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Hermione era una chica de gustos simples, trabajaba en lo que siempre quiso, ayudando a la comunidad mágica en el Departamento de Leyes Mágicas.
Tenía una vida tranquila junto a su novio en una casa con un gran jardín, en un sector aledaño a Londres al que religiosamente le dedicaba las mañanas de los sábados, regando y revisando sus plantas, cortando las rosas que estaban listas, «a la manera muggle», como decían sus amigos.
Se levantó muy animada esa mañana pues no era un sábado cualquiera, sino era San Valentín, y tenía planeado aprovechar sus rosas para decorar una deliciosa cena que prepararía para su novio.
Mientras hacía el desayuno para ambos, escuchó a Draco aproximándose.
—Amor, el desayuno está listo —le dijo ella desde la cocina.
—Lo siento, no me quedo a desayunar; tengo una reunión en la oficina —le dijo acercándose apurado y besándola rápido en los labios.
—¡Pero es sábado! ¿Por qué tienes que ir? —reclamó con desánimo.
—Fue un tema de último minuto. Tengo que ir urgente —le respondió el rubio abrazándola por la cintura y besándole el cuello.
—Pensé que te quedarías en casa hoy, para comer algo rico en la cena.
—Prometo llegar a la cena, amor —le dijo él dirigiéndose hacia la chimenea para desaparecer luego.
Hermione se tomó su desayuno tranquilamente y se colocó un overol rojo para sentirse cómoda en el jardín mientras regaba y cortaba algunas rosas. Cuando estaba viendo sus rosas rojas, una sonrisa en el rostro se dibujó por su pequeña venganza contra Draco por haber olvidado saludarla el día de los enamorados.
Luego de terminar en el jardín, comenzó a preparar la cena de la noche esperando que Draco cumpliera su promesa y llegara a tiempo. Mientras esperaba que estuviera preparado todo, se fue a duchar y con un vestido rojo ligero se preparó para celebrar el famoso día del amor.
—¿Hermione? ¿Dónde estás?
Ella salió de la habitación cuando escuchó a su novio llamarla, y con una inocente sonrisa le respondió:
—Cariño, ¡llegaste!
—No te hagas la inocente, pequeña bruja —dijo haciéndose el enojado.
—No sé de qué hablas —respondió ella dirigiéndose a la cocina.
—Fui el hazme reír de todos en la oficina hoy y yo ni enterado.
—Insisto, no sé de qué hablas, Draco —comenzó a servir vino en dos copas y tendiéndole una, tomó un sorbo lentamente.
—¿Qué le hiciste a mi corbata, Granger? —dijo mostrando su corbata llena de corazones—. Todos se burlaron de mí.
Ella, con una sonrisa más pícara respondió: —Eso es lo que pasa cuando no saludas a tu mujer por el día de los enamorados.
Draco abrió los ojos y se le escapó un pequeño Oh ….
—Oh… —repitió ella con una sonrisa.
—¿Cómo puedo compensar mi error?
—No lo sé, ¡sorpréndeme! Yo me esmeré en hacer una cena deliciosa. ¿Qué harás tú? —respondió con una sonrisa pícara.
Draco se sacó la chaqueta y después de arrojarla al sillón, se dirigió a Hermione tomándola de la mano y arrastrándola a la habitación. —Podemos empezar por el postre si quieres, yo me encargo…
—Oh… —respondió Hermione sorprendida por el giro que dio el momento.
Luego de dicho postre tuvieron que volver a calentar la cena pues ya se había enfriado. Por supuesto, Draco fue perdonado por su olvido y podría celebrar su día de los enamorados.
