Chapter Text
—¡Oh, guau nueva cara! ¿Así que te acabas de mudar, o sólo vienes de paso?
Chico lindo con pecas a las doce en punto. La sonrisa más descarada y amigable que ha visto en un cajero de una tienda de autoservicio (posiblemente de las pocas veces que ha presenciado a uno que realmente sonría).
—Ambas —contesta Sam.
La respuesta lo confunde un poco, pero la sonrisa no se borra; sólo se aleja del lado de los saludos y se inclina más a lo divertido.
—Bueno, espero disfrutes tu estancia aquí —dice, como todo un buen guía turístico—, aunque, tú sabes, llegaste al lugar donde nunca sucede nada interesante.
Sam sólo le sonríe levemente, por educación, y piensa por un momento que después de haber pasado toda su vida en poblaciones embrujadas o malditas, aterrizar en una ciudad que presume ser aburrida y monótona, le suena bastante bien. Unas jodidas vacaciones, incluso.
El sujeto sigue con esa expresión de felicidad como si no odiara su trabajo ni la vida y el mundo realmente fuera un buen planeta para residir.
Se quedan en silencio durante quince segundos. El cajero no aparta la vista del rostro de Sam y eso lo está comenzando a poner incómodo, así que se aclara la garganta, y desvía la mirada hacia las golosinas en sus pequeños estantes, al lado de encendedores de colores primarios. Ahí es cuando el chico recuerda que está trabajando y comienza a cobrar los productos, con el típico pip que lo acompaña: una hogaza de pan, mayonesa, frijoles enlatados al 2x1, jugo de naranja, y dos paquetes de seis cervezas.
El cajero bufa divertido, incrédulo.
—¿Su identificación, señor?
Sam busca en su cartera y el chico se sorprende, enarca una de sus bonitas cejas. Posiblemente no ha visto venir que Sam en realidad sí tiene una identificación. Falsa, pero identificación.
Se la entrega, tratando de mantenerse relajado, casual. No es la primera vez que lo hace: mentir con este tipo de asuntos, sin embargo, siempre se pone nervioso y a cambio su papá lo reprende: "si no te la crees ni tú, ellos tampoco lo harán".
Así que trata de realizar su mejor interpretación de un adulto joven: un infeliz que acaba de adquirir nuevas responsabilidades, pero aún perdido en la vida, sin saber qué es lo que quiere. Sintiéndose más viejo de lo que en realidad es. Tomándose nada en serio y en la edad de poder quejarse de lo costosa que es la canasta básica, pero un poco temprano para maldecir a la crisis económica.
O simplemente luciendo sereno.
Mark Ford, se lee. El cajero la examina, tratando de encontrar el fallo. Pero en realidad luce auténtica. Y Sam sabe que sólo tiene que usarla en situaciones de emergencia, pero el humor de mierda de papá es definitivamente una urgencia del tipo mayor.
—¿Así que tienes 21 años?
—Síp.
El cajero no lo cree. Por supuesto que no. Con una cara de bebé como la suya a veces ni siquiera le compran que tenga 17, su edad real.
—Mira, ni siquiera son para mí, son para mi padre. —Trata de justificarse, utilizando nada más que la verdad, como si fuera un argumento válido. Quién sabe, a lo mejor el cajero entiende lo que es tener que suministrarle cerveza a un familiar.
—Sí, sí. Es lo que todos dicen.
—Bueno, ¿me lo vas a vender o no? —pregunta impaciente. Tiene a un John Winchester en casa, gruñón, haciendo la investigación de un caso que va particularmente mal. Lo mandó a la tienda por la comida necesaria y, si tarda más de la cuenta, su padre va a enfurecer el doble. Y el sol ya está comenzando a ocultarse. Tic-tac, empieza la hora de los monstruos y demonios (reales y metafóricos).
—Está bien, ya sabes lo que dicen: el cliente siempre tiene la razón. Sólo prométeme que no las vas a tomar tú ni te vas a volver un alcohólico, para que no tenga cargo de conciencia y pueda dormir por la noche.
—Lo prometo de todo corazón —responde, con un tono exagerado, pero honesto, incluso posando la mano derecha en su pecho, para efecto dramático.
El cajero le da el ticket y Sam paga con lo poco que tenía guardado.
—Por cierto, mucho gusto. Soy Dean Smith. Smith, como tu playera. —Sam está guardando los centavos cuando el cajero apunta a su torso. Por inercia, Sam baja la mirada en la misma dirección, aunque por supuesto ya sabía a qué se refería: su playera de Meat Is Murder que compró en una tienda de segunda mano—. ¿Me vas a decir tu nombre real? ¿O prefieres que te llame Mark Ford? Que, por cierto, es un terrible nombre falso.
Sam tiene el atrevimiento de parecer insultado, y está listo para defender con ímpetu su identidad ficticia.
—¿De qué hablas? Hay personas que se llaman Mark, Ford es un apellido común.
—Sí, lo sé —Se toma unos momentos para tratar de ordenar sus pensamientos y explicar su punto—. Pero es un nombre para señores, no para chicos como tú.
—¿Chicos como yo? —Sam deja salir un suspiro, con indignación simulada, olvidándose por un momento de su padre y su mal humor y permitiéndose tener una conversación normal, como cualquier sujeto ordinario—. ¿Qué significa eso? ¿De qué tengo cara, entonces?
—Bueno, tienes cara de futuro señor Smith —Sam se congela por un segundo, no anticipando esa respuesta, y Dean intenta corregirse —. Por tu playera, quiero decir. Dios, me encanta The Smiths.
Y hay un silencio incómodo. Una señora entra a la tienda y se dirige a la sección de verduras, ignorándolos.
—Claro —responde Sam, escéptico, alargando la a—. ¿Cuál es tu canción favorita?
Dean parece pensarlo durante unos segundos, como barajando los discos de vinilo que colecciona en su mente.
—This Charming Man.
—Por supuesto —dice, con una sonrisa, relamiéndose los labios, sin atreverse a verlo a los ojos.
—¿Qué significa eso?
—Siento que el título te queda —dice, porque está cansado; porque el chico tiene unos ojos hermosos que le recuerdan a los árboles de las mejores carreteras; porque pudo aceptar que le gustan los hombres el año pasado; porque está en su etapa de "carpe díem", donde es consciente de que un monstruo podría matarle el día de mañana y Sam Winchester ni siquiera ha dado su primer beso. Porque es el año 2000 y, oh, sorpresa, los sistemas informáticos no fallaron y no fue el fin de la civilización como la conocían. Le han concedido un año más de vida a Sam y quiere creer que va a aprovecharlo.
Una media sonrisa adorna el rostro del cajero, y antes de que pueda añadir algo más, Sam toma la bolsa con todas sus provisiones y se dirige a la salida.
—¡Oye, espera! ¿En serio no me vas a decir tu nombre? —Sam se voltea, con la mano en la puerta que dice "empuje".
—Sam Winchester. ¿Suena lo suficientemente real?
—Claro, tienes cara de Sammy. —Y frunce el ceño, porque ese debe de estar en su top 3 de sobrenombres más odiados.
—Es Sam —corrige, con lentitud, casi deletreando su nombre.
—De acuerdo, Sam. Cuando se acabe el pan y tu cerveza, sabes dónde encontrarme.
Sam le sonríe, esperando que no se marchen el día de mañana.
