pedirle esto, apenas puede decir esto por sí misma. El dolor en su garganta le obliga a morderse los labios, sus colmillos enterrándose en su boca enrojecida y su garganta rota ardiendo al rojo vivo, sus dedos cerrándose con fuerza en puños mientras continúa de pie a un lado de la cama de sábanas blancas y los sueros y los malditos electrocardiogramas que le recuerdan que los signos vitales jamás cambiarán de ritmo; que ese corazón nunca irá más rápido ni más lento, que ese cerebro no dará marcas más allá en su afán de pensamientos profundos, estúpidos y apresurados, que el cuerpo que apenas ha tomado su forma natural del adulto inútil que siempre ha sido no se moverá.
Han Sooyoung sabe que Kim Dokja está vivo. Pero también sabe que está muerto para los vivos.
Traga pesado. Los ojos le pican. Quiere tirar sus anteojos falsos hasta el otro lado del cuarto, romperlo en mil pedazos (como él la rompió cuando decidió romperse).
—¿Tienes idea... tienes idea de todo lo que hice por ti? —pregunta entre dientes, el dolor aumentando en lo profundo de su pecho.
Extiende los dedos. Sus uñas queman por querer agarrar ese delgado cuello pálido, moverlo, ahorcarlo, buscando una reacción, buscando una señal. Alguna respuesta que le deje en claro que no está haciéndolo todo mal, que todo por lo que ha decidido existir no es sólo una ilusión, que algo valió la pena.
Cuando sus dedos tocan la piel fría se pregunta, por un instante, si este sentimiento ardiente de violencia y estos pensamientos crueles los habrá tenido también el protagonista adorado de este bastardo dormido.
Una risa se le escapa.
—No soy él, Kim Dokja. —La sonrisa que enseña es apenas una sonrisa. Las yemas de sus dedos no buscan más el cuello del lector, sólo se deslizan con cuidado hacia arriba, sosteniendo cuidadosamente las mejillas blancas y agrietadas. La cabeza del hombre cae sin esfuerzo sobre su toque, como si la buscara, aunque Sooyoung sabe que no es así, que nunca será así. Pero es su idea y no se da penitencia por tenerla, no si es feliz por un instante más que etéreo ante el pensamiento—. No soy Yoo Joonghyuk. No soy Yoo Joonghyuk, ese bastardo...
Hay calor en su propio rostro, sangre pintando bajo su piel, lágrimas manchando y haciendo brillar sus mejillas, las pestañas humedeciéndose y una mueca dolorosa deformando su bonito rostro.
Han Sooyoung no soporta llorar, pero no es la primera vez que llora por culpa de Kim Dokja.
No es la primera vez que llora por él.
Y lo odia tanto.
Tanto. Tanto. Tanto.
Tanto como lo adora.
—Idiota... —Su voz se rompe, sale patética. Han Sooyoung quiere vomitar. El agua salada en sus ojos empaña sus lentes así que se los quita y los tira contra una mesita cercana. La ira hierve dentro suyo cuanto más tiempo sostiene el cuerpo inerte de la constelación que tantos problemas le ha causado a su vida—. ¡Idiota, ¿por qué no te despiertas?! ¡Despierta! ¡¿Tienes idea...?! ¿Tienes idea... del día qué es hoy?
El nudo en su garganta le impide volver a hablar. Su llanto silencioso continúa, las lágrimas desbordándose, quemando sus pupilas, enfriando su piel, manchando su ropa y pegándose al rostro de Dokja en cuanto se inclina hacia él. Pega su frente a la suya, el calor de su propio cuerpo cargado de ira contrasta con la tibieza ajena que casi se parece a una estatua de hielo. Pero Han Sooyoung no lo suelta, no quiere soltarlo. Deja que el agua continúe rodando como perlas, pintando las largas pestañas del hombre, ensuciando con sus emociones desbordantes al eterno soñador.
—No tienes idea... —Niega con la cabeza, cerrando los ojos con fuerza. Sus cortos mechones de ébano crean un velo entre ambos, y la escritora casi siente que podría describir esto en un párrafo inolvidable que la lastimará hasta que el tiempo haga de las suyas. Así que se aferra más fuerte, entierra las yemas de sus dedos en las mejillas de Dokja, deja de llorar y los engranajes del reloj continúan su camino—. Tonto, hoy es 14 de febrero, así que mañana...
No puede terminar de hablar. Su garganta vuelve a cerrarse. Su mente traicionera le hace sollozar una vez más.
Se odia tanto. Se odia tanto.
Lo odia tanto a él.
—Si no despiertas este año, juro que...
Promesas vacías.
Las mismas que Kim Dokja le ha hecho a todo el mundo.
—Despierta, por favor... Sólo abre los ojos y vuelve.
Han Sooyoung quiere escribir.
Pero sus dedos están entumecidos sobre el cuerpo de este hombre maldito en su existencia.
Entonces piensa, piensa en lo impotente que es. En lo impotentes que son ambos. Piensa en todo el poder que posee sólo bajo su piel, sólo en las imágenes que pertenecen a su mente, en la tinta de un bolígrafo roto. Piensa en una omnipotencia infinita y también piensa en la lógica de un millón de mundos. Piensa y piensa y piensa y—
Piensa en Kim Dokja y cómo ha podido leer y amar todo lo que ella creó en su vano egoísmo.
(Y, en realidad, no hay respuesta para nada de lo que se pregunta. Para ninguno de los dos.)
De pronto, sus divagaciones se ven interrumpidas por el sonido de la puerta abriéndose. No se inmuta, no suelta a Dokja.
—Han Sooyoung.
Hasta que escucha la voz de Yoo Joonghyuk.
(Lo odia tanto. Odia tanto. Odia tanto que sea parte de sí misma. Odia y odia y odia—
Odia a Yoo Joonghyuk.
Odia a Kim Dokja.)
La voz de ese eterno esclavo es como un interruptor para sacarla del dolor y enviarla a la seca ira.
Suelta a su lector y se yergue. Limpia sus lágrimas con las mangas de su suéter. Se inclina para recoger el bolígrafo en el suelo y, finalmente, gira para ver a la persona que ha irrumpido en el lugar.
Y lo encuentra allí, de pie en la puerta, rodeado de los niños que él y Dokja han salvado.
(Han Sooyoung no podría sentir celos de eso.)
—Heh... Casi pareces una esposa que viene de visita con sus hijos a ver a su esposo enfermo.
—Han Sooyoung, cállate.
Sooyoung suelta una risa, encantada de hacerlo rabiar, encantada de molestarlo. Encantada de poder centrarse en otra cosa menos dolorosa que el hombre que sigue en coma detrás de ella.
Lo que sigue después de ello es un borrón. Los mocosos ya no tan mocosos se acercan al cuerpo de su padre dormido, le dan regalos y lo abrazan y lo aman en su manera ruidosa e infantil de amar. Lo felicitan, aunque no sea su cumpleaños todavía y no haya nada que felicitar, y piden un deseo en conjunto porque él no podrá pedirlo y ellos no podrán venir a visitarlo al día siguiente por culpa del dolor interminable.
Ella agradece poder olvidar eso.
Tanto como agradece olvidar ver a Joonghyuk mirar con adoración al hombre que tantas cosas le ha quitado y nada le ha devuelto.
Han Sooyoung piensa que es un estúpido. Pero ella también lo es, así que sólo se queda en silencio y, luego de simular no haber llorado en toda la visita, se retira de allí sin felicitar a Kim Dokja ni una sola vez.
—Es una molestia, sabes —gruñe la mujer, caminando dentro del cuarto. Las luces apagadas no son un problema para cuando llega a la cama. Su expresión descontenta podría definirse como graciosa, en especial mientras sostiene un libro contra sus labios y evita mirar al hombre dormido—. Tuve que hablar largo rato con Seolhwa para que me dejara quedarme a estas horas contigo.
Dejando el libro contra la mesa donde están sus anteojos olvidados de esa mañana, toma asiento sobre el colchón y mira fijamente a Dokja. Él no se mueve. Mira el monitor; su corazón no ha hecho un sólo latido distintivo. Lo vuelve a mirar a él.
Entrecierra los ojos.
—Cuánto te odio.
Las historias en su interior se remueven. Algunas gritan y lloran, otras se enfadan, y las demás vuelven a dormir. Han Sooyoung las ignora a todas mientras continúa observando al demacrado rey demonio.
Extiende sus manos hacia él una vez más. Esta vez ella también está fría, así que pueden igualarse. Cuando lo toca, apenas con las puntas de sus dedos, fragmentos y frases brillan entre la penumbra.
[El ■■ de Han Sooyoung es “Historia Interminable”]
[El ■■ de Kim Dokja es “Epílogo”]
La mujer sonríe, pero no hay alegría alguna en ella. Sus ojos cansados muestran resignación.
—Combinábamos mejor cuando tu ■■ era “Eternidad”, ¿no crees?
Es una broma cruel.
Es una broma cruel que haría que Kim Dokja la mirase mal por un buen rato, y luego abriera la boca para soltar un comentario astuto y mordaz que la haría enojarse.
Y ambos pelearían sin pelear.
Pero ahora no hay discusiones. Sólo el silencio de una noche helada y los pitidos repetitivos del monitor.
Y el corazón destrozado de Han Sooyoung.
—Feliz cumpleaños, Kim Dokja... —murmura de repente, ignorando el peso desagradable en su estómago al pronunciar estas palabras—. Aunque... todavía no es tu cumpleaños, pero... Faltan como diez minutos así que no te quejes.
Hace una mueca mientras mira a Dokja. Si entrecierra los ojos, podrá verlo sonreír de esa manera bastarda que saca de sus casillas a todo el mundo.
Pero realmente no tiene ganas de imaginar tal cosa.
—Yo... lo intenté todo —admite vagamente, los dedos de su mano derecha todavía tocando el rostro del hombre, con suavidad, con anhelo, como si su interior no gritara por abofetearlo en este mismo momento. Pero ya no tiene fuerzas para tal cosa—. Lo intenté lo mejor que pude, lo juro. Escribí una maldita historia de tres mil capítulos sobre un imbécil y luego escribí otra más sobre otro imbécil. ¿Qué más quieres, entonces? ¿Qué necesitas que haga yo para que decidas volver, quedarte con... nosotros? ¿Qué es? Te daré lo que quieras, así que yo...
Tarde se da cuenta de que está a nada de llorar otra vez, así que prontamente niega con la cabeza y limpia sus pestañas mojadas. Ya ha llorado suficiente esta mañana. Esta constelación egoísta no se merece más de sus lágrimas.
Soltando un largo suspiro, saca una paleta y se la come. Luego mete sus frías manos en sus bolsillos y mira al reloj sobre la mesita.
No hay tic-tac. Es un reloj digital. Hay números brillantes y Han Sooyoung se pregunta si no tiene el poder para detener el tiempo tanto como lo tuvo para ir al pasado.
Pero no quiere detener el tiempo.
Observa el libro sobre el mismo mueble. Mira sin ganas la tapa; le desagrada, le asquea y, al mismo tiempo, hace que el peso de su estómago disminuya y su mente despierte en un estado eufórico.
Es un libro de cuentos. De los cuentos que todos conocen, en los que todos creen en algún momento, de los que se hacen realidad en contadas ocasiones. Milagros, tontos milagros sin sentido que funcionan en millares de universos ajenos, lejanos, cercanos y convergentes.
A Han Sooyoung nunca le han gustado los cuentos, pero los cuentos han salvado a la gente. Incluso al idiota a su lado.
Muerde el caramelo. Sus colmillos se clavan en sus labios y hay sangre. Los números en el reloj cambian, acercándola a la medianoche.
—Eh, bastardo —lo llama sin mirarlo, el rostro en blanco y las manos todavía en los bolsillos. Sabe que Dokja no le contestará, pero toma su silencio como una afirmación ambigua—, si te doy un beso de amor verdadero, ¿despertarás?
Como si pusieran algodón en sus oídos, Sooyoung ya no escucha nada, ni siquiera los monitores.
Y espera.
Espera.
Espera a que Kim Dokja abra los ojos y le mire con espanto, para luego reírse de ella por pensar en ridiculeces como estas.
Pero Kim Dokja no abre los ojos y Han Sooyoung se termina su paleta ácida al mismo tiempo en que el reloj muestra las 11:58.
Los sonidos regresan y saborea su propia sangre. Tira el palito del dulce y gira a ver al hombre. Agarra su rostro con rudeza.
Él parece querer inclinarse a su toque de nuevo. Sooyoung es una idiota por pensar que es así, que él haría algo así sólo porque es ella.
Ya no le importa, en realidad. (Es una mentira). Así que deja atrás sus pensamientos banales y se inclina hacia adelante. Su pequeña nariz roza con la de él y se humedece los labios un segundo, mezclando el sabor metálico con el dulzor agrio antes de darle un beso leve a esa boca dormida que siempre ha soltado idioteces contra sus oídos.
Son las 11:59.
La escritora se queda allí, sólo pegada a él. Frunce el ceño. El frío le golpea el rostro y su mente, sin permiso, empieza a pedir un deseo a los creadores del amor verdadero a los que no conoce, a los que hicieron historias sempiternas con tramas cursis y finales basura donde predomina que el amor salvará hasta lo que no se podría salvar ni en una infinidad de universos. Quiere creer que se podrá, quiere creer que algo así es capaz de hacerse una verdad incluso si nunca ha tenido la más mínima pizca de fe en esas cosas.
Una lágrima escapa de su ojo izquierdo. Pinta las pestañas del lector.
Son las 12:00.
Han Sooyoung no ha rogado nunca en su vida, ni consciente ni inconscientemente. Pero en este momento, en el que sus manos la traicionan y acarician con cariño las mejillas del hombre egoísta debajo de ella, y sus labios se sueltan y murmuran en silencio un perdón sin pesar mientras lo besa sin permiso, casi es capaz de suplicar por una mínima señal de vida, por el más mínimo movimiento de correspondencia, incluso si no es a ella a quien querrán en cuanto la burbuja sea rota.
Ella sólo pide una cosa.
Ella sólo quiere que él vuelva a leer lo que escribe, amar todo eso, incluso lo más banal.
Amar sus fragmentos sin amarla a ella.
Y ya son las 12:01.
—Las cosas eternas no me gustan, Kim Dokja —murmura al separarse, una distancia interminable de un par de milímetros. El rojo pinta su boca y la de él. El sabor dulzón se ha ido y sólo quiere vomitar—. Así que si te duermes por la eternidad, por la eternidad buscaré despertarte, bastardo.
Y en las 12:02 vuelve besarle, con vehemencia, en búsqueda de romper un hechizo malvado y salvarlo aunque no tenga más el derecho de hacerlo.
Cuando el sol asoma sus rayos y golpea los cristales de la ventana, Han Sooyoung abre los ojos y los vuelve a cerrar un segundo después.
Finge que la respiración que oye a su lado es la de alguien que despertó.
Y si más tarde los brazos del lector la envuelven cálidamente, es porque la escritora lo escribió así. Sólo por hoy.
