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Así como el César hace

Summary:

Y aunque a nadie le gustaba gobernar Roma en tiempos de guerra, Athena la tenía a ella, Shaina, su mejor guerrera y algo así como una hija, lista para liderar a su ejército. Y también lo tenía a él, su mano derecha.

Notes:

Escrito para el MiloShipFest 2020 con el prompt Antigüedad. Este fue un AU hipotético en el que Milo y Shaina fueran parte de la hipotética primera generación de caballeros dorados, y hubieran sido criados por la Athena del mito.

Work Text:

—Te encomiendo esta labor, Shaina.

Milo, quien estaba atendiendo sus heridas ahora que la batalla había terminado, observó con interés la interacción entre su diosa y Shaina, la única mujer que había aceptado entre sus guerreros.

—Cumpliré con lo que me ordene, Athena.

Los ojos entrecerrados de la Diosa la estudiaron, como buscando la mentira en sus palabras. Después de unos segundos, pareció satisfecha con lo que sea que haya encontrado dentro de la guerrera, pues asintió y se dirigió a Milo.

—También a ti te encomiendo una labor —mencionó, ayudándole a desinfectar un corte no muy profundo en la pierna. Alzó una ceja en curiosidad.

—¿Qué es lo que quiere la princesa Athena que haga por ella?

Athena se quedó viendo a su compañera de armas. Shaina, inmediatamente después de prometérselo a Athena, hizo su camino hacia la cabaña que habían estado compartiendo desde que la diosa los encontró. Probablemente a leer y hacerse de conocimientos que le servirían para cualesquiera misión que le encargó Athena.

—Como saben… al oponerme a mi tío, he roto el balance entre el Olimpo, la Tierra, y el Inframundo —tomó una de las vendas que había a lado de Milo y comenzó a envolver su pierna con giros severos, pero expertos—. Y al declararle la guerra a Hades, no poseo neutralidad alguna.

Athena parecía nerviosa de llegar al punto, algo que en los quince años que llevaba de conocerla, nunca le vio hacer. Milo decidió ser el que fuera al grano.

—¿Vamos a pelear, no es así?

Athena terminó de vendarle la pierna, y asintió solemne. —No ahora mismo, por supuesto. Hades tiene que reorganizar las cosas en el inframundo… no puede permitirse pasar mucho tiempo fuera, las cosas se salen de control sin él ahí…

Milo respingó. —Menudo control que tiene, para venir e intentar conquistar la Tierra.

La diosa le observó con reprimenda.

—Las labores de los dioses y sus prioridades son muy complejas, Milo. Pero no es eso lo que quería discutir contigo —la mujer observó el suelo por unos minutos, luego asintió para sí—. ¿Alcanzaste a escuchar lo que le encomendé a Shaina?

—No realmente —admitió. Al ser los únicos humanos en el valle de Athena, no era normal verla platicando con ellos. Estaba herido, y para cuando se dio cuenta del aire solemne que rodeaba las dos mujeres, ya estaban haciendo promesas.

—Hay otros niños en el mundo, como tú y Shaina —Athena le hizo señas de que la siguiera hacia el comedor. Ahí sólo estaba los conejos que había cazado hace un par de días, pero deberían servir para saciar el hambre inmediata—. No me lo había planteado antes, porque no me gusta involucrar humanos en mis conflictos… pero necesitaremos soldados.

Algo pesado cayó en el estómago de Milo. ¿Hacer niños soldados? ¿Para combatir a Hades?

—¿Y piensas hacer que Shaina los reclute? —concentró su mirada en los conejos, los cuales Athena estaba asando con un poco de fuego.

—No —Athena no dijo nada por varios minutos, pero cuando los conejos estuvieron listos, le entregó uno a Milo, y sostuvo al otro entre sus manos—. Ella será su líder.


—¡Aioria, espera!

Milo corrió detrás del niño, teniendo cuidado de no dañar la propiedad de ninguno de los pueblerinos en el proceso. Se detuvo un momento para buscarlo nuevamente, sólo para darse cuenta de que había escapado de nuevo. Resopló.

Ya iban dos meses desde que Athena habló con ellos. Ya pasaron dos meses desde el ataque de Hades al monte donde ellos habían residido durante toda su vida de forma pacífica, donde de la nada llegó el hombre e intentó destruir a los humanos.

Dios, en realidad.

Pero eso no es el problema. Al menos no de momento. Tenían 5 años, o eso estimaba Athena, para prepararse. Una suerte de paz armada.

Y para eso necesitaban soldados, y un general que los entrenara, así como Athena lo entrenó a él.


—¿Qué opinas?

Shaina dejó de estudiar el pergamino que sostenía entre sus manos por un minuto para observarlo escéptica.

—¿Orden de Athena?

Milo se encogió de hombros. —Somos eso, ¿no? Gente entrenada por Athena para defender la Tierra de los dioses que quieran apoderarse de ella.

—Lo dices como si hubieran muchos dioses con ansias de tenerla —dejó el pergamino de lado, y se reacomodó las túnicas que últimamente le daba por usar tanto—, pero hasta donde tengo entendido, sólo Hades quiere conquistarnos.

—Eh, detalles —es verdad que no había muchos dioses o semi dioses que quisieran dominar la Tierra, pero no podían descartar posibilidades. Se sentó frente a Shaina, quien parecía querer volver a estudiarlo, y habló de nuevo—. ¿Y? Lo que dijiste no era un no.

—Tampoco era un sí —rodó los ojos—. ¿Cómo va el entrenamiento?

Milo hizo una mueca. —No van mal, precisamente… —pero tampoco van bien, quiso dejar sin decir. Resopló.

Hasta ahora, no había podido localizar a muchos de los superhumanos que le había mencionado Athena. Le ayudaba bastante su habilidad para leer las estrellas, pero sentía todavía que algo le faltaba.

—Aioria y Saga son estudiantes diligentes. A pesar de que son jóvenes todavía, su potencial es demasiado bueno. El hermano menor de Aioria es muy joven todavía, y no querría involucrarlo en esto, pero… él también es como nosotros.

—¿Y qué hay del chico que trajiste del extranjero? —se puso una mano en la barbilla, como intentando recordar cómo se llamaba—, ¿Mu?

Milo ponderó cómo responder eso. —Realmente hay poco que yo pueda enseñarle que no le haya enseñado su padre. Más cuando su complexión pinta más a sus habilidades telequinéticas que a las físicas —y ni hablar del trabajo que le costó convencer a Shion de que llegaran a Grecia con él. No sólo era Milo un foráneo en su pequeña montaña, sino que también pretendía quitarle a su hijo para pelear en una guerra que ni era suya.

Shaina se alzó de su asiento, tomó el pergamino y lo guardó en uno de los anaqueles. —¿Hay algo más que quieras añadir respecto a ellos dos?

—Ahora que Mu es decididamente parte del grupo, Shion dijo que quería asegurarse de que su hijo tuviera la mejor protección posible.

Esto pareció captar la atención de la otra, pues se detuvo a mitad del camino, aparentemente buscando otro pergamino. —¿Ajá?

—Tiene una afinidad por la herrería y todo lo relacionado a la confección, uno creería que es descendiente de Hefestos… en cualquier caso, dijo que conocía una aleación de metales capaces de protegernos cuando el momento llegara. Accedió a confeccionar armaduras para todos nosotros.

Shaina asintió, y en su rostro había una media sonrisa (como las que solía dirigirle cuando eran niños). —¿Pretende que usemos armaduras como caballeros?

Milo hizo un gesto que pretendía generalizar lo que decía Shaina. —Esto y aquello.

—¿Y qué opina Athena al respecto?

Alzó una mano, pretendiendo responder de una forma inteligente. Al darse cuenta que no tenía una respuesta preparada, cerró la boca y bajó la mano. Luego se la pasó por el cuello.

—Todavía no lo he discutido con ella, pero… ¿honestamente? Si lo que recuerdo es correcto, y no te rías Shaina —la mujer hizo un gesto de que no reiría—, que tengo una memoria perfecta, nos servirían bastante a la hora de combatir con los vasayos de Hades. ¿O es que no tenían ellos también armaduras?

Shaina se quedó pensando, y después de unos momentos de silencio, asintió con la cabeza. —En cualquier caso, discutirlo con Athena no estaría mal. Sabes que hay cosas a las que simplemente no puede acceder.


Shaina nunca le había dicho de dónde venía. Pero Milo siempre asumió que venía de alguna isla cercana al mar, quizá de alguna colonia romana. Nunca quiso preguntarle, cualquier cosa relacionada a su origen abría heridas que Athena le pidió que no abriera; de la misma forma, Shaina nunca preguntó sobre su pasado. Les funcionó desde que eran niños, y les funcionaría hasta que se separaran.

Ahora más que nunca, considerando que cuando le mostró dónde más o menos pensaba que estaría el tercer chico ella arqueó una ceja, estaba seguro de su teoría.

Al niño lo encontró en un cementerio. Sostenía entre sus manos una máscara mortuoria, y observaba fijamente una lápida. En un inicio, sintió como si estuviera entrometiéndose en una escena íntima, pero después de unos minutos el chico se alejó de la lápida y lo saludó, como sabiendo a qué venía.

—¿Tienes un nombre?

El chico sólo ladeó la cara, aparentemente no entendía sus palabras. Y bueno, considerando que estaban en Sicilia, no debía sorprenderle. Suspiró para sí, y le ofreció su mano para que pudiera tomarla y regresar a la montaña.


“Máscara de Muerte”, el nuevo recluta, era travieso, callado y quisquilloso en una forma en la que no muchos niños lo son a su edad. Era amable con Shaina y la respetaba, aunque sospechaba que eso se debía a que ambos compartían la misma lengua madre.

Sin embargo, cuando se trataba de seguir los entrenamientos, decidía no hacerle caso la mayor parte del tiempo. Sólo acudía cuando decidía que no tenía nada mejor con qué ocupar su tiempo.

—Dale unos días para ajustarse —mencionó Shaina en la comida, bebiendo vino de su vaso y observando cuidadosa su porción—. Lleva muchos años siendo atosigado por las almas de los muertos, y le tiene mucho miedo a usar su cosmo, de que más espíritus lo persigan.

Milo no se podía imaginar a sí mismo sin su cosmo. Cuando recién lo acogió Athena, sentía que estaba bien, pero que algo vital le faltaba. Ahora, alcanzar su núcleo y buscar ese universo dentro de él era como respirar para él. Era algo hermoso y mágico en formas en las que sólo algo relacionado con los dioses podía serlo.

Y saber que había alguien temeroso de usar su don, por cosas como esa, le hacía sentir insatisfecho.

—Hablé con Shion respecto a los prototipos que hizo de las armaduras —dijo Shaina, cambiando de tema—. En lo que estabas fuera, me pidió supervisar uno de los entrenamientos de Saga y Aioria, y les hizo varias preguntas sobre su cosmo, cómo lo manejan y sobre su nacimiento.

—¿Y a qué conclusiones llegó?

—La forma en la que canalizan su cosmo tiene que ver con su estrella protectora, Milo. Así que está confeccionando armaduras basadas en sus estrellas protectoras.

Milo asintió. Nunca se preguntó el por qué de su cosmo, sólo obedeció las instrucciones de Athena y lo cultivó. En retrospectiva, quizá el plan de Shion no era tan descabellado. Si ese hombre tenía tanta fama como le mencionó cuando se conocieron por sus buenos trabajos, y si el material que mencionó podría protegerlos adecuadamente en la Guerra Santa, cuya fecha se acercaba más y más, entonces lo único que podía hacer era encomendarle sus vidas y rogar porque hiciera un buen trabajo.

—¿Qué hay de Athena?

Shaina observó en dirección general a sus viviendas. —No ha salido de su templo desde hace dos semanas. Me dijo que iría a hablar con su padre, pero no dijo a qué exactamente, ni si es prudente esperar a que vuelva.

—Sólo nos quedan tres años antes de que el trato con Hades se rompa —y había encontrado únicamente a tres guerreros, cuatro si contaba a Aioros. Ni siquiera estaba seguro de sí mismo. ¿Estaría haciendo lo correcto, criando niños para pelear guerras que sólo le convenían a los dioses?

—Debemos esperar, y dar lo mejor de nosotros, cuando ese día llegue.

Ni por un segundo se había parado a pensar lo difícil que debiera ser la labor de Shaina. Ser el líder, la matriarca que los guíe para cuando el momento de batallar comience. Una suerte de rey romano en medio de una guerra, forzada a tomar el título y fungir como un intermediario entre su diosa y los guerreros.

—¿Qué te parece Caballeros de Athena?

La tensión que había en el ambiente se rompió como quien rompe un hilo. Shaina hizo un gesto, musitó “no otra vez con eso” y continuó comiendo. Aunque mencionó que no le parecía para nada relevante qué título fuesen a tener, al fin y al cabo, no es como si fuese una batalla que duraría mucho tiempo, Milo pudo notar la ligera sonrisa que adornaba su rostro.

Y aunque a nadie le gustaba gobernar Roma en tiempos de guerra, Athena la tenía a ella, Shaina, su mejor guerrera y algo así como una hija, lista para liderar a su ejército. Y también lo tenía a él, su mano derecha. Era inexperta (al igual que Milo y todos los que ahora residían en su montaña), pero eso no la hacía menos líder de lo que siempre había sido.