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El viento hacía la lluvia golpear como olas los ventanales de la oficina. A Santos le gustaban los días así. Había algo en el manto gris que cubría la ciudad que maximizaba la atmósfera nostálgica de Buenos Aires como una cámara de eco que amplificaba cada detalle calando hondo en todos los que transitaban la urbe. Sabía que hablaba desde el privilegio, tenía auto y techo donde las inclemencias del clima no lo alcanzaban nunca pero los días plomizos elevaban su espiritu. Subió al ascensor de rejas que pronto estaría prohibido por violar reglas de seguridad para dar lugar a una abominación de placas de acero inoxidable. Sería más seguro para los dedos de algunos distraidos pero eran un peligro para la psiquis de Santos que veía como de a poco su querida ciudad perdía pedazos de su esencia. En el trayecto hasta su piso miró las paredes de cemento que pasaban detrás de la reja como cintas de un negativo. Cinco, seis, ocho... se leía en pintura alguna vez negra ahora borroneada por el tiempo. Ni bien puso un pie en la oficina se dio cuenta que algo estaba mal. Había demasiado silencio para todavía no haber empezado la jornada. El corazón le latía rápido mientras avanzaba hasta la sala de reuniones y una sensación de desasosiego se apoderó de su cuerpo.
Lo que vio en esa habitación fue procesado en su cerebro por partes como planos detalle en una película de culto. Un vaso de cristal roto. Sangre embebiendo una pila de papeles. Medina reclinado en su silla completamente inmóvil con su camisa blanca teñida de carmesí. Ravenna estaba recostado en un charco de su propia sangre. El líquido rojo manchaba la ropa a la que tanta atención ponía a diario. Lamponne estaba tirado en el piso vocalizando sonidos agónicos. Se acercó a su compañero con la esperanza de que se encuentre con vida. Mientras intentaba girar a Lamponne para examinar sus heridas vio una silueta entre las sombras. Milazzo. Sus ojos de acero brillaban con la tenue luz que entraba por la cúpula de vidrio y vitraux. El victimario, devenido en víctima y transformado nuevamente en victimario levantó un arma y apuntó directo a la cabeza de Santos ¡Bang!
Se despertó cubierto por una lámina de transpiración. Con la respiración todavía agitada manoteó la llave de luz de su velador. La lamparita inundó de brillo naranja sus ojos que se habían acostumbrado a la penumbra. Ni siquiera podía leer bien las agujas de su despertador. Se pasó las manos por la cara intentando calmarse. Mientras se estiraba para alcanzar el vaso de agua que siempre dejaba en su mesa de luz, un ruido que venía de la cocina lo volvió a sobresaltar. Sabía que estaba siendo paranoico. Podrían ser mil cosas, el gato del vecino que se empecinaba con querer entrar a su impoluto living, sus muebles de madera que con la humedad del verano empezaban a rechinar o podía ser Loyola que se estaba quedando con él, luego de mucho insistir, desde que el detective Molero lo había interceptado en la comisaría. No podría soportar la culpa de arrastrar a alguien más a la cadena de inoperantes que había resultado ser el caso Milazzo. Otro ruido desde la cocina. Estaba siendo irracional, Milazzo no podría saber dónde vivía. Sabía que era imposible pero de todos modos se levantó agarrando su robe de seda y se encaminó hacia la cocina. Un cúmulo de manzanas esparcidas por el piso lo recibió frente a la puerta pero antes de que pudiese reaccionar sintió una mirada conocida sobre él. Frente a la ventana de su cocina Milazzo sujetaba a Loyola presionando una pistola contra su cabeza. Javier tenía los ojos abiertos de par en par. La cabeza de Santos entró en un cortocircuito. ¿Cómo había llegado a su casa? ¿Cómo?
—¡Santos!— escuchó gritar a Loyola y un escalofrío le recorrió el cuerpo —¡Mario! No podes dormir acá te va a hacer mal—
¿Dormir? Santos no sabía de que estaba hablando el ex-policía. Intentó moverse pero su cuerpo no le respondía.
—¡Mario!— la voz de Loyola sonó más fuerte.
Los ojos de Santos se abrieron de repente como dos focos de luz encendiéndose en una profunda oscuridad. En ese momento pudo ver con más claridad. Estaba en su cocina pero Milazzo y Loyola ya no estaban frente a la ventana que daba al patio. Como el arrancar de una máquina sintió un shock de energía recorrer su cuerpo.Se enderezó en la silla en la que estaba sentado y dio otra mirada a su alrededor. Todo estaba en orden. Loyola estaba a su lado mirándolo preocupado mientras sujetaba su hombro.
—¿Javier?— preguntó todavía desorientado.
—¿Qué hacés durmiendo acá?— contestó Loyola —¿No podés dormir? ¿Querés que te haga un té?—
Loyola se dio media vuelta pero Santos instintivamente lo sujetó firmemente de la muñeca. Necesitaba saber que era real. Que Milazzo no le había hecho nada. Que estaban todos bien. Javier lo miró sorprendido pero esta vez sin él miedo qué vio en su pesadilla.
—¿No me querés contar que soñaste?— preguntó Loyola —a veces ayuda—
—No es necesario— contestó soltando al más joven —es una tontería—
—Nunca me contaste porque terminaron en este lío— dijo Javier como leyendo sus pensamientos. Santos sabía que no esperaba un respuesta. No lo estaba presionando para tener más información. Por unos segundos observó como Loyola se ponía a preparar el agua para un té antes de decidir que contestar.
—La Brigada B— suspiró.
—Parece nombre de super héroes— Javier se rió y después de todos esos sueños a Santos le sonó a la mejor melodía que había escuchado en su vida.
—Eso quisieran ellos— Santos revoleó los ojos —Era un grupo en el que delegamos casos más fáciles—
—¿El de Milazzo era un caso fácil?— preguntó Javier mientras apoyaba una taza de té caliente frente a él. Santos acercó la taza de porcelaba a su boca y sonrió al sentir el olor cítrico del Earl Grey.
—No- Santos negó con la cabeza —ellos lo tenían que ir a buscar al impenetrable pero se olvidaron—
—Unos boludos—
—Básicamente— dijo Santos antes de tomar un sorbo de su té. El calor de la bebida inundando sus sentidos lo reconfortó. Estaba justo como le gustaba. Por más que Loyola menospreciara sus propias habilidades era una persona observadora que no dejaba pasar ningún detalle.
—¿Vos sabes que no es tu culpa, no? Este quilombo con Milazzo, digo— preguntó Loyola y Santos asintió débilmente con la cabeza.
—Es normal tener miedo en una situación así —
—No le tengo miedo a Milazzo— sentenció Santos —me preocupa no tener todavía un plan sólido para cerrar este tema—
—Y si tuvieses miedo estaría perfecto, básicamente le dieron todo el tiempo del mundo al tipo para entrenarse bien antes de salir a buscarlos— remarcó Loyola.
—El entrenamiento perfecto…— repitió Santos viendo la luz de una idea surgir en su cabeza.
—Si, todo ese tiempo sobreviviendo solo en el impenetrable— dijo Loyola —Si no se volvió loco el tipo ahora es Rambo—
—Para una misión imposible…— Santos se levantó de un salto y enfiló casi hipnotizado hacia su estudio.
—¿A dónde vas? ¿No te vas a terminar el té?—
—¡Ah, Javier!— Santos se dio vuelta a mirarlo —Sos un conductor de luz—
