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Willem no pudo evitar fruncir el ceño cuando sus ojos se posaron sobre esa solicitud.
Dado su desempeño durante el ataque a gran escala y los meses que le siguieron, normalmente no tendría problemas en dar su aprobación como una muestra de cortesía, pero se trataba de una republicana.
Ella probablemente no lo sabía, pero estaba pidiendo conocer a uno de los Ochenta y seis a los que su país había oprimido y tratado de aniquilar para ocultar sus crímenes. Y si bien ella había estado trabajando junto a esos mismos Ochenta y seis durante dos meses para tratar de salvar lo que quedaba de la República —con admirable eficiencia para los pocos recursos que tenían, debía agregar— y les había ayudado a destruir al Morpho, sabiendo todas las atrocidades que había cometido ese país, Willem no podía menos que sentir desconfianza al leer su solicitud.
Además, el oficial al que pedía ver era ese niño.
Willem podía intuir cuan dañado estaba el teniente primero Nouzen aun sin necesidad de que Grethe se lo contara. Y si bien la República no tenía que ver con esa habilidad suya de escuchar a la Legión sin descanso, habían sido ellos quienes lo habían arrojado a un campo de batalla a tan tierna edad, así que era de esperar que no quisiera encontrarse con un oficial del ejército de ese país.
No obstante, una vez más, la cortesía que en opinión de Willem le debían a la capitana Vladilena Milize le dificultaba la tarea de rechazar abiertamente su solicitud.
Por lo tanto, concluyó que la solución más política sería darle al ejercito de la República una probada de su propia ineficiencia y colocó esa solicitud al fondo de su lista de incontables pendientes.
Su fiel y eficiente ayudante no falló en tomar nota de este pequeño gesto de su señor, y durante los siguientes meses, si bien informó cada vez que la capitana repetía su petición, se tomó la libertad de ubicar la solicitud en el mismo lugar, sabiendo la respuesta que recibiría.
No obstante, una mañana de enero llegó otra petición a la oficina de Willem.
— ¿Mmm? Esto sí que es raro. – murmuró el jefe de personal.
Se trataba de una solicitud de aprobación de envío por parte de una floristería, lo cual no era extraño en esa época del año. Lo raro era que dicha petición había terminado en sus manos. Y conociendo la eficiencia de su ayudante, Willem se dedicó a leerla con atención antes de llamarle la atención por su aparente error.
Se encontró intrigado de inmediato.
Se solicitaba permiso para enviarle flores a la coronel Vladilena Milize en la capital de la república de San Magnolia. La selección de flores parecía bastante azarosa como para contener algún tipo de mensaje —después de todo, no podía arriesgarse a empañar las incipientes relaciones diplomáticas con San Magnolia por algún tipo de broma de mal gusto—, así que no había nada extraordinario ahí… excepto que el remitente era el capitán Shinei Nouzen.
Y, además, solicitaba que al momento de realizar la entrega su nombre se mantuviera en el anonimato.
Antes de darse cuenta, Willem ya había esbozado una sonrisa típica de un villano.
Su excelente memoria había vuelto de inmediato a la grabación que había escuchado junto a los demás generales del ejército federal donde se registraba el primer contacto con un sobreviviente de la república y a la estatua de piedra que había soportado los comentarios jocosos de todos esos viejos altos mandos.
También recordó su pequeña negligencia de unos meses atrás y su pequeña travesura quedó completada en su cabeza. Aun debía obtener permiso y además revelar su “fallo”, pero no creía tener problemas.
— Necesito una cita con el presidente. – anunció.
— Tiene un espacio hoy a las 3 de la tarde. – respondió de inmediato su ayudante.
— Prepáralo todo.
Su ayudante asintió al tiempo que reprimía un suspiro. Había ocasiones en las que le gustaría que su amo dejara de lado esos arrebatos infantiles, o que al menos fuese menos dramático. Pero luego pensaba en lo que podría suceder si le negaban ese pequeño entretenimiento y abandonaba tales pensamientos.
Por fin había llegado el día en el que su travesura —casi— no intencionada alcanzaba su punto cúspide. De pie fuera del monumento, Willem estaba seguro de que su impaciencia solo era superada por la de los cinco adolescentes que esperaban a su espalda, aunque quizá el presidente Zimmerman estuviese a su mismo nivel. No obstante, los dos adultos lo disimulaban sin problemas.
Y aunque no esperaba menos del niño que había mantenido su expresión indiferente aun cuando se vio obligado a participar en esa fatídica reunión con sus superiores, en realidad por una parte Willem no podía evitar sentirse un poco decepcionado al ver que el capitán Nouzen no demostraba el menor nerviosismo. Por otro lado, deseaba que sus cuatro amigos aprendiesen un poco de su disciplina, ya que corrían el riesgo de que sus risitas mal disimuladas echaran todo su trabajo a perder.
O quizá estaba pensando en como su impecable plan podría venirse abajo en el último momento para evitar la punzada de culpabilidad que lo había asaltado al ver el respeto y delicadeza con que la coronel Milize tocaba aquellos nombres grabados en el cenotafio y cuanto fervor mostraba al arrodillarse para encomendar sus propias “tumbas” a la paz que reinaba dentro del monumento, añadiendo su propia cuota de almas.
Ya lo había mencionado su ayudante: su travesura de esta vez era inofensiva —todas lo eran— si no se tenía en cuenta que una chica seguiría guardando luto por cinco camaradas de manera innecesaria.
No obstante, Willem desterró de su mente cualquier rastro de culpabilidad cuando el capitán Nouzen finalmente se presentó y una radiante sonrisa floreció en el rostro de la chica. Cualquiera de los presentes podía admitir que la suavidad y calidez que le añadía a su rostro le sentaba mucho mejor que la oscura y dura expresión que había lucido hasta ese momento.
El jefe de personal juzgó que esa sonrisa era una prueba de que cada segundo que esa chica había pasado sufriendo las muertes de esos chicos —y gracias a la grabación no tenía dudas de que al menos el capitán era particularmente importante para ella— había sido recompensado. Y viendo como el rostro de ese niño también se suavizaba, se permitió también esbozar una sonrisa.
Esos niños la habían pasado mal desde una edad temprana. Incluso ahora deberían estar en la escuela, disfrutando de su juventud, en lugar del campo de batalla que sin duda no haría más que volverse más duro de lo que ya era.
— Es increíble cómo la coronel Milize puede verse tan linda sonriendo aun cuando está llorando ¿Cuánto creen que el capitán tarde en darse cuenta? – bromeó Grethe por lo bajo.
— Diría que nunca tuvo oportunidad. – incluso el general de división Richard estaba tan atrapado por el momento que se permitió seguir la broma.
— Realmente, uno podría hasta encariñarse con estos niños si actuaran de acuerdo a su edad más seguido. – comentó Willem, ganándose las miradas extrañadas de sus amigos.
La guerra no haría más que empeorar y esos niños habían elegido seguir peleando —peor, eran necesarios—, así que no había forma de saber cuantas nuevas calamidades tendrían que afrontar. Por eso Willem se sentía particularmente satisfecho al observar su jubilosa reunión y saber que su intervención había ayudado a convertirla en algo aún más especial.
Esperaba que en el futuro, cuando los horrores de la guerra los alcanzaran una vez más, el recuerdo de este momento les diese la fuerza necesaria para no rendirse.
