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Aquí, Junto a tí

Summary:

No hubo palabras entre ellos, no en ese momento. Joshua se dio cuenta de que no lo necesitaba. Todo eso podían dejarlo para después. Estaba ahí, con él y eso era más que suficiente.

*Serie de relatos cortos basados en la prompt list para el Flufftober 2022 realizada por la página EsDeFanfics.

Notes:

Así que estoy volviendo a escribir después de mucho tiempo y esto es parte de mi primer trabajo en Ao3, así como mi primer trabajo para este fandom.

Aclaro que revolví enormemente los prompts del reto porque soy un desastre y conforme los escribía, algunos terminaron desarrollándose en el universo canon del FE8, otros en el universo de Heroes y por su propia naturaleza algunos temas eran más propicios para un AU moderno, así que terminé dividiéndolos en tres obras para no revolverlos, aunque estarán bajo una misma serie.

Chapter 1: Reencuentro

Summary:

Promtp: Reencuentro.

Joshua está perdido en más de un sentido.
Artur lo encuentra.

Notes:

¿Fluff? ¿hurt/comfort?
No lo sé, pero termina bonito, lo prometo.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Aún debajo de su faceta confianzuda y despreocupada, Joshua tenía sus fantasmas; él, que había cuestionado su destino, abandonado sus responsabilidades y a su gente; él, que había traicionado a sus benefactores. Era un hombre sin honor, sin embargo seguía con vida y eso era todo lo que le importaba. 

Al menos hasta que las propias llamas del infierno desfilaron en una procesión de muerte por el corazón de Jehanna.

Su deliberada necedad ardiendo, su hedonismo sepultado bajo cada piedra del palacio, yaciendo junto a su madre. Las cenizas de sus párpados quemados calaban en sus ojos, haciendo imposible cerrarlos. 

Huyendo de todo y pretendiendo soltar aquí y allá enseñanzas de vida, falsa sabiduría. ¿De verdad había aprendido algo? ¿De verdad había valido la pena?

Los días que siguieron a la tragedia fueron los peores: sus compañeros, uno tras otro con casi las mismas palabras ofreciendo sus condolencias; las apreciaba sobremanera, pero nadie había pasado lo que él, nadie había hecho lo que él, nadie se sentía como él. Otros curiosos lo abordaban en busca de porqués, de explicaciones y detalles jocosos qué pudieran comentar entre susurros antes de dormir o abiertamente mientras degustaban su cena. Él lo sabía, los había escuchado muchas veces y la verdad eso no le importaba, porque eso no era lo peor

Lo peor, con todo, fue el hecho de que nadie, absolutamente nadie, se atrevió a recriminarle nada; porque podían. Sabía que compartía patria con más de uno de los hombres que lo acompañaban y aun así nadie dijo nada.

El enojo, la frustración y la culpa se arremolinaban en su corazón agonizante.

Si tan solo alguien… Si alguien le gritara en la cara cómo lo había arruinado todo sería más fácil, solo tendría que mostrar su sonrisa cínica y aceptar la culpa; pero nadie lo hizo y nadie lo haría, porque él ya no era sólo Joshua , ahora era el Rey de Jehanna. 

Y también había cosas más importantes que resolver. Si bien habían perdido una ciudad, aún tenían que salvar un continente. 

Una noche, frente a una de aquellas fogatas junto a las que todos cenaban y frente a la que cumplía con su tercer o cuarto turno de guardia nocturna consecutiva, toda la turbulencia en su interior se condensó en una resolución: al infierno con el Magvel, con Eirika, con su causa. Iría a buscar a Caellach y lo acabaría con sus propias manos, cortaría su cabeza con su propia espada y la colgaría en la entrada de Jehanna. 

Una vocecita en su cabeza trató de disuadirlo. Le decía que él mismo había dado su palabra de acompañar al grupo hasta el final, que también estaría siendo un desertor, pero no era la primera vez que hacía algo como eso, así que era experto en mandarla a callar y así lo hizo.

Apagó la fogata, llenó la cuarta parte de un saco con algo de comida y tomó su espada. Dudó sobre hurgar en el carro y  buscar algo que pudiera llevarse y vender para solventar alguna emergencia en medio de su viaje. Se detuvo; era un desvergonzado, pero no un ladrón. Si iba a romper su palabra, al menos se iría sin deber más de lo que podría pagar si se le exigía algo de regreso.

Se internó en el bosque. Estaban lejos de Jehanna, pero si los alrededores no habían cambiado demasiado en estos años, aún podría guiarse de regreso (ventajas de la dura preparación como príncipe) y alejarse del camino evitaría que lo encontraran… si es que alguien salía a buscarlo. Y eso lo dudaba aún más. Seth podía ser algo altanero a veces, pero podía reconocer que fue sabio al dudar de él y que una vez más le estaba dando motivos.

Caminó por horas. Su respiración y el sonido de sus pies aplastando ramas y hojas era lo único que lo acompañaba, además del ulular de algún ave nocturna y solitaria al cobijo del bosque, igual que él.

Cuando no pudo dar un paso más, se detuvo en una especie de claro. No creía poder pegar el ojo, pero necesitaba descansar, así que se tumbó entre las ramas de un gran árbol y observó el cielo. La luna era translúcida en la lejanía y las estrellas blancas se desvanecían entre los tonos de amarillo. Los azules, de oscuro a claro, retrocedían ante el rosa y anaranjado del amanecer. 

Joshua decidió intentar y cerró los ojos. Rosa y anaranjado grabados en sus pupilas… anaranjado y estrellas… En un disparatado proceso de pensamiento producto del breve lapso de calma y el cansancio, la mente de Joshua voló hasta Artur, quien una vez le contó que junto con Lute había leído que las estrellas eran enormes bolas de fuego consumiéndose a lo lejos en el cielo. Joshua le preguntó si caerían sobre ellos alguna vez, pero no obtuvo una respuesta concreta, porque Artur no lo sabía, porque no era un prodigio. 

Aunque a él no le importaba nada de eso, tan solo le gustaba ver la expresión maravillada con la que el monje le contaba todas esas cosas curiosas o divertidas que había descubierto con su amiga en la infancia. O la emoción que inundaba su rostro cuando dominaba alguna magia nueva o la bondad de su mirada, aquella con la que miraba a cada persona que se le acercaba.

Ojalá se lo hubiera dicho. 

Ahora, Artur iba rumbo a Grado con las huestes de Ephraim y era uno de esos fantasmas que Joshua pretendía ignorar. 

Cuando supo que su camino compartido llegaba a su fin, Joshua decidió callar. Si en sus manos estaba, no iba a poner sobre la espalda de Artur un peso más del que le suponían la muerte y la guerra. Ya había tenido bastante entrenando con él, siendo su compañero en el campo, pedirle algo más, pedirle que aceptará sus sentimientos habría sido un acto de avaricia, de egoísmo. Estaba dispuesto a ser responsable por Artur, porque él lo merecía y estaba convencido.

O al menos así fue en el momento en que se despidieron. 

Pero en medio del bosque, sólo como estaba, la convicción de Joshua se tambaleó; echaba de menos aquellas charlas despreocupadas y su compañía. Se preguntaba si en verdad había tomado la decisión correcta al dejarlo ir sin más. De todo corazón, deseó que su monje favorito siguiera adelante con bien. 

Mientras dormitaba entre sus recuerdos felices, como cada vez, la mente de Joshua viajó desde sus momentos felices hasta aquella gran hoguera, como si su subconsciente fuera nada más que un insecto deseoso de arder en la luz que tanto anhelaba alcanzar. Quizá el mismo era una especie de insecto del desierto, ponzoñoso y rastrero, que deshacía todo lo que tocaba. Todo se volvió fuego.

Los ojos llorosos de su madre clavados en los suyos se le aparecieron en la oscuridad de sus párpados cerrados. ¿Lloraba por volver a verlo, por el humo que le secaba los ojos? ¿Por el dolor en sus entrañas o por todo lo anterior? Jamás lo sabría. 

Si una estrella ardiente caída del cielo hubiera causado aquella tragedia al menos sabría que era algo inevitable, que no podía competir contra eso. Pero Carlyle… 

Abrió los ojos y suspiró. Tan solo estaba muy cansado.

Sus erráticos pensamientos se vieron interrumpidos y lucharon por enfocarse en el fuerte y pesado aleteo en el cielo.

Plas, plas, plas. 

Parecía el sonido de las carpas y toldos desplegándose antes de una fiesta, pero tres veces más atronador… y aterrador; miró arriba y no había carpa alguna, solo la enorme sombra de un wyvern en descenso, amplificada por la luz naciente.

Joshua ni siquiera se molestó en ocultarse. Si su jinete descendía, era porque ya lo tenía en la mira.

En el mejor de los casos, si eran enemigos (y de suerte alguno que lo conociera), podrían llevarlo hasta quienes buscaba y entonces tal vez, si veía la cara de alguno de los que lo había, sus ansias de muerte y venganza volverían. 

«Y si no… —resonó en la mente de Joshua, primero como una posibilidad, después como una inquietante cuestión— ¿Y si no…?»

Joshua barajó la posibilidad de que los impulsos de venganza consumieran tanta energía que acababan por consumirse a sí mismos, porque de un momento a otro, ya no estaba muy seguro de lo que estaba haciendo. 

Simplemente ya no estaba pensando con claridad. 

El enorme animal volador se plantó en el claro con decisión, aun batiendo las alas, mandando a volar piedrecillas que se le estampaban en la cara, hojas y ramitas que se enredaban en su cabello.

Mierda. Quizá sí debió ocultarse mejor, quizá sí debió echarse a correr. 

Sin embargo, del lomo del wyvern no bajó ninguno de los sujetos que había conocido durante su estancia en Grado. Tampoco era ningún desconocido. La visión se le antojó casi como un espejismo, uno digno de las engañosas dunas de su tierra.

Una risita quebrada salió de su garganta y se llevó la mano al puente de la nariz, conteniendo las lágrimas; tenía que ser mentira, tenía que estar volviéndose loco.

Nadie del campamento daba muestras de haberlo seguido, ¿cómo iba a estar ahí Artur, si se suponía que estaba del otro lado del puto Magvel? 

Era simplemente imposible. 

Solo que de verdad estaba ahí, agradeciéndole con una sonrisa cansada pero no menos grande a quien fuera que fuera la persona que lo había llevado a su encuentro. 

Joshua dejó caer su espada sobre la hierba. Había estado tan asustado que ni se dio cuenta de que la había desenfundado. Ante el ruido del metal chocando contra el suelo, Artur volvió la mirada hacia él, pero Joshua la rehuyó.

Sí, quería que cualquiera le echara en cara sus errores, cualquiera menos Artur. Cualquiera menos quien hasta entonces lo aceptaba sin necesidad de ninguna treta y muy a pesar de ellas. Cualquiera menos la única persona que parecía haber rescatado algo bueno de sus vivencias que ahora no eran más que el berrinche de un niño que habían costado la vida de tantas personas.

Mientras el wyvern y su jinete alzaban el vuelo, el monje comenzó a acercarse hasta él. Si lo miraba ¿qué encontraría en sus ojos? Cientos de preguntas, eso seguro. ¿Enojo? No más de lo que él mismo estaba sintiendo ¿Decepción? siendo como era, tan recto como podía, era un hecho que Artur estaría decepcionado. Y Joshua no creía poder soportar enfrentarse también a eso.

La mano delgada y larga de Artur apareció ante su vista, muy cerca de su rostro. ¿iba a abofetearlo? Bien, estaba conforme con eso, sin duda se lo merecía.

Uno, dos segundos. No hubo impacto alguno, solo la palma de Artur sobre su mejilla. Una segunda mano, igual de cálida y acogedora acunó el rostro de Joshua, guiándolo hasta encontrarse con los ojos ámbar del monje. En ellos, no encontró nada de lo que había pensado, por el contrario, se encontró con su infinita bondad, su misericordia y la gran compasión que su corazón tenía para dar. 

Un par de lágrimas brotaron de los rubíes de Joshua y una a una fueron barridas por los sacros pulgares que acariciaban sus mejillas, reemplazadas por suaves besos. Cierto, no había llorado ni una vez en todos esos días; decía que no podía, que no lo necesitaba, pero en realidad no sentía que tuviera el derecho. Muchas más lágrimas siguieron a las primeras; aterrizaron en el hombro del monje o se perdieron en los rizos de su cabello cuando finalmente se fundieron en un abrazo largo y profundo, casi redentor. 

¿Merecía la absolución? No lo sabía, pero había algo parecido, en el silencio y los brazos de Artur. En su mano acariciando su espalda, en su respiración acompasada que chocaba cerca de su oreja, en el hueco entre su hombro y su cuello que le ofrecía la protección que hasta entonces no sabía que necesitaba. 

Lo que debiera, lo pagaría luego, lo pagaría con creces, se prometió a sí mismo.

Cuando las emociones se asentaron, Artur tomó la mano de Joshua y lo guio de regreso hasta el árbol donde lo había avistado. Se recostó entre las ramas y con un gesto lo invitó a acomodarse nuevamente entre las ramas. Su sombrero y su túnica aún estaban ahí, como una especie de almohada mal hecha. El joven y futuro rey obedeció sin rechistar, dejándose envolver una vez más en los brazos del otro; estaba cansado, verdaderamente cansado.

No hubo palabras entre ellos, no en ese momento. Joshua se dio cuenta de que no lo necesitaba. Todo eso podían dejarlo para después. Estaba ahí, con él y eso era más que suficiente.

Notes:

En general, estoy acostumbrándome y conociendo esta plataforma, así que por favor, no sean tan duros conmigo.

Y pues ya se la saben, sus kudos y comentarios serán bien recibidos :D