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-¿Qué querías hablar conmigo, Sawamura-kun?
Daichi llevaba el listón característico que otorgaban durante las ceremonias de graduación prendido en el gakuran, sobre su corazón. Suga pudo reparar, que el segundo botón dorado de su uniforme había desaparecido. Juventud, divino tesoro. La punzada en el pecho fue instantánea. Por más que llevaba razonando durante todo el semestre la misma idea, su mente y su corazón nunca se pondrían de acuerdo. Le gustaba Daichi; le fascinaba, lo quería mucho, no podía evitarlo. A pesar de ser su alumno, él lo amaba.
Se sentía terriblemente mal por ello, era obvio; pero tampoco podía negar sus sentimientos. Ya había pasado un infierno tratando de ignorar lo que le pasaba, y lo único que lograba con eso era someterse a una existencia gris y deprimente. Le costó aceptar que no era un degenerado por gustar de un estudiante, que esas cosas no se eligen. Convino en que todo no era tan terrible como él lo veía; que solo eran cuatro años de diferencia. El problema podía ser el abuso de poder, pero Sawamura nunca se enteraría de sus sentimientos. Jamás. Nunca haría nada para herirlo.
Verlo frente a sí, sonriendo brillante era suficiente para él. Sabía que había contribuido, en cierta parte, a su proceso de aprendizaje durante todo este tiempo. Nunca pensó que ser consejero de la escuela fuese tan gratificante; Daichi le había demostrado lo bueno que podía ser guiar a otros más allá de lo académico. Sentía que podía conocer a los alumnos en profundidad, involucrarse realmente en su crecimiento, ser más que un profesor, convertirse realmente en un maestro.
-Veo que entregaste el segundo botón. ¿Es acaso Kiyoko la afortunada? Que Tanaka no lo sepa, eh, aunque no creo que sea capaz de golpear al capitán del equipo.
Suga pudo ver como Daichi se sonrojaba hasta las orejas. Todo el equipo de volleyball tenía un crush, por muy mínimo que fuese, en Kiyoko, era un secreto a voces. Aunque en el fondo, Suga sabía que lo único que existía entre esos dos era una complicidad confidencial.
-No -susurró Daichi con voz firme-. Tampoco es que le tema a Tanaka; Kiyoko es bonita, pero no es mi tipo.
Daichi sonrió, aún sonrojado. Quizás la broma para alivianar el peso de sus propios sentimientos no había sido adecuada.
Suga no estaba seguro de querer estar ahí en ese momento. Tenía un presentimiento extraño. Daichi estaba a punto de abrir los labios para hablar nuevamente, cuando un ruido de ramas quebrándose llegó desde los arbustos aledaños. Yui Michimiya se levantó de improvisto, muy rápidamente. Tenía el cabello corto desordenado y la falda del uniforme doblada en la zona del borde de la costura.
Suga tenía plena certeza de los sentimientos de Michimiya por Daichi. Ella nunca se lo dijo, pero él lo sabía con seguridad. La forma en que lo miraba, como actuaba cuando estaba frente a él. Sin embargo, Daichi parecía no reparar en ella.
La castaña le simpatizaba de sobremanera, quizás porque ambos se parecían un poco. A los dos les gustaba Daichi. Ella era la que tenía todas las oportunidades, aunque el moreno no se diese cuenta.
-Sawamura-kun, tengo que irme -Suga miró su reloj con premura. No era cierto, tenía la tarde libre. Sabía que Yui quería confesarse, y no sería él quien se lo impidiera. Quería que Daichi fuera feliz con alguien que lo quisiera tanto como él. Sabía que Michimiya era la persona adecuada-. ¿No es nada importante lo que quieres hablar, o sí?
Daichi negó con la cabeza, su mirada se tornó sombría. -El martes estaré en la oficina toda la mañana. Puedes ir a visitarme, esperaré por ti.
Suga se alejó elevando los brazos en dirección a los chicos. Esperaba que la confesión de Yui fuese bien.
Esperó a Daichi toda la mañana el martes de la semana siguiente, sin embargo, no volvió a verlo.
-
El cielo parecía envuelto en un velo rosado. Era marzo y los cerezos ya comenzaban a abrir sus flores. Para Daichi era ideal, declararse en primavera. Para él, el color rosa en los capullos de los cerezos era el símil del color que se le puede atribuir al amor. Sus reflexiones cursis sobre las flores se vieron interrumpidas por el celular que comenzó a vibrar en el bolsillo derecho de su gakuran. Era Shimizu.
-Sawamura. ¿Pudiste?
Daichi suspiró pesado, apretando el segundo botón de su uniforme en la mano izquierda.
-No. ¿Sabes? Voy a tomarlo como un rechazo indirecto. Supongo que es una señal. Bueno, Sugawara-sensei tenía más cosas que hacer. Quizás debía ir a encontrarse con su novia.
Daichi hablaba con ironía para intentar mitigar la punzada de celos que le pinzaba el estómago de solo pensar en su querido profesor con alguien más.
-Estoy segura de que Sugawara-san es gay. Igual que tú.
-No soy gay. Soy… Sugasexual.
-Eres tan cursi Daichi.
-¡Pero si es verdad! Solo me gusta él -Daichi sonrió con amargura, pensando en lo atractivo que le parecía el consejero de la escuela-. Hablando de heterosexualidad, Michimiya se me declaró.
Daichi se entristeció un poco. No se lo esperaba para nada, y le dolía mucho no poder corresponderle. Yui lo tomó bien, pero era casi imposible que aquella confesión no fuese a afectar su relación de amistad.
-Eras el único idiota que no sabía de los sentimientos de Michimiya por ti. Pregúntale a cualquiera del equipo. Es más, quizás Sugawara-sensei sabía que Yui se iba a confesar, y por eso los dejó solos.
-Gracias por el ánimo, Kiyoko -Daichi suspiró pesadamente-. Suga-san me dijo que podía ir a hablar con él el martes de la semana próxima. Pero esta era mi última oportunidad.
-¿Dejarás todo así?
-Creo que es lo mejor. Es un profesor, después de todo. Aunque nos hayamos graduado, seguiría habiendo problemas. En el caso hipotético de que me correspondiera, que, según tú, así sería.
-No sé qué piense Sugawara-san de ti, pero pienso que no te rechazaría del todo.
-Está bien así. No sé.
-Con el tiempo deja de doler, Sawamura. Si quieres llorar viendo películas cursis mientras comes helado de chocolate, puedo acompañarte.
Daichi sonrió contra la pantalla del celular. No sentía deseos de llorar, pero sí de comer helado. Le cobraría la palabra a Shimizu alguno de estos días.
-
Domingo por la tarde. El peor momento de la semana. El peor. Peor.
Suga miró el calendario con desánimo. Había comenzado el otoño, empezaba a hacer frío y el estar tan solo no le ayudaba. En tardes como esta, sus convicciones caían al suelo igual que las hojas de los árboles. Estaba atravesando la crisis vocacional más grande que había tenido jamás. Ni durante su último año de universidad había dudado tan tajantemente sobre sus capacidades. Sabía que dar vueltas en el mismo pensamiento pesimista no le hacía nada bien, pero no tenía a nadie con quién hablar sobre lo que sentía. Además, era consciente de que esa sensación venía de la monotonía de los últimos meses, tampoco era para tanto. Decidió intentar ser un poco productivo. Preparó té de cebada para sentarse a organizar la semana.
La visita al cuartel de policía estaba programada para mañana. En su escritorio estaban las autorizaciones de los padres para revisar. Le hacía un poco de ilusión, volver a sus días de consejería. Al fin y al cabo, era eso, que los estudiantes tuviesen idea de las opciones que había para su futuro.
Recordaba su primer año de profesor como los días más brillantes de su carrera. Era inexperto, pero todo era nuevo, fascinante y desafiante. Aún se acordaba de Daichi, y aún sentía una calidez cosquillosa en el pecho cuando pensaba en su sonrisa sincera.
No esperaba que fuese él quien encabezara la visita guiada aquel lunes.
Suga lo reconoció de inmediato. Había cambiado mínimamente. Estaba más fuerte, ¿más grande quizás? Tenía el cabello peinado hacia atrás; la misma sonrisa brillante que él recordaba. Pese al frío, llevaba las mangas de su camisa celeste recogidas hasta los codos, dejando ver sus antebrazos fuertes y bronceados. Suga se sintió débil por un instante, y cuando sus ojos se cruzaron, el corazón le dio un vuelco.
-Sugawara-sensei. Estaba ansioso porque llegara la visita -Daichi hizo una reverencia profunda ante el profesor.
-¿Sabías que vendría? -interrogó Suga, saludando apresuradamente, sorprendido.
-Sí. Es un placer poder verlo nuevamente.
Daichi hablaba con entusiasmo sobre el departamento. Los niños eran pequeños, así que debía frenarse a cada momento sobre lo específica que podía ser su descripción de todo. Trataba de alternar la mirada entre los pequeños que lo observaban curiosos, pero sus ojos siempre terminaban en Suga. Estaba igual que la última vez que se vieron. Quizás un poco más delgado y un tanto más serio. Pero su cabello plateado, su sonrisa suave, y la sensación de paz que le transmitía, seguía intacta. La fantasía de besarlo bajo el ojo izquierdo, sobre el lunar oscuro en su pómulo volvió sin previo aviso. Más de una vez tuvo que obligarse a bajar de la nube en la que estaba; los niños tironeándole los pantalones con apremio. La mirada graciosa que Suga le dirigía lo hacía volver a la tierra.
Los padres que acompañaron al grupo en la visita eran los encargados de cuidar a los niños durante el almuerzo. Por lo que Suga pudo despreocuparse de ellos mientras comía. Estaba bebiendo té verde distraído, cuando sintió la voz grave de Daichi a su costado.
-¿Puedo almorzar con usted, sensei?
-¡Claro! -Suga despejó el espacio que quedaba de la banca, para que Daichi pudiera sentarse. Era agradable poder compartir el almuerzo con él nuevamente-. Sawamura-kun, no tienes por qué decirme sensei. Ya no soy tu profesor.
Suga notó un sonrojo sutil en Daichi. ¿Era su imaginación? No, el moreno definitivamente estaba sonrojado.
-¿Sugawara-san?
-Sí, así está bien. Puedes tutearme, igualmente.
Suga sonrió con dulzura. Dio un mordisco al onigiri de atún que había comprado en el konbini aquella mañana.
-¿Ese es todo tu almuerzo, Suga-san? -interrogó Daichi.
El obento del moreno tenía arroz, karaage, tamagoyaki y tomates Cherry. Suga sintió celos.
-Lo siento señor policía, estoy cometiendo el delito de no alimentarme apropiadamente.
Que broma tan mala, no había forma de que a Daichi le diera risa. Por qué el humor estúpido de Suga afloraba en los peores momentos. Ah sí. Estaba nervioso.
Daichi estaba ahogado, no sabía bien si con el karaage o el arroz, pero sí seguro de que la culpable era una carcajada.
-No te puede haber hecho reír un chiste tan malo.
-Tendré que arrestarte por no cuidar tu salud. Los niños no se pueden quedar sin un profesor tan excelente.
Esto a Suga lo tomó por sorpresa. Quizás estaba un poco más sensible de lo habitual; tal vez era porque no veía a Daichi hace mucho tiempo.
-Hay muchos profesores para ellos. No hay de qué preocuparse.
-Ninguno como tú -Daichi inclinó la cabeza a un lado, y comenzó a hablar con suavidad mientras jugaba con los palillos entre sus dedos- lamento no haber ido a verte luego de la graduación. De verdad quería hablar contigo, pero nunca fui, simplemente -miró a Suga con profundidad. Después de cuatro años, sus sentimientos no habían cambiado en lo más mínimo-. A medida que pasaba el tiempo, más me arrepentía de no haberte dicho nunca lo mucho que significó en mi vida, que fueras mi profesor. Actualmente soy plenamente feliz, y sé que parte de esa felicidad te la debo a ti; por haberme mostrado el camino y ayudarme a encontrar mi ikigai. Siempre fuiste tan dulce y gentil con todos nosotros. Los chicos te querían tanto, yo te quería tanto.
Daichi dejó de hablar de golpe. Los ojos color miel de Suga estaban inundados de lágrimas. Estas no tardaron en comenzar a deslizarse por la piel suave de sus mejillas. A Daichi el corazón se le estrujó de dolor; sintió una punzada de culpabilidad, si bien, no entendía por qué.
-Lo siento, no quería…
-Está bien Sawamura, de verdad. Perdóname tú, que tonto -Suga se secó las lágrimas con el dorso de las manos, sonriendo-. Es solo que dijiste cosas tan bonitas.
Daichi sonrió, pero seguía preocupado. -¿Estás bien?
Suga sintió que podía ser vulnerable por primera vez en su vida. Aunque fuese su exalumno. Tendría resaca moral al otro día, pero no podía guardar más el dolor.
-Estoy pasando por un mal momento. No es nada, de verdad, pero creo que hablar contigo me hizo dar cuenta de lo que perdí. No pensé que fuese capaz de influir tanto en la vida de un estudiante.
-Lo hiciste, no lo dudes. Sé que sigues siendo muy importante en la vida de muchos alumnos. Lo sé por como te miran, con ilusión, con cariño.
Las lágrimas seguían brotando de los ojos de Suga. Daichi lo acompañó en silencio, haciendo su mejor esfuerzo para consolarlo. El patio cerrado en el que estaban se encontraba desierto, su única compañía eran unos arbustos enormes de hortensias color celeste.
Daichi apoyó la cabeza en el hombro de Suga, y acarició su espalda con cautela. Suga sonrió con suavidad. Tenía la nariz roja y aún veía borroso por las lágrimas, pero se sentía en paz. No quería que este momento se acabara nunca. El tacto suave de Daichi en su espalda y el calor del sol hicieron que se sintiera un poco mejor.
-Deberíamos volver -susurró Daichi para sí mismo. Suga seguía con la mirada perdida entre las hortensias. Se levantó y suspiró profundo. Se aclaró la garganta y volvió a sonreír como siempre lo hacía, con dulzura y cariño infinito.
-Gracias Daichi, y perdón por ser tan patético.
-Está bien. No es nada, y aunque así fuera, yo muchas veces llegué acongojado a tu oficina. Nunca dejaste que me fuera sintiéndome mal. Siempre era una recarga de energía hablar contigo.
Suga sonrió suave. Daichi lo sobreestimaba demasiado.
-¿Te gustaría cenar un día de estos? Vi que mirabas mi obento con deseo. Puedo cocinar para ti.
Suga soltó una carcajada. -No estaría nada mal, al parecer, eres buen cocinero, además de policía.
-Lo soy. Tengo la tarde libre mañana, ¿podrías?
-Mañana está bien.
Quizá, los sueños de Daichi no se habían derrumbado del todo; solo atrasado unos cuantos años. Estaba floreciendo nuevamente, como si de primavera se tratase, su romance adolescente. No dejaría pasar ahora la oportunidad de decirle a Suga lo que sentía por él.
-
Recordaba vagamente que alguna vez había hablado con Suga sobre su comida favorita. No estaba seguro de cual era, pero tenía una remota idea en lo profundo de su subconsciente; le gustaba la comida picante. Bajo esa premisa, preparó pollo coreano picante. Tenía varias ensaladas para acompañarlo, además de kimchi. Suga le dijo que él traería el postre, así que solo se preocupó de sacar la caja de distintos tés desde lo alto de la alacena para acompañar.
-Cocinas delicioso, Daichi. Nunca lo esperé.
-Es lo que tiene ser el mayor de cinco hermanos. Tenía que aprender a cocinar. Que me saliera bien, fue cosa de práctica.
Charlaron animadamente la mayor parte de la cena. Suga llevó pastel de fresas como postre, además de donas de mochi con sabor a matcha. No llegaron nunca realmente al postre, porque la sobremesa estuvo acompañada por el maridaje que escogió Daichi para la cena: somaek.
Suga mezclaba la cerveza y el soju con destreza. El golpe seco con el palillo de metal era certero y provocaba la efervescencia precisa; dos centímetros de espuma.
-¿Dónde aprendiste a preparar somaek?
-Cuando estuve de intercambio en Australia, conocí a varios estudiantes coreanos. Aprendí mucho de gastronomía coreana. Puedo juzgar con autoridad tu comida -exclamó Suga enarcando una ceja.
Daichi hizo lo mismo, mientras bebía el tercer vaso de somaek que le había preparado Suga. Comenzaba a sentirse mareado y desinhibido; lo suficiente como para acortar la distancia que había entre él y el peliplateado.
-Juzga -le reclamó con voz grave, acercándose a su rostro.
Suga soltó una carcajada suave. Incluso su risa era angelical. El profesor era quien tenía mejor resistencia alcohólica de los dos. Beneficios de ser mayor.
-Tu comida es mejor.
-Mientes para complacerme -susurró Daichi, cada vez más cerca de los labios ajenos. Aún podía mantener la atención en la conversación, pero cada vez estaba menos interesado en ella. Quería alcanzar la boca de Suga, poder probar por fin sus labios; cumplir su fantasía y besarlo bajo el ojo izquierdo, sobre el lunar.
-Es verdad, Daichi.
Suga era consciente de la tensión entre ambos. Deseaba lo mismo. Los labios de Daichi. Acortó la distancia un poco más. Podía sentir, sobre la piel de su rostro, la respiración irregular del moreno. Permanecieron en silencio uno; dos minutos. Ninguno se atrevía a cerrar la distancia por completo. Daichi acarició la piel de su cuello con la mano izquierda. Subió hasta alcanzar su cabello. Era igual de suave como lo imaginó.
Un escalofrío recorrió la espalda del peliplateado. Era incapaz de moverse, solo quería disfrutar del tacto del menor. Los labios de Daichi se movieron, y Suga cerró los ojos, esperando la calidez húmeda de la boca contraria sobre la suya.
-Aquel día, cuando te pedí hablar y apareció Michimiya, quise decirte lo que te dije ayer durante la visita. Pero había algo más.
Suga sintió la suavidad de los labios de Daichi, sobre la comisura de sus labios. Sobre el arco de cupido. Bajo su ojo izquierdo. Cuando iba a abrir los ojos, Daichi acaparó de lleno sus labios; besando con suavidad, al tiempo que acariciaba su cabello. Suga se aferró a sus brazos fuertes, saboreando el amargor de la cerveza en la boca del policía.
-Me gustabas mucho, mucho, mucho, cuando eras mi profesor. Quise decírtelo, pero no pude. El segundo botón era para ti. Pensé que se me pasaría con el tiempo, pero no fue así. Cuando supe que te vería otra vez, me di cuenta de que mis sentimientos jamás cambiaron.
Suga lo miró atónito. Daichi lo observaba con el rostro acunado sobre su mano derecha, contemplándolo con ojos de enamorado idiotizado.
-Así que fantaseabas con el profesor -susurró Suga riendo. Daichi terminó de sonrojarse, delatando con ello, sus deseos más oscuros-. Yo también fantaseaba con el alumno. Me sentía el peor profesor del mundo.
Suga escondió el rostro entre sus manos. Entreabrió los dedos para ver la reacción de Daichi.
-Kiyoko tenía razón entonces.
Suga dio un gritito. -¡¿Kiyoko sabía que me gustabas?!
-Nunca tuvo certeza de ello, pero pensaba que yo tenía una oportunidad contigo.
Suga se carcajeó, realmente la intuición femenina era otra cosa.
Daichi se acercó nuevamente, a robarle una retahíla de besos cortos. No sabía si era el alcohol o el cuerpo del moreno, pero comenzó a acalorarse más y más.
Pero no quería dejar de besarlo.
Daichi se sentía igual. Se alejó de Suga antes de que el bulto creciente entre sus pantalones se hiciera evidente.
-No me dijiste que tú eras el postre -bromeó el moreno. Había olvidado lo que era hacer enfadar a Suga. Recibió el golpe suave en las costillas con un quejido ahogado.
Comieron el pastel y bebieron té en medio de caricias y miradas cómplices. Suga sentía su corazón derretirse. Hablaron de todo lo que nunca hablaron en un pasado. De cómo se enamoraron.
Suga por fin pudo expresar frente a alguien su desazón con respecto a la docencia. Daichi le hizo saber de la forma más dulce que todo iba a estar bien.
Suga se sintió feliz, feliz de verdad, como no se sentía hace mucho.
Al otro día llegó a la escuela con una sonrisa tonta dibujada en el rostro. El dolor de cabeza era mínimo a pesar de todo el alcohol que bebió la noche anterior. Cuando entró al salón de clases, se sobresaltó por el grito al unísono que escuchó de todos sus estudiantes. Pensó por un momento que sus pequeños habían descubierto lo que había hecho la noche anterior con el policía y se paniqueó por un instante. No era eso, había olvidado el día del profesor.
Chocolates, confeti, cintas de colores colgando del techo de la sala, globos, y caramelos. Sobre la pizarra de tiza, había 24 cartas, una de cada alumno. Suga fue leyendo una por una. Solo había palabras de agradecimiento y corazones dibujados. Leyó por lo menos en veinte de ellas “Suga-sensei es el mejor profe”. Sintió como sus ojos se aguaban otra vez. Cuando se giró para agradecerle a los niños, por la puerta entraron cinco apoderados sosteniendo pasteles en las manos. Detrás de ellos, estaba Daichi con un ramo de peonías rosadas entre los brazos.
No pudo evitar llorar un poco mientras todos lo felicitaban. No era consciente de todo el cariño que lo rodeaba y que, al fin y al cabo, era el mismo cariño que él brindaba día a día; con su amabilidad, su dulzura y su entrega total por los chicos.
En el fondo lo sabía, sí, dudaba mucho de sí mismo. Pero no quería jamás dejar de hacer esto que tanto amaba.
Una vez que todos terminaron de comer pastel, reparó en que debía ir a buscar agua para las flores. No se había dado cuenta de la tarjeta que estas traían consigo. Le tomó solo un instante leerla.
Eres el mejor profe que he tenido.
-Daichi
