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Finos hilos bañados en escarlata se retorcían sobre su garganta, goteando muerte sobre la exquisita alfombra que protegía sus pies de la madera resquebrada del suelo. Sentía la sangre envolverlo como una marea arrastrándolo a la tumba. Se hundía en el océano carmesí que aplastaba sus tensos músculos y rompía sus frágiles huesos, que le impedía recuperar el aliento, una bocanada de vida, lo ahogaba y sepultaba en el profundo sarcófago. El líquido rojo bañaba sus ojos, resbalaba por sus mejillas, el líquido de la vida y la muerte. Una muerte que anhelaba, suplicaba que cayese sobre él inmediatamente, liberándolo. Pero no había libertad para ningún Kattoblaunt.
Las palabras de Naivara empujaban vilmente su cuerpo y su mente hacia las profundidades. Se estaba ahogando en el mayor dolor que el joven primogénito jamás había experimentado. El latir de su corazón retumbaba en sus oídos, ensordeciéndolo. Su visión borrosa buscaba una luz que lo guiase. Su mente vacía no era capaz de conjurar una sola palabra. Su vida y su futuro estaban hechos añicos. Ivor se había recreado en la vida que le esperaba fuera de las corroídas y mugrientas paredes del ataúd en el que creció. La idea de una vida llena de amor y calidez, así como de un futuro espléndido habían echado raíces en su mente de forma tan profunda y visceral que todo su mundo se había derrumbado al retirar del tablero las dos piezas que aseguraban ese mañana.
-No… No… ¿Por qué? Eres… Eres una hija de puta. Eres…
Su voz era un fino hilo en el sigilo de la expiración de su futuro resquebrajado.
-Soy tu madre y, como tal, mi deber es asegurar el estatus de esta familia.
No había un resquicio de arrepentimiento en el cuerpo de la elfa que, sin mostrar un atisbo de cariño, giró sobre sus talones para abandonar la habitación en la que su hijo se hundía en la mayor miseria que jamás había experimentado.
-Adalet está muerta y el bastardo al que llamas hijo también. Esto es culpa tuya. Te avisé de lo que pasaría si seguías desobedeciéndome.
Sentía esas afiladas palabras clavadas como puñales bajo su piel, desgarrándosela, arrancándosela a tiras. Sentía sus fibras separarse, el músculo despegándose del hueso con los tirones de su aflicción. El dolor de mil cuchillos jamás podrían herirlo tanto como el filo de la crueldad materna que había sacudido su mundo. Nunca había pensado que Naivara, su propia madre, no tuviese límites. Su desmedida ambición la había llevado por un sendero que Ivor quería experimentar ahora más que nunca, un sendero que estaba dispuesto a recorrer plenamente.
Sus doloridas piernas, musculadas y tensas, todavía conservaban fuerza para que el semi-elfo se irguiese con la ayuda de una mano, mientras la otra viajaba velozmente hasta el estante de la pared, aferrándose a una de sus mejores espadas.
La gran arma de adornos ennegrecidos voló con determinación hacia el esbelto cuerpo que la persona más cruel de todo Murg, aterrizando a apenas unos milímetros del brazo de Naivara, la cual esquivó el fugaz golpe de su hijo con extrema gracilidad.
-Ivor, no quieras correr la suerte que tuvo tu amada Adalet.
-Mejor muerto con ella que vivo contigo.
Naivara sonrió ligeramente con cierto aire de superioridad ante las palabras de su hijo, el cual embistió contra ella una vez más. Y otra vez. Y otra. Y una más.
Muy a su pesar, Ivor y Naivara fueron instruidos por la misma maestra, lo cual le otorgaba a la elfa una ventaja desmesurada. Conocía a la perfección los movimientos de su hijo, tenía memorizado el tempo al que sus pasos se posaban en el suelo, esquivando sus golpes, preparándose para un ataque. Conocía el canto de la espada bailando sobre las ráfagas de viento que envolvían a ambos, el vaivén del filo tratando de cortar aquellas zonas más delicadas y sensibles en su cuerpo. Ivor no podía ganarle a su madre, pero esperaba que, al menos, esta tuviese el detalle de acabar con su sufrimiento y permitirle reunirse con su verdadera familia.
Una tumba de sangre lo esperaba esa noche. El pútrido hedor metálico se quedaría para siempre aferrado en sus fosas nasales, nunca abandonando del todo su cuerpo, pues, ese olor había marcado, para siempre, la sepultura del radiante futuro que Ivor tanto anhelaba.
-Límpiate y baja a cenar.
No había una sola chispa de bondad o cariño entre sus fibras, ese cuerpo no albergaba vida o futuro, era dolor y destrucción allá donde iba. Los músculos en sus enjutos brazos se marcaban como grietas quebrando los muros de la mansión, el vestido de satén negro enmarcaba el pecho de Naivara, que, errático, se movía con cada respiración. Su hijo jamás podría vencerla en duelo, pero durante un efímero segundo que la atravesó como una flecha vengativa, Naivara creyó que Ivor iba a matarla. Durante un segundo vio la muerte empuñada por su propia sangre atravesar su vientre. Durante ese segundo, Ivor aceptó que es huérfano.
El cuerpo del semi-elfo luchaba por mantenerlo con vida. Cada latido impulsaba el denso y oscuro líquido escarlata fuera de sus venas, goteando lentamente sobre el mullido colchón, ensuciando el blanco lino en el que cada noche se envolvía tratando de alejarse de la fría penumbra que plagaba el condado. La sangre que emanaba de sus múltiples heridas, infligidas por la espada empuñada por aquella que le otorgó la vida, cubrían de muerte su cuerpo ya vacío. Era una carcasa perdida en un océano de dolor tan abrumador que entenebrecía los débiles y escasos rayos de luz que conseguían heroicamente penetrar en el féretro en el que había yacido su cuerpo desde el día que llegó a este mundo. Arroyos de agua brotaban incesantemente de sus ojos como dos manantiales alimentando el gran océano en el que se ahogaba. Le faltaba el aire, pero le resultaba imposible respirar entre los profundos sollozos procedentes de su garganta. Ivor nunca había sentido un dolor tan grande, nunca había experimentado el veneno creciendo en su interior, el peso del mundo aplastarlo, la pérdida de sus dos familias ese fatídico día de noviembre.
Ivor había aceptado que ahora ya no tiene familia, pero sí sabía que nunca las olvidaría. Los recuerdos sobre aquellos a los que tanto quiere están arraigados en lo profundo de su ser, atesorados en su corazón. No olvidará la paz que le producía escuchar las risas de pura felicidad de Jörkhan resonando entre las mugrientas paredes de la gran mansión, ni la ternura que sentía cuando Gorstag convertía un simple acto en una dura competición para vencer a su hermano mayor. El calor que su pequeño Cewrin desprendía, sus diminutas y delicadas manos aferrándose a su chaqueta, ni sus preciosos ojos rosas como faros vigías que no cesaban su observación. No olvidaría la amplia y sincera sonrisa de Adalet, su adorada aasimar, sus lágrimas de pura felicidad al ver reunidos por primera vez a sus dos tesoros.
Ivor no olvidaría.
El fuego que siempre alimentó al mayor de los hermanos se había extinguido, apagado por las olas para siempre, dejando a su paso un envoltorio lleno de remordimientos y dolor. No podía quedarse en ese océano de dolor, no podría mantenerse con vida si seguía atrapado en la prisión en la que se había convertido su propio hogar, su propia ciudad. No podría seguir ahí mientras la arpía vagase entre las paredes, acechando. Ivor sabía que no vería crecer a sus hermanos, que su protección era inútil, inservible. Había fallado en su tarea filial, había fallado incluso antes de intentar completarla. Era un fantasma, un hombre lleno de dolor incapaz de existir. Pero quizás pudiese existir fuera de Zynzy’Nähti.
