Chapter 1: Prólogo
Chapter Text
James Potter puede ser muchas cosas.
Un hijo anhelado para sus padres.
Un chico arrogante y mimado para los demás.
Un buen amigo para sus más cercanos.
Retratado como el chico dorado de Gryffindor.
El mejor cazador de su año.
El inesperado Premio Anual para los profesores.
El peor enemigo para Snape.
El heredero de la familia Potter y futuro Lord Potter. Entre muchas otras cosas.
Pero sí había algo en lo que nadie pensó que pudiera ser; era convertirse en padre.
Un padre primerizo a toda regla.
Él no se consideraba el mejor padre del mundo o incluso perfecto, era todo lo contrario, ser padre primerizo y de gemelos fue un trabajo duro. Con el tiempo había aprendido que nadie nacía sabiéndolo, se trataba de fallo y error, y con el tiempo había llegado a conocer los gestos y balbuceos de sus hijos, apoyado de los muchos libros para padres que había leído y en confiar más en su propio instinto.
Ciertamente ser padre le había cambiado la vida.
Ahora podía tener una mayor comprensión de lo que significaba tener un pequeño ser a tu cuidado, para proteger y proveer, que dependía de ti hasta que fuera autosuficiente. Actualmente tenía un mayor respeto por sus propios padres, quienes, al tenerlo mucho mayor a su edad, habían hecho todo lo que podían por él. A día de hoy podía admitir que fue mimado a más no poder. Llegando a concebirlo demasiado tarde, siendo hijo único y heredero de la fortuna Potter, sin duda Euphemia y Fleamont Potter habían consentido a su hijo, demostrando de una manera que era amado, cumpliendo sus caprichos cuando era más pequeño. Evidentemente con el paso del tiempo, trajo sus consecuencias, y ahora con la vendetta quitada de sus ojos sabía cuáles eran esos fallos.
Con ello en mente, sabía que mimar a sus hijos no sería un problema. Eran su tesoro más preciado, podía darles lo que quisieran, tenía suficiente dinero en sus cuentas como para que durara tres vidas, pero donde sus padres no vieron en donde detenerlo, mostrarle un límite, James podía hacerlo. ¿Podía malacostumbrarlos a tener lo que quisieran? Sí, pero les daría opciones a elegir si quisieran más de una cosa y con condiciones para ganarlo. ¿Serían castigados si desobedecían? Obviamente, sabrían que sus acciones tendrían consecuencias, se podrían revocar privilegios y obsequios. Eran esas lecciones lo que les ayudaría en un futuro, donde verían el dar y recibir, qué hay que pensar en las acciones antes de hacerlas, pero tampoco les privaría de las cosas, ni siquiera el amor y la protección por tan mal que se pudiera poner una situación.
A Hayden y Alexander no les faltaría nada, serían los bebés más amados y bulliciosos del mundo, a pesar de cómo llegaron a él.
Desde que los sostuvo en sus brazos supo desde ese momento que serían suyos, su propia sangre y magia. Los tres serían una pequeña y linda familia donde podían ser ellos mismos. Sabía que habría altibajos en algunos momentos, se dirían palabras hirientes o berrinches, pero a pesar de todo eso serían una familia feliz. Y cuando no lo tuvieran a él no tendría que preocuparse de nada, se tendrían entre ellos dos y James estaría loco si intentaba interferir en un Geminae Vinculum.
Alex y Harry serían inseparables.
Aún podía recordar la primera vez que Alex gateó, se arrastró hacia donde estaba su hermano pequeño que lloraba por las encías sensibles, consolándolo con balbuceos que solo un bebé podía entender. Harry fue el siguiente, cuando Alex no se encontraba en ninguna parte del salón, buscándolo hasta encontrarlo en la periquera de la cocina. La primera palabra de Harry había sido Le y la de Alex había sido Hawi. A partir de ahí fue un viaje interminable de descubrir como caminar a hablar, haciendo pequeñas travesuras aquí y allá como cualquier niño de su edad.
Con un suave zumbido, podía dar fe que sus pequeños tesoros podían llegar a ser demasiado juguetones y alegres. No importaba que estuvieran haciendo, desde que los encontró, no había detenido su vena traviesa. No podía. Y los regaños (léase: intento de regaño) eran más charlas versus balbuceos húmedos y ojos de cachorro hasta acabar en una sesión de besos.
No importaba los juguetes esparcidos por el piso o las peleas a la hora de tomar el baño, la comida esparcida por su ropa, los llantos por estar separados, las paredes rayadas o las pegatinas en sus documentos, tirarle los juguetes al probe elfo doméstico, masticar los objetos e intentar subirse a los lugares altos, entre muchas cosas más.
Pero efectivamente todo había cambiado cuando la primera pizca de magia accidental se había manifestado.
Había estado reprendiendo (léase: intento de regañar, otra vez) a su hijo mayor por hacer llorar al menos al haberle quitado su peluche de gato. Alex se había disculpado con su hermano después de entender que lo que había hecho estaba mal, pero Harry con un lindo ceño fruncido y los brazos cruzados se había negado a perdonarlo, haciendo llorar a Alex. Harry se había alarmado tanto que había llamado a los cientos de peluches que tenía, golpeando a James en la cara. Ese simple acto había calmado al pequeño castaño tomando al peluche flotante enfrente de él, riendo al ver a su Dada tirado con una mirada chistosa en su cara.
James tomó a sus hijos en sus brazos después de salir del shock por la primera magia accidental de su pequeño príncipe, bailando y carcajeando de alegría por toda la sala. Después de eso, ambos gemelos habían compartido momentos de magia accidental para sus travesuras y su propia exasperación.
Pero había una cosa clara y era que James no cambiaría nada. No importaba el desorden su casa o lo difícil que es cuidar a dos hijos solo, nunca los cambiaría, no cambiaría la manera en que llegaron a él. Haría todo otra vez con tal de tenerlos a su lado. Porque para James sin duda tenía los mejores recuerdos con sus hijos, desde antes de tenerlos más bien, pero ahora con ellos en su vida estaba cien por ciento seguro que su Patronus sería una estrella resplandeciente en la noche.
Tener la dicha de presenciar cada una de las facetas de sus hijos, llegar a conocerlos desde tan pequeños hasta que sean unos jóvenes independientes, protegerlos de todo y todos, poder enseñarles y guiarles, que tengan un hombro donde apoyarse y un refugio cuando lo necesitaran. Un deleite enorme.
Su encantador Harry, quien reía y aplaudía cuando su hermano mayor levitaba sus peluches cuando no podía alcanzarlos. O su juguetón Alex, que aventaba sus cubos de construcción con magia cuando no tenía a su Hawi a su lado. Sus hijos, quienes disfrutaban de la manifestación de su magia como mariposas o se relajaban con canciones de cuna. Sus hijos, quienes eran tan diferentes, pero a la vez tan idénticos. Siendo como el Sol y la Luna, pero al mismo tiempo estrellas en el cielo nocturno.
Hijos, que eran una extensión del él mismo y su más lindo secreto.
Pero, aunque más quisiera mantener todos esos momentos consigo mismo como un pequeño secreto sucio, sabía que en algún punto todo tenía que acabar, tenían que salir del confinamiento que había impuesto. Y James sabía que era necesario, haría lo correcto; incluso revelarlos al cruel mundo para mantenerlos a salvo.
Nadie dañaría a sus bebés.
Cueste lo que cueste, sus pequeños príncipes estarían protegidos. Por eso mismo, cuando escuchó los susurros de una guerra al horizonte, sabiendo que ambos bandos serían crueles independientemente de lo que decidiera o hiciera, vio como única salida el recoger los libros y pergaminos antiguos de la bóveda Potter sabiendo que tendría una solución a su problema.
Se vio con su gerente de cuentas, preparado para entrar a lo profundo de la bóveda familiar, mientras Tugdark (su gerente) distraía a los terrores gemelos. Afortunadamente no se quedó mucho tiempo. Sabía que en la bóveda se encontraba lleno de objetos malditos y tesoros perdidos, metales y joyas exquisitas de gran valor junto a montañas de oro guardadas, llegando a ser la mayor tentación y orgullo de todo Sangre Pura.
En los siguientes días, a altas horas de la noche, donde se ponía a leer y clasificar los pergaminos y libros recogidos, leyendo entre líneas y versos mientras veía a sus hijos dormir en su cama compartida en su estudio. Los textos ciertamente eran informativos para el ojo curioso y mente abierta. Había una variedad de opciones: rituales de sangre por sacrificios, domos de energía pura, cristales y runas, invocaciones y bestias, horrocrux y necromancia, entre muchas otras cosas.
Pero fue uno en particular que llamó particularmente su atención.
Entre lo poco que quedaba en su escritorio, se hallaba un pequeño libro desgastado con las hojas amarillentas y quemadas. La única página sobreviviente mostraba un dibujo a carboncillo de un espectro con un aura y esencia negra, con un gran peso de oscuridad desde el interior de su ser. Frustrado, lo aventó sin fijarse donde fue a parar.
Suspirando pesadamente, miró a sus hijos; quienes jugaban con sus peluches y burbujas mágicas, viéndolos felices y totalmente despreocupados. Mientras repasaba toda la información en su cabeza e intercambiaba la mirada entre sus hijos y las notas en su escritorio, tomó una decisión precipitada como el Gryffindor que era. Con anhelo e inquietud comenzó a escribir las únicas palabras que conocía, pidiendo ayuda a la única persona que podía confiar en estos instantes. Una vez sellado en un sobre llamó a Pookey, su elfo doméstico, entregándoselo. El pequeño elfo asintió y con un pop desapareció.
Aguardó con ligera preocupación una respuesta.
Después de diez minutos de espera se escuchó el pop de Pookey al otro lado de la puerta. Segundos después su estómago dio un vuelvo mientras sentía los latidos acelerados de su corazón cuando la puerta de su estudio se abrió revelando una cabellera marrón llena de risos perfectamente peinados e impresionantes ojos azules.
James sintió que se le iba el aliento al ver a al chico de 20 años enfrente de él, dicho chico que tenía una suave sonrisa en su rostro viéndolo con afecto y anhelo en sus ojos.
"Tony..." Un susurro ahogado salió de los labios del moreno.
Anthony Edward Stark entró al estudio del pelinegro inspeccionando los detalles una vez como lo había hecho hace tiempo, sintiendo el ligero cosquilleo de la magia a su alrededor dándole la bienvenida una vez más, hasta posar su mirada en el chico de lentes frente suyo. La sonrisa de Tony cambió a una juguetona mientras sus ojos brillaban como si hubiera visto algo gracioso; pero la postura, aunque se viera relajada, los músculos estaban tensos.
"¿Ciertamente haces las cosas fuera de lo común, verdad Jamie?"
James no dijo nada, no había necesidad de hacerlo.
Ninguno se dio cuenta de quien dio el primer paso, pero en segundos ya estaban en los brazos del otro, sus cuerpos encajando perfectamente como piezas de un rompecabezas perdido hace tiempo. Ambos se dejaron caer al suelo, sin importarles si se lastimaban o no, solo queriendo estar otra vez juntos. Volver a tener los brazos del castaño produjo una calidez que no había sentido en un año, un sentimiento que se había negado por un tiempo. Temblando, escondiendo su rostro sobre los mechones marrones, disfrutando del ligero olor a champú de manzanilla que el menor amaba usar, sintiendo el escozor de las lágrimas escapándose.
Ciertamente la distancia era una perra como decían, y más cuando ambos habían decidido distanciarse e ignorarse, pero tener aquel cuerpo delgado y compacto una vez más presionado contra el suyo supo que nadie le quitaría esto.
Había extrañado al castaño, de eso no había duda, pero cuando los mellizos llegaron a su vida tuvo que enfocarse en ellos y dejar atrás al ingeniero como un lindo recuerdo. Ocasionalmente imaginaba como hubiera sido su vida familiar si ambos no hubieran tenido miedo de explorar más a fondo lo que había estado desarrollándose entre ellos. Sí James y Tony no hubieran corrido colinas arriba. A lo mejor su familia sería aún más especial, Tony conociendo a sus retoños desde el principio, enseñándoles y aprendiendo con él. Siendo ambos padres de dos niños maravillosos y alegres.
Pero él hubiera no existe y el pelinegro prefería centrarse en el hombre que se aferraba con tanta intensidad a su cuerpo como él, como si fuera a desaparecer. Podía sentir el temblor y leves espasmos del mecánico, escuchando ligeros olfateos y sollozos, sintiendo su cuello mojado de lágrimas. Besando su cabeza, extendió la mano y enterró sus dedos en la base del cuello, jugando con los mechones intentando tranquilizar al menor.
Si volver a verse rompía a Tony, no quería imaginarse como se encontraba él.
Ambos eran unos desastres.
Separándose un poco, Tony tomó con delicadeza sus mejillas frotando su pulgar contra ellas, juntando sus frentes. Ambos mantuvieron la mirada inspeccionando sus facciones, ojos color avellana contra azul, ambos bordeados de rojo, familiarizándose una vez más.
'Ciertamente el tiempo que estuvimos separados le ha favorecido', pensó de manera tardía.
Alejando algunos pensamientos de su mente, el joven Potter no podía creer que Tony, SU Tony, estaba ahí. Una vez más con él. Sabía que Tony tenía el derecho de negarse a ayudarlo, de no venir a Inglaterra, pero lo había hecho. Lo tenía en sus brazos y estaría condenado si lo dejaba ir otra vez. Por la mente de James pasaba un sin fin de emociones: amor, pavor, anhelo y deseo, sin saber que en la mente del castaño pasaba lo mismo.
"Volviste" Aunque palabras salieron de su boca, su mente aun no podía entenderlo del todo, pero no se estaba quejando. Tony no perdió la sonrisa amorosa y ojos llenos de ternura.
"Claro que lo hice, me llamaste" Afirmó el menor sin ninguna vacilación en su voz.
Y para James eso significa todo para él.
Saber que, a pesar de su distanciamiento, sus dudas y el rechazo explícitamente implícito que se dijeron la última vez que se vieron, Tony dejó lo que estaba haciendo y regresó a la pequeña casa de campo que habían compartido, escondidos del mundo hace mucho tiempo.
"James, ¿qué ha pasado? Tu carta fue vagamente informativa, pero—" Intentó decir el mecánico, pero James le interrumpió.
"Han pasado muchas cosas desde que me fui de Malibú, y lo sé, sé que te debo muchas explicaciones, pero necesito que conozcas a los niños primero" Dijo con una sonrisa el ex-Gryffindor, cambiando el ambiente entre ellos una vez más.
Tony lo miró desconcertado, procesando lo que acababa de decir. '¿James, padre?' Ciertamente era algo— surreal. El pensar en James teniendo hijos no dolía. No. Lo que dolía era que alguien le hubiera dado hijos, que hubiera una mujer en la vida del pelinegro, que estuviera casado, que ya no lo quisiera en su vida, que no lo amara otra vez, que no...
"¡Dada!"
Alegres gritos infantiles lo sacaron de sus pensamientos turbulentos.
Volteándose hacia la voz se topó con dos caritas sonrientes mirándolo a él y a James. Dos niños, de al parecer un año, ambos vestidos con pijamas completas, pero uno de oso y otro de venado, tambaleándose de una manera chistosa hacia ellos.
Dos.
Dos hijos.
Pero lo que el castaño notó fue que no se parecían a nada a James. '¿A lo mejor a la madre?' pensó, sintiendo una montaña de celos.
Cuando ambos bebés llegaron a los brazos de James, este los sentó en su regazo, mirándolo directo a él. Los niños le dieron una sonrisa mostrando un solo diente en sus boquitas. Tony pensó que eran tiernos, con sus caritas pequeñas y mejillas regordetas, rebotando en el regazo de su Dada.
"Tony, quiero presentarte a Alexander," Apuntó con su cabeza al niño-oso. "...y este de aquí es Hayden" Indicó hacia el otro niño-ciervo. "Chicos, él es Anthony... su otro padre" Anunció, sin dejar de apartar la mirada de su rostro con una sonrisa juguetona.
La cabeza de Tony dio un latigazo al mirar a James conmocionado. '¿Qué...? Su... ¿Su otro padre? ¿Había escuchado bien al idiota de su amigo?'
"¡Dada!"
Ambos pares de ojos bajaron a los pequeños infantes, notando que miraban entre su padre y luego a él. El bebé con trajecito de ciervo, Hayden, extendió sus manos hacia Tony con un lindo puchero y ojos totalmente de cachorrito.
Tony ciertamente estaba desconcertado por todo esto, su corazón latiendo a una milla por minuto, su voz atascada en su garganta por las emociones y pensamientos que parecía golpearlo como un cubo lleno de agua helada.
"Eso significa que quieren que lo carguen" Bromeó James, animándolo a cargar a su hijo. "Anda, hazlo"
Pero Stark no se había movido, aun viendo con los ojos saltones y la mandíbula floja entre padre e hijos, aun sin creer lo que él otro le había dicho. No entendía como James podía pedirle eso. Sabe perfectamente como es, nunca se ha llevado con personas de su edad o incluso menores desde que tenía uso de razón. No los entiende, no como las maquinas. Tenía poca paciencia, tenía un temperamento corto, tenía noches de atraco donde su mente no le dejaba descansar, se perdía en su trabajo y a veces se desaparecía por días. Tenía una muy mala alimentación que, si no fuera por Jarvis, ya habría terminado con intoxicación, los ruidos fuertes lo inquietaban y odiaba los llantos y las emociones abrumantes. Querido papá tampoco era un buen ejemplo, no podía tener hijos y terminar siendo como su padre. No le desearía a ningún niño una infancia como la suya. Nunca.
James definitivamente se estaba divirtiendo con la reacción de su amigo, pero también sabía que Tony no se veía como material de padre por culpa de Howard. El ex-Gryffindor tenía planeado cambiar eso.
"Tony..." La suave voz de su compañero lo sacó de las divagaciones mentales, mirando con incertidumbre al ojimiel. "Necesitas tranquilizarte primero."
Tony bufó, era más fácil decirlo que hacerlo. James rodó los ojos viendo, moviéndose de su lugar hasta rozas las rodillas del otro.
"No estoy diciendo esto precipitadamente, Anthony, llevo pensando esto desde que los mellizos llegaron a mis brazos. Quiero que seas su otro padre, quiero esto como no tienes una idea." La voz del mayor salió con emoción, con lágrimas no derramadas. "Hubo noches donde pensaba en ti; qué estabas haciendo, si estabas comiendo bien, si te estabas cuidando. Pero cuando veía a los niños jugar, crecer a mi alrededor, pensaba: ¿qué pensaría Tony si me viera con dos niños? Y terminaba en una incontrolable nube de preguntas y escenarios en mi mente.
Te imaginaba aquí con nosotros. Tú, Tony Stark, te imaginaba enseñándoles a aprender a hablar y escribir, jugando con bloques de construcción, cuidándolos en sus primeros pasos, protegiéndolos de pesadillas y cantándoles canciones de cuna, hablando con ellos en diferentes idiomas, disfrutando de sus travesuras y ayudándolos. Luego me preguntaba: ¿también les enseñarías a construir un robot? ¿serías de esos padres que detestan cambiar pañales? ¿adorarías las horas de baño como yo? ¿estarías a altas horas de la noche viendo a tus hijos dormir solo para asegurarte que estuvieran bien? ¿serías de esos padres sobreprotectores o serías más calmado? ¿les enseñarías tu pasión por los autos clásicos o les enseñarías a tocar el piano?"
'Oh, James...' Tony vio como una se formaba una sonrisa acuosa en el rostro de James, con los ojos nublados por el sin fin de pensamientos que pasaban por su cabeza.
"Luego pensaba: ¿y sí Tony no quisiera saber nada de nosotros? ¿si el temor de cuidar a los chicos fuera mayor a su amor por mí? ¿si ya no nos quisiera por ser... diferentes?"
La voz de James sonaba llena de inquietud y dolor. "Te he extrañado tanto, como no tienes una idea. No sabes cuantas veces he querido tomar a los chicos y regresar a Malibú contigo. Pero no podía, no podía por ellos, mis hijos me necesitan y yo los necesito. Si me hubieras puesto a elegir, los elegiría a ellos. Sin duda alguna. No quiero que carguen con el dolor de saber que no los quieres por ser diferentes, no podía hacerles pasar por eso, no ellos. Ya han sufrido como para que su otro aspirante a padre los desprecia-"
"James, ¿qué? ¿Diferentes? ¿De qué carajos estás hablando?" El mecánico tenía un nudo en su garganta al escuchar la voz rota de su amor, pero también estaba perturbado por las divagaciones totalmente comprensibles del mayor. "Jamie, ¿tú y los niños son mutantes?"
El pelinegro salió de sus cavilaciones, completamente perplejo: '¿mutantes? ¿qué es eso?'
"No" Negó demasiado rápido para el gusto de Stark. "No, no somos mutantes, sea lo que sea".
'¿James no sabía lo que eran los mutantes? ¿Entonces cómo eran diferentes?' pensó Tony desconcertado.
"Anthony, ¿crees en la magia?".
"James, tú sabes que la magia no existe" Interrumpió el castaño, pero el rostro de James era tan serio que estaba comenzando a inquietarse.
"Sé que eres un hombre de ciencia, Tony, pero si pudiera mostrarte que la magia es real ¿te quedarías?" ¿Nos aceptarías? no se dijo, pero quedó flotando siendo implícitamente presente en esa oración.
Con un suave suspiro, James pasó a Hayden a sus brazos, enseñándole de manera tranquila como cargar a su hijo. Una vez asegurado en sus brazos, maniobró a Alexander de una manera profesional mientras sacaba de su bolsillo lo que parecía un palo de madera. Con tranquilidad se lo enseñó por un momento, cerró sus ojos y susurró el primer hechizo que se le vino a la mente.
Fue un segundo, pero una enorme luz plateada salió del extremo del palo, llenando la habitación de un brillo antinatural. De un momento a otro la angustia y ansiedad fueron borradas por un abrasador toque de amor y esperanza, como si sus emociones negativas llenas de incertidumbre se hubieran esfumados, remplazados por unos positivos. Un suave toque en su mejilla lo llevó a parpadeó tres veces desconcertado por la vista, sin creer que al frente suyo estaba posado un majestuoso ciervo radiante y ojos blancos mirándolo, como si estuviera inspeccionando lo más profundo de su ser.
"¿Qué...?".
"Esto es lo que se llama el encantamiento Patronus" Aclaró James. Tony lo volteó a ver, pero la mirada del pelinegro estaba posada sobre el ciervo. "Es un guardián, una pieza de magia complicada, que genera una fuerza de energía positiva y un escudo contra criaturas peligrosas"
Dos chillidos alegres que sonaban a Pons salieron de los infantes, alzando sus manitas en dirección al sublime ciervo.
"Prongs es el nombre del ciervo." Explicó el chico mágico al ver la mirada desconcertada de su compañero, con una ligera sonrisa en su rostro. "A los niños les gusta, los hace más alegres a la hora de las pesadillas o las noches de tormenta. Aunque creo que es porque me puedo convertirme en un ciervo y a veces los cargo en mi lomo. Recuérdame que te enseñe eso más tarde, ciertamente te caerás de la emoción e intentarás ponerle sentido a todo esto."
A pesar de que sus ojos podían presenciar al ciervo mágico, aun su mente se tambaleaba por la exhibición de lo que era magia real, sin poder creerlo de todo. Y más confundido cuando James dijo que podía convertirse en un ciervo. En cuestión de segundos su mundo se inclinó de una manera que sabía que jamás podría ser volver enderezarse. Pero a pesar de que tenía un montón de dudas y necesitaba tiempo para procesar todo, había tres personitas que lo necesitaban ahora mismo.
"Entonces, tú y los niños tienen magia." James asintió rígidamente. Con una suave sonrisa, tomó la mano del moreno y la apretó ligeramente. "Está bien"
El de ojos color avellana quedó pasmado, atónito porque el menor había aceptado tan rápido que tenían magia, pero maravillado y conmovido que aun estuviera con ellos.
"No sabes lo feliz que me hace escuchar eso, Anthony" James ciertamente tenía ganas de llorar, después de haberle mentido por tanto tiempo a su castaño, el confesar su más grande secreto (bueno, su segundo más grande secreto, el primero era los gemelos) y que este mismo los aceptara era lo más maravilloso que podía pasarle hoy.
"Tengo una idea, amor". Aseguró con una sonrisa juguetona, conociendo bien al otro, para luego cambiar su semblante a uno serio. "Ahora, necesito saber por qué me necesitas, por qué me dijiste todo esto, por qué necesitas que esté contigo y los niños".
James suspiró temblorosamente, pasando su mano libre por su rostro, ordenando sus pensamientos.
"Una de las razones es porque que quiero que estes en nuestras vidas. Quiero que seas el padre de Hayden y Alexander, quiero que mis hijos puedan llamarte papá y te necesiten. Y sé que es difícil para ti porque no te ves como material de padre, pero cariño, te he visto un millón de veces ir a los albergues y orfanatos, y eres una maravilla con los niños. Sé que serás un buen padre, tú temor a no serlo es justificado, pero también ese temor te hará pensar las cosas para hacer las cosas correctamente. Habrá fallos, tendremos altibajos y se dirán cosas hirientes, créeme, lo sé, pero entre todos podemos superar esto. Y si tienes dudas de que no te quieran por ser tus hijos biológicos, tampoco son mío, pero para eso existe una poción (aunque ilegal) que con tan solo unas gotas de sangre serán nuestros tanto biológicamente como mágicamente. Nadie nos los podrá arrebatar.
Pero también necesito tu ayuda. Tony, se acerca algo grande, mi mundo se está preparando para una guerra que no nos corresponde, pero nos veremos arrastrados a ella y necesito saber que estarán bien si algo me pasa. Eres la única persona a quien puedo ir sin necesidad de cuestionarme las cosas, reprocharme o decir que soy un cobarde por huir. Eres el único que me entendería perfectamente. Te necesito aquí conmigo porque no confió en nadie más con mis hijos. Puede que no hayan nacido de mí, pero siguen siendo míos. Lo son. Y una vez con la poción serán también tuyos. Y no importa si tengo que engañar a la Muerte, no dejaré que nada, NADA, les pase mientras yo viva. Tu y los chicos son lo más importante que tengo y si algo les pasara a ustedes, juro que el universo me pedirá piedad".
Tony lo escuchó atentamente. Cada una de sus palabras dieron un vuelco en su estómago y corazón. Saber que James y los niños estaban en metidos en algo no le hacía gracia, que estaban en un peligro mayor donde no podía protegerlos le causaba temor. Y mientras veía los ojos verdes de Hayden y los azules de Alexander, juro ahí mismo que haría lo necesario para protegerlos. No sufrirían bajo su cuidado, serían los niños mejor protegidos y cuidados, bendecidos y adorados del mundo. Tendrían todo a su disposición, todas las armas y herramientas necesarias para cuidarse cuando sus padres no estuvieran cerca. No dejaría que sufrieran como él había sufrido.
No lo permitiría.
Dios tenga piedad de todos aquellos que cruzaran con la familia Potter-Stark.
Viendo a los ojos de James, sonrió: "Cuenta conmigo, amore mio".
Chapter 2: Capitulo I
Notes:
¡Hola a todos!
A pesar de que este es el segundo capítulo, ciertamente es mi favorito porque de alguna manera hice esta historia que los hermanos Potter fueran algo... dependientes del otro, y hasta con un comportamiento raro y posesivo. Yo... ¿me declaro inocente de todo? No lo estaba pensando con toda claridad mientras escribía esto y me dejé llevar jeje.
La canción de cuna que elegí fue: EL CANTO DEL LOBO - Canción de cuna nórdica de Jonna Jinton. ¿Por qué la elegí? Me gustó demasiado y esta fue la canción con la que me inspiré para hacer este capítulo junto a Brother de Kodaline. También me imagine a James cantándole esta canción a sus hijos después de una pesadilla, fue bonito. Tony definitivamente les cantaría algo en italiano.
El final no es mi agrado del todo, intente dar un cierre al capítulo que no fuera tan abrupto o soso, pero aún no me termina de convencer.
Estoy llena de emoción porque no tengo ni idea que es lo que será en el siguiente capitulo, tengo algunas ideas, pero desgraciadamente soy un escritor brújula la mayor parte de tiempo. Intentaré tener el tiempo para comenzar a planificar y ser un escritor mapa, porque también quiero disfrutar el proceso de escribir.
¡Espero que les guste! Dar kudos será apreciado y les agradecería si me dijeran que les gusta. <3
Chapter Text
Deseo.
Un deseo es lo que uno más quiere, aquella cosa o necesidad que más anhelamos sobre todo lo demás. Desde lo más profundo de nosotros tenemos un deseo, que por más absurdo que pueda parecer, para nosotros mismos no lo es y a veces sin importar cuánto nos cueste o duela; intentaremos sobre el camino el poder conseguirlo para poder ser feliz.
Si había algo que Alex Potter pudiera desear sería la capacidad para ser más fuerte.
Aún con ocho años de edad, él sabía que su deseo tenía un trasfondo mucho mayor para poder comprender lo que estaba deseando, pero él sólo quería ser más fuerte. Fuerte para poder resistir los insoportables calores o inviernos cada vez que trabaja en el jardín de su tía. Fuerte para poder realizar los quehaceres imposibles que se le imponían hacer. Fuerte para poder arremeter contra el corpulento cuerpo de su tío y primo. Fuerte para poder evitar enfermarse cada vez que terminaba herido después de una paliza. Fuerte para evitar llorar cada vez que terminaban lastimándolo.
Pero, sobre todo, ser fuerte para su hermano menor.
Para Alex no había mayor deseo que ser fuerte para su propio hermanito, su Harry.
Harry, quien siempre se las ingeniaba para poder darle una botella de agua o un abrigo cada vez que regresaba de trabajar en el jardín. Harry, quien siempre le ayudaba a hacer los quehaceres y se encargaba de robar comida de la despensa para alimentarlo, aún si terminaba regañado. Harry, quien siempre lo detenía para no precipitarse hacia su tío y primo cada vez que los insultaban. Harry, quien siempre se encargaba de limpiar, desinfectar y vendar sus heridas después de que ambos hubieran sido castigados. Harry, quien le cantaba las mismas canciones de cuna y lo abrazaba cuando lloraba hasta quedarse dormido.
Harry era un regalo del cielo, un pedacito pequeño, pero muy grande para el alma fracturada de Alex. Era un bálsamo para todas sus heridas y dificultades.
A veces, en las oscuras y frías noches de insomnio, contemplando el rostro dormido de su hermano; viendo las largas pestañas cepillando las mejillas sonrosadas o el revuelto cabello negro caer sobre su frente, sabía que no merecía el cuidado, amor y confianza que tenía el menor hacia él. Pero Alex era egoísta, era codicioso hacia Harry, no lo dejaría tan fácilmente, estaría a su lado en todo momento como él sabía que el otro haría lo mismo sin importar las consecuencias. Porque solamente ellos dos, eran Harry y Alex, huérfanos y hermanos, contra la vida misma.
En algunas ocasiones, cuando el dolor era bienvenido como un viejo amigo a altas horas de la noche, su mente vagaba hacia suaves sonrisas y risas, destellos de ojos cálidos color avellana y azul. Pero cuando la soledad era tan abrumadora para ambos hermanos, podían sentir un fantasmal tacto sobre sus mejillas o cabeza, pero a la vez tan distante que a veces parecían estar soñando despiertos. Alex no quería, pero en lo más profundo de su ser, creía que esos ojos tan llenos de vida y amor era de sus padres. Y cuando lo comentó con el menor, esté también había declarado que tenía la misma conjetura que él.
Los pequeños recuerdos apuntaban hacia esa realidad, memorias donde ellos tenían una familia, lejos de todo tormento y dolor. Pero todo vestigio de una mamá y un papá era raro, ya que las siluetas firmes y rectas siempre estaban presentes en su mente, pareciéndoles raro a ambos hermanos. Todas las risas suaves y ojos avellana parecían de padre, un padre del que nunca escucharían más, del que nunca podrían conocer. Tampoco de una madre, de la que no tenían ningún recuerdo junto a su Dada. Los ojos azules, mirándolos con amor, parecían juguetones y llenos de conocimiento en ellos.
Parecían una familia. Una familia que para Harry y para él nunca existirían porque estaban muertos, dejando a dos bebés solos.
Unos hermanos, huérfanos.
Solamente teniéndose el uno al otro.
Alex y Harry.
Pero estaba bien, Alex sabía que tendrían dificultades, vivir en Private Drive con sus tíos era un reto que lograrían superar algún día. Podían manejar todo lo que fuera, juntos. Él podría ser la fuerza necesaria para ambos mientras Harry sería su consuelo y resistencia, tomar de la mano al menor y guiarlo entre las rocosas piedras de la vida misma, pero necesitaba ser más fuerte.
Oh, cuanto lo ansiaba. Ser fuerte para quitar el dolor y sufrimiento de esos ojos color esmeralda que a veces lo miraban llenos de lágrimas por el maltrato o el brillo de la picardía cuando le hacían bromas a la banda sus matones y primo.
Por eso, observando el cielo desde el pavimento de la acera, deseó a la pequeña estrella solitaria poder ser fuerte para su hermano, ser capaz de sacarlo de ese lugar para nada llamado hogar, prometiendo que sería el mayor protector para Harry, asegurando que nunca lo dejaría solo y siempre estar para él en las buenas y en las malas, soportar sus cargas y sostenerlo, deleitarse de sus logros, ser posible de tener el poder de ser siempre el caballero, el defensor, guardián, cómplice y salvador de su hermano, entre muchas otras cosas.
Parpadeando, alejó su mirada del pequeño punto blanco, sintiendo el peso de una frazada puesta sobre sus hombros, encontrándose con el chico de sus pensamientos.
"¿Qué estás haciendo?" Escuchó susurrar a Harry, viéndolo sentarse a su lado, apoyando la mayor parte de su peso sobre su costado y recostando su cabeza en su hombro.
"¿Cómo conseguiste la manta?" Esquivando la pregunta del ojiverde, acercó al menor a su cuerpo, reposando su espalda contra su pecho y rodeando la pequeña cintura con sus brazos, envolviéndolos a ambos con la frazada.
"Sabes que es mala educación contestar una pregunta con otra, no sé por qué lo haces". Replicó Harry. Sí de todos modos me lo dirás no se dijo, pero era algo consciente entre ellos.
El castaño solo suspiró, colocando su barbilla sobre el hombro de su hermano, mirando hacia el cielo sin poder encontrar la estrella de antes.
Sus ojos se dirigieron hacia sus manos, ambas callosas y sucias con cortes y raspones, causados por haber pasado años trabajando en el jardín sin ninguna protección. De reojo miró las manos del pelinegro, cubierto de curitas en sus dedos y manos hasta llegar a sus antebrazos, hechas por haber preparado cada comida para los Dursley sin supervisión desde una edad temprana. Sus ojos se dirigieron hacia sus manos, callosas y sucias con cortes y raspones, causados por haber pasado años trabajando en el jardín sin ninguna protección.
Recostando su cabeza en el hombro ajeno, sintió una opresión en su pecho y su estómago revuelto al ver las heridas que su propia "familia" les había causado a ambos. Sabía que era mucho peor en sus propios cuerpos, con todos los moretones y cicatrices, pero el solo ver el flagrante abuso que todo adulto y autoridad parecían ignorar le hacía hervir de una rabia inimaginable que ningún otro niño merecía conocer.
Realmente eran un espectáculo. Ambos siendo los más bajos y delgados de todo su curso, empequeñecidos por la ropa dada por su primo obeso. Ambas teces, aunque morena, se podía apreciar una palidez antinatural en ellas. Sus cuerpos desnutridos por la falta de alimentos y nutrientes, ambas costillas mostrándose junto al hundimiento en sus abdómenes, con rodillas y codos huesudos. Sus rostros con pómulos sobresalidos y mejillas ligeramente hundidas. Cabelleras con risos salvajes, sin brillo y grasiento porque a veces no les dejaban bañarse. Agregándose a veces cuando los dedos de las manos y pies se ponían azules por las temporadas invernales, sin contar siempre el frio que tenían durante todo el año.
Realmente a veces no sabían cómo podían ignorarlos, pero ambos chicos sabían que sus propios tíos les habían dicho a los vecinos que eran hijos de un borracho y una prostituta, siendo enfermos mentales y desequilibrados, logrando que hablaran mal de ellos tanto en el vecindario como en la escuela, haciendo que los despreciaran, ya que en Private Drive la normalidad era la regla de oro. Cada cosa fuera de común para todas estas familias era menospreciado, sin importar qué. Pero los signos eran claros, y mucho más cuando se habían enterado a los cinco años, cuando habían entrado a primaria, que su propia vida dentro de esa casa no era normal.
Ver a los demás niños con cuerpos sanos, llenos de vida y felicidad en sus rostros, siendo amados y apreciados por sus padres, verlos orgullosos de sus logros y trabajos, fue un shock para ambos chicos que era todo lo contrario a lo que conocían. Cierto, su primo fue adorado en su casa, sus padres cumplían sus caprichos y le demostraban amor siempre, pero era totalmente a como las demás familias se comportaban.
Fue aún más desconcertante cuando descubrieron lo que era la amabilidad. Su primer maestro, el Señor Williams, los había estado guiando y cuidando desde habían llegado a su clase. Desde que pisaron su salón nunca cuestionó porque no sabían la mayoría de las cosas que otros niños de su edad ya sabían, siempre fue paciente al explicarles las cosas que no entendían y se quedaba con ellos en los recesos para ayudarles con el material escolar, los felicitaba con una sonrisa y una barra de chocolate (como lo había llamado cuando Harry no había entendido que se había ganado una envoltura graciosa y colorida), les daba cosas de su merienda cada que tenía una oportunidad y siempre preguntaba como estaban, dándoles palmadas en la cabeza como saludo.
Su primer abrazo y su primer estoy orgulloso vino también de él.
Por eso, cuando fue tiempo de escalar a segundo año, ambos hermanos quedaron tristes porque tenían que despedirse de su maestro, la primera persona en hacerlos sentir cálidos y apreciados. Habían llorado en los brazos de su profesor y todo el tiempo de regreso a Private Drive, agradeciendo que sus tíos no los habían recogido para poder desahogarse entre ellos. Su verano fue como cualquier otro día, pero fue relativamente tranquilo, excepto la parte cuando sus calificaciones habían llegado, recibiendo una paliza de su tío por hacerlo mejor que su Dudders y que nadie era mejor que él: "ni siquiera unos monstruos como ustedes."
El primer día de clases, el Señor Williams los había estado esperando para saludarlos con una sonrisa y un abrazo, diciéndoles que siempre podrían buscarlo para cualquier cosa. Ese pequeño brillo de esperanza fue lo que mantuvo a ambos chicos alegres mientras pasaban por el horrible segundo grado y la desagradable Señorita Davis. A partir de ahí su tiempo escolar fueron malos pero pasables. Su primo (junto a su pequeño grupo de matones) siempre estaba en sus clases, jalándolos y golpeándolos, sus maestros los ignoraban la mayor parte y sus trabajos y tareas habían bajado a lo que realmente eran.
Su refugio fue el Profesor Williams, ahí recibían sonrisas cálidas, palabras amorosas y afectuosos abrazos. Se habían preguntado por qué era el único maestro que los trataba tan bien, fue tanto su curiosidad e inquietud que cuando le preguntaron solo había respondido: "me recuerdan a mi pequeña Cassy, pequeños y tímidos, alegres y llenos de un aura de amor, que los he llegado a ver como míos desde el momento que los comencé a ayudar." Fue otra sorpresa para ellos, pero una sorpresa bienvenida y atesorada.
Para cuando habrían entendido que las cosas eran malas en la casa de sus tíos, fueron a su maestro favorito. Los había escuchado, de alguna manera habían explicado entre lágrimas las interminables tareas, los castigos, los nombres horribles, la falta de comida y cariño. Lo habían hecho, se dijeron, los habían denunciado. Pero cuando un oficial de la policía junto a un trabajador social llegó a su casa, tanto Petunia como Vernon los había convencido que todo era un error, que ellos eran chicos problema. El policía no pareció dudar de su palabra y aunque el trabajador social parecía reticente; los escuchó, dejándose influenciar fácilmente por las palabras dulces de su tía y la veracidad de su tío.
Después de esa visita, tanto Petunia y Vernon Dursley los habían agarrado a ambos y los habían castigado a una pulgada de su vida, puesto en confinamiento en su armario y sin comida. Al día siguiente, cuando ambos habían ido a la escuela, el Señor Williams, al único maestro que parecía escucharlos y quererlos, había sido transferido a otra escuela no sin antes dejarles una pequeña nota que guardaban como un amuleto de la suerte, y a partir de ahí cada día estaban siendo vigilado e ignorados por los demás maestros.
En ese momento se dieron cuenta que estaban más que solos otra vez, teniéndose únicamente.
"Es— es algo estúpido" Murmuró Alex, volviendo de sus divagaciones mentales. Escuchó el susurro de la ropa al moverse, sintiendo como su hermano se volteaba para quedar de frente suyo.
"Escúchame, Alex. Nada, y repito, nada es estúpido si se trata de ti" Declaró el menor, mirando directamente a los ojos de su hermano.
Harry, quien no dejaba de mirarlo, llevo sus manos hacia sus mejillas, sosteniéndolas como si fuera un objeto frágil al que apreciar y cuidar. Juntó sus frentes con cariño, frotando sus narices como si de cachorros se tratasen, su pulgar cepillando suavemente su mejilla, siendo una muestra de afecto. Un simple acto, lleno de ternura y cuidado.
"El mundo puede no ser amable con nosotros, pero eres mi hermano, mi otra mitad. Si nos tenemos el uno al otro entonces ambos estaremos bien, aunque nos peleemos y las cosas podrían parecer malas entre nosotros, nunca; pero nunca, te daré por sentado. Estaré para ti siempre porque no hay nada en el mundo que no haría por ti, ¿oíste? Eres lo más valioso que tengo y si algo te llegara a pasar, juro que el universo me pedirá piedad, Alexander." Proclamó el ojiverde, su voz apenas un susurro, pero lleno de convicción y promesas no dichas, viéndolo directamente a los ojos.
El Potter mayor sintió que se le iba el aliento, oír la veracidad y honestidad de su voz junto al amor brillar en esos ojos redondos de ciervo, dejándolo sin palabras. Abrió la boca para hablar, pero nada salía de ella, sus palabras quedaron atascadas en su garganta sin poder expresar a su pequeño el torrente de emociones que pasaban por su cuerpo. Una calidez apareció en su pecho, sintiendo su corazón martillando fuertemente, con la sangre bombeando en sus oídos y el escozor de las lágrimas en sus ojos. Estaba a nada de descomponerse.
Una mano se arrastró hacia su nuca, jugueteaba ligeramente con los mechones de su cabello, dando la calma que necesitaba para quitar los turbulentos pensamientos de su mente.
"Deseé que pudiéramos salir de los Dursley" Contestó Alex, mirando el rostro tranquilo de su mellizo. "Dejarlos para siempre. Deseé ser fuerte y poderoso para poder huir de este infierno contigo"
Una suave y triste sonrisa se formó en el rostro del pelinegro, aun sosteniéndole la mirada con esos ojos totalmente diferentes a los suyos. Las manos de su hermano ahuecaron las suyas, levantándolas de su regazo, como si pudiera protegerlas en ese diminuto capullo que formaban entre sus cuerpos, acercándonoslas a su pecho.
"No importa cómo, pero saldremos de ahí, tú y yo..." Esos ojos verdes, mucho más fascinantes e hipnotizaste, brillaron de determinación por un momento.
"...Contra el mundo" Dijeron ambos, con sonrisas idénticas, sin soltar su agarre.
En medio de ellos, en esa tranquila y fresca noche de noviembre, una bola de luz se materializó entre sus manos. Cada hermano movió una mano contraria a la otra, separando la esfera en dos flotando entre las palmas de sus manos. Brillaban tan intensamente como la estrella a la que había pedido el deseo, siendo su única fuente de luz en la oscuridad. Harry movió ambas manos, separando la esfera en pequeñas partículas de luz, moviéndolas a su alrededor. Alex le siguió segundos después, escuchando a Harry comenzando a tararear.
Vargen
ylar
i
nattens
skog
(El
lobo
aúlla
en
el
bosque
nocturno)
Han
vill
men
kan
inte
sova
(Él
quiere,
pero
no
puede
dormir)
Alex vio a su hermano cantar una de las muchas canciones de cuna que podían recordar de su Dada, una de las muchas canciones que eran como una caricia de amor y cobijo para ellos dos, cantada para ellos como si fuera una protección contra un enemigo, ahora cantada por ambos en sus momentos de necesidad o paz.
Hungern
river
i
hans
varga
buk
(La
hambruna
llora
en
su
estómago
de
lobo)
Och
det
är
kallt
i
hans
stova
(Y
el
frío
inunda
su
amparo)
Ambos hermanos vieron cómo las luces bailaban cerca de ellos como si luciérnagas se tratasen, un espectáculo de luces digno de presenciar en medio de la noche, sintiéndolas revolotear alegremente por todo el lugar al compás de la canción, iluminando la única calle totalmente desolada de Private Drive.
Du
varg
du
varg,
kom
inte
hit
(Lobo,
lobo,
no
te
atrevas
a
venir)
Ungen
min
får
du
aldrig
(No
te
dejaré
tomar
a
mi
hijo)
Cerrando sus ojos, mientras escuchaba la voz de su hermano; lo transportó a tiempos muchos más felices, donde en las noches más solitarias eran una caricia para sus almas. Destellos de sonrisas, palabras y toques amorosas, carcajadas alegres desde el fondo, bailes y canciones, objetos y destellos volando por toda una casa.
Vargen
ylar
i
nattens
skog
(El
lobo
aúlla
en
el
bosque
nocturno)
Ylar
av
hunger
o
klagar
(Llora
y
lamenta
de
hambre)
Luces de color rojo y amarillo volando por una habitación, palabras rugientes llenas de disgusto, suplicas por misericordia, gritos de temor y auxilio, palabras de perdón y amor, la sensación desagradable tallándose en sus muñecas, el techo de una casa de destrozada junto una horrible carcajada llena de luz verde llenó sus recuerdos opacando los más felices. Mismos recuerdos que los atormentaban en las noches más sombrías.
Men
jag
ska
ge'n
en
grisa
svans
(Le
daré
una
cola
de
cerdo)
Sånt
passar
i
varga
magar
(Digno
del
paladar
del
lobo)
Fue como magia. Todo recuerdo que tuvieron de esa noche y mucho antes, a pesar de haber sido muy pequeños, podían asegurar que todo era mágico porque ambos hermanos no podían explicar el sin fin de cosas que solo podían ver y recordar mientras dormían.
Du
varg
du
varg,
kom
inte
hit
(Lobo,
lobo,
no
te
atrevas
a
venir)
Ungen
min
får
du
aldrig
(No
te
dejaré
tomar
a
mi
hijo)
Magia.
Una palabra prohibida dentro del número cuatro de Pirvate Drive.
Con tan solo mencionar, ver o escuchar aquella palabra, se ganaban un castigo mayor de lo que habían recibido antes. Y su primo Dudley no era la excepción a la regla, pero siendo su castigo mucho menor que el suyo. La palabra magia y sus derivados era un pecado dentro de la casa, ya que como sus tíos habían recalcado un millón de veces tanto dentro como fuera de la residencia: "eran una familia totalmente normal que no había lugar para extrañezas".
Y ambos hermanos sabían que ellos venían incluidos en su lista en contra de lo antinatural.
Tanto Harry como Alex sabían que no eran normales, habían pasado suficientes cosas inexplicables como para saber que todos los sueños (o recuerdos) que tenían en sus noches más oscuras eran totalmente reales. La cantidad de cosas extrañas que pasaban a su alrededor eran totalmente peculiares para ambos hermanos. Podían atraer, alejar o detener objetos con una sola acción o pensamiento, jugar con el agua y el viento de su entorno, incendiar o explotar las cosas, aparecer y desaparecer en diferentes lugares, quebrar el suelo fácilmente y matar fácilmente los animales.
Fue... peculiar.
Sí, totalmente peculiar.
Pero ambos tenían una cosa clara, no eran mutantes. No lo eran. Tampoco eran fenómenos como tan sabiamente predicaban su familia.
Ellos tenían en claro la percepción de los mutantes en su mundo, era un susurro a voces para la población. Puede que esa comunidad sea menor en Reino Unido a comparación de Estados Unidos, pero seguían siendo despreciados por la sociedad. Rechazos de la naturaleza y de Dios, les llamaban, entre muchas otras cosas.
Habían oído hablar de aquella minoría cuando tenían seis años, su tía había despotricado después de haber visto las noticias del atentado de un adolescente de trece años que había sido un mutante. El joven, al parecer, había hecho estallar una tienda en un centro comercial. La nota decía que el mutante había estado huyendo de la policía por días y había llegado a la plaza para despistarlos, en la confrontación había usado sus poderes para matar a dos policías y luego la tienda.
Sin embargo, los gemelos pudieron ver en los ojos del chico todo la ira, angustia y desesperación. Vieron como los ojos del chico pasaron de un color azul a ser totalmente blanco, como el semblante de dolor pasaba a ser totalmente inexpresivo, su rostro distorsionándose poco a poco y sufriendo espasmos violentos. Observaron como cuerdas oscuras salían de su cuerpo, envolviéndose por toda su figura, quedando solo una masa negra nadando dentro una esfera irregular transparente. Aquella masa solo iba creciendo y creciendo, hasta explotar.
La noticia había durado días, tal vez semanas, pero los chicos sabían en su interior que aquel suceso no había sido por un mutante.
Era mucho más que eso.
Durante semanas investigaron a los mutantes en la biblioteca local, documentos guardados en la computadora publica como suficientes noticias del periódico y teorías, al final llegando a la misma conclusión: los mutantes no tenían la pequeña hebra en el pecho. Era imperceptible, pero podían verlo. Una fibra delgada y oscilante, que cuando lo veían en las calles, pareciera extenderse por el cuerpo hasta convertirse en hilos atreves de cientos de agujas, convirtiéndose en túneles, lenta y cuidadosamente, pareciéndose a los nervios del cuerpo. La pequeña hebra de poder parecía extender sus hilos por todo el cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, hasta volver al pequeño poder.
Como si estuviera respirando, vibrando dentro de uno.
Totalmente vivo y consciente.
Los mutantes, aunque no totalmente diferente de ellos, se les diferenciaba por tres cosas: uno; normalmente los poderes aparecían en la adolescencia después de un evento traumático, dos; sus poderes varían dependiendo de su dominio, tres; la liguera silueta plateada y oscilante cual remolinos a su alrededor los delataba. Con eso en mente, tanto Harry como Alex sabían que no eran mutantes, ellos apenas eran unos niños y su poder era múltiple de muchas maneras. Así que, para ellos dos había tres comunidades de especies andando por el mundo.
Pero no eran los únicos, se recordaban, había más allá de los muros de Private Drive; gente como ellos, con poderes que parecían inimaginables y una gran posibilidad de que hubiera más mejorados. No importaba como, pero lo sabían, lo sentían tanto en su corazón y poder.
Solo faltaba una única cosa: huir, tomar sus cosas y salir de Private Drive. Pero ambos chicos sabían que eran demasiado jóvenes e inexpertos como para salir a las calles de Londres. La vida como fugitivos no parecía esperanzador, no sabrían donde esconderse para pasar las noches frías, no tenían suministros y lo más seguro agarrarían las sobras del basurero, beberían las aguas negras de las goteras o robarían a las tiendas de convivencia y mercados, estando en constante movimiento vigilando sus espaldas cada rato para que no los agarrara la policía.
Sí, no era lo mejor, pero era la única salida. Y ambos muchachos estarían condenados si se quedaban más tiempo en aquel condado olvidado por Dios.
Para cuando el cielo dio vestigio del amanecer, cambiando su color a tonos anaranjados, ambos hermanos se levantaron de su posición, sintiendo las piernas entumecidas y tambaleantes, junto a las extremidades frías y huesos adoloridos por exponerse tanto tiempo a las altas temperaturas invernales de Gran Bretaña.
Pasar la noche afuera del número 4 no fue algo nuevo para ellos, pero tampoco era tan frecuente. No había sido su culpa el olvidarse entrar, sus tíos los habían castigado una vez más prohibiéndoles el paso a la casa sólo porque no había terminado sus quehaceres antes del amanecer, privándoles del calor y la comida otra vez.
Tomados de la mano, se acercaron hacia la residencia, yendo directo a la cerca a un lado del domicilio, sin estar afectados de que la puerta que daba directo al patio de la casa, este cerrada con llave. El chico de ojos azules le dio una sonrisa ladina a su contraparte, Harry solo bufó; burlándose del mayor. Mientras Harry retrocedía unos pasos, Alex se agachó ligeramente y entrelazó sus dedos colocando las palmas hacia arriba, asintiendo una vez posando su mirada en el menor. Harry corrió y con un pie encima sobre las manos como un escalón, puso todo su peso a la hora de aferrarse a la valla de madera, y con el apoyo de su mellizo, lograron elevarlo hacia arriba y cruzó sin ningún problema hacia el otro lado del vallado.
Sin mucha dificultad pudo abrir la puerta, dejando pasar a Alex, para luego ir hacia la entrada trasera de la casa, y con ayuda de su magia abrieron el cerrojo, logrando entrar. Con cuidado de no hacer mucho ruido, ambos hermanos fueron directo a la cocina y comenzaron a sacar los alimentos y sartenes que necesitarían para hacer el desayuno de la familia a la que se veían obligados alimentar.
Los dos tenían un sistema de trabajo, Alex sacaría los materiales y Harry los alimentos, el castaño cortaría la comida y el pelinegro la prepararía. Desgraciadamente no podían agarrar o probar nada en algunas ocasiones, no importara cuanta hambre tuvieran, su tía tenía todo contabilizado: desde la cantidad del cereal hasta cuantas hojas de espinacas hay, así que se abstenían a robar a veces. Alex no se atrevía, no quería incurrir en el desprecio de su tío y los berrinches de su primo todos los días, pero Harry no tenía tales reparos, él pensaba que de lo poco en muchas cantidades podía hacer suficiente, así que cogía lo que pudiera para que su hermano no pasara hambre. Alex quería enfadarse, pero terminaba con una exasperación cariñosa por la terquedad de su pequeño, no lograba (léase: no podía) negarle nada.
Y mientras los gemelos Potter comenzaban la misma monótona rutina de la mañana, cada uno mantenía su mente ocupada con las posibilidades de escapar. Las ideas iban y venían, necesitaban planear perfectamente todo: a donde ir y donde quedarse, mantenerse en las grandes ciudades o apartarse de ellas, donde poder conseguir comida y suministros, posibles lugares donde quedarse a pasar las noches cada estación nueva, esconderse en las calles o encontrar edificios abandonados, no ser atrapados por la policía o los viejos verdes, había muchas cuestiones que tomar en cuenta.
Miles y miles de escenarios pasaban por la mente de los hermanos. Ideando desde el plan A hasta Z. Cada uno mejor que otro. Los dos eran conscientes de que tendrían que irse, los castigos se volvían más violentos cada año y sabían que su tío se le pasaría la mano en algún momento. Pero estaba bien, todo peligro y dolor serían dejada atrás, todo el resentimiento y odio sería llevado con ellos, las cicatrices tanto físicas como mentales serían de por vida, pero dejarían la peor parte de su vida atrás, despojada de ellas a la fuerza y abandonada en algún lugar una vez que salieran del condado.
Y a pesar de estar al tanto de que será extremadamente complicado y peligroso, enfrentándose hasta lo desconocido en varios momentos, sabiendo que sus planes puedan ir por el sur en algún momento con el temor de ser separados para siempre, eso no los llegaba a disuadir, nada les quitaba su intensa voluntad y esperanza.
Era necesario, era su única salida, por más desesperado que sonaran.
Ser libres al fin.
Libres.
Tener la libertad de poder usar su regalo. Sentir el cosquilleo de su magia bajo su piel cada vez que lo usaban era eufórico, como si hubieran bebido varias latas energizantes, mareados a la hora de dejar volar su poder. Llegar a experimentar con todas las posibilidades e ideas que podían imaginar sería maravilloso, alcanzar a ver la profundidad de daño y caos que podían causar, conocer en su totalidad el regalo que se les dio y hasta cuanto podían llegar soportar si lo expandían fuera de los límites. Jugarían y entrenarían su magia, serían implacables, feroces, grandiosos.
Ambos lo serían.
Nada ni nadie los separarían nunca. Tanto Harry como Alex no lo permitirían, se tenían solo ellos dos, no sabían vivir sin el otro. Eran la extensión del otro, un alma unida. Se protegían y se cuidaban entre ellos, se cubrían en las buenas y malas, se atraparían si uno se estuviera cayendo o ahogando.
Se salvarían entre ellos.
Morirían por el otro.
Teniéndose uno al otro.
Alex y Harry, contra el mundo.
Chapter 3: Capitulo II
Notes:
Me gustaría decir primero que lamento mucho el que se haya retrasado este capítulo pero como dije antes, las actualizaciones no serán seguidas y sólo escribiré cuando me vea en la motivación o tiempo para hacerlo. Lo bueno es que tenía esto ya listo en wattpad, donde también publico la historia pero creo que con las nuevas políticas ciertamente me inclino a actualizar más aquí, pero eso ya lo veré en un futuro.
Como puse en la nota de wattpad, este capitulo me costó ya que estaba por acabarlo pero tuve que rehacerlo todo otra vez ya que no me gustaba como quedaba, y aun así siento que podía dar más pero quería publicarlo ya aquí (aunque mi idea original era soltar el capitulo 2 y 3 juntos), también quería mostrar todo desde el punto de vista de Harry y la codependencia de estos muchachos, que alguien les consiga un psicólogo o un adulto funcional por favor.
También pido perdón por las faltas de ortografía, luego revisaré errores o si ven uno lo pueden señalar. Espero que puedas disfrutar de este capitulo a pesar de que es medio raro y no sé que me fumé cuando lo estaba escribiendo. ¡También muchas gracias a todas esa gente que dejó kudos! Se lo agradezco y se merecen galletas. 🍪 <3
(See the end of the chapter for more notes.)
Chapter Text
Constante. Se conoce como constante a aquello que permanece estable con el paso del tiempo, algo perdurable, que no cambia y está ahí a través de todo: persistente, firme y dedicado. Este término puede destacar en diferentes áreas, pero a un valor personal, a veces es mucho más profundo que un mismo significado.
Y para Harry Potter la mayor constante en su vida es su hermano mayor: Alex.
Desde muy pequeño ha estado consciente de la presencia de su otra mitad, orbitando alrededor del otro como dos fuerzas imposibles de separar. Eran un par de piezas que se negaban a romperse, permaneciendo juntos, hombro con hombro, estando lo más cerca posible del otro sin que nadie se interpusiera en su camino; tanto física como metafóricamente hablando.
No tenía un solo recuerdo donde no tuviera a su hermano a su lado. Podía suponer que habían sido separados al nacer o cuando su Dada necesitara a solo uno de ellos, pero no estaba tan convencido de ese mismo pensamiento. No se veía alejado del castaño.
No podía.
Desde bebés siempre fue Harry y Alex.
No importara cuanto forzara la memoria, cada uno de los recuerdos que podía reconstruir tenía la presencia cálida y fuerte del mayor en todo momento. Alguien que ha estado siempre junto a él. Alguien que ha sido una base de normalidad y tranquilidad en todo momento. Siendo la estabilidad y firmeza que necesita cuando su mundo se inclinaba, aunque fuera un milímetro, llegando a darle una comodidad que solo podía conseguir con él.
Su Alex, quien ha estado presente desde que tenía uso de razón, no podía llegar a imaginar una vida sin él a su lado. Era demasiado cobarde y asustadizo como para indagar en ello. No sabría cómo sobrevivir sin el otro chico.
Alex, quien no apartaba la mirada de él asegurándose de que nada malo le pasara cuando salían de la casa y trataba de terminar sus quehaceres rápido para regresas a su lado. Alex, quien siempre proporcionaba comodidad y calor con su cuerpo para no pasar frío por la noche cuando sus tíos los tiraban fuera de la casa. Alex, quien se aseguraba de buscarle ropa entre los contenedores para después lavarlas y luego vestirlo cuando las que usaba terminaba sin poder remendar. Alex, quien se cercioraba de que revisar, sanar y vendar cada nuevo herida y quemadura cuando preparaba la comida o limpiaba el ático u cobertizo. Alex, quien siempre le dejaba tener más comida en los días de inanición o le pasaba más comida de lo necesario a su plato cuando creía no estar viéndolo. Alex, quien le dejaba dormir hasta tarde los días en que terminaba resfriado o con fiebre por las infecciones que contraía después de los castigos de su tío. Alex, quien siempre le besaba el rostro, susurrando palabras de consuelo y amor, abrazándolo y cantándole en sus noches de pesadillas o insomnio.
Alex, quien era su fortaleza en los días particularmente más difíciles, su refugio del tormento que era su familia, su defensor número uno contra cualquiera que lo lastimara, el confidente de sus temores y sueños, su cómplice en la mayoría de las travesuras que hacían, y salvavidas cuando se sentía totalmente cansado de todo, entre mucho más.
Para muchos podría parecer insignificante, pensando que era su deber como hermano hacer y ya, pero para Harry era la intención detrás de las acciones del mayor lo que le hacía tener un gran amor a su hermano. Fueron todas estas acciones y más que hacía su gemelo por él, que llegó a un punto donde solo quedarse mirando el acto de amor y cuidado no era suficiente. Se sentía inconforme con quedarse quieto y viendo al mayor encargarse de todo. No podía no hacer algo. Su cuerpo siempre picaba cada vez que veía a su hermano hacer las cosas que llegó a asociar como lo que haría un hermano mayor, procurando devolverle todo lo que le daba.
Por eso siempre intentaba aligerar sus cargas también. Se aseguraba de multiplicar la comida que robaba para tener suficiente para los dos, aun sabiendo las consecuencias. Se encargaba de conseguir los viejos abrigos de Dudley para arropar a su gemelo, a pesar de las quejas de su primo. Llegaba a conseguir kits de primeros auxilios aun servibles en los basureros, guardándolos en cajas dentro de la alacena debajo de las escleras, junto a las botellas de agua. Se ocupaba de los quehaceres que no le gustaban a Alex, o los particularmente difíciles que podían causarle más daño al cuerpo de su hermano, aun si terminaba más cansado de lo normal. Cualquier herida causada por su tío después de un arrebato particularmente fuerte; las limpiaba, desinfectaba y vendaba cada una de ellas, dándole palabras de amor, seguridad y aliento. Proporcionaba igualmente consuelo y canciones de cuna cuando las noches eran duras.
Todo eso y más.
Siempre haría más, mucho más para quien siempre ha estado ahí para él. Por eso, si Alex le pidiera que saltara, Harry lo haría sin dudarlo. Pero sabía que su hermano nunca haría nada que pudiera dañarlo o traicionar la confianza que se tenían, y eso era lo que más amaba del mayor.
Harry era consciente de que no merecía el cuidado, protección y adoración de su hermano, pero también era mimado. Alex lo había estropeado de alguna manera con todo lo que hacía y decía. Él sabía perfectamente que era consentido y egoísta, anhelando el cariño y la atención de su mellizo. Y por eso no lo dejaría ir tan fácilmente, no le permitía abandonarlo, se aferraría con uñas y dientes a la presencia que era su hermano. Estaría siempre en las buenas y en las malas, siendo también un apoyo y refugio, consciente de que el castaño también haría lo mismo. Siempre estando al lado del otro.
Harry cuidaba de Alex como sabía que el otro lo cuidaba a él también.
Nunca lo abandonaría.
Solo eran Harry y Alex, y eso estaba bien, se tenían entre ellos y era suficiente.
Desde muy chicos comprendieron que no eran queridos por su familia materna, que nunca fueron bienvenidos y solo fueron un error de los acontecimientos, viéndose a regañadientes en acogerlos ya que el lechero los había visto y no podían verse mal delante de los demás. Y con la "bondad de sus corazones" les permitieron quedarse. Pero no había necesidad de ser muy listos para entender que no eran gratos, tanto Petunia como Vernon lo dejaron claro desde un principio.
La primera evidencia de ello era vivir durante siete años en un armario debajo de las escaleras, únicamente compartiendo una colchoneta y dos mantas, cuando la misma residencia tenían cuatro cuartos, una recamara para el Señor y la Señora de la casa, el cuarto para el hijo del matrimonio, uno más ocupado únicamente para los todos los juguetes de su primo y el último cuarto extra para invitados o cuando se quedaba la hermana del tío Vernon.
La segunda evidencia era la falta de uso de sus nombres, llamándolos por apodos despectivos como ‹‹chicos››, ‹‹fenómenos›› o ‹‹monstruos›› cada vez que se les llamaban, siendo una sorpresa al descubrir sus propios nombres cuando entraron a la escuela. Dicho lugar donde tenían prohibido hacerlo mejor que su precioso hijo y eran vigilados en todo momento.
La tercera evidencia fue la lista de tareas en el hogar para compensar su presencia y el dinero que se gastaban en ellos, que con el paso del tiempo se fue haciendo cada vez más y más grande, hasta prácticamente ser los sirvientes de la familia. La cuarta evidencia fue la escasez de comida en sus platos cuando su tío y su primo comían como para dos personas, solo agradeciendo a Dios que les dieran suficiente leche o alimento para poder sobrevivir cuando eran bebés.
La quinta evidencia y lo más obvio era los golpes con un sartén en la cabeza por parte de su tía o los castigos corporales de su tío cada vez que se enojaba con ellos, junto a los jalones de pelo, brazo o cualquier otra extremidad, las quemaduras de colillas de cigarrillos en sus brazos, junto a las constantes persecuciones de su primo en el patio de recreo o en los parques de Private Drive, terminando en peleas 2 contra 6.
Saber desde una edad temprana que fueron dejados en la puerta de la casa de sus tíos a mitad de la noche únicamente con una carta diciendo que necesitaban quedarse con ellos, porque sus padres se habían matado en un accidente automovilístico tampoco ayudaba. Pero ambos chicos dudaban de aquellos acontecimientos. A lo mejor de más pequeños podían haber creído esas palabras, pero los vagos recuerdos y las demás experiencias en su corta vida le llegaron a entender que la familia Dursley mentía. Y mucho.
Pero estaba bien, habían superado siete años viviendo con los Dursley, habría más dificultades, y no estaba solo, siempre estaría su hermano. Podían manejar todo lo que la vida les arrojara juntos. El castaño podía ser la firmeza y el coraje para seguir mientras que él sería el apoyo y el respaldo. Estarían a la par, hombro con hombro contra cualquiera que quisiera separarlos.
Por eso, cuando Alex le comentó que deseaba poder salir de su propio infierno de vida, Harry pudo vislumbrar la determinación en los ojos de su hermano, sabiendo que era demasiado terco como para llegar a cumplir su promesa susurrada en la oscuridad. Y el pelinegro vio que tenía razón cuando atrapó a su mellizo buscando mochilas lo suficientemente grandes para ellos en los puestos de caridad. Poco a poco las cosas comenzaron a verse más reales cuando veía al castaño traer objetos de quien sabe dónde y guardarlas en las mochilas.
En aproximadamente una semana Alex había logrado obtener dos lámparas, una cajetilla de cerillos, un encendedor, una sudadera con capucha, una gorra y dos abrigos robados de Dudley. Aún había momentos en las que se sorprendía al ver lo mañoso que era el mayor al agarrar algunos objetos, ya que muy pocas veces era discreto.
Para cuando pilló a Alex metiendo una radio en la mochila supo que era momento de intervenir, si dejara a su hermano empacar cosas en su frenética búsqueda de la libertad terminarían corriendo con exceso de peso, y eso no ayudaría en nada. Ama a su hermano, pero podía precipitarse a veces y en este momento era necesario trabajar en equipo. Harry se condenaría a si mismo si no hiciera todo lo posible para cumplir también la promesa y todas las demás que se habían hecho atrás.
No necesitó mucho para agarrar a Alex de la oreja a modo de regaño (sin detenerse a pesar de las protestas ahogadas del otro chico) y sentarlo. Fueron los 10 minutos más rápidos en detener los pensamientos caóticos de su otra mitad, sentado en el regazo del mayor como punto de enfoque sabiendo que su hermano lograba calmarse al ser retenido, explicando que necesitaban comenzar a planear una larga lista de cosas e investigación, puntos de referencia, tiendas y posibles lugares donde quedarse, entre muchas cosas.
Fue divertido ver el rubor del chico de ojos aguamarina cuando se vio ligeramente reprendido por el menor, junto a los leves gruñidos y bufidos sobre: "su lindo hermano menor demasiado mandón y razonable para su pequeño cuerpo, despreciando la autoridad de su superior". Lo siguiente que supo era que fue atacado, comenzando una pelea de cosquillas, rodando por el pasto entre carcajadas y abrazos. Teniendo su pequeño momento, lejos de los Dursley, disfrutando de un rato que muy pocas veces se podían conseguir. Permitirse ser los niños que eran.
De este modo, luego de convencer a sus tíos que les permitieran tener una tarjeta de acceso a la biblioteca para pasar sus tardes lejos de su casa (poniendo un poco de temor sobre ellos y usar el sentido común de que no serían vistos causando travesuras, enfatizando mucho más en su rareza), la biblioteca local se convirtió en el nuevo refugio de los gemelos Potter.
A partir de ahí, las siguientes semanas saliendo de la escuela usaban su tiempo libre organizando una lista de lo necesario a llevar en sus mochilas: botiquín de primeros auxilios, chaquetas, bolsas de dormir, botellas de agua y alimentos enlatados, brújula, cerillos, una manta, una navaja suiza, etc. Una vez terminada su lista estudiaron el mapa de Inglaterra y sus propios distritos, eligiendo Londres como su primera parada. Cada mapa agarrado fue trazado y analizado, usando una como apoyo y otro oficial para sus traslados y refugios, restaurantes y tiendas. También asegurándose de tener mapas de las vías de metro más sencillas y fáciles de recorrer en los condados.
Leyeron todo lo que pudieron encontrar que podría ayudarles a sus planes, usando ya sea páginas web o libros. Los libros sobre acampar les pareció interesante, aun siendo muy distinto a vivir en las calles, pero tomando nota de los diversos conejos que se proporcionaban al vivir al aire libre. Encontraron artículos sobre el escapismo, como formas de romper vidrios o abrir cerraduras y el contorsionismo. Aprendieron sobre su moneda y el presupuesto, estimando cuantas libras tendrían que tener al comienzo de huir y gastar*.
Reunir el dinero fue tanto una tarea sencilla como difícil. Vivir con los Dursley les dio una ventaja en ciertas habilidades que habían adquirido en tiempo de necesidad. Ambos chicos sabían perfectamente bien cómo usar una aguja e hilo, nada les costaba remendar sus ropas, y podían aprovechar al coser ropa o peluches de sus compañeros por algo de dinero.
Tanto Harry como Alex fueron inteligentes, a lo mejor no superdotados, pero sí no fuera por la "advertencia" de sus tíos serían de los más altos promedios de su grado, así que podían cobrar por hacer tareas y trabajos. Otra cosa que podían hacer era arreglar los electrónicos, que de alguna manera fue sencillo. Fue demasiado fácil para ellos arreglar un reloj de pared y la radio que tenían, como también la bombilla de su armario, era como una segunda naturaleza ya heredada.
Así que sí, tuvieron confianza en dichas habilidades. Lo difícil sería acercarse a sus compañeros de clase o que se acercaran, ya que su primo que no permitía que se acercara nadie a ellos, llegando a intimidar a todo aquel que quiso ser sus amigos o charlar un rato.
Les costó unos días esperar una oportunidad, pero pronto se presentó una ocasión ideal. Ambos hermanos se habían quedado dentro del salón a la hora de receso cuando Miles Richter** (su compañero de clase) entró por la puerta llorando mientras sostenía su peluche de dinosaurio destrozado.
Tanto para Alex como Harry no les importaba Richter, nunca les había hablado ni intentando ayudar cuando su primo los intimidaba, pero al ver al chico de cabello arenoso sollozando por un peluche roto; Alex se acercó tomando la iniciativa, intentando calmar al chico. Lo único que lograron comprender entre sus balbuceos fueron ‹‹Rex›› ‹‹Dudley›› ‹‹roto››. Con el nombre de su primo supieron juntar los puntos de qué pasaba. Harry tomó al juguete, viendo la tela rasgada y rota de la cola mostrando un poco de felpudo, así que tomando la aguja e hilo comenzó a arreglarlo. Richter les agradeció dando su billete de 5 libros cuando vio a su peluche reparado como nuevo.
La siguiente persona fue Sally Stewart, que había dejado caer el collar de cuentas de su madre y se había roto. Alex se adelantó diciéndole que podía arreglarlo por un precio. La pelirroja había aceptado, temerosa del regaño de su madre, así que en menos de cinco minutos el collar había sido reparado. Al día siguiente Stewart había traído un billete de diez libras. La tercera persona fue Sam Johnson, que al faltar unos días a la escuela tenía que entregar sus tareas y libros hechos para el siguiente día, entre ambos chicos habían hecho sus deberes dándole como precio su almuerzo.
Poco a poco comenzó a esparcirse que los gemelos Potter reparaban las cosas por un poco de dinero o a veces tomando el lonche de sus compañeros. Sus compañeros les pedían arreglar algo personal u objeto de sus padres que habían roto como peluches, relojes, collares, juguetes, radios, etc. Hacer las tareas de los demás no fue tan pedido, pero aún había ganado su dinero repartiendo su conocimiento. Cada día ganaban entre cinco a diez libras por persona, llegando a juntar entre veinte o treinta al día.
A los cinco meses ya habían ahorrado lo suficiente. Por fortuna su primo nunca se había enterado de como ganaban dinero, su tío pudo haber metido su nariz gorda en sus asuntos quitándole todo lo que ganaban ya que tendrían que dar todo para seguir manteniéndolos en la casa, y ellos no podrían hacer nada.
Fueron los cinco meses más productivos para su propio beneficio. Cinco meses de arduo trabajo y persistencia. Cinco meses donde pudieron disfrutar por un momento almuerzos ricos que se les iba entregando. Cinco meses donde eran buscados para una charla amistosa u agradecimiento. Cinco meses donde fueron respetados y dejados en paz por otros compañeros. Cinco meses donde ambos hermanos dieron todo de ellos para parecer los ángeles rencarnados para que sus familiares los dejaran solos. No quejas, no peleas, no gritos, no castigos.
"Cinco meses interesantes" pensó Harry mientras miraba la lista de tareas en su mano que fue dejada por su tía esa misma mañana.
Con un suspiro, decidió tomar las tareas del cobertizo y ático, dejándole a su hermano la jardinería y las recamaras.
"Toma" Pasándole una lista al castaño cuando lo vio regresar del baño. "Tu tomarás hoy los cuartos y el jardín, mientras que yo tomaré el ático y el cobertizo"
Y sin querer esperar una respuesta se comenzó a ir, pero no pudo dar un paso cuando un brazo lo agarró de la cintura y lo arrastró al pecho de su hermano, manteniéndolo firme en su lugar.
"Ni un paso más, ¿me oíste?" Harry tembló, escuchando y sintiendo la voz de su hermano en su oreja. "No creas que no me he dado cuenta de que has estado comenzando a tomar otra vez los quehaceres más difíciles y relegándome los más sencillos. ¿Quieres decirme por qué lo estas volviendo a hacer después de que te ordené que no lo hicieras después de tu última recaída? "
"Alex, eso no es—" Intentó hablar, pero el mayor le detuvo: "¡Alex nada! No me mientas, no a mí. Soy tu hermano, no puedes mentirme. No nos mentimos."
El más joven de los Potter no contestó de inmediato, pensando sus opciones, sabiendo que si le mentía su hermano este podría llegar a castigarlo. Era el mayor, era el que estaba a cargo de él. Y tenía razón, no se permitían mentirse, no entre ellos. Su vínculo era demasiado especial y brillante; hermoso, como para mancharlo con mentiras y disputas. Solamente se tenían entre ellos dos. No había momento para resentimientos y ocultar las cosas. Pero siendo justos, la última vez terminó enojado con Alex por ocultarle que estaba enfermo e intentar mentirle, le aplicó la ley de hielo.
"Tú intentaste mentirme la última vez" Reclamó de vuelta, volteándose para mirar a los ojos ajenos.
"Y ya me arrastré pidiéndote perdón, así que no traigas esto a la mesa"
Suspirando, se apegó más al cuerpo del otro como si fuera físicamente posible, ocultando su rostro en el hueco entre su hombro y cuello, oliendo el aroma de Alex. Sintió como la mano en su cintura se apretó cuando inhaló profundamente. Después de unos segundos, reposó su cabeza en el hombro de este, viéndolo a través de sus pestañas.
"No quiero que te sobrecargues tú también. No has podido dormir bien estos últimos días, junto a los pequeños trabajos que hemos estado tomando y los quehaceres, no quiero que termines enfermo de nuevo. No quiero que te quedes en esta casa sin mí para estar a tu lado."
Sin separarse, sintió como la mano ajena tomaba su mentón, manteniendo las miradas frente a frente. Los ojos aguamarina de su hermano brillaron un momento, sintiendo como era inspeccionado: "No me pasará nada, Ry. No tienes que preocuparte, te tengo a ti cuidándome y lo agradezco, pero somos un equipo, y como equipo debemos apoyarnos ambos y darnos la misma carga. Así que dame a mí el cobertizo y el jardín, y yo te daré los cuartos y el ático, ¿oíste?"
Harry solo asintió. Ganándose una ligera sonrisa del mayor, juntó sus frentes y cepilló sus narices en roces circulares y ligeros. Ambos se dirigieron a sus respectivas tareas una vez que pudieron salir de su pequeño momento.
Sopesando las opciones, el menor de los Potter decidió empezar por el ático ya que no sabía cuánto tiempo le tomaría terminar, no sabía cuánto desorden había arriba ya que tenían prohibido entrar ahí.
Una vez dentro examinó todo el lugar. Sus ojos iban entre el montón de cajas polvorientas, la pila de periódicos viejos en la esquina, el estante con libros de pasta dura y antiguos, algunas sillas viejas junta una mesa igual de desgastada, uno que otro marco despintado, el viejo telescopio de su primo, un triciclo pequeño, y la vieja tele de sus tíos.
Pero la mirada de Harry se posó más tiempo el pequeño y desgastado baúl arrumbado en una esquina. La madera estaba ligeramente manchada y sin pulir, pero sin ningún agujero o señal de polillas, el cuero en sus bordes estaba ligeramente quebrado, pero aún sin ningún daño y resistente, el acero dorado aún parecía brillar, y los adornos de florituras talladas en la tapa del cofre le daban un toque elegante. Ciertamente era algo que creía que no podía pertenecer a los Dursley. El baúl era elegante pero aún con la sensación de antigüedad, para nada acoplado a la vida elegante pero tradicionalista y moderna de los Dursley.
Estando de frente al cofre, se agachó inspeccionando con más detalle el maletero. Pasando su pulgar por el broche principal, sintió un ligero pinchazo en el dedo seguido de un ligero cepillado por su cuerpo causándole escalofríos. Se dio cuenta que su dedo goteaba pequeñas gotitas de sangre. El sonido de ‹‹clic››, como si de un seguro se estuviera abriendo, le llamó la atención. Con cuidado desabrochó los demás seguros y con ligera fuerza logró abrir la tapa del baúl.
El baúl estaba casi vació, pero fueron los diferentes libros y cuadernos esparcidos, dos anillos con símbolos extraños tallados en la banda y un logo característico, dos collares con las iniciales ‹‹H›› y ‹‹A››, junto a un álbum de fotos que llamó su atención.
Tomando el libro mas cerca, examinó la portada: "El Mundo y su Conexión con la Magia Profunda por Ann Pevensie"
"¿Magia profunda?" pensó Harry. Dejándolo de vuelta, tomó lo que parecía un cuaderno desgastado y pequeño con las hojas amarillentas y quemadas. La única página intacta mostraba un dibujo a carboncillo de un espectro con un aura y esencia negra, con un gran peso de oscuridad en su interior.
Con curiosidad, pasó sus pulgar por el dibujo, notando como su sangre y el carboncillo se mezclaban entre sí, manchando por completo la extraña pagina, haciendo mucho más borroso y pesado el dibujo. Fue unos segundos más tarde cuando comenzó a sentir una pesadez en el ático que no había estado ahí hace mucho. Mirando a su alrededor notó que no había nada, todo parecía normal. Poco a poco la temperatura comenzó a descender hasta que fue asfixiante.
Su cuerpo comenzó a tiritar mientras sentía una neblina desciendo sobre él. La falta de aire comenzaba a ser presente, sus pulmones ardían y su mente lentamente se comenzó a quedar en blanco. De alguna manera se incorporó, tratando de alejar lo que sea que estaba pasando, pero parecía como si la presión que estaba sobre de él no quería dejarlo. Se sentía abrazado de una manera, susurros y lamentos se comenzaron a escuchar. Y sus ojos parecían cada vez más pesados.
Había empezado a balancearse y quedarse sin fuerzas cuando escuchó un gritó ahogado desde abajo. De su boca salió un quejido recibiendo por fin aire en sus pulmones. Su cuerpo colapsó sobre la fría madera, sufriendo de espasmos mientras intentaba normalizar todo su ser. Había salido. De alguna manera extraña había salido del trance.
Estaba a punto de dejar todo y pensar que nada había pasado cuando escuchó la cerámica estrellándose contra el suelo. Los bramidos de Vernon cada vez eran mas audibles. Sintió su cuerpo tensarse cuando escuchó un sollozo y el sonido de la piel chocar contra piel. Se sintió entumecido cuando sus oídos captaron la voz de Alex.
Alex.
Alex estaba gritando.
"Alex no grita." pensó el pelinegro.
Siempre que eran castigados tanto él como Alex preferían aguantar todo sufrimiento para ellos mismos a darle la satisfacción a su tío de verlos sufrir.
Pero Alex estaba gritando. Estaba gritando a todo pulmón y sollozando pidiendo piedad a Vernon Dursley.
Su cuerpo se había levantado de repente, bajando rápidamente del ático. Mientras más se acercaba más escuchaba el desgarrador sonido de los gritos de Alex. Las palabras: "monstruo infeliz" " hijo del demonio" " huérfano inútil" de Vernon resonaban al mismo tiempo.
Estaba por girar hacia la sala cuando fue sujetado con fuerza del brazo. Forcejeando lo llevaron arrastrando lejos de su hermano. En un cerrar de ojos fue empujado hacia el pequeño espacio y encerrado con llave. Empujó su cuerpo contra la puerta varias veces intentando derribarla pero no pudo.
"¡Detente, tío Vernon!" Gritó Harry golpeando la puerta con los puños. "¡Deja a Alex! ¡Por favor! ¡Por favor, déjenlo!"
Podía escuchar las risas de Dudley al fondo apoyando a su padre para que acabara con el monstruo de su primo. Su tía parecía preocupada únicamente por la alfombra y los ruidos, pidiéndole a su marido que fuera más discreto mientras castigaba al chico. Entre los tres parecían disfrutar su sufrimiento.
Sus ojos se cerraron con fuerza cuando nadie parecía escucharlo. Los gritos de su hermano resonaban por toda la casa mientras escuchaba el cuero chocando contra la piel. El tiempo pareció detenerse con cada chasquido y quejido de dolor de Alex. Todo ruido parecía intensificarse con cada momento que pasaba. Harry se preguntaba cómo nadie parecía darse cuenta de lo que estaba pasando. Cómo nadie quería ver más allá de las mascaras que eran su propia familia. Cómo nadie parecía notar los moretones, las heridas, lo delgados que eran Alex y Harry. ¿Por qué? ¿Por qué? ¡¿Por qué?!
La voz de su hermano parecía cada vez desgastada y floja entre sus gritos y sollozos, parecía cada vez más débil, más lejos de oír. Como si estuviera rindiéndose. Como si lo estuviera perdiendo.
Nadie dentro de la casa parecía darse cuenta como la temperatura comenzaba a bajar drásticamente. Nadie notaba como una neblina negra comenzaba a filtrase por cada orificio del hogar, descendiendo sobre todos. Los cuadros y los muebles comenzaban a moverse, las paredes, el piso y las ventanas a temblar, y la vidriería a tintinear suavemente.
"¡Suéltenlo! ¡Suéltenlo, maldita sea!" La voz de Harry salió ahogada por el dolor, su cuerpo sufriendo espasmos una vez más. No parecía darse cuenta que estaba llorando y temblando.
Su cabeza palpitaba. Podía sentir su corazón bombeando rápidamente. Su cuerpo cada vez se sentía pesado y aprisionado por la misma pesadez que había sentido hace rato, solo que estaba vez no era sofocante. No. Era la misma sensación gélida de ser sostenido y amado. Poco a poco comenzó a escuchar susurros. Susurros de su nombre. La voz, vagamente familiar, lo alentaba, lo apoyaba, le enviaba palabras de consuelo. Harry nunca se dio cuenta de las cuerdas oscuras y oscilantes que salían, atacando y destruyendo el armario debajo de las escaleras.
El ‹‹clic›› del seguro desbloqueado lo hizo levantar su mirada. Abrió la puerta de un empujón, su cuerpo cayendo en el pasillo directo a la sala.
Petunia Dursley fue la primera en darse cuenta de lo que estaba pasando a su alrededor. Alejó su mirada de su marido y el engendro de su hermana cuando escuchó el golpe de un cuerpo contra el piso. Ahí enfrente de ella (de todos ellos) estaba el hermano menor del chico. Su mirada estaba dirigida a ellos. Ojos verdes demasiado brillantes mirándolos fríamente como si fueran carnada. Sintió un escalofrío bajar por su columna. Su mirada posó sobre la sombra rodeada de un aura negra detrás del chico. La sombra de un difunto. Ojos color avellana lo miraron con odio y una sonrisa cruel.
Un quejido salió de sus labios involuntariamente. Un dolor en su abdomen la hizo mirar hacia abajo. Ahí enfrente de ella estaba su sobrino antinatural clavándole un cuchillo, empujando y empujando cada vez más la hoja como si disfrutara viendo la sangre manchando su ropa.
Su cuerpo se desplomó y lo ultimo que escuchó fueron los gritos de su hijo y de su marido cuando fue tragada hacia la inconciencia.
Notes:
*Esta parte la saqué de: Flourescent adolescent por serpen_sortia en Ao3, ya que estaba leyendo historia de Harry huyendo y me inspiré para hacer este capitulo, así que le doy créditos.
**Señalé esto porque Miles Richter es en realidad un personaje de un libro llamado: Yo te inventé por Francesca Zappia, y estaba leyendo ese libro mientras escribía esto.
***La tercera cosa que no esta señalada, pero se puede apreciar, es que aparece el apellido Pevensie, como dije, habrá guiños y/o apariciones de otros universos que incorporé en mis propios borradores y ahora no puedo sacarlos porque van con la trama. Jeje, perdón.
