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22 de junio, 2015; Versalles, Francia.
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Francia hacía una mueca de dolor cada vez que algo tintineaba en su cocina. El que la puerta estuviese cerrada no hacía más que contribuir a su sufrimiento, pero, ¿qué podían hacer? ¿Abrirla? España no creía que eso fuese a ayudar a su estado de nervios.
Además, Irlanda se lo había prohibido.
España le puso una mano sobre el hombro, consiguiendo que Francia despegase, por primera vez, sus ojos de la puerta.
—Tranquilízate, que tampoco es como si tuvieses a Inglaterra trasteando en tu cocina.
Francia soltó una carcajada algo amarga.
—Qué osado por tu parte el siquiera pensar que le permitiría entrar en mi cocina. —Devolvió sus ojos azules hacia la puerta, y frunció sus labios. Sus manos, inquietas, viajaron desde su rodilla hasta el sofá, para después hacer el amago de ponerlo en pie—. Quizá debería ir para vigilar lo que está haciendo.
España alzó su ceja antes de que siquiera pudiese levantarse, con su mentón apoyado en la palma de su mano. Francia, ya en pie, suspiró, se acomodó el cuello de la chaqueta, y se dirigió hacia la puerta de la cocina. Aunque, en el último momento, se giró hacia el pequeño armario de cristal y sacó de él una copa.
Entonces, rehízo el camino en dirección contraria y se dejó caer de nuevo sobre el sofá. La copa, por otro lado, fue depositada con tanta delicadeza que apenas emitió sonido al contactar con la madera.
Extendió su brazo y alcanzó la botella de vino en el centro de la mesa.
Francia fijó sus ojos en él y, tras servirse con cierta elegancia, sacudió el recipiente de cristal y dejó que el líquido se agitase en su interior.
—¿Quieres que te sirva?
España torció el gesto y señaló la copa ya llena sobre la mesa.
—Primero, si pretendías ofrecérmela podrías haber traído otra copa contigo, y, segundo, no, gracias, en suficientes problemas me ha metido ya el vino.
Francia bufó mientras recogía la copa entre sus dedos y se la acercaba a la nariz.
—Oh, mon ami, ¿debo recordarte que no ha sido el vino, sino el café, lo que ha hecho que Irlanda ahora mismo esté trasteando en mi cocina? —Comenzó a hacer rotar la copa, agitando el líquido de color granate en su interior—. Y tampoco sé por qué te estás preocupando tanto. Son Irlanda, y se supone que Portugal, los que están preparando el… —Arrugó su nariz—, potaje. Puedes confiar en que no te van a envenenar.
España suspiró y apoyó su peso sobre el mullido respaldo del sofá.
No, si eso no era lo que le preocupaba.
Observó cómo Francia acercaba la copa de vino a sus labios y lo inclinaba para hacerlo pasar más allá de ellos. España tuvo que apretar su boca para resistirse y no hacer algo de lo que era muy probable que se arrepintiese.
—Y, además, es bastante malo para mi paladar —señaló él, más para sí mismo que para Francia.
Este asintió con la cabeza, para después tomar otro trago de vino.
España casi sintió ganas de patearle el pie, pero se cruzó de brazos y se limitó a fijar sus ojos en la puerta. Eventualmente, estos se deslizaron hacia el mueble a su lado, cuyo cristal le permitía observar la gran variedad de vasijas de cristal.
Se incorporó y se inclinó sobre sus rodillas, dudando si debía levantarse o no.
—Quizá… Te aceptaría un vaso de agua.
La risotada que Francia soltó fue suficiente para demostrarle que, tal como había pensado, su propuesta había sido una tontería. ¿Agua? ¿En su casa? ¿Cómo podía haber cometido tal error, cuando desde el principio se sabía que ellos no tomaban más que vino?
El olor de dicha bebida le llegaba por más distancia que hubiese entre ellos.
Probablemente Francia estuviese disfrutando de ese sufrimiento, pero no iba a ceder.
Se mordió el labio inferior, y puso sus ojos sobre la puerta. Fue una suerte que esta justo se abriese, permitiendo que Irlanda la atravesase. De inmediato, lo señaló con el dedo.
—España, tápate la nariz.
Él hizo como le había ordenado, aunque no sin antes percatarse de la taza de café que sostenía en su otra mano. Un hilillo se elevaba desde su interior, dispersándose antes de conseguir llegar al techo.
—Francia, vete.
Por supuesto, este hizo un mohín y se cruzó de brazos, sin siquiera moverse un ápice. De hecho, le dio un sorbo a su copa, desafiante. Irlanda, por otro lado, se puso su mano libre sobre su cintura y arqueó una de sus cejas.
España turnó su mirada entre los dos, esperando a que uno de ellos cediese. Sobre todo Francia, porque, a decir verdad, debía haber tenido en cuenta que aquel podría ser uno de los desenlaces. Desde el mismo principio.
Cuando contempló que eso se estaba extendiendo demasiado, suspiró —sin atreverse a quitar los dedos de su nariz—, y miró a Francia con la ceja alzada. Él puso su mano sobre su pecho y frunció sus labios en señal de ofensa, fingida, aunque terminó por hacerle caso: tomó un segundo sorbo de su copa y se levantó del sofá.
Irlanda lo siguió con la mirada hasta la puerta, y, una vez que Francia hubo puesto su mano sobre el pomo, soltó un suspiro.
—Portugal me dijo que estaría fuera, fumando en algún banco. Ya os mandaré un mensaje cuando podáis volver.
Francia esbozó una sonrisa zorruna, y alzó sus cejas repetidas veces antes de abrir ligeramente la puerta, colarse por el hueco y cerrarla tras de sí.
La próxima vez que llevó sus ojos hacia Irlanda contempló que la taza de café había abandonado sus manos, pasando a reposar en una de las esquinas de la mesa, y había sido reemplazada por un paño.
Ella le sonrió.
—Dado que es el olfato lo que realmente importa, supongo que no te resultará un problema.
España soltó una risa nerviosa y se frotó las manos.
—¿Y no confías en mí para cerrar los ojos?
A su nariz ya destapada llegó un aroma azucarado, casi abrumador.
El que Irlanda bufase y negase con la cabeza volvió a atraer su atención, permitiéndole observar el balanceo de sus caderas mientras avanzaba hacia él y le ponía la tela sobre los ojos. España sabía que debería haber opuesto un poco más de resistencia, pero una parte de él tenía curiosidad, y otra sabía que no ceder significaría empezar un conflicto que, sinceramente, no tenía ganas de afrontar.
Ante la cercanía, él aprovechó para rodear su cadera con sus brazos. Irlanda no los apartó: estaba demasiado ocupada apretando el nudo que mantendría la tela sujeta a su cabeza, hasta el punto de que no tuviese la posibilidad de deslizarse ni un solo milímetro.
Una vez que hubo terminado, ella sujetó sus muñecas y las dejó sobre sus rodillas.
Sintió cómo el cojín a su lado se hundía, y cómo una de sus rodillas contactaba con la suya. De hecho, fue tan lejos como para poner una mano en su muslo mientras se inclinaba.
Tras un momento que se le antojó eterno, Irlanda volvió a sujetar una de sus muñecas y acercó a sus dedos una pieza de cerámica caliente. Si ya había quedado abrumado cuando lo había olido a lo lejos, fue incluso peor cuando lo tuvo enfrente, hasta el punto de que Irlanda tuvo que presionar su muñeca.
—¿Q-Qué?
A pesar de la tela, podía imaginársela presionando sus labios para retener la risa.
—¿Puedes levantar la mano para sujetar la taza?
España parpadeó antes de hacerlo, encontrando algo difícil hallar el asa y asegurarse de tenerla bien sujeta. Ya más cerca de él, consiguió detectar ese intenso aroma a diversas flores; una mezcla demasiado homogénea como para que siquiera pudiese detectar uno solo de sus componentes.
Tenía la impresión de que Irlanda había llenado el salón de toda clase de flores, a pesar de no haberse movido de su lado, en vez de traerle una taza de café. Unas manos forzaron a que se la acercase a la nariz, incrementando aquella sensación.
—Normalmente, cuando os vais a catar vino, eres mucho más expresivo en estos primeros momentos.
España apretó sus labios.
—Huele a miel.
Irlanda suspiró.
—¿Ha sido tan obvio?
—Pero no es una miel cualquiera. —España acercó aún más la taza a su nariz, percibiendo cada uno de los toques que habían quedado en su memoria hacía tiempo. No, no se equivocaba.
El murmullo de su ropa le dio las pistas suficientes como para imaginar que se había encogido de hombros.
—¿Por qué crees que he tardado tanto en la cocina? Porque, si hubiese sido por mí, eso hubiese estado preparado en menos de veinte minutos.
Él arqueó su ceja a pesar de que el paño escondía parte del gesto.
—¿Has hecho que Portugal se vaya tan lejos para… esto?
—En realidad, ha sido idea suya. Yo le dije que quería miel, y le pedí que fuese él mismo a comprarla. Se va, veo que tarda más de veinte minutos y le llamo, y me dice que me va a tocar esperar bastante. —¿Y todo eso había pasado mientras Francia y él volvían de la cafetería? Pues sí que se habían entretenido—. Le pregunto que dónde está, y ya te puedes imaginar el resto.
España se tragó lo siguiente que tuvo ganas de decir, porque sabía que se ganaría un codazo, y se acercó la taza a los labios. Al no escuchar ninguna queja de parte de Irlanda, él la inclinó y vertió parte del contenido sobre su lengua.
De inmediato, sintió un ardor en ella que le hizo torcer el gesto y apartar la taza de él. Sin embargo, antes de tragar, intentó apreciar el sabor. Un dulzor extremadamente fuerte, pero, a la vez, agradable para su paladar.
Volvió a aproximar la taza a sus labios y tomó otro sorbo.
Esa vez fue mucho más encantadora, cosa que le impulsó a retener cada vez mayores cantidades en su boca. Hasta el punto de que, en cierto momento, no quedó nada más que un hilillo de café y una ligera fragancia.
Se pasó la lengua por los labios, buscando los restos, y sintió unas manos arrebatándole la taza. Entonces, su mente procesó lo que acababa de ocurrir.
—Me alegro de que te haya gustado —comentó Irlanda. Su tono no podía ocultar su sonrisa—. Aunque no me has dejado nada para probar.
España abrió su boca para decir algo, pero la sensación de sus manos sobre su rostro lo interrumpió. Y ya ni hablaba de sus labios sobre los suyos, o la lengua que profundizó el beso de inmediato.
La miel era tan abrumadora que apenas le permitió captar otro sabor.
Él cerró sus ojos con fuerza, y, justo cuando estaba intentando tomar el control, Irlanda se separó y soltó un suspiro.
—Te doy toda la razón: la miel hace que sepa mejor.
Irlanda osó entonces aflojarle y bajarle la venda, con tal de dejarle ver cómo se levantaba con una sonrisa en su rostro.
Y España solo podía luchar para que sus palabras saliesen de su boca.
¡Eso… había sido una jugada muy sucia!
