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SÁBADO POR LA TARDE
La tarde caía lentamente…los últimos rayos del sol moribundo se reflejaban sobre la superficie del mar, proyectando una tenue capa de dorada luz. Era un paisaje hermoso…
¿Cuánto tiempo habíamos estado allí sentados frente a la orilla, solo escuchando el sonido de las olas al estrellarse contra las rocas?… en realidad, no lo sabía… de lo único que tenía yo conciencia era de la tibia respiración de la persona que estaba conmigo sobre la arena, acurrucada a mi costado… y era la sensación más placentera del mundo.
Mis manos estaban ansiosas, la deseaban, se morían por tocarla… pero mi lado racional me decía que debía ser paciente, que no debía asustarla. Y, aun así, uno solo de mis dedos, el más osado, se deslizó sobre su piel, delineando lentamente cada uno de los accidentes de su figura, mientras una suave brisa bailaba con su cabello y con el borde de su vestido.
De pronto sus ojos, como brillantes amatistas, se detuvieron sobre los míos… toda ella estaba hecha de miradas profundas y sonrisas hermosas… toda ella era alegría, ingenuidad, ternura y amor…
– ¿Qué crees que haya dentro de las ruinas de aquel barco encallado, Giyuu? –.
Oscuros mechones, que rebeldes se escapaban de la coleta que los tenía sujetos, se mecían con gracia sobre sus mejillas sonrosadas… Mi risa fue espontanea; cada vez que la curiosidad la atacaba su timbre de voz se elevaba, sonando como dulces campanillas de hada. Dejé un beso sobre su sien, mientras jugaba con las hebras sueltas de su cabello.
– No tengo idea, Shinobu… y no tengo la más mínima intensión de averiguarlo–.
– ¡Que aburrido eres, Tomioka-kun…! –.
Un puchero arrugaba su pequeña nariz, haciéndome sentir el hombre más dichoso de este mundo. Reí por lo gracioso de su gesto, y por la felicidad que me llenaba por saberla mía y estrecharla entre mis brazos.
– Siento mucho si mi idea de diversión no concuerde con tus instintos casi suicidas, Shinochan… pero te propongo algo… si llegas primero que yo hasta el bote que está en la orilla, te prometo que exploraremos el barco mañana–.
Una sonrisa inmensa iluminó su rostro robándome el aliento… Ella me tomó de las manos con prisa, haciendo que nos levantáramos entre risas y disimuladas caricias.
Los dos corrimos, sintiendo el viento golpearnos la cara y la arena pegarse a nuestros pies descalzos, riendo felices de estar juntos. Y me olvidé de todo... de la apuesta, del barco, del tiempo, del mundo… porque solo estaba ella…… presente en cada espacio de mi vida… en cada palabra… en cada suspiro… en cada pensamiento… siempre ella.
La atrapé nuevamente entre mis brazos, haciéndola girar. Su risa cantarina inundaba mis sentidos, colmando mi alma de esa calidez y alegría que solo ella me despertaba.
Y seguimos jugando a correr por la arena, y seguimos besándonos cada vez que podíamos. Su largo y negro cabello, ahora suelto, se mecía con el viento, haciéndola lucir tan bella y perfecta que no podía creerlo. Y la estreché entre mis brazos para besarla de nuevo y exigirle a mi mente a que finalmente aceptara que esto era real…
Porque Shinobu Kocho había llegado cuando ya no esperaba nada bueno por parte del destino, para calmar mis horas grises y sanar las heridas de mi vida vacía y carente de sonrisas. Ella vino como una brizna de lluvia constate sobre un árido desierto, o un rayo de sol en medio de una tormenta… y yo quería sentir para siempre conmigo esa sensación cálida y dulce, como el aleteo de una mariposa, golpeando muy dentro de mi corazón.
Entre juegos, bromas, besos y risas, caímos al mar, la ropa empapada y el alma rebosante. Las primeras estrellas se asomaban en el cielo, escondidas entre la sombra de la tarde, envolviéndonos en un halo de complicidad y mutuo entendimiento.
Un soplo de brisa imprevisto acarició su piel, haciéndola temblar ligeramente por el frío. Y nos miramos fijamente, ambos callados, uno frente al otro. La atraje hacia mí y acaricié su rostro con el dorso de mi mano. Ella cerró sus ojos y se dejó llevar por mis caricias… así como era ella… pequeña, tierna y confiada.
Un retumbar errático en mi pecho cortaba mi respiración, cuando mis labios finalmente tomaron los suyos en un beso profundo, con el cual intentaba decirle todo lo que en palabras no podía decirle, pues no hay en ningún idioma, palabras suficientes que alcanzaran a explicar ni una mínima parte lo que ella me hacía sentir.
La necesidad de aire hizo que nos separamos… tomé su rostro entre mis manos, e incliné mi frente sobre la de ella, dejando que nuestras respiraciones se mezclaran. La sentí colocar sus manos detrás de mi espalda. Cerré los ojos, y aspiré hondo, tratando de llenar mis pulmones con su aroma y encontrar el valor para decir lo que mi corazón pedía a gritos que dijera…
– Cásate conmigo, Shinobu–. le dije en un suspiro.
Abrí mis ojos para mirarla otra vez. Las gemas en su rostro brillaban anhelantes, bajo el reflejo de las primeras lágrimas asomándose en ellos. Fue ella la que entonces se aferró a mi espalda, para fundirse conmigo entro beso intenso. La levanté en vilo, sin dejar de besarnos, y salimos del agua hasta llegar a la orilla.
Su pálida mano acarició mis cabellos, recorriendo lentamente todo mi rostro hasta llegar a mi boca. Besé cada uno de esos finos dedos, y la escuché reír al sentir las cosquillas de mis labios sobre la palma de su mano
– Shinochan… no has respondido a mi pregunta–.
Ella me miró con infinita ternura, enredando sus dedos con los míos, para ser ahora ella quien dejara juguetonas caricias con sus labios.
– Te amo, Giyuu… ¿qué mejor respuesta que esa te puedo dar? –.
Ninguna… definitivamente no había ninguna más… y esa certeza de al fin poder llenar los espacios vacíos de mi alma, me hizo desear volver a sonreír…
Y así lo hice…
