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Calles y Memorias

Summary:

De vuelta en Snezhnaya para el funeral de La Signora, Childe recorre algunas calles donde parece que el tiempo se ha congelado. Tal vez sea la nostalgia, pero los recuerdos no paran de llegar.

Notes:

Primera historia de la Semana de Childe, por su cumpleaños.

Work Text:

Cuando la temperatura del camarote bajó lo suficiente como para crear una fina capa de escarcha en su ventana, Tartaglia suspiró con resignación. Volver a su tierra le generaba sentimientos encontrados, por una parte, los recuerdos de innumerables batallas y conflictos que hacían acelerar su corazón, por otra, estaba la mirada afilada de la Zarina de Snezhnaya, esos ojos capaces de contar tantas historias y que aún aparecían en sus sueños más profundos.

Pero también, el rechazo de su padre, aunque era un pensamiento que prefería dejar de lado. El estruendoso sonido que emitía la embarcación anunciaba su llegada al puerto de Snezhnaya, y ya Tartaglia podía despedirse en definitiva del caluroso clima de Liyue. Esperaba volver a sentir ese calor sobre su piel, aunque después de todo, el frío tampoco estaba tan mal.

Junto al resto de los pasajeros, bajo del enorme barco, y la nieve fue la primera en recibirlo. Los copos de nieve parecían ignorar el gélido sol frío que iluminaba todo a su pasó, puesto que no parecían capaces de derretirse aún estando sobre su ropa.

Las montañas a lo lejos tenían capas mucho más gruesas y largas de nieve, otorgando un paisaje tan particular, que sentía su visión congelarse solo con enfocarla. Una sonrisa apareció en sus labios, mientras escondía la parte de debajo de su rostro dentro de su bufanda.

Snezhnaya era gélido, con una temperatura demasiado alejada de los cero grados para andar pavoneandose por sus calles lejos del calor de una fogata.

Y sin embargo, con todos los agridulces, acompañados del clima glacial, Childe podía decir con toda la seguridad y confianza, que su hogar no tenía un punto de comparación con las otras naciones de Teybat.

Caminó hasta un mercado que se encontraba cerca del puerto, y compró las fresas más rojas que solo podían encontrarse en su tierra, y también, una botella de licor, aunque el no acostumbraba a tomar demasiado. Así, con ambas cosas, emprendió su camino hacia la catedral principal de la ciudad.

Estar de nuevo en aquellas calles volvía a mover sus emociones. Veía a aquellas personas con las que en algún momento había compartido un chiste, como la señora que vendía flores en un pequeño puesto, y que a unos cuantos metros, tenía a un pescador vendiendo su pesca diaria. En más de una ocasión había comprado flores para su madre con esa mujer, y también, había regalado su pesca a ese hombre.

La nostalgia era aquella emoción que se veía opacada cuando una aventura nueva aparecía en su camino, podría acompañarse con la gloriosa victoria, o con una épica muerte, y el verse forzado a obtener la primera era lo que más le llenaba de éxtasis.

Finalmente, su camino se vio cortado por las altas paredes goticas que se alzaban orgullosas frente a él. Los guardias Fatui que estaban en la puerta lo reconocieron de inmediato, y su postura erguida no flaqueó ni por un segundo.

- Bienvenido, señor.

- Gracias, Ivan, ¿Ya han llegado los demás?

- No, señor. Es usted el primero en llegar.

- Bien.

Esa arrogante manera de hablar era, en cierta forma, una fachada. Al menos, con Iván, a quien había visto más de una vez haciendo el papel de vago mientras estaba dentro de la división administrativa de los Fatui.

En el centro de la catedral estaba el féretro de La Signora, su colega recientemente mascarada por la arconte electro, reducida a solo un poco de polvo. Su rostro se suavizó un poco, y dio unos pasos sobre la escalera que daba al féretro.

- Debo admitir que nunca nos llevamos bien, aunque eso ya era de conocimiento público. Sin embargo…

Sin embargo, ciertas discusiones y recuerdos con la diplomática le traían risas, y la diversión de algún momento. De haber tenido la oportunidad de un duelo, estaba seguro de que la palabra “epico” sería lo que todos responderían al preguntarles “¿Cómo fue el duelo entre La Signora y Childe?”; y además, Pulcinella se habría sentido orgulloso.

No eran amigos, lejos de eso, y sin embargo, ahí estaba Ajax, llegando a Snezhnaya desde Liyue primero que todos, y teniendo la osadía de dejar a los pies del féretro un pequeño vial con vino de diente de León, el vino de Mondstadt, y otro con vodka, el licor bandera de Snezhnaya, solo para presentar sus respetos y una última ofrenda de paz.

Su tierra podía ser tan gélida que congelaría a una persona en solo segundos, pero para Ajax, era el hogar donde podía permitirse sentir las emociones más calurosas, como la que le brindaba la camaradería.

 

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