Chapter Text
Se sentía tan real.
La oscuridad se sentía tan real que le dolía.
La certeza de que algo horrible iba a pasar estaba con él cada segundo, cada instante.
Wakasa era un peleador excepcional y por su sobrenombre se podía intuir que era un cazador. Un depredador.
Y como tal, se asumía que ellos no tenían miedo. Pero, oh. Cada miligramo de su cuerpo sí.
Porque ese silencio era la promesa de algo malo. Ni siquiera sabía qué clase de maldad estaba prometida, solo la sentía.
Y contra eso, él no podía pelear porque no era algo tangible.
Se mordió el labio inferior con nerviosismo.
Dentro de la oscuridad en la que estaba, pudo ver dos figuras negras, bien delineadas. Pequeñas, como si se tratase de niños. Pero la maldad que uno emanaba y el miedo que infundía el otro.
¿Iban a matarlo?
¿A torturarlo?
Si bien Wakasa vivía una vida que intentaba ser honorable porque no faltaba el respeto a nadie que no se lo faltase primero, ayudaba a los más débiles que lo necesitaban y cumplía con los mínimos requisitos de un hombre decente; bien entendido tenía que no era exactamente bueno por meterse en peleas y responder un poco más que mal a quienes le faltaban el respeto o eran groseros con él.
En la lógica de muchos espíritus, era normal que fuese catalogado como alguien malvado. Sobre todo por cómo impartía lo que él consideraba justicia.
¿Se arrepentía? Pues no, pero ni así se le quitaba el miedo del momento.
Encontrarse con algo que era malvado por naturaleza y no por elección, algo que era tan distinto a él… era normal temerle.
Un hilillo de luz llegó a él a pesar de todo y habiendo tanta oscuridad a su alrededor, mirarlo era un acto de sensatez, aunque intentó no perder la atención en aquellos dos demonios.
¿Quizás ese hilillo de luz representaba su salvación? Wakasa no iba a dudar de comprobarlo, dado el caso.
-¿Hay alguien?
La voz conocida, no obstante, lo dejó helado.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente y comenzó a buscarlo, a pesar de no ver nada allí.
-¿Hay alguien? -volvió a insistir la voz.
Quería llamarlo, pero no le salían las palabras. No las encontraba, era como si se hubiese olvidado hablar.
Por el rabillo del ojo, entonces, distinguió el cambio: una de las sombras no estaba junto a la otra. Y la que estaba vibraba del miedo que estaba infundiendo. Entendió que por eso no se podía mover, no podía hablar.
Shini. Shini, Shini, Shini… la reputisima madre que lo re mil re contra parió. Por favor, por favor, prendé la luz. Hace algo, Sálvame. Sálvame por favor, no quiero que esto sea lo último que vea si muero. No quiero morir, no quiero morir sin que vos no me puedas ver. Shini, por favor. Shini.
Y, entonces, se dio cuenta de lo equivocado que estaba.
Wakasa pudo ver a Shinichiro al fin. Pudo verlo después de haber escuchado un golpe seco. Vio a Shinichiro caer al suelo.
Al gran líder de la primera generación de los Black Dragons. Al rey de los perdedores. A su dragón, al amor de su vida; lo vio caer al suelo perdiendo la vida en cada segundo sin poder hacer nada.
La sangre manchó los pantalones blancos de su antiguo uniforme, ese mismo que no se dio cuenta que estaba usando.
El leopardo de las nieves lloró sin emitir sonido, con la mirada fija en el cuerpo del pelinegro a medida que un charco de sangre brillante que le reflejaba.
Una sacudida enérgica lo despertó, Benkei lo estaba mirando con preocupación y en el fondo podía vislumbrar a Omi fumando, pero también preocupado. Se estremeció en el lugar e hizo ademán de pararse, solo para que su antiguo enemigo lo obligase a sentarse con delicadeza.
-No! Tengo que…! Shini esta…! -no le alcanzaban las palabras para hablar, para ser un poco más claro.
-Fue una pesadilla, respirá -Benkei podía ser un hijo de puta en el campo de batalla, pero con sus compañeros tenía una paciencia especial-. Está todo bien.
La respiración seguía siendo agitada, él mismo sentía el rostro húmedo de lo que lloró en sueños.
Algo no se sentía bien todavía.
Gruñó de impotencia y se puso de pie con su agilidad característica.
No les dio demasiadas explicaciones, no había tiempo.
Él no era particularmente creyente de aquellas cosas, pero algo que nacía desde su centro, de su alma, le decía que las cosas no estaban bien.
Que Shini no estaba bien.
Que el tiempo se acababa.
Montó la motocicleta de Omi y la encendió porque las llaves estaban puestas todavía. Ya después pagaría las explicaciones correspondientes.
El viento se sintió agradable en aquella noche de verano, pero lo que menos tenía era frío.
Se saltó demasiados semáforos en rojo e hizo demasiadas maniobras arriesgadas, pero solo se detuvo en frente de SS Motors. El local estaba a oscuras aún, pero se sintió con el tic-tac del reloj en la espalda. La idea de aquellos dos demonios acechando en la oscuridad se hacía más real y muy lejos estaba su temor de confundir el sueño con la vigilia.
En el callejón donde estaba la puerta lateral, encontró la alarma hecha añicos y la puerta rota. La abrió de una patada, con la idea de hacer el mayor ruido posible y avanzó a zancadas hasta encontrar los interruptores principales que encendían la mayor cantidad de luces del establecimiento. Los apretó a todos buscando que el lugar se encendiera como un árbol de navidad.
Si salía mal, si era tarde…Si Shinichiro ya estaba…
Tragó en seco mientras avanzaba por el pasillo, sintiéndose en cámara lenta.
Si era tarde, ya nunca volvería a abrazar aquel cuerpo frágil y escuálido, lleno de moretones de sus peleas perdidas. No volvería a besar sus labios nunca más ni a degustar el horrible sabor del tabaco que detestaba. No volvería a verlo, a sentir su sonrisa, a iluminar sus días y calentar sus noches.
Ya nunca lo volvería a ver.
Y no podía concebir un mundo sin él al lado suyo.
-¿Waka? ¿Qué carajo?
Se detuvo al escuchar su voz, se dio vuelta a verlo salir de una de las habitaciones más pequeñas. El alivio lo inundó, volviendo sobre sus pasos hasta llegar a él y abalanzarse para dar los pasos suficientes como para obligarlo a retroceder y cerrar la puerta.
Que la luz hiciese que los demonios se alejaran, se marcharan. Que si tuviesen que atacarlos, que fuese a él primero. Prefería morir a su lado que padecer su muerte.
Los dos tambalearon y la puerta, del envión producido, se cerró tras ellos. Los dos cayeron al piso y lo oyó quejarse, pero apretó aquél cuerpo contra sí mientras contenía la respiración.
-Por los dioses, Waka, qué carajo te pasa?
Pero no le importó, buscó abrigo en él mientras se daba cuenta que temblaba. Se aferró con fuerza y con ganas, logrando preocuparlo.
-¿Waka?... Ey, Imaushi Wakasa… Waka, por favor, no me hagas preocupar -pidió suavecito, mientras el leopardo solo podía aferrarse a él sin dar más explicaciones.
Minutos después, la empresa de seguridad y la policía llegaron. Wakasa seguía en un silencio, negándose a separarse de él. Shinichiro ya había asumido aquello por lo que lo abrazaba con un brazo en una calmada resignación.
Tras revisar el local, encontraron, además, una ganzúa y un tapaboca negro. Ningún rastro de los verdaderos intrusos. El dragón declaró haber escuchado un ruido y estaba por ir a investigar cuando Wakasa entró buscándolo con aquella desesperación.
La situación quedó como anécdota, de esas que “pudieron haber sido una desgracia” y elogiaron la intuición de Wakasa, aunque no lo salvó de las multas por conducir de manera imprudente.
El pelinegro acarició su espalda con cariño y besó su frente cuando volvieron a estar solos. No podía imaginarse su ansiedad o su miedo y él se negaba a hablar.
Solo no quería soltarlo.
Ninguno de los dos nunca supieron qué tan cerca estuvo Shinichiro de morir aquella noche.
