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El final de un mal día

Summary:

Bruno llega a casa de mal humor, es difícil volver a lidiar con la gente del pueblo cuando le siguen viendo como un augurio de mala suerte. Por suerte para él sus hermanas deciden usar un viejo método que siempre les ha funcionado para mejorar su humor. Lo que menos esperaba Bruno es que sus cuñados también lo descubrieran...

Notes:

Desde que vi la película no puedo dejar de pensar en Lee Bruno ¡me parece tan adorable!
No hay muchos fic sobre este tema en el fandom de Encanto, así que aquí va mi pequeña aportación.
No soy de Colombia, por lo que puede que algunas expresiones o formas de hablar no sean las más adecuadas. Pido disculpas de antemano 🙏

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Habían pasado unas semanas desde la reconstrucción de Casita y no era la primera vez que Bruno tenía un mal día. Acostumbrarse a estar en el pueblo de nuevo iba a ser una odisea para él. Se había pasado gran parte del día trabajando en el huerto familiar y solo había salido a comprar cosas que necesitaban para la nueva Casita. Había procurado ser lo más rápido posible, pero eso no evitó que escuchara los susurros y comentarios a su paso. Ahora que los dones habían regresado algunas personas habían vuelto a revivir los viejos rumores. Antes los habría ignorado, lo había hecho muchas veces, pero parecía que los diez años de aislamiento habían destrozado sus defensas.

Entró en Casita con rapidez, soltó las cosas en la cocina, fue al salón, se quitó el poncho y se acomodó en el sofá. No parecía haber nadie en casa, se alegró de ello, no quería pensar en esos instantes, no quería que nadie viera que eso seguía afectándole, no quería fingir que estaba bien, no quería tener que dar excusas…

—¿Hermano? —

“Mierda”

Julieta y Pepa habían aparecido de pronto por la puerta del salón pillándolo por sorpresa.

—¡Ah! Hola chicas, no sabía que ya estabais en casa— saludó intentando disimular.

—Estábamos arriba— informó Julieta.

—Has entrado en casa como un huracán ¿pasa algo? — preguntó Pepa.

¡Cielos! Había entrado tan deprisa que ni se había percatado de que sus hermanas estaban allí.

—No, todo bien— respondió con un tono de voz que a él le pareció natural. Por sus expresiones se dio cuenta de que no las estaba engañando

—¿Qué te pasa? — preguntó Pepa sentándose a su lado.

—No es nada… bueno, ya sabéis… los dones volvieron y con ellos…— Bruno suspiró.

Pepa y Julieta no necesitaron que dijera nada más, le entendieron, habían estado muchas veces en esa situación.

—No os preocupéis, no es nada. Siempre ha sido así. Por mucho que mejoren las cosas los rumores no desaparecerán de un día para otro. No hay que darle importancia…—

Pepa apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Quieres hablarlo con nosotras? — preguntó Julieta.

—No, en serio. Estoy bien— suspiró.

Ambas sabían que no era cierto como también sabían que cada vez que su hermano estaba de ese humor no había forma posible de que se expresara con sinceridad. Después de todo, por mucho que hubieran mejorado la comunicación en la familia para Bruno era difícil romper con ciertos hábitos.

En esos momentos Bruno se sintió mal, no quería preocupar a nadie y menos aún a sus hermanas. No fue la primera vez que deseó tener más habilidad para mentir. Su mente entró en bucle encerrado en sí mismo: no quería preocupar a nadie, quería ser útil, pero estaba seguro de que al final provocaría algún problema y eso haría que la gente volviera a hablar, avergonzaría a su familia, preocuparía a sus hermanas…

Varios golpecitos en su costado rompieron ese hilo de pensamientos.

—¡Ah! ¡ay! ¡no, para! ¿Qué haces Pepa? — preguntó intentando zafarse de la mano de su hermana, pero esta le pasó su brazo por el hombro impidiendo que se apartara.

—Mira, esta bien si no quieres hablar con nosotras, no te vamos a obligar, pero no creas que te voy a dejar aquí autoflagelándote— contestó Pepa mientras pasaba los dedos por las costillas de su hermano —¿recuerdas como solíamos animarte en los viejos tiempos? —

Los ojos de Bruno se abrieron con pavor al darse cuenta de lo que decía su hermana. De pronto se puso muy nervioso y sentía mariposas en el estómago. Intentó levantarse, pero las manos Julieta le empujaron de nuevo al sofá, la miró buscando ayuda, pero solo encontró su sonrisa traviesa, ella también empezó a dar golpecitos con los dedos en sus costillas.

—No… ¡esperad! Hm… ¡sois infantiles! — les gritó.

—¿Sigues igual de cosquilloso hermano? — preguntó Julieta.

Bruno se tapó la boca con una mano, negándose a emitir sonido alguno, mientras que con otra intentaba apartar las manos de sus hermanas, pero ellas no paraban de empujarlo y atacarlo por varios sitios.

—¡Oh, mira esto Julieta! ¡Todavía le gusta! — dijo Pepa.

—Cierra la boca — dijo Bruno dejando escapar algunas risas.

Atrapado entre sus hermanas y medio tumbado en el sofá; Bruno apenas se dio cuenta del sonido de la puerta que hizo que sus hermanas dejaran de pinchar sus costillas. Giró la cabeza en la misma dirección que ellas para ver que las había hecho detenerse. Solo pudo horrorizarse al ver a Félix y Agustín que acababan de regresar y les observaban desde la puerta del salón.

—¿Pero que estáis haciendo? —preguntó Félix al ver la escena.

En ese momento toda la mente de Bruno gritó que huyera, empujó a Pepa intentando ponerse en pie, pero tanto ella como Julieta empezaron a forcejear con él de nuevo.

—No, no, no, ni se os ocurra…— farfulló Bruno en voz baja; casi suplicándoles, imaginando lo embarazoso que iba a ser esa situación.

—¡Hola mi amor! — saludó Pepa con un tono de voz que no se correspondía a los forcejeos que estaba teniendo con su hermano —Estamos ayudando a mi hermano a animarse ¡siempre está tan tristón! —

—Si, con un método único que previene la ansiedad y pensamientos intrusivos— dijo Julieta con el tono de voz con el que un médico daría un diagnóstico, que para nada se correspondía con su expresión traviesa mientras intentaba sujetar a su hermano por los hombros.

—Le estáis haciendo cosquillas— dijo Agustín disimulando muy mal una sonrisa. Bruno notó como su cara empezaba a arder solo por la mención.

—¡Si! ¡Muy agudo Agustín! — vitoreó Pepa —Solía gustarle, pero ahora está muy revoltoso ¿nos echáis una mano? —

En ese momento Bruno se quedó paralizado. No, no, no ¡sus cuñados también no! Miró de soslayo hacia la puerta y sintió pavor al ver sus expresiones burlonas.

—¡Ay amigo! Más vale que te arrepientas de la profecía que hiciste el día de mi boda— dijo Félix frotándose las manos con expresión burlona mientras se acercaba al sofá.

—¡No! ¡No! ¡Eso no fue una profecía! ¡Félix! — protestó Bruno mientras intentaba levantarse, pero tenía a Pepa casi encima y Julieta no paraba de empujarlo.

—Es igual, mejor asegurarnos— le contestó riéndose. Le agarró de las muñecas y con facilidad le levantó los brazos por encima de la cabeza obligándolo a tumbarse. Bruno podría haber lidiado más o menos bien con sus hermanas, pero Félix era pura fuerza bruta y por más que tirase no podía moverse.

Pepa aprovechó para sentarse sobre su cintura. Julieta estaba arrodillada junto al sofá mirándolo con expresión amorosa pero muy divertida y Agustín se sentó en el suelo al lado de ella mientras se reía. Bruno los miró impotente, en ese momento lamentó haberse quitado el poncho dándose cuenta de lo atrapado que estaba.

—Esta me la vais a pagar— fue lo único que se le ocurrió decir.

—¿Crees que estas en posición de amenazar Brunito? — preguntó Pepa moviendo los dedos en el aire sobre su hermano. Ese simple gesto hizo que Bruno se estremeciera.

—¡Vamos hermano! Va a ser divertido— dijo Julieta sonriente.

Las manos de Pepa descendieron y empezó a hurgar entre sus costillas. Bruno se mordió los labios, cerró los ojos con fuerza y tiró de sus brazos de forma instintiva, pero el agarre de Félix era demasiado fuerte para él. Empezó a sacudirse todo lo que podía intentando escapar de las manos de su hermana.

—¡Vamos, no seas idiota! Te vas a reír tarde o temprano— dijo Pepa mientras aceleraba el ritmo de sus dedos.

Su cuerpo se contrajo una vez más de forma instintiva pero no pudo liberarse. Una sonrisa se dibujó en su cara. Sabía que su hermana tenía razón, pero no quería darle esa satisfacción.

—No… por favor— alcanzó a decir antes de que una pequeña risa se apoderara de él. Su risa sonaba extraña, era suave, nerviosa y un poco ronca, como si los músculos de su garganta estuvieran oxidados. Intentó controlarla, pero una vez empezó a reír era imposible parar. Comenzó a patalear y a sacudirse de un lado a otro mientras la risa se escapaba de sus labios.

—¿Por favor qué Brunito? — preguntó Pepa.

—No me hagájajajajajis cosquillasjajajjajaja— logró decir entre resoplidos y risas.

Julieta y Pepa se echaron a reír. Agustín y Félix estaban perplejos. Sabían que para Pepa y Julieta eso era un juego que habían tenido desde niñas, pero nunca habían involucrado a su hermano, al menos no delante de ellos. Quizás porque se había mantenido apartado de la familia en los años antes de irse o quizás porque Bruno era muy reservado. El caso era que nunca habían visto a su cuñado reírse de esa forma y no podían negar que era divertido ver como el profeta se retorcía entre las manos de su hermana.

—¡Julietajaajajaja naaaaajajajaja! — gritó Bruno cuando su hermana empezó a pasar las manos por debajo de su camisa, yendo su mano derecha directa a acariciar su estómago, mientras que con la izquierda hundía los dedos en su ombligo. El roce de las uñas directo con su piel se volvió insoportable, su risa subió de volumen y se volvió más frenética mientras hacía todo lo posible por escapar de las manos.

—¡Aw! Esto me trae tantos recuerdos— arrulló Julieta.

—¡Si! ¡hay cosas que nunca cambian! — coincidió Pepa.

Agustín no pudo evitar reírse a la vez que sentía una punzada de culpabilidad: él había estado muchas veces en el extremo receptor de esa situación y sabía perfectamente lo cruel que podía ser su esposa; pero no iba a ayudar a Bruno, al fin y al cabo, tanto Julieta como Pepa habían echado mucho de menos a su hermano pequeño.

—¡Callajajajajajajaos! — les gritó Bruno a sus hermanas.

Pepa y Julieta fingieron sorpresa ante esa respuesta, pero por sus expresiones Félix y Agustín adivinaron que su juego solo acababa de empezar.

—¿Te parece eso forma de hablar a tus hermanas? Sigues creyendo que estas en posición de ser descarado ¿verdad? — preguntó Pepa dirigiendo sus dedos más arriba, casi rozando las axilas de su hermano. Bruno chilló de nuevo y sus intentos por liberarse volvieron a ser más fuertes.

—¿Qué pasa Brunito? ¿No puedes soltarte? — inquirió Julieta en tono juguetón.

—Pues si no puedes soltarte tendremos que hacer esto durante horas y horas— dijo Pepa riéndose a la par de su hermano.

—Si, tenemos mucho tiempo— arrulló Julieta mientras le hacía cosquillas en la barriga.

Bruno arqueó la espalda y volvió a gritar cayendo de nuevo en frenéticas risas. Sabía que no era cierto, sabía que sus hermanas no le iban a torturar, pero ¡dios! Esas estúpidas bromas solo aumentaban las cosquillas que recorrían su cuerpo. Empezó a negar con la cabeza de forma nerviosa, sin saber que decir para que pararan. Su sonrojo aumentó cuando se dio cuenta de que sus cuñados habían empezado a reirse divertidos con su situación.

—Para ser un profeta deberías haber visto venir esto ¿no hermanito? — se burló Pepa.

—O quizás ya lo sabías y no has querido hacer nada para evitarlo— siguió Julieta.

—¡Idiotaajaajaajajajajajaja! — gritó. Quería sonar enfadado, quería estar enfadado, pero no podía: no cuando su mente estaba cada vez más nublada, no cuando sabía que esa era una de las formas en las que sus hermanas le mostraban su cariño y no cuando en el fondo, por mucha vergüenza que le diera, la sensación de no poder dejar de reír era algo que le gustaba. Sin embargo, pensar que sus cuñados le vieran perder el control de esa forma… simplemente era mortificante.

—Veo que no aprendes hermanito— dijo Julieta cosquilleando de nuevo su estómago.

—Sabes que esto puede ser peor ¿verdad? — preguntó Pepa inclinándose hacía él.

Bruno reía tanto que no se dio cuenta del gesto que Pepa le hizo con la cabeza a Félix y Agustín. Captando la indirecta Agustín ayudó a Félix a sujetar a Bruno, quedando cada cual agarrando uno de sus brazos y con una mano libre.

—¡Ey hermano! — dijo Félix llamándole la atención.

Ambos empezaron a balancear sus manos sobre el profeta asegurándose de que pudiera verlas, los ojos de este se abrieron con pavor al ver como movían los dedos.

—¡Noojojojojojojo! ¡no por favor! ¡Esperad! ¡jajajajajaja! — gritó entre risas negando con la cabeza, pero no sirvió de nada. Las manos descendieron sin ninguna compasión a sus axilas. Su risa aumentó de volumen convirtiéndose en carcajadas: ya no había gritos, ni resoplidos, solo puras risas.

Agustín le hacías cosquillas de forma lenta y tortuosa, en cambio el toque de Félix era más brusco, rascando y pinchando con varios dedos. Esto terminó por volver loco a Bruno quien era incapaz de pensar más allá de sus reacciones físicas. Sus hermanas le habían hecho cosquillas en el pasado, pero nunca había sido de esa forma, nunca había estado tan indefenso ni había habido tantas manos para atormentarlo. Pataleó una vez más buscando un punto de apoyo, algo que le permitiera moverse y escapar.

—¡Oh Dios! Si que eres ruidoso— dijo Agustín riendo.

—¡Ahí no, por favorjajajajajaja! — fue de lo poco que se entendió entre su risa, la mayoría de sus palabras morían antes de llegar a sus labios. Sin poder hablar, sin poder dejar de reír y sin energía: sus movimientos se volvieron más lentos y erráticos, se dejó caer en el sofá esperando a que alguien se apiadara de él.

Algunas lágrimas empezaron a brotar de sus ojos y fue entonces cuando Julieta hizo una señal a todos para que le dejaran descansar. Su cuerpo se relajó al instante en el que las manos se apartaron, tomó grandes bocanadas de aire con una vaga sonrisa en los labios. Sus hermanas sonreían mirándolo de forma amorosa, él intentó evitar la mirada de todos, especialmente las de sus cuñados, pero era difícil sobre todo porque aún no le habían soltado.

—Ahora entiendo porque Camilo es tan cosquilloso, en eso es idéntico a ti, hermano— dijo Félix riendo entre dientes. Bruno se sonrojó con más intensidad.

—¿Cómo lo llevas hermanito? — preguntó Pepa mientras le quitaba algunas lágrimas que habían empezado a rodar por sus mejillas.

Se estremeció con ese contacto y volvió a notar como sus nervios afloraban, el tono de voz de su hermana delataba que esto aún no había terminado.

—Va… vamos, ya… ya os habéis… di… divertido— tartamudeó.

—Pero queremos que te diviertas tu— respondió Pepa riéndose.

—¡Pues soltadme ya! — espetó Bruno.

—Sigues estando nervioso— comentó Julieta.

—¡Exacto! ¿por qué estas enfadado? Solías aguantar mucho más— inquirió Pepa

No respondió, se limitó a desviar la mirada. Pepa sonrió adivinando lo que se le pasaba por la cabeza a su hermano.

—Oh, entiendo ¿te da vergüenza? — preguntó Pepa

Ninguno necesitó que respondiera a la pregunta, el sonrojo que subió desde su cuello hasta sus orejas hablaba por sí solo. Sus hermanas le miraron con cariño.

—Pues menuda tontería. Pepa y Agustín aguantan mucho menos que tu— comentó Julieta.

—¡Eh! — protestaron ambos ante la risa de la sanadora.

—Se podría decir que es la maldición que tenéis que soportar los hermanos pequeños— bromeó Félix mientras Agustín reía.

—Si, no es culpa nuestra que sea tan divertido molestarte— dijo Pepa empezando de nuevo a mover los dedos sobre su hermano solo para ponerlo nervioso.

Bruno tenía una respuesta mordaz a eso, pero se contuvo, sabía que sus hermanas usarían cualquier excusa para seguir haciéndole cosquillas. Su situación no iba a mejorar: Félix era hermano mayor y tan bromista como Pepa, y Agustín… bueno, él solo le estaba siguiendo el juego a Julieta. Suspiró, dándose cuenta de que aún no le iban a soltar y recuperado ya el ritmo de su respiración vio que su única posibilidad era que Julieta empezara a sentirse culpable.

—Vamos Julieta…—

—No, creo que aún no hemos terminado— le interrumpió Julieta sabiendo perfectamente las cartas que su hermano jugaría y ella se estaba divirtiendo mucho como para darle tregua aún.

Bruno solo pudo inquietarse más al ver como se acercaba a Agustín para decirle algo en el oído.

—Te prometo que esto será lo último— le dijo Julieta riendo con cariño. Agustín le pasó a Félix el brazo que estaba sujetando y cuando se dirigió hacia sus piernas Bruno se dio cuenta de lo que iban a hacer.

—No, no, no ¡espera Julieta! ¡por favor! — farfulló Bruno riendo nerviosamente y tirando de sus brazos tan fuerte que Félix tuvo que esforzarse para contenerlo. Ante esa reacción la curiosidad de sus cuñados solo creció.

—¡Ooooh! ¡Buena idea Julieta! — coreó Pepa empujando a su hermano para que no se moviera— Vamos hermano, ha pasado mucho tiempo desde la última vez. No creo que sigas teniendo tantas cosquillas—

La expresión de Bruno decía claramente que no quería comprobarlo. Agustín logró sujetar sus piernas apoyando su peso en ellas y manteniéndolas extendidas en el sofá. Al notar los dedos de Julieta moviéndose en la parte interna de sus rodillas Bruno se estremeció. Hizo todo lo posible para contener su risa, pero su cuerpo había empezado a temblar y se agitó de un lado a otro sin poder evitar que unos resoplidos se escaparan de su garganta dando paso a una risa casi tan alta como la de antes.

—¡Julietajajajajaajajajajaja!—

—¿Dónde…? — preguntó Félix con curiosidad, antes de terminar su pregunta Pepa se movió de lado para que pudiera verlo.

—¡Oh cielos! ¿en las rodillas? ¿en serio hermano? — preguntó con diversión. Bruno ni siquiera parecía haberle escuchado y en caso de que lo hubiera hecho dudaba que pudiera responderle.

Pepa tarareó a la vez que le revolvía el pelo a su hermano mirándolo con cariño.

—El peor sitio donde le puedes hacer cosquillas, el problema es que no puede aguantarlo mucho tiempo— le explicó a Félix.

—También es una buena forma para que no sea tan negativo ¡porque prácticamente no puede pensar! — dijo Julieta sonriente.

—Cuando éramos niñas podíamos obligarle a decir lo que quisiéramos solo haciéndole cosquillas ahí ¿te acuerdas Julieta? —

Bruno parecía estar escuchándolos porque tiró de sus extremidades y alzó la cabeza todo lo que pudo mientras reía, dándole una mirada significativa a Pepa.

—¿Quieres protestar? ¡Vamos! Te escucho— dijo Pepa.

—¡Jajajajajajajajajaja! — fue lo único que salió de sus labios. Bruno se dejó caer de nuevo sobre el sofá entre carcajadas. Movía las piernas todo lo que podía, pero las manos de su hermana no dejaban de seguirlo. Era incapaz de hablar, tampoco creía que le fuera a servir de mucho y cada vez tenía menos energía, así que hundió la cara sobre su propio hombro esperando a que todo terminara.

—Oooh ¡vamos! No te escondas, quiero ver esa sonrisa— arrulló Pepa, quien inmediatamente empezó a hacerle cosquillas en el cuello. Chilló de sorpresa ante ese nuevo toque, empezó a mover la cabeza de un lado a otro intentando alejar los dedos de su hermana.

Minutos después dejó de oponer resistencia, su risa bajó de volumen mezclándose con una serie de respiraciones nerviosas y las lágrimas volvieron a brotar en sus ojos. Reconociendo las señales de que realmente empezaba a pasarlo mal sus hermanas se detuvieron, indicándoles a sus maridos que le soltaran.

En el instante en el que Bruno sintió que Pepa se levantaba y que sus extremidades estaban libres se encogió sobre sí mismo tumbado en el sofá. Abrazó su abdomen con un brazo intentando librarse del hormigueo que recorría su cuerpo mientras se tapaba la cara con la mano izquierda incapaz de mirar a nadie mientras recuperaba el aliento.

—¿Estas bien hermano? — oyó que preguntaba Julieta.

Bruno se destapó los ojos solo para darse cuenta de que todos le estaban mirando con expresión de no querer burlarse de él hasta asegurarse de que estaba bien.

—Quizás nos hemos pasado…— comentó Félix haciendo una mueca.

Bruno suspiró apartando la mano de su cara.

—Sois lo peor— contestó con voz ronca, aunque no pudo evitar sonreír a sus hermanas.

—Aw— arrullaron Pepa y Julieta al unísono.

—Te traeré agua— dijo Agustín.

Pepa se sentó a un lado del sofá; agarró el brazo de su hermano, levantándolo y atrayéndolo hacía ella. Bruno gruñó, pero no opuso resistencia, no tenía fuerzas para ello. Su hermana lo envolvió en sus brazos y Julieta no tardó en unirse a ellos, sentándose al otro lado de él y abrazándolo. Suspiró, esto le traía recuerdos de su infancia y se sentía tan bien entre los brazos de sus hermanas.

Félix se sentó en el sillón de al lado mientras observaba la escena, no recordaba la última vez que había visto a los trillizos en esa armonía. Algo había cambiado en Pepa y Julieta desde el regreso de Bruno o, mejor dicho, algo se había arreglado. Y Félix no podía estar más contento por su esposa.

—Deberías reírte así más a menudo cuñado— comentó Félix.

—Eso mismo es lo que le hemos dicho siempre, pero nunca nos hace caso— dijo Pepa.

—Siempre hemos tenido que ayudarle— añadió Julieta con cariño.

—Bueno, si las cosas son así tendré que ayudaros la próxima vez— dijo Félix echándose a reír a carcajadas.

Bruno se encogió más sobre sí mismo y empezó a negar con la cabeza con una sonrisa nerviosa. Pepa y Julieta rieron abrazándolo con más fuerza aún.

—Tranquilo— dijo Pepa apoyando la mejilla sobre su cabeza.

—Si, has tenido suficiente… por ahora— añadió Julieta.

—Sois lo peor…— murmuró Bruno hundiéndose más en el sofá.

Estaba demasiado cansado para protestar. Le dolían los costados, aunque no de forma desagradable y sentía que podía respirar como no lo había hecho en años. Agustín regresó dejándole un vaso de agua en la mesita, pero Bruno no se dio cuenta; había empezado a dormitar sobre el hombro de Julieta.

Antes de que alguien pudiera decir nada más se oyó la puerta de la entrada principal abriéndose con fuerza.

—¡Mamá! ¡Camilo me ha lanzado una bola de barro a la cara! —

—¡Ha sido en defensa propia! —

—¡Mentiroso! —

Un gran alboroto en el patio principal y el sonido de los pasos indicaba que el resto de la familia estaba de regreso. Bruno se sobresaltó con el repentino ruido. Pepa y Julieta hicieron una mueca mirando hacia la puerta del salón.

—Nosotros nos encargamos— dijo Félix levantándose del sillón.

—Si, vosotras también necesitáis descansar— añadió Agustín.

—Gracias— susurró Pepa.

Salieron del salón dejando a los trillizos a solas. Bruno volvió a relajarse dejando caer la cabeza sobre el hombro de Julieta. Sus hermanas lo mantenían abrazado y no parecían tener intención de soltarlo en mucho tiempo, tampoco es que eso le molestara.

—¿Cómo te encuentras hermanito? — preguntó Julieta.

Bruno sonrió, le parecía irónico que su hermana se preocupara por él de esa forma cuando hace unos minutos no había tenido ningún tipo de compasión.

—Estoy bien… Sois lo peor, pero estoy bien— le respondió mientras alcanzaba el vaso de agua.

—No te enfades. Hacía tanto que no te oíamos reír así— comentó Pepa con nostalgia.

—Demasiado…— añadió Julieta con una pizca de tristeza.

Bruno bebió del vaso, había recuperado el ritmo de su respiración y la única prueba que quedaba de la broma de sus hermanas y cuñados era su cansancio; sentía que podía dormir un día entero.

—¿Te hemos hecho daño? — preguntó Pepa.

—No—

—¿Te has divertido? — preguntó Julieta.

Bruno evitó la pregunta inclinando la cabeza sin querer mostrar su expresión. Desde luego había cosas que nunca cambiarían; como sus hermanas molestándolo con la excusa de que tenía que sonreír más para luego pasarse más de media hora asegurándose de que estaba bien.

—Agustín y Félix no olvidarán esto con facilidad ¿verdad? — suspiró Bruno.

—No creas… saben guardar secretos— respondió Pepa.

—Te tienen aprecio, no se van a burlar de ti… no demasiado— dijo Julieta.

Bruno gruñó tapándose la cara con las manos ante la risa de su hermana.

—Esta bien, somos tu familia, tonto— le consoló Pepa.

—¿Te has divertido? — preguntó de nuevo Julieta.

—Si— respondió finalmente sabiendo que Julieta no dejaría de insistir. No se avergonzó de admitirlo, quizás porque estaba muy cansado o quizás sus hermanas tenían razón y las cosquillas eran un buen método para combatir su desánimo. Que estúpido le pareció en ese momento preocuparse por los rumores de la gente. No le importaba, mientras sus hermanas estuvieran con él nada de eso le importaría —Hay cosas que nunca cambian…— comentó vagamente mientras notaba como el cansancio iba tirando de sus párpados.

—Me alegro de que no cambien— dijo Pepa apoyando de nuevo la cabeza sobre su hermano.

—Yo también, os quiero a los dos— dijo Julieta pasando un brazo sobre sus hermanos.

Había sido un día ajetreado y los tres estaban cansados. Para sorpresa de nadie Bruno fue el primero en dormirse hundido en el sofá y apoyado en sus hermanas. Pepa fue la siguiente, empezando a dormitar apoyada en el hombro de Bruno. Julieta fue la única que se mantuvo despierta. A pesar de estar cansada no quería dormir. Se quedó mirando a Bruno durmiendo sobre su hombro, esta vez no tenía pinta de que fuera a despertarse pronto. Quería vivir ese momento, antes de que tuviera que levantarse para preparar la cena o llegaran los niños con su habitual alboroto contando lo que habían hecho durante el día. Ese momento era para ellos, nada podía quitárselo: ni el pueblo, ni la responsabilidad de sus dones. Después de todo; Julieta tenía tanto tiempo que recuperar con sus hermanos que bien podía dormir mucho más tarde.

Notes:

Leí un headcanon que decía que Bruno es tan cosquilloso detrás de las rodillas que prácticamente no puede hablar cuando le hacen cosquillas ahí. Me parece tan adorable que no pude evitar añadirlo.

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