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En algún lugar del floreado jardín, Osamu estaba de pie con la mirada perdida en la belleza del manto de astros sobre su cabeza. Una colosal luna llena se alzaba en lo alto del oscuro cielo bordeada por cientos de brillantes estrellas en la espléndida noche a mediados de agosto. Ojalá él fuera el protagonista de la misma.
La recepción de la boda había terminado pocos minutos atrás; luego del brindis, se había alejado algunos metros del lugar dónde se concentraba la celebración, necesitaba algo de aire fresco para dar rienda suelta al manojo de pensamientos acumulados en su abrumada cabeza y tratar de minimizar las dolorosas punzadas en su corazón. Chuuya había contraído nupcias con un petulante ruso al que había conocido por casualidad en un bar francés hace un par de años, un eslavo hijo de puta que le dió a su amado pelirrojo todo lo que él en una vida nunca le pudo dar. Y es que, en varias ocasiones había roto a Nakahara a causa de sus errores, no merecía más que el repudio del ojiazul al que tantas veces había puesto de rodillas en el momento más bajo de su vida. Pero ahí estaba presente, como un viejo amigo que había obtenido el perdón no ameritado de su viejo amante, sólo porque Chuuya había preferido dejar el rencor de lado y llevar con él los buenos momentos que pasaron juntos.
━━ Osamu... Si viniste.
Sintió los ojos húmedos cuándo al darse la vuelta ante la ya conocida voz, encontró al que sería el amor de su vida en ésta y en todas las que le tocara vivir. Nakahara genuinamente vestía para impresionar, con su distintiva personalidad y su sobresaliente físico, tenía una presencia bastante imponente en cualquier lugar en el que se hallara presente, pero esa noche, en su noche estaba deslumbrante.
Ocultando por completo la melancolía tatuada en su rostro, sonrió ━━ Aah, Chibi. No pensé que me tuvieras tan poca fe.
Bastaron segundos para que el más bajo se lanzara a los brazos del contrario, envolviéndolos a ambos en el más cálido de los abrazos. Una vez más, para Dazai, el mundo dejó de existir al rededor de los dos; de nuevo en su imaginación y solo en ese lugar, únicamente existían ellos envueltos en su abrasadora nube de amor.
━━ Yo... Gracias por estar acá, no sabes lo mucho que me importa tu presencia hoy - Chuuya sonrió de igual manera al separarse. Por qué aunque Dazai se hubiera encargado de reducir su corazón a cenizas, también era el dueño de la mitad de sus mejores momentos y todas sus primeras veces.
El impulso de besarlo era opacado por los dolorosos recuerdos, siendo uno de los que más le pesaban, el pelirrojo lágrimas en las mejillas y el terror de ser engañado plasmado en aquella bonita cara.
━━ Te ves hermoso ésta noche.
Las mejillas se colorearon de rojo y un tímido parpadeo expresó con delicadeza la gratitud que no era necesaria manifestar con palabras; cómo si de acto reflejo se tratase, ambos se giraron dando la espalda a los invitados que bailaban gustosos en la pista de baile ¿Por qué el universo astral pintado en las alturas se veía más bello cuando estaban juntos?
━━ Idiota, no digas esas cosas de la nada - Farfulló ligeramente avergonzado ━━ La noche también está hermosa hoy, ¿no lo crees?
━━ ¡Sí! De hecho me hace acordar bastante a...
━━ ¡La noche en que nos conocimos! - Mencionaron ambos al unísono antes de estallar en melodiosas carcajadas. También una noche a mediados de agosto, en la que el pelirrojo seguía igual de atractivo a la actualidad, puntualmente, tras haberlo encontrado golpeando a un par de imbéciles en venganza por haber molestado a uno de sus kouhai. Juraba que jamás había visto tal fulgor de zafiro en unos ojos tan azules cómo el mar.
De nuevo, el silencio momentáneo reinó.
━━ Daría lo que fuera para ir de vuelta a ese lugar - Mencionó el más alto con evidente nostalgia.
Nakahara entonces respondió ━━ Eran buenos tiempos, ¿eh?
━━ De hecho, los mejores.
Conectaron miradas; carajo, Osamu deseaba poder atarlo a su vida y no tener que vivir perseguido por el fantasma del amor que Chuuya una vez sintió hacía él, ¿cómo se supone que debía continuar con el cargo de conciencia que le dejaba saber que había sido el único culpable de que el ojiazul llevara en su dedo la sortija de Fyodor Dostoyevsky y no la suya? Quería atarlo a él y ser cómo la bestia de aquel cuento infantil, bestia que cuidaba a su preciada rosa roja dentro de una cúpula de vidrio para que nada le pasara. Pero ya no podía ser tan malditamente egoísta como para sobreponer sus deseos ante la felicidad que tanto le había costado conseguir a su amado.
Siendo lo más doloroso el hecho de que tuvo la mayor parte de Chuuya y ahora no le quedaba más de él.
Una vez más, el destino conspiraba en su contra. Precisamente cuándo la cascada verbal de emociones estaba por escaparse de su boca, los novios fueron llamados al centro de la pista para bailar el vals. Joder, habían tantas palabras atoradas en su garganta que no fue capaz de decir antes de que fuera demasiado tarde.
Quería rogarle por una nueva oportunidad, prometiéndole el que sería el verdadero cambio.
Quería llegar cada día cansado del trabajo a recostarse sobre el pecho de su pequeño para que lo abrazara con fuerza y le hiciera piojito en su cabeza.
Quería levantarse en las mañanas junto a una mata de cabello pelirrojo con olor a vainilla y darse cuenta de que él era el tesoro más preciado en su vida.
Quería dar paseos tomados de la mano en los fríos días de invierno mientras la nieve caía delicadamente sobre sus cabezas.
Quería tener sexo en las noches mientras estaban sudados y deshechos profesándose su amor.
Quería formar una familia a su lado y verla crecer tal cual como crecían las flores en la primavera a principios de año.
Quería con desespero todo aquello que no supo valorar y que ahora Dostoyevsky disfrutaría en su lugar; Fyodor podría ser la rata más detestable que ha existido, pero si de algo tenía la certeza, era de que él nunca permitiría que las lágrimas cayeran de los preciosos zafiros de Chuuya.
Sin embargo, no pudo decirlo. De ahora en adelante cargaría solo con la pena que sobrecargó en alguien más y se conformaría con una distante posición en la que pudiera verlo feliz ━━ Es de mala educación hacer esperar a la gente - La comisuras de sus labios se alzaron con delicadeza hacía el recién casado ━━ Ve con él, Chuu. Tu esposo te está esperando.
Volvió a abrazar brevemente al alto ━━ Enserio gracias, Osamu.
Nakahara volvió al lugar dónde su pareja lo recibió con un beso y la mano estirada para recibirlo a la pieza de baile. Se convirtieron en lo que estaba previsto que fueran: en los protagonistas de su celebración. Era como si estuvieran destinados a ser, ambos pares de ojos se conectaron con una chispa mágica bajo la atención de la multitud que los acompañaba. Los cuerpos moviéndose bajo un hechizante compás, acompañados de Watlz of the Flowers de Tchaikovsky en el fondo.
Verdaderamente se amaban.
Dazai supo que su misión en aquel lugar había culminado, perdió. ¿Qué demonios se supone que debía hacer si ya no podía estar con Chuuya?
En silencio, sin dejar que su presencia fuera notoria, bebió el contenido restante de la copa de un solo sorbo para luego dejarla en una de las mesas cercanas. Acomodó con una mano su gabardina negra y sin volver a mirar a la ahora feliz pareja, se retiró con calma de la celebración y caminó a paso lento hasta salir del recinto dónde los novios vivían felizmente una de sus primeras experiencias como recién casados.
Actuó imperturbable en su salida por si algún curioso lo veía, no se fuera a dar cuenta de su dolor. Pero una vez estuvo retirado del lugar, se permitió desbordarse en llanto contra la pared interna del callejón que halló en el camino a su víacrucis. Utilizó el concreto de ésta como respaldo y terminó sentado en el piso hundiéndose en su miseria.
Osamu Dazai solo quería volver a la noche en que lo conoció. Una noche en la cuál los astros se alinearon y conspiraron a su favor, siendo el único objetivo, el punto de partida de la montaña rusa que sería su relación. Una noche en la que se había escrito en el libro de la vida que aquellas dos almas estaban hechas para estar juntas.
A la época en que el corazón ajeno le pertenecía, y sin ser realmente consciente, el suyo también le perteneció y siempre lo haría a Chuuya Nakahara.
