Work Text:
Vivir era de las peores situaciones. Respirar, el calor, sentir cómo su cuerpo funcionaba con plenitud, era algo que aborrecía. ¿Por qué tenía que vivir él y muchos otros no? Había perdido a su familia hacía tantos años, su mejor amigo Kenchin cesó de inhalar antes de lo que le hubiera gustado. Aquellos que habían sido los pilares de su vida perecieron antes que él, dejando solo a un adolescente lleno de odio y poder.
Si tan solo el odio hubiese sido lo único en él, las cosas no se hubieran descontrolado de esa forma. Si tan solo él no hubiera tenido personas tan versadas en el arte de destruir, crecer monstruosamente a costa del bienestar y seguridad de los demás, Sano Manjiro, el invencible Mikey, no se hubiera convertido en la bestia que era actualmente. Sin embargo, aunque él no contara con Kisaki Tetta, ni Kokonoi, ni los hermanos Haitani, ni tantos otros, tan solo la herencia, su estatus de príncipe heredero, habría sido suficiente para llegar al estado actual.
Ah, sí lo cuenta de nuevo, tal vez nunca existió otro camino más que ese y solo utilizó la muerte de todos para consumirse sin remordimientos en la oscuridad. Manjiro Sano cuando ocupó el mando del país se concentró en expandirlo. Arrasó todo a su paso y fundó el imperio más grande del continente. Su objetivo, o el de sus compañeros como Kisaki, era unificar la tierra y volverse emperadores. Los días vacíos en que se dedicaba a luchar, masacrar cuanto quisiera con la fuerza sobrehumana y habilidades de combate con las que había sido dotado por la naturaleza, acabaron en el momento que llegó a sus manos nueva información.
No es que él creyera en los cuentos de hadas, leyendas o demás tonterías de ese tipo, pero cuando leyó acerca de un dios habitando en la montaña Elbrus, supo que debía conocerlo. Los dioses tenían poderes surreales, una divinidad podría ser capaz de traer de vuelta a la vida alguna de las personas que quería… o por qué no, matarlo.
La muerte era algo que empezó a desear cada día desde que presenció los funerales de su familia y mejor amigo, para su desgracia, nadie era lo suficientemente fuerte para lograrlo y Manjiro no hacía más que detestar a los debiluchos del campo de batalla. Soldados que combatían con todo el patriotismo en ellos y deseos de acabar con el monstruo que amenazaba su gente, no hacían más que morir a sus pies.
Ah, cuánto odiaba todo de verdad. Ese día convocó una reunión con los comandantes y demás personas de alto rango, no le importaba cómo gobernaran los pedazos de tierra, ni la corrupción evidente cuando uno de sus embajadores, gordo y lleno de joyas, se presentó. Desde hacía mucho que a él nada le resultaba relevante… hasta ahora.
“Nos dirigiremos a Elbrus.” Exclamó mientras su dedo se posaba en el mapa, marcando el lugar donde estaba la montaña.
Kisaki observó en silencio, dándose cuenta cómo para poder llegar ahí era necesario cruzar más de la mitad del continente. La mayoría de los países estaban en proceso de ser conquistados, pero la susodicha tierra que quería su emperador estaba en manos de otro imperio. El imperio pruso no era tan grande como el de ellos, empero era un lugar de temer, repleto de soldados rudos y un clima que dificultaba las batallas si no se estaba bien entrenado.
“Tardaremos en lograrlo.” Fue la respuesta que indicó mientras se ajustaba los lentes.
Y se tardaron.
Desde el día que Manjiro lo decidió hasta el día en que puso pie en el pico de la montaña, transcurrieron diez años. El rostro del único Sano había perdido las facciones aniñadas de adolescente, el estilo de cabello que cambió durante el tiempo ahora era un de un corto rubio, rapado en la parte de atrás. Algo similar ocurrió en sus comandantes, Kisaki, Sanzu, Mitsuya y Sanzu dejaron atrás la juventud ahora que se encontraban más allá de los treinta.
Sin embargo, en el fondo sabía que no fue solo por los años, su mirada carente de vida y la dureza de su cejo se debía a las acciones que habían realizado. Para poder escalar esa montaña había asesinado a más personas de las que era capaz de recordar, destruido pueblos, vidas, arruinado incontables infancias y sumido el mundo en un caos inimaginable. Eran los emperadores más odiados de la historia, estaba seguro de que sería registrado como un tirano sin igual, la peor escoria que jamás existió.
“Entraré solo.” Dijo para avanzar, firme, dentro de la caverna. Conforme avanzaba dejaba atrás la voz de sus compañeros, el eco resonaba aumentado por la acústica de ese sitio cóncavo. Sin más que oscuridad, Manjiro empezó a pensar que todo había sido estupideces, algún imbécil imaginó lo de una divinidad viva y él fue un enfermo por creerlo y esforzarse todos esos años para llegar ahí.
Pensó en suicidarse en cuanto llegase al fondo de ese lugar, a su edad no tenía ni una sola persona que amara, nada por lo que sintiera la pena vivir fuera del deseo que le llevó a una vacía cueva. Irónicamente, Manjiro pensaba cómo aquel lugar oscuro, horrible e inmundo era similar a su vida, al camino que había recorrido todos esos años. Entonces, le pareció que era el lugar perfecto para morir. Avanzó sin detenerse mientras pensaba en cortarse el cuello con la espada que colgaba de su cinturón, o quizá la pistola que cargaba también sería una buena herramienta, o incluso la navaja con la insignia real era la más adecuada para arrasar con su carne y pulso. Así, las imágenes de su cabeza le disociaban del entorno, de no ser por el eco que produjo la pisada de su bota en mosaico, hubiese seguido pensando, decidiendo, al final, el revolver llevaba las de ganar por su practicidad.
Aquel fue un efecto surrealista, produjo tal sentimiento inefable en Manjiro que detuvo sus pasos, incluso, se encontró con que era incapaz de hacer nada más que respirar y contemplar como el cambio a su alrededor sucedió en un parpadeo. Lo que hasta hace unos segundos había estado en penumbras, ahora se encontraba iluminado por candelabros de oro sólido. Sano era capaz de distinguirlos al tener un ojo acostumbrado a la riqueza copiosa. La nueva iluminación le permitía discernir, con mayor detalle, que la estructura de la caverna cambió por completo. La tierra fangosa ahora estaba cubierta de mosaicos, brillantes, cuando enfocó la mirada se percató que el diseño estaba repasado en líneas doradas y diamantes. Las columnas de marfil sostenían un tejado de granito de donde colgaban firmes los candelabros, no había ventanas, pero sí un gran número de vasijas y demás decoraciones que Manjiro se preguntó quién podía tener tan mal gusto en combinar cabezas de animales y joyas, pinturas y floreros rechonchos, pero a la vez transmitir un aire de comodidad. Extrañamente, desde que entró en ese espacio sentía una emoción cálida recorrerle el cuerpo.
Levantó la mirada, el pasillo se extendía por varios metros hacía una puerta, su boca se contrajo en una sonrisa, extasiada, cuando asimiló que todo eso solo podía tratarse de la divinidad que tanto deseaba ver. ¿Cómo sería un dios? Obviando la forma antropomórfica, Manjiro se placía de imaginar que tal vez lo que vería al final no sería ninguna especie de hombre perfecto o mujer con una belleza inimaginable, sino alguna masa de luz uniforme, un animal de mitología, ah, incluso algún objeto inanimado con voz. La ansiedad por descubrir cómo luciría aquel ser le llevó a acelerar sus pasos, cruzó casi saltando la puerta y entró de golpe en la habitación siguiente.
A diferencia de la sala anterior, aquel lugar le recordó al trono de su propio palacio principal, grande y vacío, con una alfombra carmín que abarcaba la longitud desde la silla real a la puerta por la que entró. No contaba con la misma claridad anterior, por lo que había puntos oscuros, pero Manjiro no necesitaba verlos para saber que debían tener alguna especie de decoración también. Avanzó, en el trono le esperaba lo que tanto deseó ver. El silencio era solo arruinado por sus pasos, no apartó la mirada conforme se acercó, la iluminación se enfocaba en el altar con tanta fuerza que no era factible ver si no rompía la distancia.
“Alto.” Mikey, el emperador, se detuvo de inmediato ante esa voz. Abriendo sus ojos más de lo habitual ante el asombro. No había sido precisamente una voz natural, el comando había descendido directamente en su cabeza, en su mente. Se llevó la mano al pecho, su corazón estaba latiendo con tanta fuerza ante la emoción que toda la situación le producía, que sintió una gota de sudor deslizarse por su sien.
La silueta del trono levantó una mano y con eso cesó la intensidad dorada. De pronto, ante los ojos de Manjiro se reflejó lo que tanto anheló ver. Las ilusiones de encontrarse con una ameba gigante o masa amorfa de luz fueron demolidas, sin embargo, tampoco se trataba de un hombre hermoso. Lo que discernió su vista bajo un débil halo luminoso fue la figura de un niño, debería ser de al menos unos diez años, delgado, pálido y de una larga cabellera negra rizada. Lo observó con tanta vehemencia por unos segundos, sin percatarse que contuvo la respiración todo el tiempo mientras fundía en su memoria la representación de la divinidad.
Aquel trono era demasiado grande para el pequeño cuerpo, el dios frente a él estaba en una posición fetal, abrazando sus piernas logrando que aquella diferencia de dimensiones se viera casi monstruosa. El vestuario del niño le recordó a las civilizaciones antiguas, exhibía unos pulcros pies descalzos, sin una sola seña que indicara que aquel había pisado suelo mortal alguna vez, con tres aros gruesos de oro como tobillera en su pierna izquierda. El infantil pecho cubierto de una delgada tela blanca que se extendía hasta el inicio del muslo, tan corto que Manjiro podía observar lo que debía tratarse de ropa interior, otra tela blanca.
Aun así, el mayor impacto había sido cuando el infante por fin abandonó la postura inicial para sentarse correctamente, permitiendo que él fuese capaz de observar que tanto los aros en sus muñecas, como la gargantilla y pendientes eran de oro también. Semejantes joyas quedaron opacadas cuando el dios abrió los ojos, Manjiro no había observado un azul tan impoluto en toda su vida, ni el de mismo océano cuando cruzó continentes para masacrar nuevos pueblos.
“¿Quién eres?” Esta vez la voz resonó de forma normal, la divinidad había movido sus labios al hablar, el tono estaba mezclado con curiosidad y el típico agudo de un niño.
“Soy Manjiro… ¿es verdad que eres un dios?” Su voz nerviosa y entrecortada era tan ajena a como solía hablar normalmente.
“¿Dios?” El niño repitió la palabra como si fuese un concepto nuevo. Meditó unos instantes en silencio, ladeando su cabeza, Manjiro apreció como el largo pendiente de oro tocaba la piel del cuello.
“… Soy el Comienzo.” Respondió luego de hurgar en sus recuerdos, no estaba seguro de lo que se refería con ser un dios, pero aquella era la forma en la que se han referido a él, el inicio de todo, etéreo en el lapso del tiempo.
Levantó una mano, el emperador observó que estaba en la misma condición que sus pies, la piel de ese pequeño cuerpo se conservaba inmaculada, totalmente distintas a las de los miles de huérfanos que dejó a su paso.
“Me han dicho que puedes volver realidad lo imposible.” De nuevo, la misma voz impropia de él, de alguna manera la figura de ese niño le hacía sentir pequeño. Manjiro solo recuerda sentirse así cuando recibió los regaños de su hermano mayor.
Los ojos del infante se agudizaron, el líder de Bonten, el mayor imperio actual, se estremeció al darse cuenta de que era capaz de observarlo más allá de lo que debería, excavar sus recuerdos, sus acciones. Tras unos segundos se levantó, los aros de su tobillo tintinearon con el movimiento, Manjiro reconoció que un ser más grandioso que ese era absurdo que existiera en la tierra.
Descendió las escaleras acompañado por el ruido metálico semejante a un cascabel. El Comienzo, como se refirió a él mismo, estaba silencioso, impasible en su observación.
“Es mi primera vez viendo a un humano tan destructivo, Manjiro.” Mencionó cuando estuvo frente a él, al carecer de los sentimientos humanos no estaba seguro si sentía tristeza o enojo, pero sabe que no debería ser algo agradable. Antes de que la persona frente a él pudiera responder el niño volvió a levantar su mano, frenando al emperador más aborrecido y temido de la historia como si fuese otro infante frente a él. “También triste…” Descendió la mirada un momento.
“¿Qué puede desear un humano así?” La interrogación cargaba cierta arrogancia en su tono, pero a Mikey no dejaba de parecerle la voz más armoniosa que escuchó, mejor que la misma música.
Manjiro pensó, realmente cuando escuchó del dios su deseo principal era conocerlo. Desde que se había vuelto un emperador no había nada material que no estuviera a su alcance, ya fueran riquezas, telas, concubinas… podía tener todo. Si bien, pedir que revivieran a su familia sería lo más lógico, no quería que ninguno de ellos viera en lo que se había convertido. Meditó, no le sorprendió lo vacía y aburrida que era su vida.
“Solo quería verte.” Exclamó al fin, su respuesta provocó que el Comienzo separara sus labios ante la sorpresa. Ah, nunca se consideró un enfermo y, sin embargo, imaginarse poseyendo a ese ser le pareció una maravilla.
De nuevo, aquel ser se consumió en una especie de meditación, la verdad que el Comienzo nunca había entendido a los humanos, no puede decir tan siquiera que le agraden esas criaturas, pero la que ha llegado frente a él era un enigma inmenso. Enroscó uno de sus dedos en los rizos de su nuca y se volteó.
“Sígueme, además de verme no sabes lo que deseas.” El gesto anterior se suavizó un poco, permitiendo que las facciones parecían las de un infante normal y no aquella majestuosidad inhumana. “Manjiro, no puedo cumplir lo imposible porque si es imposible es así, no puede ser posible.” Repasó un detalle obvio para el otro, al menos la ingenuidad humana seguía presente en aquel hombre roto.
El invencible Mikey estuvo más concentrado en observar la forma en que el cabello se mecía suavemente en cada paso, en la manera en que los pies se movían sin ruido sobre el frío mosaico del suelo hacia una sala desconocida para él. Aquello no era el pasillo por el que había entrado, lo reconoció más como una oficina. La habitación amplia poseía varios libreros repletos de tomos, un escritorio de madera con detalles en oro, dos sofás uno frente al otro. Una vez más, Mikey se asombró del gusto extravagante de ese ser, pues además de lo básico para un estudio, la sala estaba llena de decoraciones que no armonizaban la una con la otra. El Comienzo gesticuló que se sentara en el espacio frente a él, a pesar de lo extraño que podía verse todo eso junto, cuando Mikey miró al niño sentado en el sofá, debajo de una alfombra de tigre y con una pintura de una cosecha detrás, se dio cuenta que todo era perfecto. La sola presencia del dios se volvía luz incluso en la peor combinación.
“Mis poderes son relacionados al tiempo, Manjiro.” Prosiguió cuando ambos estuvieron sentados, los pies del niño no llegaban al suelo por lo que flotaban sin poder acariciar la piel de la alfombra con los dedos. “Ya sea cuando el primer hombre descubrió el fuego, cuando se extinguió la enorme raza anterior, cuando el ingenuo de los humanos buscó la forma de facilitar el estilo de vida.” Hizo una leve pausa, como si estuviera recordando aquellas ocasiones. “También en los momentos en que se eliminan unos a otros… Soy el Comienzo.” Explicó a grandes rasgos lo que quería indicar, aquello provocó una pausa en el hombre para que le permitiera pensar.
“Realmente no hay nada que quiera.” Acotó tras la corta pausa, Manjiro sintió que ya había cumplido sus esperanzas de vida cuando pudo observar aquella majestuosidad viviente.
La mirada del ser etéreo frente a él se suavizó, la verdad que se sentía extraño conocer a alguien que no tuviera alguna codicia en su corazón. Chasqueó los dedos para proyectar la imagen que estaba fuera de su caverna, esto era reflejado en los cristales que se encontraban levitando en la mesa de noche. “¿Tus compañeros?” Cuestionó, si esa persona no tenía prisa prefería hablar un poco.
“Subordinados.” Corrigió el rubio frente a él, esto provocó un nuevo interés en el niño.
“¿Cuál es la diferencia?”
“Los subordinados cumplen todo lo que quiero, los compañeros tendrían algo que opinar…” Reflexionó, es la primera vez que habla tanto, había olvidado lo que era disfrutar escuchar una voz, lo que era conversar.
“Son esclavos.” Parpadeó, los humanos tenían sinónimos para muchos conceptos. Esta vez no recibió una corrección por parte del otro, asumió estar en lo cierto. “¿Tampoco desean nada?”
Manjiro frunció las cejas levemente, nunca cuestionó qué deseaban sus… esclavos, como mencionó ese infante, negó con la cabeza. “Creo que ya lo cumplieron.” Señaló a Kisaki en el dedo anular. “Este no, la mujer que amaba prefirió suicidarse.” Al menos sabía algo concreto, todos sus subordinados se enteraron cuando escucharon gritar al moreno, Tachibana Hinata yacía muerta en el lecho en que iba a ser violada.
“Ah, revivir a alguien… no es posible sin regresar el tiempo.” Comentó el pequeño dios, moviendo sus piernas algo emocionado con la historia, al menos asemejaba a un niño real en su curiosidad.
“Volver a empezar” Aquella idea danzó en la mente del emperador, por segundos estuvo en silencio, quizá pedirle que lo regresara antes de que muriera su familia. Sin embargo, tan pronto como lo pensó lo descartó, si volvía a ese inicio no tenía sentido si todo se repetía. Si su hermano volvía a morir, si Emma enfermaba otra vez. Era lo mismo que vivir un infierno más de una ocasión.
Los ojos del pequeño brillaron, similar a si estuviese analizando los pensamientos del otro. “¿No te gustó existir?” Cuestionó, la imagen de la mesa cambió a uno de los pueblos que arrasaron de camino, el más reciente.
No habían dejado más que destrucción, quemaron todas las casas, los campos, asesinaron todo lo que estaba vivo. La política de Kisaki era que lo mejor sería eliminar todo y luego repoblar con su propia gente, Manjiro creía que era una pérdida tiempo, pero realmente no le pareció relevante.
“Nunca he salido de este lugar.” El niño enfocó su visión en la desolación de una tierra negruzca, sin vegetación ni ninguna infraestructura. “No sé si me gustaría lo que hay fuera.” Las pequeñas manos tocaron los cristales, con esto las imágenes se sucedían unas a otras. “Tengo todo lo que me gusta aquí.” Manjiro comprendió el sentido de ese estilo peculiar de decoración, el Comienzo tan solo decidía colocar todo lo que le agradaba junto.
“Destruí esta tierra porque sí.” Le interrumpió al fin, una parte de él ligeramente decepcionado de arruinar la visión para el pelinegro. “Siento que nací para hacerlo, no podía controlar la satisfacción de arrasar todo y matar.” Cerró el puño.
Sin pensarlo, el emperador se encontró confesando lo que había guardado en su corazón a ese niño extraño. Manjiro le describió las cosas atroces que había hecho a lo largo de su corta vida, como la campaña de conquista que parecía imposible resultó exitosa porque él estaba al mando.
El niño le observó en silencio, escuchando, las facciones nunca se inmutaron ante las escenas que explicaba, tal vez porque nunca las había visto, quizá porque ni siquiera las entendía con plenitud o… y Manjiro opina es la acertada, porque a un dios realmente no le interesaba lo que ocurría. El adulto creía que no quedaban emociones en él, pensó ser la personificación de la apatía, pero cuando conoció a ese ser se percató que, en realidad, era esa unión de belleza y poder desembocada en la deidad lo que se refería a carecer de emociones.
El infante se levantó de nuevo, esta vez caminó hacia su ubicación. Manjiro se hubiera mantenido confundido de no ser por la humedad en su mejilla. En algún momento de su relato empezó a derramar lágrimas. Estupefacto, levantó la mano para detener el llanto, vanos fueron sus intentos. Le hubiera gustado no ser consciente, no enterarse de cómo debía verse su rostro en esos momentos, para su desgracia, el impoluto azul del Comienzo le reflejaba con nitidez. El niño llegó hasta él, situándose en medio de las piernas del adulto para subir y tocar con sus propias manos el agua misteriosa. El emperador sintió un cosquilleo ante el tacto.
“Me siento aliviado, sí eras una persona.” Comentó, observando con fascinación que sus dedos habían quedado mojados. La sonrisa del pequeño contrastaba totalmente con su propio estado. “Manjiro, quiero hacer algo por ti.” Prosiguió, esta vez las manos envolvieron el cuello del otro en un abrazo.
“Si esta vida no te ha gustado, crearé una nueva para ti.” La voz era más suave, tersa y relajante para el adulto que se encontraba reducido en tristeza. “Un mundo diferente a este, un nuevo comienzo.” Se separó de aquel fugaz contacto, Manjiro distinguió la emoción en la voz.
“… ¿Puedo usar mi deseo?” Murmuró, no le sorprendió que su propio tono fuera uno rasposo, quebrado. El dios ladeó la cabeza en expectación.
“Quiero que estes ahí, Takemitchy.” Unió su frente a la contraria.
“… ¿Takemitchy?” Mikey encontró satisfacción en reconocer una nueva expresión de sorpresa en aquel bello rostro. Lograr sorprender dos veces a una deidad debía ser una mejor ganancia que destruir el continente.
“Take es un bambú, michi un camino.” Aclaró, acariciando las mejillas redondas del niño. “El bambú es una planta de mi pueblo natal… atrae fortuna.” La descripción de un nuevo nombre provocó la sonrisa más amplia que observó en la criatura frente a él. También, la expresión más placentera del mundo.
“Está bien, nos veremos.” Las palmas del niño envolvieron las mejillas del adulto, Takemitchy acercó su rostro lo suficiente para unir sus belfos a los ajenos en un casto contacto. La consciencia de Manjiro pareció desvanecerse, no por tratarse de una metáfora romántico, sino porque sintió su cuerpo terrenal y facultades diluirse, a tal punto que no fue posible saborear el toque divino.
…
“Nos veremos.”
Tokyo, Japón, 1998.
