Work Text:
Que no se den cuenta.
Es la frase que limita sus acciones.
Que nadie se de cuenta.
Son las palabras que encadenan sus reacciones espontáneas.
Olvídalo y déjalo ir.
Pero es que ni siquiera se encuentra consciente de sus ataduras. De sus mordazas. No hasta que se vuelve insoportable. Incontenible.
—¿Sabes qué? Recordé que tengo algo que hacer.
—¿Qué? Pero no habías dicho-
—Adiós.
Jenrya puede ver a la chica, con natural gracia y elegancia, que es Ruki, poner los ojos en blanco al hacer alarde de su brutal indiferencia aún más hostil siempre que se trataba de Akiyama Ryō. Antes de retirarse, Ruki hace una pausa en la que a él le da una mirada por un corto periodo de tiempo, tan sólo para demostrarle un poco de compasión. Y luego echar a andar a otro lado.
Quizá también esa mirada tan solo fue una silenciosa despedida. Pero cuando su vista cae en Hirokazu y luego en Ryō, que por alguna razón parece incluso más descompuesto que el primero, de pronto se sonríe con pena, cuando cree hacia dónde iba encaminada la compasión de la muchacha.
—Bueno... yo también me voy —la resignación de Hirokazu es palpable y ni a Ryō ni a Jenrya les sorprende que una vez Ruki estando fuera de la ecuación, el chico se multiplique por cero.
Ryō parece conforme y solo se despide de él; esta vez, sin ser ignorado como pasó con Ruki (Hirokazu jamás lo ignoraría a él porque era su héroe).
Entonces quedan sólo ellos dos y Jenrya siente un extraño peso en el bajo vientre que hace el esfuerzo por ignorar. Ryō se vuelve hacia él, muy tranquilo y fresco (anda, que ahora es que entiende por qué a Ruki molestaba tanto eso de él), lo recorre de pies a cabeza en un registro que lo pone todavía más tenso.
Inclina la cabeza y le deja ir una sonrisa ligera de pereza: —¿te gustaría ir a mi casa o aquí nos separamos?
Jenrya se dice que no. Responde, en su cabeza, que ahí había que separarse. Minutos más tarde, sin embargo, afuera de una tienda de conveniencia espera a Ryō que tiene que comprar víveres. Y en las calles por las que no suele andar, la oscuridad parece invitarlo a temblar con la temporada de otoño trayendo consigo vientos friolentos. Mete las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta y luego se las saca para poder subirse el cierre hasta el tope, cubriéndose cuello, barbilla y mitad de la boca.
En la espera, se encoge. Alza los hombros, mete el cuello y consigue que la punta de su nariz quede rozando apenas el cuello de la chaqueta. Esta le hace cosquillas y la comezón de un estornudo lo obliga a torcer una mueca. Justo en ese momento es que Ryō se le vuelve a acercar, como si supiera exactamente cuando era que menos lo quería cerca y.
—¿Tienes frío, Jen? Pasemos por-
Jenrya no lo retiene más y estornuda. Así. Quedo, silencioso. Estornuda chiquito. A la escala de un, para nada, pretencioso, estornudo, que busca hacer el menor ruido posible. Así.
Y justo así. Es que a Ryō lo detiene y obliga a dejar de hablar, para centrarse por completo en él, quedarse en blanco el par de segundos siguientes y entonces, luego, sonreír. Ryō comienza a sonreír para luego reírse, bajo, primero quedo también, luego hacer una risa un poco más alta, y aquello basta, que Ryō se detiene a mirar a Jenrya de vuelta y capta su gesto honesto, molesto, así que Ryō no puede evitar reírse más.
Jenrya achica los ojos, pero por supuesto, para nada contento. Sin embargo, aún aguarda. Y aunque a él le parece que lo primero que Ryō tendría que decirle sería una disculpa, algo le dice que eso no será lo que va a oír cuando al fin el otro chico deja de reír. Y sí, cuando Ryō lo vuelve a ver, lo hace con ojos que delatan su próxima travesura.
Ryō se detiene y lo observa; es esa misma mirada de antes, brillante, curiosa. Se detiene en una parte que Jenrya no alcanza a identificar de su propio rostro. Se relame la boca y vuelve a verlo a los ojos cuando al fin dice: —¡Ey, hasta tus estornudos suenan a ti!
Jenrya arquea una ceja y se queda perplejo, pero no termina de articular la pregunta Ryō le extiende una de las bolsas. Él la toma por puro reflejo y de la misma manera sigue al muchacho por el camino hacia su hogar.
En el camino hacen una parada sin importancia, Ryō saca unas monedas y las introduce en una máquina expendedora. Consigue un par de latas con café caliente que son las que luego aparta de entre los demás artículos que compró en la tienda para su hogar.
Ryō lo invita a pasar como si nada una vez alcanzan su casa, ambos se cambian el calzado en la entrada y se detienen en la cocina siguiendo una conversación que a Jenrya en realidad no le interesa demasiado recordar.
—Puedes dejar tu chaqueta en la entrada —indica Ryō, que ya había hecho lo propio.
Ryō cierra la puerta de la nevera y lo conduce a su habitación. Las latas de café, aún calientes, y una bolsa con bocadillos es lo único que los acompaña.
—Toma la que quieras, me quedaré con la otra.
Jenrya observa las latas y es entonces que se da cuenta de que son dos diferentes. Capuchino y negro, eh. Con la noche tan cerca preferiría no perder el sueño. Pero tiene que estar despierto por al menos el siguiente par de horas y, luego, para tomar el subterráneo que lo llevaría de vuelta a casa.
Negro, entonces.
—¿Ese es el que te gusta?
Jenrya se detiene y devuelve al otro chico, Ryō. Una lata vieja de soda, ya abierta, está en sus manos, a la que mueve y revuelve el contenido sin prestarle tanta atención como lo hace para mirarlo a él.
Corrección, a él y a su elección.
—¿Te —Jenrya intenta preguntar una vez más, pero la lengua se le enreda y se atraganta con su propia saliva antes de poder continuar. Tiene que toser y en el interludio, la pausa, Ryō sonríe una vez más, socarrón, pasando a llevarse la lata en manos a la boca, empinándosela y echando la cabeza hacia atrás en el proceso. No es la intención de Jenrya, en realidad, pero sus ojos no se desvían ni un solo momento de la forma en que los músculos del cuello de Ryō se marcan al estirarse, ni del trago que pasa por su garganta. A su vez, Jenrya traga saliva en cuanto Ryō vuelve a bajar y agita una vez más la lata, asegurándose de haberla dejado vacía.
Parece satisfecho consigo mismo cuando se devuelve a verlo, que tan solo pasea su mirada por su propia habitación, como si no la conociera, como si intentara dirigir la atención de Jen (que lo hace). Encuentra el bote y se prepara para lanzar.
—¿Te digo qué? Si le atino, me dices tu bebida favorita, ¿vale?
Jenrya vuelve a decirse que no. Debería decir que no. No obstante, su cabeza lo contradice, moviéndose en un breve asentimiento. Vale, y casi le parece oírse a sí mismo balbuceando que sí.
Ryō no espera mucho más, que repone aquella cabezada endeble suya con una propia llena de entereza. Y lo que sigue es la lata siendo arrojada, dando en el borde de la papelera y rebotando para el centro, cayendo dentro. Listo.
Ryō se vuelve a Jenrya y este también se vuelve a Ryō, pero en cuanto el castaño comienza a sonreír Jen decide que la papelera es mucho más interesante que aquella sonrisa tan fresca y escalofriante que le da Ryō. Porque, sí. Esa sonrisa tan segura y liviana es como un catalizador que le produce los más incoherentes escalofríos que él no acaba de comprender.
—Entonces, ¿cuál es?
Jenrya inspira, cierra los ojos y se obliga a mirar al chico enfrente de él. Lo mira y lo observa, se detiene; al exhalar hasta se le atora un poco el aire. Abre la boca, pero no consigue más que boquear en el primer par de intentos, luego, al fin, consigue decir: —¿Por qué es tan importante?
—Porque no consigo otra manera de hacerte decirme algo de ti.
Jenrya se queda en silencio y Ryō primero está sonriendo, después es que deja de sonreír. Cuando coge la lata que le queda. La de capuchino, pues.
—¿Sabes, Jen? Me da la impresión de que tú y yo nos parecemos mucho —el sonido de la lata al ser abierta interrumpe y llena el silencio de la pausa que hace Ryō a consciencia, como si esperara a que él lo llenase con, lo que sea. Pero algo. Jen, sin embargo, no hace ademán de ir a abrir la boca y, al contrario, la cierra; la frunce, los labios los frunce hasta que la boca tan solo le queda como en una línea escueta y firme.
Ryō no aguarda más y vuelve a mirarlo, a lo que él se queda tieso, congelado. Mantiene su mirada en él como en un largo concepto que trata de descifrar. Y Jenrya... no reacciona.
—Pero por alguna razón —prosigue, al cabo de unos cuantos segundos más, llevándose la nueva lata a los labios. Ryō sopla y un pequeño camino de vapor se extiende desde el contenido indicando su temperatura aún tibia—, tú me evades —empina un poco apenas la bebida y le da un trago, con lo mismo que voltea a ver a su invitado; por poco pareciendo un reclamo, por poco con nada más que siendo aquella simple y corriente observación.
Jenrya se mantiene firme todo el tiempo que puede. Pero observa el vacío, y. Puede verse reflejado en ese melancólico vacío en los ojos de Ryō.
—¿Tú no crees que nos parecemos, Jen?
Sí. La respuesta es que sí. Y sabe perfectamente en qué se parecen. Por esa razón, quizá, tan solo por esa razón es que.
—No.
Ryō baja un segundo la lata. Y repite su negativa en su propia voz, áspera y gruesa.
—No.
—No...
Jenrya vacila cuando vuelve a repetir y es eso lo único que Ryō necesita para asegurarse con la verdad. No obstante, no le discute. Tan solo se vuelve a verlo y dibuja, una vez más, aquella sonrisa floja y ligera con que parece querer acabar todas las discusiones y guerras del mundo a la fuerza. Jen recoge la barbilla hacia el pecho, mirándolo desde abajo, algo, sobrecogido. Baja la mirada un poco más y entonces es él quien se refugia en la bebida. Al café le da un trago y el primero le sabe amargo, pero cálido; es uno, luego otro más y este resulta más atrevido. Con el calor la lengua se le entume y piensa que quizá es que hasta se ha quemado un poco pero.
Pero.
—Aceptaste venir, tan solo eso es —Jen cree entender la palabra " avance ", entre dientes, que suelta Ryō, pero que al mismo tiempo parece querer ocultar, como de arrepentirse en el último segundo—; bueno, gracias por venir conmigo.
La verdad es que no está tan caliente; el café como para quemarle la lengua: Jen observa, con cierto desconcierto que arrastra el lento entendimiento de una novedad, como Ryō mismo parece un poco nervioso. Apenado, quizá. ¿Es que hasta se había sonrojado también...? Traga saliva y aparta la mirada unos segundos más, removiéndose, incómodo, sin saber como qué respuesta dar. Jen asiente un poco y consigue dar una sonrisa momentánea, muy concreta y que desaparece tan pronto como hace acto de presencia. Los labios le tiemblan para vocalizar un ridículo agradecimiento en respuesta pero Ryō se le adelanta y no lo deja hablar.
—La casa se siente muy sola por las noches en que papá sale a trabajar, no sé realmente cómo llevó las cosas mientras no estuve pero no me había dado cuenta porque antes tenía a-
Ah.
Monodramon.
Y ahí estaba. El tema prohibido.
A Ryō se le corta el habla tanto como la respiración a Jenrya. Y eso era, en realidad, lo mismo de lo que no había querido hablar. En lo que, no, se parecían.
.
.
.
Avanzar se trata de poner un pie delante del otro. Una y otra vez, intercalando y arrastrando, no importando lo que sea; el peso, no sólo de uno mismo, sino de sus acciones y las cosas que lo entorpecen, las consecuencias de todo lo llevado a cabo.
Es eso lo que piensa mientras, evitando involucrarse demasiado, Jenrya se fija en el movimiento de sus pies. Tendría que dejar de hacerlo, lo sabe, pero en ocasiones como aquella, donde debe rehuir a sus pensamientos, a sus emociones que suelen ser a veces tan conflictivas, prefiere tener en la mira el movimientos de sus pies colocándose uno frente al otro y obligándose a avanzar.
Quizá es melancolía.
Quizá es desazón.
Quizá solo es apatía.
O amargura.
Desesperación, puede ser también.
Tal vez cansancio.
Él no lo sabe ya.
Ya no tiene idea de lo que es.
Sólo sabe que es la mejor forma que tiene para seguir adelante. A veces, puede lidiar solo con sus pensamientos. Otras, se le hace más difícil y se llega a ver tentado.
Normalmente sucede cuando topa con él.
Cuando lo ve. Y puede sentir el reflejo de su propio vacío en sus ojos.
En realidad, no sabe si Ryō trata de disimularlo o no. No sabe si los demás se han percatado de lo que tanto a él como a Ryō parece afectarles tanto. Tanto. En verdad.
—Lo siento.
Movimientos simples son en los que concentra su atención. Jenrya se fija, mejor, en sus manos y la sensación de un nítido calor transmitiéndose por el contacto con la lata. Termina de entrelazar los dedos, ambas manos sosteniéndola. Firmeza busca y tan solo así se la vuelve a llevar a la boca para tomar un par de tragos grandes, que hasta le lastiman la garganta al llegarlos a pasar, con el nudo en ella. —Está bien.
A Jenrya le sorprende el tan solo poder responder. Ya la calma con la que lo hace es otro factor a resaltar para Ryō, pero Jenrya prefiere ignorarlo porque a él le parece que está a nada de echarse a llorar y prefiere creer que en realidad es que no. Recordar a Terriermon no es algo que quiera hacer en especial, a veces incluso ignoraba las charlas de los otros chicos tan solo por el temor de que los digimon llegaran a salir a colación en sus conversaciones. Lo cierto era que los demás tamers no parecían tener mucho reparo para recordarlos. Incluso Jeri, a quien tanto había afectado la muerte de Leomon en su momento, ya no temía hablar en su nombre. La tristeza se palpaba siempre en su mención, pero parecía ser que poco a poco iban superando el dolor y avanzando con sus vidas comunes. O esa era la percepción que tenía Jenrya, una de la que no estaba muy orgulloso y en consecuencia también, incluso estando con ellos se sentía aislado e incomprendido. Excepto cuando Ryō se les unía.
—No, no está bien.
De todos, Ryō es el que ha llevado el proceso de adaptación más difícil.
—Quiero decir, ¿lo está?
No.
—Sí. Tiene que estarlo.
—Tiene que.
Ryō se mofa al repetirlo y a Jenrya no le gusta su tono, pero se aguanta. Soporta el peso de la incomodidad apretándole las entrañas y casi siente que le duele el estómago. Echándole una mirada a Ryō puede comprobar su propio malhumor contenido manifestándose, apenas, en su ceño, labios también, que se fruncen. Se aprietan, por él, por causa de él. Así que en realidad es que Jen no puede contenerse mucho más y casi al mismo tiempo es que abre la boca Ryō cuando, al fin, suelta: —Por el bien de la mayoría.
Y ahí está. Que Ryō, perplejo, le toma unos momentos recuperarse de la sorpresa. Y una pequeña sonrisa, desgraciada sonrisa, es lo que le provoca el siguiente enrojecimiento de las mejillas a Jenrya (que lo que pasa a hacer es a tan solo tomar un nuevo trago de su lata, de café que está caliente y que por eso así se le ponen las mejillas).
—Bah. Sabes que eso solo nos excluye a nosotros. Por la mayoría...
Jenrya alcanza a exhalar un suspiro y tan solo re acomoda las piernas en su sitio. Necesita no ser tan transparente con Ryō.
—No somos los únicos que sufrimos.
Y hasta siente cómo se obliga a decirlo, pero. Aquello también lo vuelve un tanto más convincente, cuando lo dice en voz alta.
Ryō se voltea a verlo y se detiene en ello tanto tiempo que a Jenrya no tarda en volverle la ansiedad.
—... ¿Qué?
—En verdad que es difícil tratarte...
Jenrya pasa a dejar la lata de nueva cuenta en la mesa con un ruido más fuerte del que pretendía. A Ryō aquello parece hacerle mucha gracia.
—Puedes quejarte conmigo si quieres, ¿sabes?
—No quiero quejarme.
Jenrya siente la sangre hirviéndole en las venas, así, justo así, en punto de ebullición, burbujeándole por el torrente sanguíneo. Incluso alucina un hormigueo en las manos y tiene que abrir y cerrar los puños por momentos; está muy azorado.
—Me quejaré yo entonces, por los dos.
La socarronería de Ryō lo pone en evidencia y al fin Jenrya vuelve a exhalar un suspiro. De exasperación pura.
—¿Cómo puedo ayudarte, Ryō? —también, Jenrya se obliga a decir eso en vez de contestarle mal.
Ryō parece hasta que lo hace a posta cuando parpadea: —¿Ayudarme? ¿Quieres ayudarme?
Porque hasta cuando se inclina en su dirección parece reírse de él y Jenrya, que también tiene su propio orgullo, prefiere dejar de intimidarse con sus acercamientos y él también hace lo mismo. Se inclina en su dirección, y ahora sí, no se contiene: —sí, ayudarte a ti podría ayudarme también a mí. Así que dime, ¿para qué es que estoy aquí?
—Si en verdad quisieras ayudarme podrías empezar por ser un poco más sincero, Jen.
Sincero...
Sinceramente, Jenrya no estaba seguro de querer serlo. Menos con Ryō, menos ahora que lo tiene así de cerca y percibe su aliento, tan denso y pesado, caliente, demasiado cerca de su boca.
Como Jenrya se queda mudo y estático, Ryō siente que acaba de ganar la batalla, pero aquello no significaba que la guerra hubiera terminado, así que. —Bueno, esa es la opción uno, Jen. Si tanto te cuesta, podemos pasar a la opción dos.
Jenrya parpadea y rehace el camino de su mirada para volver a ver a Ryō a los ojos y no a su boca, en la que se había quedado de momento concentrado. Claro que, Ryō lo notó. No sin falta de satisfacción por el hecho.
—¿Qué...? ¿Opciones?
—Veo que has perdido el hilo —sonríe y se humedece los labios con la lengua antes de pasar a ponerle un dedo en el mentón para hacer a sus miradas volver a conectarse—; la opción uno es quejarnos, la opción dos está en...
Ryō no termina de decirlo porque Jenrya ya ha sucumbido a la tentación y le alcanza los labios con los propios antes de que termine de procesar la idea. El beso es suave y corto, húmedo también; antes de que Ryō tenga la oportunidad de disfrutarlo más es que Jen se aleja, un tanto sobresaltado por su propia acción.
—Per-dón —se disculpa pronto, algo entrecortado.
—¿Por qué? Justo era eso lo que estaba por sugerir.
Jenrya dura congelado un momento antes de caer hacia atrás, ruborizándose espontáneamente. —¿Ah?
—Si quieres ayudarme, por supuesto.
Ryō también se deja caer hacia atrás, tan solo satisfecho con la situación. A Jenrya le parece que Ryō de pronto está muy feliz. Más feliz que de lo que lo había llegado a ver antes y su corazón se acelera un tanto por una súbita emoción que. Quizá era que él se había estado reprimiendo demasiado.
—No te entiendo...
Ryō se lo queda mirando en silencio. Una mirada larga que lo distrae y es por eso que cuando la mano de Ryō se pone encima de la suya a Jenrya casi se le escapa el corazón por la boca. —¿De veras no lo haces, Jen?
Jenrya trata de escabullir su mano de debajo de la del Tamer legendario pero en cuanto sus dedos son lo único que quedan debajo de la otra, los de Ryō y los suyos terminan medio enredándose, un poco a causa de Ryō y otro poco, puede admitir, a su propia causa. La sensación es graciosa y cálida. Vuelve a mirarlo directo a los ojos sin entender bien el alivio extraño que aquello le produce y Ryō tan solo le sonríe un poco, quizá hasta con algo de timidez.
—Te sientes solo, ¿verdad?
Y de repente, parece entender.
—Podemos ayudarnos a no sentirnos así.
El contacto entre sus manos parece tierno y reconfortante. El beso entre sus bocas fue algo así como una caricia que despertaba un alivio. Estar un poco interesado por la sensación que tiene con Ryō mirándolo atentamente y buscando en sus ojos la aprobación... -No. Ryō como que quiere acercarse a él y olvidarse un poco de su tristeza. Ryō como que quiere usarlo para no pensar en Monodramon mientras su padre no estaba en casa. Ryō como que quiere.
Quiere.
—Lo que estoy proponiendo, Jen, es —Ryō no consigue terminar cuando siente a Jenrya poniéndole las yemas de los dedos de la mano libre en la boca y decir:
—Está bien...
Los ojos de Ryō parece que hasta se iluminan, —¿de verdad?
... Justo lo que Jenrya también está buscando.
—Sí, está bien.
—Entonces... —afirmando el agarre entre sus manos, Ryō también es que se acerca un poco más a él—, esto está bien, ¿verdad?
Alivio.
Con la sensación de acaloramiento, Jenrya se siente hasta un poco estúpido por la temblorina en su voz al responder un "ss-sí..." inquieto.
Compañía.
—Bien, y, ¿Jen?
—¿Qué, Ryō?
Cariño.
—¿Puedo volver a besarte?
Devolviendo una mirada enfurruñada hacia el castaño, por toda respuesta, Jenrya lo único que hace es pasarle la mano libre por detrás de la nuca para cerrar las distancias entre sus rostros y tan solo darse un beso.
