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Tú eres la razón

Summary:

Mas ahora yaces ahí destrozado, y mi corazón muere de hambre,
carece comida y agua aún teniéndolas a mi lado,
por razón de añorarte.

• poema de homero, la ilíada.

Notes:

Importante: oír la canción you are the reason, calum scott.

(+) Los diálogos o fragmentos tomados de la novela estarán en letras negritas.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Ningún hombre o mujer nacido, cobarde o valiente, puede eludir su destino.

— Homero, La Ilíada.

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Lo dice de corazón. Es esa determinación la que me cautivó en el pasado, durante aquellos años en los que éramos sólo dos críos y lo hallé oculto, saltándose el entrenamiento del día. No comprendí la razón de conseguirse problemas a propósito, tal como no comprendí demasiado en su actuar evasivo desde su llegada al reino. Patroclo fue un espécimen humano distinto a todo lo que conocí del mundo hasta ese tiempo, y la necesidad de saciar mi curiosidad por él incrementó con la naturalidad de un respiro cuando lo escuché decir: llévame contigo a tus clases, así no será una mentira.

Impresionado, contuve la respiración aquella vez. Nadie, ni siquiera mi padre quien siempre confió en las herramientas que me brindó para forjar mi propio camino, se había atrevido a hablarme con tal decisión. Tampoco aparté mi mirada de él. Lo estudié en silencio tratando de notar un atisbo de arrepentimiento, esperando una risa que cubriera las palabras bajo la excusa de una broma, pero sólo existió la determinación. Me asombré ante la repentina sensación que me azotó mientras lo observaba, como la brisa del mar en las visitas a mi madre, una brisa que sólo podría significar destino. Pensé, con seguridad inesperada, él me seguirá, y entonces dije: Ven.

Patroclo ya no es el niño que me impresionó esa tarde, es ahora un hombre, mas su terca presencia en este universo de mortales y dioses aún agita la tierra bajo mis pies. No hay simpleza en la existencia de mi más amado. Él es sorprendente. Y, una vez más, sacude mi espíritu orgulloso y abre ante mí una posibilidad.

Lo he escuchado murmurar sobre el sol en mi piel, la primavera en el verde de mis ojos, la fuerte figura que he forjado, sin desperfecto ni rastros de brusquedad, lo he oído hablar de cómo cree que todo lo que es brillante en el mundo lo encuentra en mí, y todo lo que tiene luz para él, morirá conmigo. Sin embargo, Patroclo no tiene idea del poder que tiene en mí, en esta guerra, en esta vida. Él es uno con la tierra y la mortalidad, tan hermoso como efímero, sus pisadas inspiran frutos a quienes han sido centro de su mirada compasiva, y apenas saborean un atisbo de la dulzura que él tiene por dar al mundo antes de volver a mí.

Pero ni siquiera yo tendré sus manos sobre las mías eternamente. Moriré aquí en Troya. Y sin el honor que me han arrebatado, nada puedo dejar a mi Patroclo para que su vida sea segura y brillante, sin mi triunfo no existirá un seguro para que él viva la vida que deseé que viviera conmigo. No puedo perder este honor. No puedo condenarme ni condenarlo a la vergüenza.

Vísteme con tu armadura y lideraré a los mirmidones —Es un precio demasiado alto por pagar, pero la fuerza en sus manos aumenta; a pesar de las lágrimas que aún se derraman por su rostro, su determinación no se apaga, arde con mayor ímpetu de lo que hizo cuando éramos niños, y abre camino con más valor del que he visto en los ejércitos que han luchado a mi lado—. ¿Ves? No tendrás que quebrantar tu juramento y los griegos se salvarán.

Déjalos morir, las palabras se atoran en mi garganta mientras lo miro con fijeza.

Pero no sabes pelear —Digo a cambio.

Aunque no hay nada por decir o hacer, conozco al hombre que amo, y sé que no cederá incluso si le advierto del peligro. El corazón de Patroclo es tan grande que ha albergado a un semidiós desde la infancia, y ahora, alberga a todos estos hombres que han luchado a nuestro lado, deseando su salvación. Déjalos morir, quiero pedir de nuevo, pero sólo retrocedo ante cada palabra que sale de sus labios.

Será tu poderoso nombre el que los salve, asegura Patroclo buscando mis ojos. Su emoción me es contagiada, la lógica de este plan lentamente se adentra en mi visión y puedo imaginarlo: los troyanos retrocediendo del miedo al mirar mi escudo, la flaqueza de Agamenón ante mi ejército, ante el simple poder de mi nombre, y el resto de las tropas griegas arrodillándose en gratitud. Este vistazo del futuro esperado me es compartido por Patroclo, sacude la tierra a mis pies, levanta el viento a mi alrededor, me empuja a la posibilidad brillante de que no hay nada que no podamos salvar si estamos juntos; sean los griegos, sea mi honor.

Prométemelo —Pido con firmeza—. Debes jurarme que no vas a combatir contra ellos. —Hago que prometa esto, quedarse en el carro con Automedonte y dejar que sean los mirmidones quienes vayan por delante, que sean ellos quienes peleen, ellos quienes lo protejan y lo traigan de vuelta a mí.

Patroclo aprieta mi mano, emoción y alivio lo vuelven brillante de una forma que sólo resalta en el otoño, colores cálidos que pronto perecerán como lo hace la mortalidad, pero que regalan a la vista un respiro de belleza sincera. Él luce tan entusiasmado que casi puedo saborear la victoria a nuestro alcance.

¿Vas a dejarme ir? —Trata de asegurarse, sus manos aún unidas a las mías, su mirada oscura volviendo a enfrentar la mía a la espera de una respuesta, pero carezco de entera seguridad para esta decisión, todo lo que me queda es la confianza depositada en este hombre, en mi más amado, en mi Patroclo. Todo lo que queda en medio de la guerra, es la fe que no he entregado ni siquiera a los dioses, sólo a él.

Así que, tras vacilar un instante, asiento con lentitud, inclinándome a Patroclo para alzarlo del suelo en el que ha rogado, y lo sujeto de los hombros con fuerza para arrebatar de sus húmedos labios un beso necesitado. Estoy dando a esta guerra lo que más amo, pero no me lo quitarán, eso es lo que deseo transmitir al entregarme a los labios que conozco de memoria, y la respuesta que consigo es lo único que necesito para dejarlo ir: volveré.

Esto es por los griegos. Esto es por mi honor. Repito mentalmente al atar la armadura al cuerpo de Patroclo, aunque las palabras que salen en alto son sólo instrucciones para la batalla. Me aseguro de que entienda la magnitud de su promesa. La importancia de su vida para mí. El casco oculta el último rastro que lo delataría al pelear, ese cabello oscuro del que he tirado noches, mañanas y tardes, el sitio donde he hundido mi rostro y que guarda el recuerdo de todos los sonidos que he producido en la intimidad. Sin nada más que sus grandes ojos a la vista, me inclino a él por otro beso. Vuelve, pido como un devoto al único dios que albergo en mi corazón.

Tráiganmelo de vuelta —la orden es dada a mi gente, los mirmidones, quienes golpean su lanza contra el escudo al acatar el mandato. Tengo fe en Patroclo, y creo en ellos, así que lo dejo ir.

Observo el carro avanzar hacia la batalla. Los mirmidones marchan por delante, a los costados, y también detrás, rodean a Patroclo como las hormigas custodian una pizca dulce. Estaría allí si pudiera, me convenzo, y la ira que he sentido por Agamenón y sus fallas crece de golpe, ¡estaría peleando a su lado si no fuera por el orgullo de ese rey en decadencia! Mas nada puedo hacer. Aprieto los puños, lo miro marchar, llevándose con él mi alma entera.

Ha tomado la mitad de mi alma cuando llegó a mi vida, después, fue suya por completo.

Creo en ti, digo a mis adentros ante el último destello de la cola de mi casco que desaparece con la distancia junto a Patroclo. Él es la razón por la que defenderé mi honor hasta el último de mis alientos. Es la razón por la que necesito triunfar. Con mi imagen en las estrellas, nada lastimará a Patroclo el resto de la vida que debe vivir.

Mi más amado. El mejor de los mirmidones.

Una sensación me sacude de pronto. Es nuevamente como la marea. Una ola que roza mis pies y anuncia lo inevitable, pero he vivido por diez años con ese sentimiento dentro de mí, así que lo dejo permanecer. Es el anuncio de la muerte. Pero, esta vez, viene a mí en el susurro de un fantasma, una voz que me perteneció en algún tiempo atrás, murmurando en aliento frío: si tienes que ir, sabes que iré contigo.

Vuelve, pido de nuevo, pero la única respuesta que obtengo son los vítores de los griegos que reciben la esperanza de mi nombre en la batalla. Patroclo lo logró.

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Espero en lo alto de la colina, desde aquí la planicie de Troya es visible, los soldados de ambos bandos se disputan la batalla. No puedo ver rostros, pero logro reconocer el avance de los griegos sobre los troyanos, éstos han perdido su oportunidad de rozar la victoria, así que sólo espero aquí.

Cuando Patroclo vuelva, lo alzaré en mis hombros para que saboree la gloria que hoy le pertenece, abriré los vinos para los mirmidones y mi honor resplandecerá en el momento que Agamenón acepte su error ante todos. Los ejércitos me agradecerán. Mañana, avanzaremos hasta la ciudad. Mañana, las murallas de Troya temblarán sin retener mi fuerza, pero antes, esta noche, lo tendré a él. Antes de la batalla que lideraré mañana, Patroclo y yo celebraremos juntos en la tienda, limpiaré de su cuerpo la sangre de los enemigos, y después lo besaré hasta que la única palabra que sea dicha por mis labios, sea su nombre.

Patroclo, Patroclo…

Mañana, mi Patroclo, conquistaremos Troya.

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Patroclo —su nombre se descompone en el sollozo que emito—, Patroclo, Patroclo…

Lo han traído a mí, como lo pedí. Sujeto su cadáver en mis brazos. Mi Patroclo, pienso, sollozo, lloro frente a los ejércitos sin soltarlo, sin permitir que nadie se acerque. Mataré a quien se atreva. Mataré a todos. Troya arderá. Los griegos arderán. La ira se eleva, el volcán en mi pecho necesita estallar, pero la tormenta del dolor lo baña con lluvia y vuelvo a ser sólo esto, un hombre sin poder en la vida y la muerte, sujetando a mi más amado, a mi Patroclo.

A la lejanía, escucho el gemido desesperado de una mujer. Briseida. Pero no la miro. No me importa. Él no es suyo. Él nunca fue suyo. Lo aprieto más a mi cuerpo, celoso de que ella pueda venir a arrebatármelo. La mataría si lo intentara. Es así como la ira crece de nuevo, me corre por la sangre con la lava del odio puro, y me permite la claridad suficiente para soltar el cadáver de mi querido, alzándome.

¿Quién hizo esto? —Mi propia voz me es irreconocible, es un mandato roto.

Héctor —no sé de dónde proviene la respuesta, pero es todo lo que necesito. Me acerco al hombre (Menelao, sabré después) e intento arrebatarle la lanza. Héctor debe morir. Héctor ha hecho esto. El maldito Héctor.

Mañana —los brazos de Odiseo me retienen por los hombros. Podría matarlo. Podría matarlos a todos e ir por Héctor ahora, pero han asesinado mi corazón, un agujero negro crece en su sitio y me arrastra a una debilidad que nunca antes en mi vida sentí. — Héctor ha entrado en la ciudad. Mañana, Pelida, mañana podrás matarlo.

Me deshago de su agarre y vuelvo al cuerpo de Patroclo. No acepto comida ni bebida. Todo lo que necesito es sentir el calor del cuerpo inerte que acuno cerca de mí al levantarlo del suelo, lo conduzco a nuestra tienda con pasos tambaleantes que finalmente ceden apenas he cruzado la tela, me desplomo sobre mis rodillas en el suelo, el cuerpo de Patroclo se desliza fuera de mi fuerza y trato de mantenerlo cerca. Otro ataque de lágrimas estalla en mí.

Mi madre llega en ese momento. Reconozco la fría brisa marina antes de que llegue siquiera a mi rostro, pero no me importa lo que tenga que decir. Nunca me ha importado su opinión cuando se trata de la persona que más he amado, pero la falta de empatía me irrita profundamente y deseo que desaparezca. No la necesito aquí. No la dejaré acercarse a él.

¡No me toques! —grito con furia antes de que sus frías manos se posen sobre mí para apartarme de Patroclo. Nunca lo logró cuando él tenía vida, no lo logrará tampoco ahora, así que vuelvo a acunarlo en mis brazos, resguardo para mí el último rastro de calor que queda en su cuerpo. Nadie me lo arrebatará.

Ella desaparece con la promesa de una armadura, pero no la necesito.

Héctor morirá.

Las horas pasan, mas no las siento. El tiempo se ha convertido en una cortina nublada que no me importa más. El tiempo no existe sin él. Mi vida ha terminado, he decidido. Él ha muerto, yo no tardaré en seguirlo, así que dejo que el tiempo pase, me mantengo inclinado sobre él y hundo mi rostro en su oscuro cabello. Mi Patroclo. Mi alma entera.

No hay presencia de nadie más en la tienda hasta que llega Odiseo, acompañado de Agamenón. Anuncian la vuelta de Briseida, hay algo sobre una disculpa, no lo escucho, no me importa. Ya no queda nada. El arrepentimiento de Agamenón es nada. Mi honor recuperado es nada. Todo lo que importaba, todo lo que hizo latir este corazón con la esperanza de burlar el destino un año más, ahora yace muerto en mis brazos. Lo que sea que digan, es nada sin la vida de Patroclo.

Lo único que me mantiene en pie, es Héctor.

Héctor morirá, pienso e imagino cómo será. Inmovilizaré sus miembros. Haré que se arrastre en su propio reino, frente a los ojos de su propia gente, lo cazaré hasta la última milla en la que se extiende Troya, y lo pisaré. Atravesaré mi lanza en su garganta. Entonces, ese reino no tendrá un príncipe al cual llorarle, ataré su cadáver a mi carruaje y todos lo observarán tragar tierra y sangre incluso en la muerte. No lo perdonaré. Nunca lo perdonaré. Héctor morirá.

¿Y vas a luchar después? —cuestiona Agamenón.

Si lo deseas, sí. No me importa. Pronto estaré muerto.

Héctor morirá, prometo mientras mis dedos se deslizan por el rostro de Patroclo. Mis labios se tientan con el impulso de una sonrisa amarga cuando recuerdo que él me advirtió no matar al prodigioso príncipe de Troya, pero ¿qué más queda? Patroclo no está vivo para detenerme, y el regaño que obtendré al alcanzarlo en la muerte vale mi propio fallecimiento si puedo estar con él de nuevo.

¿Sabes que mató a Sarpedón? —Apenas logro retener esa información, furioso de que Agamenón y Odiseo sigan aquí. No me importa. ¡No me importa nada! ¡Lo he perdido!

Mi fe en él era única, nadie jamás creyó en Patroclo como lo hice yo, nadie sabrá que yo vi ese valor en su corazón desde que éramos niños, nadie es capaz de imaginar que el héroe entre nosotros nunca fui yo, era él. Patroclo, el mejor de los mirmidones, el asesino de un hijo de Zeus, el líder de la victoria que regresó a los troyanos a las murallas, yo lo vi antes que todos, pero no importa más si no lo tengo aquí, no importa si no es él quien narra la batalla para mí con sus grandes ojos oscuros llenándome de calidez. Lo tengo en mis brazos, pero lo extraño terriblemente.

Alzo mi mirada hacia ellos.

Ojalá él los hubiera dejado morir a todos —declaro con la mandíbula apretada, mi cuerpo entero se tensa alrededor de Patroclo mientras lo sujeto, mas no hay mentira en ese deseo expresado.

Debí convencerlo de dejarlos morir. Debí detenerlo. Debí… ir con él, como prometí en la adolescencia. El rencor que siento contra mí, quema mi garganta con las palabras no dichas y corta mi rostro a causa de las lágrimas. Es demasiado tarde en vida. Pero, en la muerte, lo alcanzaré.

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Sólo abandono la tienda cuando el manto oscuro cubre el campamento que Patroclo ha salvado con su muerte. He existido mi vida entera con él a mi lado, que las horas de su ausencia son un agujero profundo dentro de mí, ni el agua ni el alimento son suficientes para llenarlo, ni siquiera la cólera en la que arde este dolor sin igual.

Las estrellas resultan un bálsamo. Remontan mi memoria a lo único que he conocido del paraíso, aquellos días felices en la cueva de Quirón, mañanas en las que desperté con mis miembros aferrados al cuerpo cálido de Patroclo. Reconozco su calor con la misma naturalidad con la que advierto los movimientos enemigos en la batalla; si existo en este mundo para la guerra, también he existido para amarlo.

Yo seré el primero, ahí está una vez más el susurro fantasma del adolescente que fui, trae a mí el peso de las promesas no cumplidas, promesas empañadas por el escozor amargo de esta guerra que ya no me expresa sentido alguno de ser ganada, es ésta la tierra donde yacen enterradas nuestras promesas, mis promesas, y he caminado sobre ellas durante diez años creyendo ciegamente que eran tan firmes como la promesa de mi honor, pero todo se ha roto bajo el peso de mi orgullo. En esta tierra, sólo hay sangre, y sólo sangre es lo que daré hasta que los dioses me concedan seguirlo, Júralo.

Creo escucharlo en las estrellas.

¿Por qué yo?

Porque tú eres la razón…—respondo, observando el cielo.

El susurro de mi ronca voz se entremezcla al claro recuerdo de la promesa. Si cierro los ojos, puedo vernos en aquel instante, puedo sentir su mano sobre la mía, no hay pesares ni pérdidas, el tiempo es eterno en la cueva que nos acogió, mientras que aquí en Troya, el tiempo fue limitado desde el día uno, la noche uno, la noche en que él me sujetó con tanta cercanía y fuerza que nuestros corazones, almas y cuerpos, se fundieron juntos en una sola entidad, perseguidos por la realidad profética de mi muerte inevitable en esta tierra. Sentí su temor, así que lo besé; él sintió mi angustia, entonces me acunó contra su pecho hasta el amanecer.

La vívida memoria me arranca el aire, siento el ahogo de la ausencia tan dentro de mí como si me faltara mi propio corazón. Falta, es un hecho, añoro el corazón que me completa, el alma que arrancaron de mí. No existe nada peor que podría sufrir en la vida que me queda. Lo extraño terriblemente. Mis pies, veloces por naturaleza, se mueven instintivamente de vuelta a la tienda. Necesito sentirlo.

Mas mi carrera se interrumpe al correr la tela, debido a la presencia de una intrusa. Ella se encuentra deslizando un trapo húmedo por el brazo de Patroclo, limpia con extrema paciencia el polvo y la sangre. Hasta sólo ese momento caigo en cuenta de que su cadáver continúa sucio por la batalla, la cólera de este reconocimiento se eleva en mi interior. ¿Quién es ella para hacer la limpieza de mi philtatos su tarea? ¿Qué lugar cree que tiene en la vida de Patroclo para ocupar un sitio aquí, en su muerte, en su descanso?

Apártate de su lado.

El desprecio se mezcla a la ira. No permitiré que ella siga aquí. No dejaré que sus manos lo toquen. Todo ha iniciado con ella. La presencia de esa mujer causó el insulto de Agamenón. El desbordante cariño que Patroclo le tuvo, lo incentivó a decidir entre ella y mi honor. El rencor me consume con esta irracional idea, ni siquiera necesito un arma, un paso a ella y romper su cuello bastaría. Pero… el cuerpo de Patroclo nos separa. Aun yaciendo inerte, la significancia de Briseida en su corazón me detiene, ata mis ligeros pies a la tierra, hace humano al arma homicida que soy. Todo el desprecio, se contiene en otra orden: no voy a permitir que le pongas las manos encima.

No tengo conocimiento alguno de lo que es una lanza en el pecho, nadie ha estado siquiera cerca de hacerme derramar una gota de sangre propia, mueren por mi espada incluso antes de que lo intenten, mas Briseida no es una mujer de guerra, ella no apunta ningún filo contra mi corazón, pero sus palabras atacan con inteligencia cruda, es valerosa hasta en las peores circunstancias, y derrota a este aristos achaion usando únicamente la filosa verdad que carcome en mi interior, la obliga a salir desde las entrañas, hojas afiladas que me abren de dentro hacia afuera, mi sangre invisible se derrama en la tienda, y lágrimas brotan en un rostro que nunca más tendrá el consuelo de Patroclo para limpiarlas con su gentil tacto, nunca más en esta vida.

¡Fuera, largo! Destrozo una fuente cercana, pero Briseida no conoce la compasión ni la cobardía, no da tregua a una presa que empieza a temblar ante la realidad escupida con tal crueldad. ¡Y tú lo enviaste a la muerte! ¡Ella no tiene idea alguna! Intenté detenerlo, ¡los dioses saben que intenté detenerlo!

Nunca lo has merecido —retrocedo, ella avanza. — Ni siquiera sé por qué te amaba.

Como un cobarde, me cubro el rostro con las manos, las lágrimas empapan la fría piel de mis palmas, puedo sentir el ahogo de ellas, la obstrucción de mi garganta, el sufrimiento, la culpa, la culpa, la culpa. No intenté detenerlo. Sabía que era peligroso. Aprieto el escudo de mi carne contra la cara, reprimiendo un sollozo poco digno, el orgullo cae a pedazos. No hice suficiente para detenerlo. Si tienes que ir, sabes que iré contigo. ¿Honor? ¿Qué honor puedo presumir si he roto cada promesa? Debí pelear a su lado. Debí ignorar el desplante de Agamenón, mostrar compasión antes que crueldad, razón en lugar de fuerza, detenerme a mirar esta guerra, este mundo, a través de sus ojos y no los míos, pero no lo hice.

¿Qué alma le entregué, si no fui capaz de entregarle mi lanza para pelear por él cuando rogó de rodillas ante mí? Haría cualquier cosa por ti, cualquiera, pero no esto, negué ante su súplica, oculto bajo la falsa capa de la honra, desesperado por el poco tiempo que se me concedió para construir mi gloria y marcar la historia con mi divina presencia. Quiero reír de la vergüenza que siento, pero todo lo que obtengo es un sollozo ahogado.

¿Ha sido hoy el único momento en el que fallé al compañero de mi corazón?

No.

La revelación es clara, me quema más allá del odio a Héctor o los celos a Briseida, es mi cuerpo entero ardiendo de aborrecimiento propio. ¿Qué honor, qué divinidad? ¿Qué tengo que agradecer al destino que me fue concedido? Si la guerra era mi camino encomendado, nunca debí traerlo conmigo; si matar es todo lo que soy, jamás debí aspirar ser amado por su calidez; si este mundo ha creado héroes para castigarlos con la tragedia, si este orgullo sólo le produjo dolor, ¿por qué no di la vuelta aquella tarde, siendo niños?

Él me habría seguido de cualquier forma. Lo sé. Pero también sé que lo he arrastrado a una tormenta sin un soleado final, y es por mi causa que ha muerto en soledad.

Ojalá Héctor te mate —Briseida da la última estocada.

Apartó mis manos del rostro, hay un sonido áspero que escapa de mis labios al separarlos, y con el corazón destrozado frente al cadáver de lo único que valió la pena amar, replico:

¿Acaso piensas que yo no deseo lo mismo?

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Una vez que la tienda vuelve a ser nuestra, sólo él y yo, termino la tarea que Briseida comenzó. Las lágrimas nublan por momentos mi visión, pero no las aparto, no necesito mirar para reconocer su cuerpo, el simple tacto es mi vista, e incluso sin el tacto, lo reconocería por el pulso de mi propio corazón, un golpeteo que acelera en su presencia, una advertencia de que el único sitio que pertenezco está a mi lado. Y aunque hoy la desgracia de mi heroísmo orgulloso lo apartó, sé que mis cenizas reconocerán sus cenizas en muerte, en el final de los finales, en las siguientes vidas, porque él es todo lo que deseo seguir.

Al terminar de limpiar la tierra y la sangre, lo levanto en mis brazos hasta nuestra cama, las lágrimas caen todavía, resbalan de mi rostro hacia sus manos cuando las tomo y las beso, exhalo en él mi aliento para calentar sus frías palmas, y vuelvo a besarlo. Lo abrazo durante toda la noche, con una única emoción inundando el vacío del corazón lacerado que queda en mí: Patroclo se equivocó. Todas las cosas hermosas y brillantes que este mundo alguna vez nos obsequió, no están ligadas a mi existencia, han muerto con él.

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— ¡HÉCTOR! —clamo.

Nada me detendrá. Mi furia es una bestia fugaz que destroza rostros, pechos, piernas, todo aquel que se interponga en mi camino, todo soldado troyano que tiene la desgracia de estar al frente mío muere antes de pensar que morirá, o quizá todos saben que morirán, por tal razón hay soldados que huyen, mas no los miro, muertos o vivos, el único objetivo que tengo está al frente, así que avanzo.

No hay hombre ni divinidad que detenga la furia que arde en mí. No debieron arrebatármelo. No debieron atreverse a alejarlo de mí. Así que pagarán. Soy el arma que desean, pero antes de usarme para el triunfo definitivo de esta guerra, Héctor caerá.

¡Ni el orgullo del Dios que me obstruye detendrá lo que debe ser hecho! Es su culpa, la de los cielos, esa peste que me ha traído aquí en necesidad de su reconocimiento para forjar la gloria de mi nombre en la historia, en el Olimpo, pero no importa más, son ellos los insectos y soy yo quien pisará todo lo que han amado, porque la única gloria por la que ha merecido la pena pelear, es el amor que volveré a encontrar tras marcar mi destino rumbo al Inframundo.

Aquí, en la tierra mortal, no queda nada. Me aseguraré que no quede nada. Héctor está ante mí y sabe que morirá a mis manos. Lo despedazaré como un león. Troya verá caer a su príncipe, después, Troya caerá, los griegos lo harán en algún momento también, y yo no estaré más aquí, pero en el tiempo que me queda, destruiré lo que queda. Destruiré al hombre que aún bate una batalla contra mí, inútilmente feroz porque perderá, porque el único hilillo de sangre que extrae de mi cuerpo es todo lo humano que verá; el resto, es sólo un arma asesina, es el arma que nací para ser, es el arma que manipula la espada y la lanza como extensiones de un cuerpo completo, paralizan a Héctor que aún se tambalea en la tierra cual árbol negándose a ser talado, así que corto la unión de sus tobillos.

Él morirá de rodillas.

Concédeme una cosa: entrega mi cuerpo a mi familia cuando me hayas matado —suplica patéticamente.

No hay memorias cargadas de luz en este momento. Sólo hay dolor. Oscuro, vidrioso, asfixiante. Sólo existe el cuerpo de Patroclo, frío e inconsciente que espera por mí en la carpa, sólo un envase vacío de lo que más he amado, de lo único en mi vida que no debió ser destinado a la guerra, pero que la guerra me arrebató usando las manos del príncipe Héctor como medio. No necesitará más esas manos ni esos pies, no necesitará esos ojos ni esa boca, no quedará nada de ese cuerpo que sus amados puedan usar para salvar su alma.

 No hay salvación para él.

No hay tratos entre hombres y leones —respondo tras un suspiro asfixiado— Te voy a matar y a comerte crudo.

No hay salvación para mí.

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Logro dormir por vez primera desde la muerte de Patroclo, pero es un sueño irregular y tembloroso. Son recuerdos. Todos ellos deslizándose de mis manos cubiertas de sangre. Intento llegar a ellos. Intento recuperar el primer día, el segundo, el primer mes, la primera sonrisa que me mostró la belleza de una vida que valía ser vivida más allá que el honor, el primer beso y la primera noche, todo eso se aleja hasta la oscuridad, donde las últimas veces se arremolinan también, rompiéndose en trozos hasta ser sólo cenizas. Las cenizas de Patroclo.

No soporto verte sufrir, Aquiles.

Hay una voz en la oscuridad y yo niego con la cabeza. Sé lo que quiere, pero no puedo.

Danos paz a los dos. Incinera mi cuerpo y dame sepultura. Te estaré esperando entre las sombras, te estaré…

¡No! Despierto bruscamente, mas el único calor que cobijo la oscuridad del sueño, se pierde y todo lo que deja es el cadáver a mi lado, frío e inerte, sin respuesta cuando lo sujeto contra mi cuerpo.

¡Espera, Patroclo, estoy aquí! —deseo que escuche, deseo que se quede.

Él no responde, entonces suelto a llorar.

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Despierto a la primera luz de la mañana para continuar con el deber que me he propuesto. Troya ve el cadáver de su príncipe comer la tierra que lo vio crecer. Los murmullos se levantan cuando vuelvo al campamento, nadie cree que es lo correcto, mas nadie dirá nada en mi contra. Nadie excepto ella.

Es su culpa, pienso, esto es culpa de todos ellos, de cada Dios que observa la tierra como su principal atracción, aquellos que creen tener el poder de forjar nuestros destinos y arrebatarnos la paz. Ellos nos odian, nos envidian, nos temen, y es por eso que nos hacen miserables.

¿Y qué si Apolo busca venganza? Aquí estoy. ¿Mi madre no puede protegerme? Resoplo una queja tensa mientras acomodo el cabello de Patroclo. ¡No necesito protección! Esto es lo que he decidido. Masacrar a Héctor por él. Hundir Troya por él. Mancillar mi honor por él. Todas estas cosas efímeras no valen más, si él no está. Todo el poder de los cielos es sólo un estorbo si no pueden traerlo de vuelta a mí. Soy mortal, más mortal de lo que nunca fui, a un paso de la muerte, a un paso del olvido, a un paso de que el hijo que no deseé tome un lugar que aún no desocupo, pero cuando ella concluye: Me alegra que Patroclo haya muerto, descubro que no hay más orgullo ni honor en mí, sólo ira, sólo el asesino que los cielos crearon.

Es la última vez que veo a mi madre.

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Resulta que aún hay algo más en mí que la muerte y la destrucción.

Lo descubro en la madrugada que Príamo llega a mi tienda con un ruego, una petición sincera que lo ha impulsado a una acción suicida al venir aquí sin arma, sin hombres, es un padre cuya única búsqueda es la paz del alma de un hijo muerto que continuo atormentando en venganza de la propia tormenta que se ha anclado a mí desde la pérdida de Patroclo, mi Philtatos, el más amado.

Es correcto buscar la paz para los muertos —él dice, es un hombre sabio, lo reconozco a pesar de no arrepentirme de matar a su hijo— Tú y yo sabemos que no la hay para quienes los sobreviven —mi mirada se aparta del hombre.

No —coincido, observando a Patroclo aún envuelto en mantas que contienen el hedor.

Aún hay algo en mí que no es ira. Aún existe una diminuta luz únicamente encendida por el hombre que añoro, traída de vuelta a mí por el enemigo al que arrebaté un hijo. No digo nada por un tiempo, hasta que la decisión está tomada. Aún observo a Patroclo cuando vuelvo a hablar, aconsejando a Príamo que salga del campamento antes del amanecer para evitar que corra peligro en su camino de vuelta a casa. Enviaré el cuerpo de Héctor después, añado a la despedida.

Ha sido suficiente.

Suficiente, suficiente, suficiente, la palabra da vueltas cuando doy la orden de que preparen el cadáver del príncipe troyano para enviarlo de vuelta a su muralla. Todo este infierno en tierra ha sido suficiente, pero aún soy incapaz de aceptarlo con sinceridad. Hay un vacío en el interior de mi cuerpo que no ha sido llenado con la muerte de Héctor, un recipiente hueco que no contiene nada que importa, que valga, que se llame vida.

Y, sin embargo, ha sido suficiente, concluyo, deshecho en lágrimas sobre el vientre de mi amado, me escondo ahí como si fuera capaz de todavía sentir su abrazo, y sólo me incorporo para rozar mi rostro por última vez a las mejillas oscuras que alguna tarde de agua brillaron con risas, y beso sus labios secos, beso sus pómulos, beso su frente, y el llanto continúa mientras preparo su cuerpo, lágrimas secas al caminar hacia la pira.

Briseida y los mirmidones nos acompañan, contemplan cada acción que hago: depositar el cuerpo, prenderlo en llamas, observar el fuego que consume todo lo terrenal y que lo llevará al descanso que merece. Éste no es más tu mundo, Patroclo, pienso con el calor de las llamas en mi rostro. No lo protejas más, no me mires más, ve al silencio del Inframundo y descansa ahí, mi más amado.

Soy yo quien se encarga de levantar las cenizas. Es un trabajo de mujeres, de acuerdo a la tradición, pero Briseida no hace movimiento alguno, permanece en silencio aceptando ésta como mi tarea, únicamente acercándose para entregarme la urna dorada, la mejor del campamento, donde deposito las cenizas.

Ve al descanso que mereces y no mires el dolor que enfrento, pues no es tu deber salvarme, hablo desde el corazón, sosteniendo la urna. Y, si crees que aún soy merecedor, espera por mí en el Inframundo. Iré pronto.

Les encomiendo una misión para después de mi muerte —anuncio al volverme hacia los griegos que me observan—: mezclar nuestras cenizas y enterrarnos juntos.

Es suficiente de esta vida, pero añoraré por él incluso al morir, incluso al nacer de nuevo. Es la mitad de mi alma y, hasta volverlo a ver, seré un recipiente semivacío, anhelando en cada ciclo de existencia que espere al otro lado del río, el regreso de la luz que Patroclo me dio al amarme en una vida que no fue hecha para amar.

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La victoria no existe más. Esa ilusión se ha podrido tal como lo harán los cadáveres sobre los que me apoyo para arremeter contra el siguiente soldado troyano. Nací para esto, recuerdo ante cada baja que no tiene oportunidad contra mi lanza. Soy un arma en esta guerra, no un héroe, la revelación me salta al rostro junto al hedor de la sangre y la tierra, pero el inicio de la náusea fallece en el paso siguiente. Soy sólo un arma. No hay honor en esto. No hay amor. Mi corazón está con Patroclo. Aquí, sin él, sólo queda un arma de muerte sin alma (la mitad, la he perdido; la otra mitad, dejé que se perdiera con el fuego).

La nimia esperanza que albergué de morir a manos de la líder amazona muere tan pronto como la enfrento. Es feroz, pero no lo suficiente para hacerme daño. La derribo con un golpe y continúo. Troya está adelante. Troya caerá. Esta guerra pronto verá su final, uno que se pintará con las llamas que derrumben la muralla. Cualquier día podría ser el día de ese destino. Empero, no es lo que busco. El único final que necesito es el mío, y por mi final, es que levanto la lanza cada día esperando que sea el último.

Aún soy un arma, pero una oxidada y cansada. El cuerpo joven que mantengo ya no es capaz de cargar el destino que se me convino. Un león herido que sigue atacando, cada vez más enfermo por la sangre que derramo, pero insaciable hasta que llegue el contraataque anhelado, uno que ponga fin, uno que termine con esta carga.

La piedad que busco viene con la venganza divina. El sol me ciega en el campo de batalla, vuelve mis pasos lentos, este recipiente enfermo que se tambalea en busca de más por matar, en busca de una espada que lo termine todo. No hay necesidad. Madre dijo que Apolo se vengaría, y lo hace a través de una flecha troyana que me atraviesa la espalda, la punta rasga mi piel, atraviesa mi músculo y burla mi costillar hasta quemarme el corazón, el arma atravesándome victoriosamente. El león cazado. El león que sangra como cualquier otro hombre.

Me derrumbo; primero, las rodillas, después, todo mi cuerpo. Sonrío cuando mi rostro cae sobre la tierra. Patroclo es mi último pensamiento mortal.

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Es como dormir, pero sin sueños. Una completa oscuridad que me mantiene alejado del mundo mortal. No hay nada más para mí en aquel sitio. Ni siquiera la duda que a veces me invade por Briseida es capaz de hacerme despertar y observar un segundo más de la vida que dejé atrás. No volveré por ella. No volveré por mi hijo. No volveré por ningún griego en el campamento. Todos merecen lo que tienen, incluso yo, perdido en este sueño interminable y oscuro, enlazándome a las cenizas de aquel que amo, pero sin sentirlo.

El despertar sólo llega cuando abro los ojos en el Inframundo. Han levantado mi tumba, deduzco, y si aún tuviera el cuerpo humano con el que viví, mi corazón se saldría del pecho al saber lo que significa. Lo veré. Finalmente lo veré de nuevo.

Sin embargo, cuando busco a mi lado derecho, Patroclo no está ahí. Miro al otro costado, pero tampoco hay señal alguna. Hay más almas que se enfilan al bote, pero ninguna es él. Camino, después corro, el terreno es un círculo que me lleva al mismo sitio, mas no me detengo y emprendo la carrera una vez más, virando mi vista desesperada a cualquier alma que tenga siquiera la más pequeña similitud, pero ninguna la tiene realmente, ninguna es él, porque si fuera, yo lo sentiría.

Yo lo reconocería aquí, en este fin del mundo, tal como siempre lo reconocí en el caos de la batalla, en el silencio nocturno del campamento, en la quietud de la cueva, en el bosque, en cualquier camino que forjó nuestra historia. Mi alma ha reconocido su alma cada día desde el instante en que la encontró, la reconocerá en este río y, al cruzarlo, en la siguiente vida, pero no está aquí, no estará al cruzar si no lo hago a su lado. Aquí es sólo mi alma, incompleta, allá lo será también, y el recipiente vacío que soy no volverá a sentir el sol.

Merezco lo que tengo.

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Espero a orilla del río Aqueronte.

Si Patroclo ha marchado sin mí, su alma reencarnada volverá algún día, así que me mantengo a la espera del suceso. No querrá verme o su alma no me recordará más, no lo sé, pero yo lo recordaré por ambos. Me mantendré en esta orilla a su espera. Sólo quiero sentirlo una vez más. Sólo quiero verlo. Sólo quiero pedir perdón.

Ha sido mi orgullo. Es más claro de lo que fue con la ira o la tristeza cegándome en mis últimos meses de vida mortal. Ha sido mi honor. La razón de mi destino dorado se convirtió en la razón de mi perdición, en la razón de perderlo a él, de hundirlo (y hundirme) en esta miserable historia donde el único héroe fue Patroclo, vistiendo mi armadura, salvando a los griegos, salvando mi honor, salvando lo que yo enterré.

— ¿Cruzarás? —Caronte hace esa pregunta ocasionalmente.

Yo niego con la cabeza.

En algún momento, él deja de preguntar. Yo no dejo de esperar.

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Hades aparece una vez. Lo reconozco por el frío que trae consigo, ese aire helado al que me acostumbré durante los encuentros con mi madre, la imponencia imperturbable que rodea a los dioses, aunque la presencia es más intimidante en el Dios del Inframundo, más fría y más grande. Luce como un cadáver. Alto, severamente pálido, contrasta con la negrura de su túnica negra que se desliza hasta el suelo y desaparece como humo, una nube negra que no permite visión alguna de sus pies y hace parecer que flota, tal vez lo hace.

Sus ojos son aún más inquietantes, grandes y oscuros, un pozo sin fondo cuya única emoción ligeramente perceptible es la discreción. Sin palabras, sé que sabe lo que he hecho. Puedo sentir mi vida humana deslizarse hacia él y ser vista por los huecos en su rostro.

— Sube al bote —ordena, voz ronca y dura, no debe usarla mucho, pues suena con un eco fantasmal que me hace temblar.

¿Es esto lo que otros mortales sentían al hablar con mi madre?

— No.

— Te convertirás en un alma en pena, un alma perdida, sin posibilidad a reencarnar. No obtendrás descanso jamás, ¿entiendes eso?

— Merezco eso —afirmo con seguridad. Madre diría que actúo como un niño, quizá Hades lo piensa también (no puedo deducir nada de ese semblante cadavérico), pero en mi opinión, es la decisión más sensata que he tenido jamás.

— Merecerlo —si es una burla o no, no lo sé. Hades sólo me mira. — ¿Por qué?

— Tú sabes por qué —espeto entre dientes.

No hay ningún bien en provocar la furia de un dios, aún menos de aquel cuyos dominios están en las almas de quienes mueren y en el destino de su descanso antes de avanzar a una nueva vida. Una parte de mí, sabe que lo hago a propósito. Busco un castigo. Uno más duro que la espera y más solitario que la idea de que él se ha marchado sin mí.

— Escarmentaste suficiente antes de morir.

— ¡Nunca será suficiente! —Clamo. Por vez primera en mucho tiempo, siento algo, pero ése algo es sólo rabia— ¡¿Qué honor hay en mi egoísmo?! ¡¿Qué gloria tiene mi nombre, si lo único que ocasioné fue muerte?! Esto no es honor, ¡esto no es lo que ustedes prometieron!

Nombra a un héroe que haya sido feliz.

— Nadie prometió nada —Hades se mueve por el río— Eras un mortal como cualquier otro, hijo de Tetis.

— ¡Nunca lo fui! —Corro para alcanzarlo— ¡Ustedes me hicieron esto! Ustedes, dioses, sin vida ni muerte, sin propósito ni amor. Un día, los humanos lo sabremos, y nunca más tendrán poder sobre nosotros.

Una espectral risa retumba por cada rincón de las paredes húmedas, agitando el río, provocando el temblar de las almas nuevas y de la mía. Hades ríe sin la naturalidad con la que hace un mortal, pero aún es una risa, y la diversión casi se expresa en su pálido rostro.

— Siempre dijeron que tenías agallas —comenta—, también dijeron que no tenías límites. Nunca lo vi hasta ahora. Los vivos no me importan. Tu destino, tu honor, lo que el Olimpo dijera de ti, no me importó nunca. Eres un mortal más para mí.

Desearía haber sido eso en vida también. Un hijo de humano y humana. Sólo un príncipe más. O un plebeyo. ¿Importa? No. Cualquier vida que me alejara del destino glorioso que se escribió en mi nombre y condené con sangre. Desearía eso. Una vida donde nadie alimentó mi orgullo, donde lo único que tendría sería una lira y una mano que tomar.

— Hades —murmuro, aún caminando a su lado— Cuando él llegó, ¿lo viste?

No hay necesidad de aclarar un nombre, Hades ha visto la vida vivida en su alma muerta, así que lo sabe, pero la respuesta no da ningún consuelo ni tampoco es el castigo que espera al desear que Patroclo avanzara sin él.

— Su alma no ha arribado.

— ¿Qué? —me detengo— ¿Por qué? Lo incineré. Lo encargué a mis hombres a mi muerte.

Hades sigue caminando, pisa el río y continúa sobre las aguas oscuras.

— El mundo vivo no es mi incumbencia.

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Todo lo que soy ahora, son recuerdos.

Mi tristeza es mayor que la ira que siento por los dioses (por mí). El tiempo la ha apaciguado, doy la amabilidad a mi alma que nunca di después de su muerte, lo hago como si él estuviera aquí, aunque hay momentos en que recuerdo no merecer la compasión, y me hundo en el sufrimiento de no saber qué ha sido del alma que me completa.

En ocasiones, Hades me visita y sólo me acompaña en silencio. Creo que siente curiosidad.

No soy la primer alma que se niega a subir al bote en espera de un ser amado, pero soy la única alma que logra mantener la cordura en la espera. Son los recuerdos los que me salvan, lo sé. Son ojos marrones y sonrisa inteligente, es el tacto en mi cabello, cuello y cadera, es la forma en que me sentía observado al cantar y la calidez que me cubría al anochecer durante los inviernos en la playa. Es su voz. Es su piel. Es la sola esencia de su alma que aún tiene que estar viva, porque sin ella, la mía habría muerto, así que debe estar ahí, debe estar abriendo su camino hacia mí, así que espero.

Es el amor lo que me da vida en la tierra de los muertos.

— Lo entiendo —dice Hades.

Al primer momento, creo que es una mentira, pero él siempre ha dicho exactamente lo que piensa de la forma en que lo piensa. Entonces, sopeso la posibilidad de que, quizá, él lo entiende. La única diferencia es que su espera termina cada comienzo del otoño, mientras que mi espera no conoce un final.

— Él es la única razón —comento una vez, aun esperando.

— ¿La razón de qué?

— De mi gloria —afirmo, la vista fija en la orilla del río donde las almas arriban. Ninguna es él. — Haber sido amado por Patroclo es la única gloria que me trajo felicidad verdadera. Me costó la vida entenderlo, pero no desperdiciaré la siguiente.

— ¿Y si no viene jamás?

— Entonces no volveré a tener gloria. Es lo que mereceré por mi egoísmo.

Hades ríe entre dientes. Es la misma risa espectral carente de emoción, pero una parte de mí cree que él lo entiende. Una parte de mí, cree que es el único Dios que ha mirado a los humanos como deben ser mirados: recipientes que mueren y nacen, y en el medio, a veces tienen la suerte de amar.

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En la oscuridad, hay una luz. Percibo su calor tan pronto arriba a la orilla. Mis piernas corren directo a su dirección, saltan del suelo rocoso y frío, recibido en sus brazos cálidos que siguen brillando para mí. Me hundo. Nos unimos. Nuestros brazos envueltos. Un abrazo que nos oculta de todo hasta que somos capaces de mirarnos de nuevo.

Hay palabras que tiemblan en sus labios. Quiero escucharlas. Quiero escuchar todo lo que él tenga que decir. Pero, antes, mis piernas se derrumban y caigo de rodillas ante él. La preocupación lo rodea, porque él siempre ha sido amable (especialmente conmigo), mas no dejo que su consuelo me alance. Lo detengo, sujetándolo por la cadera.

— Perdóname —sollozo.

Patroclo, aún amable, me extiende su mano.

— Vayamos juntos.

No lo merezco. Nunca lo he merecido. Pero es lo único que decidí por mí mismo. Es lo único que amé como mortal, no como un soldado ni un semidiós, sino como el humano que él me enseñó a ser, y cuya enseñanza perdí bajo el ego y el orgullo. No obstante, está aquí de nuevo, extendiendo la siguiente vida que nos espera en el centro de su cálida palma.

— N-No puedo… —murmuro, deshecho en la culpa que creí enterrar— No lo merezco.

Patroclo niega de inmediato. Se arrodilla ante mí para tomar mis mejillas. Arrodillados, ambos tenemos la altura a la que tuvimos de niños, y los recuerdos queman, iluminan el Inframundo, alteran el río Aqueronte.

— No me hagas esto —Patroclo ordena— No digas eso —es firme como siempre fue, seguro de sus palabras, aún más seguro de sus acciones, atrayendo mi mente confusa a la única verdad que importa ahora: estamos juntos.

— Entonces, ¿qué debo decir?

Mi rostro se inclina a la mano de Patroclo, quien acaricia mi mejilla, después se desliza lejos y busca mi mano, sonriendo al hablar:

Si tienes que ir, sabes que iré contigo.

Al unir nuestras manos, la luz incrementa, se derrama sobre nuestras almas y nos acompaña hasta el bote, un sol que sale a borbotones provocado por nuestras existencias finalmente juntas, camino a lo que espera más allá del río.

Notes:

Jorge la curiosa se lastimó a sí misma al leer este libro sabiendo bien el final que tendría. Sangré, y las letras son mi única forma de tratar la herida.

Life&Love,

Oz.