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Toda su vida tuvo a la noche tatuada en su cuerpo. Bueno, para él, era la noche, mientras que para el resto era una mancha negra con algunos puntos blancos, que muchos ni siquiera notaban cuando observaban su tatuaje.
Pobre de todo aquél que se mofó de él cuando Wakasa mencionó que su alma gemela sería como la noche. Wakasa tenía un temperamento volátil cuando tocaban esa fibra suya. Su tatuaje era la noche estrellada, no una mancha de tinta o un fragmento de tela mal recortado, o un virus o alguna sustancia extraña. Él lo sabía, estaba completamente seguro de ello porque todo su instinto se lo decía. Aún cuando los demás no lo escuchasen.
Con el tiempo, aprendió que era más sano esconder su precioso tatuaje de las miradas del resto y huir de aquellas conversaciones con una mirada indiferente. Aunque por dentro tuviese varias ideas de cómo podría realmente responder.
Para ese día, ya casi nadie de los Black Dragons sabían sobre su marca o dónde estaba, y él, pretendía que aquello siguiese así por mucho más tiempo. Por eso odió tanto haberse quedado varado en medio de una lluvia torrencial en una de las guaridas, con Shinchiro Sano.
Hombre de carácter simplón si los había. No es que lo detestara a él puntualmente, sino a lo básico que a veces podía ser en algunas ocasiones. Poco detallista y apenas con el tiempo suficiente como para interesarse en peinarse y hacerse el gracioso para conseguir chicas que, siempre, lo rechazaban. Pero no miraba más allá de eso. Nunca había notado cosas importantes en él y Wakasa estaba seguro de que nunca lo haría.
Con Benkei, al menos, podía pelear con más tranquilidad y más sanamente, porque llevaban siglos conociéndose y teniendo su relación de amigos-enemigos. Además no le importaba la opinión que Benkei podía tener sobre su tatuaje de alma.
Con Shinichiro, era distinto y Waka decidió que era distinto con él porque él era el líder de los dos, de todos ellos.
Por eso odiaba estar mojado hasta la médula en agua de lluvia, en aquel rincón del mundo. Con él.
Implicaba tener que sacarse la ropa y colgarla en algún lugar para no tomar frío de más. Significaba quedar expuesto a él, que su tatuaje complejo quede a la vista de un hombre simple cuya opinión le importaba demasiado.
Eso lo ponía nervioso y lo hacía odiar la situación.
-Date vuelta y no mires -le gruñó mientras se sacaba la chaqueta.
-¿Qué? ¿Sos una chica acaso? Vamos, Imaushi, no te tenía tan tímido -comentó Shinichiro divertido y Wakasa lo miró sobre su hombro con una mirada gélida.
El pelinegro terminó levantando las manos, aceptando su imposición y se dio vuelta. Con aquella privacidad improvisada, ambos empezaron a desvestirse.
Wakasa sentía su piel caliente y pegoteada, por la humedad del día que persistía a pesar de la lluvia. No era una sensación agradable, deseaba bañarse, ponerse ropa fresca y seca y acostarse a dormir con el ruido de afuera de fondo.
Pero no era el caso y allí, no había aire acondicionado en la pequeña guarida y si bien afuera llovía como si se fuera a caer el mundo, el clima seguía pesado, pegajoso.
Y como era una guarida, no había un baño decente con una ducha para sacarse la incomodidad, ni siquiera había agua. Tampoco había una toalla para secarse decentemente luego de mojarse, así que era lo mismo que nada.
-Aww, tenes pequitas~ -la voz repentina de Shinichiro rompiendo el silencio lo hizo estremecerse.
Giró su cabeza como si fuese un látigo solo para ver a Shinichiro espiándolo.
-¡Mirón! -lo acusó, poniéndose nervioso y Shinichiro rió.
-Vamos, no seas infantil. Además, los dos somos hombres, no tenes nada que yo no tenga -le sonrió, afable. Wakasa sintió como su interior se estremecía y volvió la vista al frente.
-Mi tatuaje… -suspiró, por única explicación y lo oyó sonreír.
-Prometo no reírme, por más ridículo que sea, Waka… -había calidez, de ese tono que solían compartir cuando estaban solos y los dos se ponían blanditos.
Una de las manos del pelinegro se posó sobre su espalda con gentileza, pero él se estremeció igual. La mano recorrió con lentitud y a Wakasa le tomó su tiempo relajarse, acostumbrarse a ese tacto tan amable que buscaba brindarle cercanía e infundir seguridad. Las manos recorrían su espalda con cariño y era un dulce bálsamo frío en esa noche de calor, si se lo ponía a pensar.
Y aunque no lo dijese en voz alta, al albino le gustaba ese gesto dulce. Por regla general, dejaba de preocuparse cuando sentía la caricia tenue de Shinichiro en él, sea su cabello o alguna otra parte de su cuerpo. Sus manos frías siempre eran bien recibidas para él.
Ese chico debía de tener muy mala circulación, porque nunca recordó que tuviera calor en sus manos, era como si toda su calidez se concentrase en su voz, en sus ojos y abandonara por completo sus manos. Pero él no se quejaba, aflojaba su gesto ceñudo y cerraba los ojos para disfrutar, logrando el cometido del pelinegro.
Escuchó la risa ahogada de Shinichiro mientras la mano se desplazaba aún más, recorriendo ahora todo el largo de su columna vertebral.
-Si serás mimoso, eh -comentó sin esconder su emoción.
-Estás fresquito… y tenes lindas manos pese a que viven rotas porque no sabes golpear
Shinichiro volvió a reír, buscando que su tacto fuese más suave y más delicado para sacar un estremecimiento de su cuerpo, acompañado por un leve suspiro.
-Sos tan hermoso -comentó el pelinegro, suspirando a su vez-. Me gustan tus reacciones.
Wakasa no respondió, al menos no de inmediato. Alcanzó a darse vuelta, con una mano tapando discretamente su tatuaje para observar aquel abismo infinito que el hombre, a quien él seguía, tenía por ojos. Lo contempló una eternidad y media antes de poner su mano en la mejilla y acariciarlo con cariño.
Llevaban tanto tiempo conociéndose, tanto tiempo con aquellas idas y vueltas, que se olvidaba que en privado existían esos detalles. En la intimidad más absoluta dónde él no podía rechazarlo porque se ponía débil frente a él.
El gran leopardo blanco se sentía débil ante el rey de los perdedores. Parecía un delirio místico de alguien, pero allí estaba sintiéndose así. Nunca le podía decir que no a aquellos ojos, a aquel tacto tan cuidadoso o a su rostro tan sereno.
-A veces no sé por qué logras tocar mí alma de esta manera -suspiró, resignado y Shinichiro sonrió por toda respuesta.
-Y vos sos el único que logra darme seguridad y confianza -admitió en un susurro-. Alguien tan fuerte… desarmandose frente a mí de esa manera, confiando tanto en mi…
Suspiró mientras se acercaba a él un poco más y Wakasa contenía el aliento.
-Déjame conocer todo de vos, Waka -pidió mientras su mano se posaba sobre la del albino, la que tapaba su tatuaje.
Hubo un largo momento de contemplación y un suspiro final, resignado. La mano temerosa retirándose del lugar y Shinichiro animándose a besar la palma de la mano que seguía sobre su rostro.
Los ojos de gato del pelinegro miraron con interés aquella mancha sin forma aparente, que parecía deshacerse en los bordes, como si se tratasen de hilachas de hilos descuidados sobre su piel. Con un previo pedido de permiso, Shinichiro pasó una mano sobre aquella mancha, sintiendo la piel igual de tersa que en la espalda del contrario, pero notando como este se estremecía bajo su tacto.
-¿Son estrellas? -inquirió tomándose un momento para mirarlo a los ojos, logrando que la sorpresa se reflejara en Wakasa-. Son estrellas, ¿verdad?
Wakasa hizo un corto asentimiento, observándolo sin saber qué decir, mientras la sonrisa de Shinichiro se expandía por su rostro y él se sentía más extraño con los segundos que pasaban.
-¡Lo sabía! -comentó con cierta sensación de triunfo y orgullo mientras la mano del pelinegro se movía al rostro del otro, para acunarlo con cariño-. Sabía que tenías que ser vos.
-¿Huh? -el rostro parecía una expresión de sorpresa, un poema a que no terminaba de entender del todo el significado que poseía.
Shinichiro se palmeó su propio pecho, el ruido de su mano sobre la tela mojada dejó en evidencia que él aún no se había ni empezado a desvestir y por la sorpresa del propio pelinegro, Wakasa estaba seguro de que se había olvidado.
Lo vio sonreír y desabrocharse con torpeza mientras el corazón de Wakasa comenzaba a entender y latía con rapidez, en anticipación a la situación que sentía.
¿Era posible? ¿En serio?
Sintió que la boca se le secaba cuando vio a Shinichiro sacarse la camisa y casi que quería arrancarle la camiseta con brusquedad cuando descubrió que la tenía debajo. Pero con lo mojado que estaba, no hizo falta. A través de la transparencia de la tela, podía ver con claridad el mismo manchón negro que tenía un patrón MUY similar al suyo.
Wakasa ahogó una exclamación, llevándose las manos a la boca y sintiendo como el vello de su cuerpo se erizaba por completo.
Ahora, entendía por qué era tan débil a él, y por qué el pelinegro siempre se sentía osado a su lado.
Estaban destinados, hacían pareja.
Ese hombre simple, por el que temió que no pudiese entender su marca, no solo la entendía, sino que compartía exactamente la misma con él. Sintió que sus pulmones se vaciaban de aire mientras veía a Shinichiro sonreír ampliamente.
Era él, siempre había sido él. Eso explicaba la intimidad y la cercanía. La seguridad… todo.
Un suspiro de alivio salió de sus labios, y recién entonces cayó en la cuenta de sus preocupaciones hasta ese momento. El miedo de que Shinichiro viese su marca y no la entendiese, y que aquello le preocupaba porque se trataba de él y no de cualquier otro. Y que eso conllevaba a darse cuenta del lugar que le dio a Shinichiro en su vida, la importancia que le dio y cuánto necesitaba que él, sobre todos, entendiese su tatuaje.
El alivio que, ahora, implicaba el compartir la misma noche en su cuerpo.
-Me alegra que seas vos, Waka -confesó con tranquilidad el pelinegro, mientras se sacaba la camiseta-. Vos, de todos. Es como un halago.
Wakasa ahogó una risa, sin poder creerlo.
-... No me hagas reír, Shini -musito con suavidad, mientras sus ojos no se apartaban del tatuaje-. Yo… ¿Por qué estarías halagado?
-Porque desde que te conozco deseé que fueses vos.
Ese hombre era demasiado para él, resolvió Wakasa. La impunidad con la que hablaba y hacía su corazón estremecerse debía de ser ilegal.
