Work Text:
Hace frío en Brooklyn, del tipo que Steve cree va congelarse, del que tiene la certeza de un resfrío. Aunque no lo diri en voz alta ni en un millón de años, incluido si Bucky lo está observando como si leyera su mente.
Con la vista fija el camino de regreso a casa después de la escuela, Steve quiere olvidarse del tiempo que lo fuerza a luuchar.
—Oye, ¿puedo ir a tu casa? —pregunta Bucky, una vez que están cerca.
—Siempre vas a mi casa, Bucky.
Bucky se encoge de hombres, con una sonrisa ladina y quizá algo irónica para el gusto de Steve. Se conocen desde la primaria y tiene la certeza que solo lo está abusando o "Solo quiere asegurarse que no esté castañeando los dientes", pensa. Sin embargo, los pensamientos se desuelven cuando se da cuenta que no tiene las llamas consigo.
Maldice entre dientes, lo había dejado en sus otros pantalones.
Bucky ríe detrás de él.
"Fantástico", Steve tuerce el gesto.
—Anda, vamos a mi casa hasta que tu madre viva —le dice su amigo, aun riendo.
Steve no pensa mucho, Bucky y él han compartido la casa del otro más de lo que podría grabar. No hay motivos como ese. Solía llegar la llave como collar, hasta que se llegó aquí y se sintió un poco ridículo.
—Bien —responda, mientas alza su celular y escriba un mensaje a su madre.
Estaré en la casa de Bucky.
De pronto, cuando están en medio camino de la casa de Bucky, la lluvia comienza a caer.
—¿Es enserio? —reclama Steve, y empieza a sospechar de su mala suerte.
—Vamos al café de la señora Cárter. —Bucky, por el contrario, suena tranquilo.
Es el café que queda a dos cuadras de la casa de Bucky. Armas veces, en verano, habían ido por algo helado. Una diferencia de sus madres que son más constantes.
—Si corremos llegaremos ... —contradice Steve, pero no puede decir más, porque Bucky ya está caminando hacia el café.
Su amigo lo mira sobre su hombre, sonríe con burla, y se gira por completo mientas sigue caminando.
—Vamos, Steve, yo invito.
Steve no está seguro que clase de sensación lo atrapa en la boca del estómago. Es como la sacudida en el ciclón. Lo que sí está seguro es que el causante es Bucky. Bucky sonriendo y caminando hacia atrás como si no hubiera obstáculos que ver.
—Bien —dice, intentando sonar resignado. Aunque no se siente ni un poco de esa manera.
Cuando entran al local, Steve percibe de inmediato el olor a café. Delicioso, piensa, mientras observa la decoración del local. Hay cuadros de colores tenues, paisajes urbanos en su mayoría, todos están rodeados de pequeñas luces LED.
Bucky y él se sientan cerca de una ventana, en la que las gotas de lluvia resbalan con pulcritud. No pasa casi nada de tiempo cuando Sharon Cárter, su compañera en biología, aparece con una sonrisa que hace brillar sus ojos azules.
—Hola, chicos, ¿qué van a pedir?
—Hola, Sharon. —Saluda Bucky—. ¿Ahora trabajas aquí?
—En el tiempo libre. —Ella se encoge de hombros.
Bucky sonríe, y Steve no se pierde el sonrojo en las mejillas de su compañera. Aparta la vista hacia la carta, y se fija en la primera línea. El alto precio lo capta por sorpresa, no es demasiado, pero lo hace sentir un poco culpable por no haberse opuesto a la invitación.
—Yo quisiera un capuchino con una torta de chocolate, por favor —dice Bucky después de medio minuto—. ¿Y tú Steve?
—Un chocolate caliente —responde rápido.
—¿Un chocolate caliente? —Bucky alza una ceja—. ¿Solo eso?
Steve rueda los ojos y mira de nuevo la carta. Resignado.
—Y una Galleta de cacao.
Sharon asiente y vuelve a sonreír hacia Bucky, este le devuelve la sonrisa. Steve está a nada de rodar los ojos cuando cree ver corazones en los ojos de su compañera, o quizá solo piensa que si la dibujara lo haría con ese complemento. Vuelve la vista hacia Bucky, y no piensa demasiado en que complemento que acompañaría a su amigo: flores, estrellas, mundos y constelaciones. Aquel pensamiento lo irrita y avergüenza al mismo tiempo.
—¿Que? —pregunta Bucky con la cabeza ladeada.
—Creo que le gustas —suelta Steve, un murmuro apenas.
Pero Bucky lo ha escuchado, abre los ojos algo sorprendido, quizá más de lo que debería estar. Mira hacia donde Sharon está hablado con la dueña del café, la señora Cárter, y vuelve hacia él.
—¿Tú crees?
Steve se encoge de hombros. Últimamente las niñas miran mucho a Bucky, y aunque suena a cliché de novela cursi, no las culpa, Bucky es... Steve no quiere ponerle un adjetivo.
—Me da igual, ni la conozco. —Bucky se calla de forma abrupta, y al siguiente segundo tiene las cejas levantadas—. ¿A ti te gusta?
Ahora el sorprendido es Steve.
—No, claro que no —responde Steve de inmediato.
La sonrisa de Bucky no podría ser más burlona.
—Steve, pensé que no teníamos secretos.
—Te estoy diciendo la verdad.
—Es bonita.
—No me importa... Digo, yo no me fijo en eso.
—¿En qué te fijas entonces? —pregunta Bucky, torciendo una sonrisa.
Steve empieza a dudar si aquella conversión en su estómago son burbujas o colibrís aleteando a mil por hora. Traga y se cruza de brazos, intentando apartar la vista de los ojos grises de su amigo.
—No lo sé —responde.
Y no es mentira, realmente no tiene idea que decir. Aún no se ha puesto a pensar en niñas, menos en tener una novia. Incluso si su papá a veces le pregunta sobre el tema y suele hacerlo como si preguntara del clima.
"El clima es el mismo, papá", responde Incluso si hay lluvia.
—En serio, no lo sé, solo... —titubea, porque Bucky no ha apartado la vista de él. Por un segundo su mente se pone en blanco y al otro sale como un disparo—. Conocerle, tendría que conocerle.
—¿Así como...? —Bucky ladea la cabeza.
Steve odia esa imagen, y está cada vez más seguro que son colibríes los que aletean en su estómago.
—Aqui está su pedido —Sharon aparece.
La chica pone las bebidas, la torta de chocolate a Bucky y la galleta de cacao a Steve. Pero también deja sobre la mesa, en un platito de cristal, dos paletas de chocolate en forma de corazón. O más bien, una paleta con dos palitos que forma un corazón.
—Nosotros no pedimos eso —señala Steve de inmediato.
—No se preocupen, la casa invita. —Sonríe su compañera—. Mi tía se lo da a todas las parejas que vienen. Y Ella sospecha que ustedes están en su primera cita.
Steve siente un volcán dentro, quemando sus orejas y mejillas como nunca, incluso cuando ha pasado tantas veces en la cama con fiebre alta. Esta sensación no tiene comparación.
—¡No! Nosotros no... —exclama, casi poniéndose de pie, pero la risa de Bucky lo interrumpe.
—Dile a tu tía que muchas gracias. —Bucky sonríe, como si tuviera las respuestas de todas las preguntas de un examen—. De hecho, pensamos venir más seguido. Nos gusta el lugar.
—¡Bucky!
Sharon se ríe mientras se aleja, dejando a Steve estupefacto y a Bucky riendo por lo bajo.
—Bucky, ¿cómo le vas a decir eso?
—¿El que pensamos venir? ¿No te gusta el lugar? —esto lo pregunta con una notable inocencia fingida.
—Sí, quiero decir, es bonito el lugar, pero me refiero a lo otro.
Bucky echa un vistazo a al pastel, y empieza a cortarlo con el tenedor. Antes de meterse un trozo en la boca, dice:
—Anda, ya toma tu chocolate para que entres en calor.
Steve hace un sonido con la lengua, y se guarda su temperatura actual para mantener el orgullo en pie. Mientras le da una mirada a la señora Cárter, la cual los está mirando con una sonrisa. Steve no puede ni siquiera enojarse con ella.
Una hora después, cuando salen del café, ya ha dejado de llover. Sin embargo, aún hay humedad en el aire, como si la ciudad se hubiera sumergido en el océano y vuelto a salir a la superficie. Los hombros de Steve tiemblan, mientras lee el mensaje de su madre diciéndole que más tarde ira a recogerlo en la casa de los Barnes. Entonces, cuando responde con una afirmación, siente un cálido peso sobre la espalda. Bucky le ha puesto su chamarra.
Steve no protesta, no puede, ni siquiera puede formular una reacción; en su lugar se aferra a la ropa, sin alejar la vista del camino.
—Sabes... —dice Bucky, sonando tranquilo—. Podemos considerarlo.
—¿Considerar qué?
—Nuestra primera cita.
Steve baja la mirada hacia la vereda, vuelve a sentir sus mejillas calientes. Está ardiendo tanto que teme estar evaporándose.
—Es decir —titubea Bucky.
Y Steve se extraña por eso, y porque él mismo no es capaz de formar siquiera una oración.
—Es decir, yo también —continúa Bucky entrecortando las palabras—. Saldría con alguien al que conozco de mucho tiempo y me llegará a, bueno, lo que digo es que si saldría con alguien sería… contigo.
Steve puede ver, o al menos imaginar, que las alas de los colibrís en su estómago son verde brillante, y mientras aletean con la rapidez de un zumbido, sueltan chispas de colores. Entonces, cuando alza la vista se da cuenta que están en el recibidor de la casa de Bucky y este está por abrir la puerta. Steve no lo piensa o no quiere pensarlo; da un paso para sujetar la muñeca de su mejor amigo antes que este gire el picaporte.
Se miran. Y Steve dice sin ni un apéndice de duda:
—Yo también.
