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Sayaka dejó de comer cuando notó la insistente mirada que su madre, le dedicaba a su novia, Sakura Kyoko.
La mujer, de ojos y cabello tan azules como los de su hija, parecía estar muy ocupada escrutando a la pelirroja que, al igual que Sayaka, se había dado cuenta de la forma en la que era detallada por su futura suegra.
Aunque pertenecía al tipo de persona que siempre rebosa confianza, Kyoko no pudo evitar sentirse especialmente nerviosa frente a semejante situación. En consecuencia, la pelirroja empezó a comer mucho más aprisa de lo normal. Con esta nueva forma de engullir, se convirtió en la perfecta analogía de una aspiradora.
Frente a esta reacción, la señora Miki, visiblemente sorprendida, decidió romper el incómodo silencio.
—¿Quieres un poco más, Sakura-chan? —Inquirió la señora al ver que su futura nuera terminaba de comer.
Y Kyoko, que estuvo tentada a decir que no, pero que su amor por la comida era mucho más fuerte que el estrés que soportaba en ese momento, no pudo negarse frente a semejante pregunta.
—Claro, si no es mucha molestia, señora —aceptó, empleando su mejor, y más educado, tono de voz.
Con una sonrisa, la señora se puso de pie y se encaminó a la cocina.
—¿Tanto te costaba decir que no? —Reprochó Sayaka, una vez que estuvieron a solas—. ¿No puedes negarte, al menos, por una vez en tu vida a un plato de comida?
—Lo siento, lo siento —se disculpó la pelirroja. Su expresión no correspondía con lo que decía; no tenía menor pizca de arrepentimiento alguno—. Pero no pude evitarlo, tu mamá cocina muy bien.
—Jeje, no hace falta que me lo digas. Lo sé mejor que nadie. —Frunció el ceño—. ¡Pero no me cambies la conversación, Sakura Kyoko!
—No sé de qué hablas.
—¡Que se suponía que tenías que causar una buena impresión en ella!
—Creí que lo estaba haciendo. —Sayaka la golpeó en el brazo y ella se quejó, mostrando sus colmillos.
—No lo sé —Sayaka ignoró las quejas de la pelirroja y dio un rápido vistazo a la cocina para cerciorarse de que su madre aún no volvía—. ¿Te diste cuenta de cómo te miraba?
—Cómo no darse cuenta —respondió Sakura, ya calmada y pensativa—. Sabía que esto de conocer a los padres de tu novia era aterrador y, aunque solo haya conocido a tu madre, igual da miedo.
Sayaka quería decir algo más, pero se detuvo justo a tiempo; su madre estaba entrando al salón.
—Disculpa la tardanza, Sakura-chan. —Depositó en medio de la mesa un bol repleto de tallarines con cerdo—. Vamos, come~
—¡G-gracias, señora Miki! —A pesar de que ver la comida le ayudó bastante con la presión que sentía, Kyoko empezó a sudar, ya estaba nerviosa otra vez.
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Fue de Sayaka la idea de que Sakura debía de conocer a los padres de su novia. A pesar de que apenas tenían escasos dieciocho años, la peliazul se empeñó en que debía presentar a su novia formalmente para que su relación estuviera aprobada con todas las de la ley antes de casarse, o algo así entendió la pelirroja.
Kyoko se resistió a la idea una y otra vez, pero, al final, terminó cediendo ante la fuerte insistencia de su novia. Esa adorable peliazul era de armas tomar.
—Claro —murmuró Sakura, unos minutos después de que Sayaka le ganara en la competencia de paciencia y consiguiera que le prometiera que iría a conocer a sus suegros—. Cómo tú no tienes que conocer a los tuyos...
—¿Eh? ¿Dijiste algo, amor? —Preguntó Sayaka, curiosa.
—Nada —suspiró—. Ven, vayamos a comer algo.
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Y ahora estaba allí, comiendo su cuarto —¿o era el quinto?— plato de ramen; con su futura suegra al otro lado de la mesa, a menos de un metro de distancia y observándola con aquella extraña fijeza.
«La presión es demasiado fuerte», pensó Kyoko sin dejar de sorber sus fideos que, a la sazón, estaban deliciosos. Sí, era lo que podría llamarse una "experiencia agridulce".
¿Es que acaso no tenía nada que decirle? ¿En qué estaba pensando esa señora? ¿Por qué la miraba tanto? ¿Qué...?
—Mamá —llamó Sayaka, rompiendo el incómodo silencio que se había instalado, por enésima vez, sobre la mesa.
—Dime, cariño —por primera vez desde que se sentara en la mesa, la señora Miki desvió la mirada y se centró en su hija.
—Tienes algo que preguntarle a Kyoko, ¿cierto? —Al ver como la señora se removía en su lugar, incómoda, la peliazul frunció el ceño.
—Bueno, hijita —respondió—, se podría decir que sí, pero... —Volvió a mirar a la que, a pesar de la situación, seguía comiendo sin detenerse para nada. Por supuesto, no por tragar continuamente Kyoko dejaba de prestar atención a la conversación que se llevaba a cabo entre madre e hija. Para nada, ella no perdía detalle alguno—. No sé si Sakura-chan estará de acuerdo...
—Oh, no, no. Está bien. —Kyoko dejó de comer, al fin, porque ya no tenía comida para seguir en ello, y le prestó atención a la señora—. Soy toda oídos.
—Muy bien, entonces... —La señora Miki cerró los ojos, inspiró profundamente y...—: ¿Podrías decirme cuál es tú secreto? —Soltó de golpe y con estrellitas en los ojos.
—¿Eh? —Preguntó Kyoko.
—¿Eh? —La imitó Sayaka.
Un enorme signo de interrogación apareció flotando encima de las cabezas de cada una de las integrantes de la joven pareja.
—Sí, sí, no te hagas la desentendida, Sakura-chan. —Sonrió ampliamente, aún con los ojos muy brillantes—. Debes de tener algún secreto escondido. ¿O me dirás que puedes comer como hipopótamo sin aumentar siquiera una libra y seguir teniendo semejante figura sólo porque sí?
—¡Mamá!
—¿Y ahora qué hice? —La señora Miki, a pesar de que lo que acababa de decir parecía una mala broma, lo decía en serio y hasta parecía confusa ante la reacción de Sayaka.
—¿Por qué le preguntas ese tipo de cosas?
—Porque tú me incitaste a hacerlo, cariño. ¿O ya olvidaste quién fue la que me preguntó si quería decirle a algo a mi nuera? —Sin dar tiempo a que Sayaka pudiera decir algo más, volvió a concentrarse en la única pelirroja del lugar. Sin previo aviso, se inclinó sobre la mesa y la tomó de las manos—. ¿Sabes? Cuando mi hija me contó que tenía una novia que podía comer tanta comida como para alimentar a una familia completa, pero que podía mantenerse igual de hermosa siempre, yo no pude creerlo. —Sonrió ampliamente—. Al menos, no mientras no te conociera en persona.
—¿A-Ah sí? —En ese momento, Kyoko miró fugazmente a su novia, con algo de molestia en ella.
¡Pero si ella no comía tanto! Bueno, si comía, pero no tanto como un hipopótamo... ¿cierto?
—¡Claro que sí! —La miró con detenimiento—. También me dijo que tenías una hermosa figura. ¿Sabías que ella habla de lo lindas que son tus piernas? Sobre todo, cuando usas esos ajustados y cortos pantalones...
—¡Eso último no era necesario decirlo! —chilló Sayaka, con el rostro ardiendo.
—¡Oh, cierto! ¡Lo siento, bebé! —Y le guiñó un ojo. Claramente, la señora Miki no se veía para nada arrepentida—. Entonces, Sakura-chan, ¿me dirás cuál es tu secreto?
—O-Oh, bueno... yo... —Kyoko tragó duro—. Tengo... un... ¿plan de entrenamiento?
—¡¿Enserio?! ¡Pero que coincidencia! ¡Yo también tengo uno! —Saltó de su lugar como un resorte—. Pero nunca está demás tener uno alternativo, ¡y menos cuando funciona tan bien como para consumir la comida que sea y no aumentar ni un poquito de peso! —Rió—. Ya vuelvo, iré a buscar algo para anotar. —Tan enérgica como su hija, la señora Miki casi voló en dirección a las escaleras y se detuvo cuando estuvo al pie de las mismas—. ¡Mientras, puedes comer un poco más, claro, si gustas, Sakura-chan!
—No creo que Kyoko pueda seguir...
—¡Me encantaría, señora! —Asintió la pelirroja con una sonrisa plasmada en su irreverente semblante y, gracias a ello, Sayaka la fulminó con la mirada.
—Está bien, Sakura-chan, o debería llamarte... —Sonrió con inusitada camaradería—. ¿Kyoko-chan?
—Como usted guste, señora —la pelirroja parecía haberse contagiado con la energía que despedía la señora Miki.
—Sayaka —llamó su madre y, derrotada, le prestó atención en silencio—. Sé buena novia y dale más ramen a Kyoko-chan —la peliazul gruñó por lo bajo frente a la orden—. ¡Ya vuelvo para continuar con nuestra conversación! —y siguió ascendiendo por las escaleras.
Un silencio bastante denso llenó la habitación y se asentó en el ambiente. Hasta que Kyoko decidió romperlo tras carraspear un poco.
—Tu madre es genial, Sayaka.
—Hace rato no decías eso —bufó la peliazul, molesta—. Ah, y ni se te ocurra que iré a buscarte ese ramen. Si quieres más, vas y te lo sirves tú misma.
—Uuuuh, parece que alguien se molestó —bromeó Sakura, incorporándose y yendo en dirección a la cocina. Cuando se trataba de comida, no había quién pudiera detenerla.
—¡Tch! —Sayaka dejó sus palillos en la mesa luego de chasquear la lengua.
—Por cierto, Sayaka —prosiguió Kyoko, deteniéndose en la entrada de la cocina—. Así que te gusta mi figura, ¿eh?
Ante la picardía presente en la voz de su novia, Sayaka no pudo hacer más que enrojecer. Iba a decir algo al respecto, pero Kyoko se le volvió a adelantar.
—Y tengo lindas piernas. —Sacó la lengua, divertida—. Vaya, eso es nuevo.
—¡Déjame tranquila! —Ordenó su novia, tapándose la cara con ambas manos en un inútil, y adorable intento, de ocultar su pronunciado sonrojo.
Sakura se divertía de lo lindo, después de todo, hacer a su novia rabiar y que pierda la paciencia, eran de sus actividades favoritas en todo el mundo.
—Para la próxima puedes decírmelo de frente, verás que no me molestaré en lo absoluto. —sugirió, maliciosa—. Hasta podríamos hacer "algo interesante" si llegas a admitirlo teniéndome en frente.
—¿Qu-qué parte de "déjame tranquila" fue la que no entendiste?
—Sí, sí, lo que digas. —Sin decir nada más, Kyoko entró a la cocina, quedando ella sola en el comedor.
Sayaka se permitió un suspiro de profundo alivio al tener espacio para ella, aunque solo se tratara de unos escasos minutos.
—Vaya, qué problema —masculló, tomándose las azuladas hebras con ambas manos—. No pensé que podrían llevarse tan bien. Je, son un verdadero dolor de cabeza.
Miki Sayaka estaba feliz de haber llevado a su novia, Sakura Kyoko, a conocer a su futura suegra.
