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Es oscuro.
No sabe qué pasa. No sabe si está durmiendo, no sabe si está muriendo, o si este es el infierno.
Si de verdad esto es el infierno, muchos se sentirán decepcionados. Al fin y al cabo, siempre desearon que sus enemigos estuvieran sufriendo grandes dolores por el resto de la eternidad.
Le empieza a doler la cabeza.
Duele, como mil tormentas. Es como una fuerte lluvia, y cada gota le trae un recuerdo de su vida. O lo que podría haber sido.
No sabe si es su imaginación o un nuevo tipo de tortura. Al fin y al cabo, siempre se preguntaba qué haya pasado si no hubiera ayudado a Qi-ge matando ese caballo de un Qiu. Qué haya pasado si no hubiera conseguido el amor y cariño de Qiu Haitang. Qué haya pasado si no hubiera conocido a Wu Yanzi. Qué haya pasado si no hubiera encontrado a Yue Qingyuan tiempo después. Qué haya pasado si no hubiera matado a Wu Yanzi, si no hubiera matado a Liu Qingge, qué hubiera pasado si...
Qué haya pasado si no hubiera conocido a Qi-ge.
Duele.
A lo lejos se acerca algo. No sabe si es un humano o un monstruo. Seguramente lo segundo.
Cuando está suficientemente cerca, su propia figura aparece frente suya. No siente miedo: hace tiempo dejó de sentir.
Sin embargo, una pizca de curiosidad empezó a surgir cuando vio que iba cambiando de forma. Pero esa sensación rápidamente se transformó en desagrado al ver qué era: Todos los momentos de su vida. Desde cuando era un sucio esclavo hasta que murió sin extremidades, lengua y un ojo.
Al parecer, esto sí era una nueva forma de tortura. Quizás era en verdad el infierno, pero no como lo esperaba.
- Me odias - dijo esa supuesta persona.
Shen Qingqiu, ahora mejor dicho Shen Jiu, se dejó a su suerte. No como las otras veces, esperando a alguien o a algo, con esperanza... Simplemente no le importaba qué iba a ser de él, una escoria.
El otro siguió hablando: - Me odias. Siempre me odiaste. Siempre te odiaste.
Esas palabras empezar a enojar a Shen Jiu. ¿Qué mierda va a saber él sobre su odio hacia sí mismo o a otros?
- Siempre, siempre... - continuaba el, sin duda, monstruo.
Empezaba a enfurecerse. Enojo, odio, tristeza, arrepentimiento... ¿Arrepentimiento? No, eso no iba con él, nunca se arrepintió de nada.
- Mentira.
Resonó en su mente. Si tan solo encontrara la forma de silenciarlo.
Cállate, cállate, ¡cállate!
Gritos sonaban en cada esquina. Si tal solo...
- Te odias. Siempre lo hiciste y siempre lo harás. Te odias, y lo haces porque sabes qué eres.
¡Lo sé!
Entre las voces, los gritos y el monólogo de ese monstruo, no entiende nada.
Lo odia. Se odia. Odia que su mente siempre fuera tan caótica.
También se odia por ser tan asquerosamente retorcido y tener el corazón podrido, pero no importa. Nada importa. El (é*) no importa.
Miles y miles de susurros se pierden en el aire, o lo que sea que haya en ese vacío. Shen Jiu los oye muy bien.
Insultos, maldiciones. También algunos rumores que escuchó.
¡No! ¡No soy así!
- Lo eres.
¡¿Vosotros qué sabéis?!
A lo mejor sí, sí lo es.
¡No!
Una escoria inmunda que no debió nacer.
Pero, ¿qué más da? No es como si le importara los demás.
- ¿Seguro?
Lo está. ¡Lo jura que está seguro! ¡Nunca, en su vida, le importó nadie más que él mismo!
- ¿Seguro?
Sí... Lo... ¿está?
¿Alguna vez estuvo seguro de algo? Más allá de cálculos y estratagemas. Más allá del raciocinio. ¿Alguna vez estuvo seguro de sí mismo?
- ¿Lo jurarías por tu nombre y por tu sangre?
- Perder esas dos cosas, más que un castigo, sería una bendición - se sorprendió respondiendo.
- ¿Lo juras?
... No. Ya no está seguro de nada. Ya no le queda gota de esa seguridad que tenía antes. Se le cayó la máscara, y su inestabilidad mental salió a la luz. Una pesadilla, si estuviera durmiendo. Una pena que hace tiempo dejó de soñar.
Quiero.
De repente, esa voz vuelve a sonar. No sabe su precedencia, ni por qué está. Tampoco sabe qué es lo que quiere.
Quiero....
Lo que quiere...
No lo sabe.
El negro del vacío deriva en distintos colores: Blanco, marrón, amarillo, azul, rojo... Cada uno más aleatorio que el otro. Poco a poco, van formando una imagen: una escena.
Dos niños. Tres, contando el cámara. Caballos. Adultos... Qiu.
- Ayudaste.
Los colores vuelven a transformarse. El amarillo pasa a ser tacas de negro. El rojo se intensifica.
Entre la sangre y las tacas oscuras, hay dos brazos protegiendo un animal.
- Ayudaste.
Los colores vuelven a variar. Rojo, amarillo, naranja, azul...
Fuego. Llamas y sangre por todos lados. Una espada. Un joven que guía a un grupo de chicas hacia afuera.
- Ayudaste.
- ¡Mentira! - gritó -. ¡Si no fuera por mi, no haya pasado nada!
- Ayudaste. Las salvaste. No solo de ese fuego.
Las imágenes siguen pasando. No obstante, Shen Jiu las ignora. No oye nada. Tampoco ve.
Se tapa las orejas y cierra con fuerza los ojos. «Mentira», se repite una y otra vez. «Soy una escoria. Nunca ayudé a nadie».
- Mentira.
Al abrir los ojos, se sorprendió encontrándolos mojados, con lágrimas. ¿Cuál fue la última vez que lloró? No lo recuerda.
- Mentira.
Una imagen más. No la quiere ver, pero lo hace.
Un adulto, en una pequeña casa, con ropas verde pálido. Está gritando, desgarrándose. Llorando.
Oh, cierto. Cada noche lloraba.
Por lo que he hecho.
Por lo que le han hecho.
- Nunca quisiste ser así.
- ¡¿Y qué si nunca lo quise?! ¡Lo fui! ¡Lo fui, y eso es lo único que importa! ¡Es lo único por lo que se preocupa la gente! ¡¿A quién le importa algo que está más allá de lo que saben?!
- Nunca hablaste. Ni para callar los rumores, ni para defenderte cuando la culpa recaía en ti injustamente. Nunca.
- ¿Me hubieran escuchado?
El silencio habla por sí solo. Nunca nadie se había preocupado por él.
- Mentira.
Más y más imágenes inundan el lugar. Qi-ge, las chicas de los burdeles... Quizás, solo quizás, si le importaron... ¿Mu Qingfang? No. Eso está mal. Ningún señor del Pico le importó.
- Mentira.
Más imágenes, escenas. En algún momento, les importó.
Liu Qingge, cuando estaba en la cueva Lingxi, su parte consciente se arrepintió de haber menospreciado a la persona que casi moría para salvarlo aún todas las amenazas de muerte.
Mu Qingfang se preocupaba por sus desviaciones de Qi constantes y algunas de sus heridas ya imposibles de curar.
También, algunos de sus discípulos querían preguntarle cómo estaba al escucharlo por la noche, pero no lo hacían por el miedo de empeorarlo.
Les importó.
¿Cuando...?
- Siempre. Siempre hubo alguien al que le preocupaste.
- ¡¿Si tanto les preocupé, por qué me traicionaron?!
Sangre. Rojo carmesí inundó el paisaje una vez más. Silencio. Ni un sonido. Personajes, decepcionados de que ni se confesara, ni que intentara decir la verdad.
Era una decepción.
- Mentira.
Decepcioné a muchos.
Oh, eso sí es mentira. No decepcioné a casi nadie, pues pocos confiaron en mí desde un inicio.
- ...
Las imágenes, escenas y personajes volvieron a su color original: Un negro vacío.
Esta vez, tenía razón. No sabía si sentirse bien o mal por eso.
- Tranquilizante.
No entendía.
- Es tranquilizante que no tengan esperanzas en tí, tienes libre albedrío.
Entonces, ¿su miserable final fue completamente su culpa? Oh, ya lo sabía, no hacía falta recordarle.
- También lo es... el vacío.
No. No lo es.
Da escalofríos, es triste y solitario. Pero siempre estuvo solo.
- Mentira.
- ¡Lo sé!
Con ese grito, los colores que estaban surgiendo se encogieron de un golpe.
Lo sabe muy bien. Siempre, siempre tuvo a alguien a su lado. Para lo bueno y para lo malo.
- Entonces... ¿Te aceptas?
Solo me tuve a mi.
No lo sabe.
Más colores. Esta vez no formaban una imagen, sino una simple mezcla. Una que, por alguna razón, sentía que lo representaba. Muchos, muchos tonos, deformes como si intentaran quitarle territorio al otro. No entendía la similitud que sentía.
- ¿Te aceptas?
Los susurros callaron, los gritos cesaron. Ahora era solo él contra sí mismo. Las burbujas de sentimientos, emociones, pensamientos, creencias y vivencias que intentaban salir se disolvieron en la misma agua del que querían huir, volviéndose uno.
Una palabra, un monosílabo, salió de sus labios mientras cerraba lentamente los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, estaba en una calle, sucio. De lejos vio a Qi-ge. No, al esclavo número 7. En ese momento todavía no lo había conocido.
