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Matar y acarrear

Summary:

Kou es su hermana pequeña. No puede haber nadie más.

Notes:

Ésta es una traducción autorizada del fanfic de niim «Kill and carry» publicado en la página de AO3. Por favor, ¡apóyenlo!

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

El cementerio es amplio y *desmadejado y apretado a la vez, tumbas de varios tamaños juntándose en una enorme ola grisácea. Teru mantiene sus ojos firmes en el horizonte, buscando al *yokai por el cual había llegado hasta aquí, pero pasearse alrededor de las lápidas es lo mejor que ella puede hacer sin mirar, su espada sostenida preciosamente en su mano. La luna provee una generosa luz esta noche y, quizás, aquello explica el cómo logra encontrar al *tenome con rapidez, inclinado hacia adelante y frágil, similar a la imagen del hombre ciego que se supone debe parecer.

 

—Señorita —grazna, girándose hacia ella—, señorita, ¿estás ahí? ¿Le darías una mano a un pobre viejo? Parece que me perdí en el camino.

 

Estira un brazo y Teru observa cuidadosa hasta que la luz de luna revela un solitario ojo en el centro de su mano que no parpadea ni una vez. Cuidadosa, alcanza su espada.

 

Al escuchar el sonido del metal desenvainarse, el tenome se congela, y Teru igual. Voltea sus manos hacia el sonido, mas, Teru también se mueve, escondiendo su arma tras su cadera, su largo arropado por su capa.

 

—¿Qué estaba haciendo afuera tan tarde, señor? —pregunta respetuosa, caminando a su alrededor para posicionarse a espaldas del contrario—. Desde hace mucho que anocheció.

 

—Lo mismo que tú, espero —suelta una risilla, sólo la tensión en sus hombros traiciona su fachada—. Para honrar a los muertos.

 

Tenome, una criatura atroz que se disfraza de humano, quien caza humanos y los despedaza hasta hacerlos añicos y se alimenta de sus huesos. Indiscutiblemente, su disfraz es impresionante; si la noche fuera más oscura y Teru más estúpida de lo que es, de seguro que habría caído en el engaño.

 

Una imagen de Kou aparece de repente en sus pensamientos: bondadosa, tonta y obediente sin rechistar. Si hubiese estado aquí en su lugar, su pequeña hermana de trece años, si el anciano le hubiese pedido auxilio, ¿habría pensado en declinar? ¿Siquiera sería algo que pasaría por su mente?

 

Pero Teru sabe mucho más. La criatura no respira apropiadamente: muy superficial, muy veloz, como un animal herido; cuando el viento sale de su interior, huele a podredumbre. Desde hace varias semanas Teru ha recibido reportes de cadáveres encontrados flojos y en mal estado, no puede evitar imaginarse los huesos desaparecidos dentro de las tripas de esa cosa —huesos de inocentes, los huesos de su hermanita, a pesar que Kou está sana y salva en casa, esperando pacientemente por su hermana mayor sin una remota idea de qué es lo que en realidad está haciendo—.

 

El odio de Teru se acumula y emana sangrante por su boca.

 

—Para honrar a los muertos —resuena con voz plana.

 

El sonido de su espada al desenvainarse es duro y filoso y rápido. Teru piensa en su puerta delantera, el persistente chillido que la acompaña por la falta de aceitar; piensa en el candado en la bicicleta de Kou. La espada se encuentra con la luz lunar y el tenome duda por un segundo antes de huir hacia la negrura. Ése es el problema con los tenome: no son fuertes, mas, son rápidos. Ningún humano promedio podría competir contra ellos.

 

Por suerte Teru no es una humana promedio. Sus pies se mueven tan veloces que no le presta atención a las tumbas y algún tipo de instinto humano se revuelve nauseabundo en su garganta al ponerse en pie y lanzarse hacia una lápida. Sus pies se mueven tan rápido que levanta polvo; el aroma flota a su derredor, tierra mohosa y césped húmedo, y piensa de nuevo en Kou: Kou regresando a casa con un balón de fútbol soccer bajo su brazo, pasto adherido a su ropa y raspones en sus rodillas; Kou encendiendo un aspersor en el jardín para Tiara, sosteniendo su mano mientras juguetean entre el agua, cabello mojado, rostro sonrojado. Riendo.

 

El tenome rueda colina abajo con sus manos con ojos extendidas, sin duda alguna intentando escapar bajo el manto nocturno. Da un salto largo y Teru ve clínicamente cómo su tobillo se fractura por la caída. Un sonido emana de su boca, muy bestial para ser humano y muy humano como para no hacer que la furia helada en el corazón de Teru sea todavía más similar al hielo. Teru piensa en el dolor, en los huesos que yacen en sus entrañas, en las tumbas que los rodean; ella piensa en Kou que está en casa con su tobillo torcido rodeado por vendajes y piensa, ausente, si aun así hará la cena, o si está descansando apropiadamente, como Teru le había dicho que lo hiciera.

 

Otro impulso en otra lápida y Teru cae en los hombros del tenome, obligándolo a caer de cara contra el suelo. Un chillido desgarra el ambiente, pero la cosa no tiene tiempo para lamentarse antes de que Teru ensarte su espada en su nuca y tire de él.

 

Sangre emana cuan escena de película; Teru se apresura y se refugia tras una lápida. La sangre es tan roja como la de un humano, del mismo color que sangra Teru, del mismo color que sangra su hermana. Es muy pesada; el sonido que causa al pintar el cementerio en similar al de las piedras arremetiendo contra una ventana.

 

A pesar de todo, Kou podría caer en esto. Aunque viera a la cosa como está ahora, retorciéndose y sacudiéndose en gritos fuera de este mundo, su sangre densa cuan piedra siendo lanzada como un arma, antes de que Teru le apuñale la garganta con tal fuerza que logra decapitarlo —Kou se interpondría; o se cubriría los ojos; u observaría, sin importar los esfuerzos de Teru por alejarla, hasta que su estómago se revolviera y sus manos sudaran—. Mas, sin importar lo que viera, Kou seguiría siendo Kou; si existen nueve de diez posibilidades de que sea un monstruo, Kou seguiría dudando, incluso tiempo después de que Teru le matase por la garganta.

 

Kou tiene una cierta imagen mental de un monstruo ya establecida, y su traje de hombre no calza con esa imagen.

 

Siempre ha sido ingenua. Este tipo de trabajo jamás le quedaría bien.

 

Teru hace su trabajo; ella arrastra a la bestia por el campo, encuentra el lugar ideal e incinera el cuerpo. La luna brilla con molestia por el olor nauseabundo, mas, Teru no puede hacer nada para evitarlo. En su lugar, patea piedritas y le da un dolor de cabeza por pensar en todo lo que tiene que hacer esta noche: acechar a otra presa, un largo viaje a casa, una montaña de tarea, quizás unas cuantas horas de sueño. Sus hermanas estarán dormidas para cuando regrese, pero así es mejor; no será capaz de eludir el tema de la sangre esta vez, y la molestia de su coagulación sobre sí. Tiara es muy joven para preguntar, pero Kou siempre ha sido de las que se preocupan, y Teru no cree que podría sobrellevar otra noche con sus manos exprimiendo sus manos ansiosamente desde atrás mientras se bañan, dedos más que conocidos recorriendo los bordes de sus hombros, mapeando si hay nuevas cicatrices en su cuerpo.

 

Tal vez sea su culpa, de cierta manera. Teru está ocupada, muy ocupada; no tiene permitido querer cosas; no tiene permitido pensar en nadie que no sea su familia. Hay un hueco en su hogar que ninguno de ellos es capaz de llenar, mas Teru hace lo que puede para evitar que alguno vaya a caer dentro de él: Tiara, muy joven para entender qué es aquello que le falta; y Teru, con exceso de trabajo y obsesionada y obstinada con tal de mantener las vendas en sus ojos; y Kou, también, dos años como su discípulo y toda una vida como su hermana menor. Tan cercanos en edad como para que se ofenda por ello, y, a la vez, tan lejanos como para que nunca comparta sus pesares con ella; Kou no está hecha para este tipo de oficio; Kou debería permanecer en casa, a salvo en la cocina de su madre, y esperar paciente en el interior hasta que Teru regrese.

 

Si ella tuviese un punto menos de moral y cinco menos de genuina afección, Teru cree que la encerraría de por vida hasta que esa acolchada jaula la matara.

 

Tal vez Kou tiene razón. Teru se parece a su padre.

 

Una vez el cuerpo es cremado y lo peor de la sangre se ha disipado de la tierra, Teru hace una parada final antes de encontrar su camino fuera del campo sepulcral.

 

—Hola mamá —dice, su aliento visible en la fría noche mientras se acomoda sobre sus rodillas frente a la familiar tumba—. Ha pasado un tiempo, ¿no es así?

 

 

 

 

 

 

Todas las luces están apagadas para cuando Teru llega a casa, ventanas oscuras, cortinas cerradas. Teru acaricia su hombro lastimado y abre la puerta lo más suave que puede, su manta sangriento y su espada dejados en el patio trasero en donde Kou no podrá verlos.

 

Las casas completamente silenciosas encienden los sentidos de Teru, mas, la casa Minamoto raramente es así. Al regresar luego de la escuela, Teru cae dormida entre sonidos de agua corriendo y voces silenciosas; incluso ahora, tarde por la noche, el calentador golpetea y la vivienda se asienta; el sonido de un abanico girando se bare camino hasta el vestíbulo.

 

El sonido de los cojines del sillón llama su atención, seguido por una cabeza puntiaguda que aparece sobre el brazo del mueble.

 

—¿Teru-nee? —Kou pregunta, voz infantil y chillona, rasposa por el sueño—. ¿Eres tú?

 

Los pies de Teru apenas hacen ruido cuando se mueve hacia donde Kou.

 

—Sí —responde, desordenando el pelo de Kou, acunando su pequeña carita cuando se voltea alegre a verla—. Estoy en casa.

 

Acostada sobre el sofá con unos pantaloncitos de pijama y una camiseta vieja de Teru, Kou se ve mucho más pequeña a pesar de tener trece años. Siempre está en busca de Teru: usando su ropa, teniendo su mismo corte de cabello, siguiendo sus pasos cuan copia exacta. Y Teru no puede sentir remordimiento por ello; es agradable ser idolatrada. Kou no sabe exactamente qué es lo que Teru hace, o qué es lo que nunca será capaz de hacer; pero ella cree que sí sabe, y cree que sí puede; y Teru se mordería la lengua y le cubriría los ojos por siempre si pudiera.

 

Hay gentileza y crueldad a la vez. Teru no puede dejar de pensar en ello aunque tenga a Kou entre sus brazos, ignorando su somnolencia, protestando, y cargándola hasta su habitación.

 

—¿Fue muy difícil esta noche? —Kou cuestiona medio despierta, sus labios rozan el pulso de Teru, su aliento cálido choca contra su cuello. Sus dedos bailan por los hombros de Teru; sus piernas se balancean a cada lado de su cadera cuan niña pequeña—. ¿Estás lastimada?

 

—No —Teru le contesta, abriendo la puerta de la habitación con su codo—. Ten fe en tu hermana mayor, ¿está bien?

 

Cuando Kou restriega su rostro en el cuello de Teru, la segunda aguanta su aliento.

 

—Siempre tengo fe en ti, Teru-nee. Siempre.

 

El deseo de Teru por sentir a su hermana es tan constante y familiar y nada sobreactuado que es difícil que inspire algún desagrado. Teru no tiene permitido querer cosas, y esto, también, es algo que no está permitido; todo le desanima por igual, y también le hace mantener distancia. La familia de Teru es el eje por el que gravita y, quizás, sea lo único que le da sentido al pesado deseo de sus anhelos y deseos y resentimientos culposos por querer retornar a su hogar, también.

 

Kou es su hermana pequeña. No puede haber nadie más.

 

Para cuando Teru la acomoda en su cama, Kou ya está dormida. Tiene un raspón reciente en la rodilla y un brillo en la piel cuan si hubiera sido besada por el Sol; sus calcetines son dispares y uno de ellos se está cayendo de su sitio. Bajo el mismo, el vendaje que Teru le puso por su tobillo herido está flojo y deshecho. Cuando Teru la cubre con su manta, hace un mohín y la patea para descobijarse; cuando Teru se inclina a besarle la frente, ella retuerce sus manos en la blusa de Teru.

 

—Teru-nee —balbucea, sus pestañas se baten, medio despierta—, quédate —Teru traza las partes de su rostro con su mirada, marca todas sus pecas, la grasa de bebé que conserva en sus mejillas, y se recuerda que esto, también, es algo que tiene permitido.

 

Cuando Teru se marcha, cierra la puerta con cuidado y se dirige hacia su cuarto. Tiene todavía mucho que hacer antes de que llegue el amanecer.

Notes:

Glosario:

*Desmadejado: flojo, sin vida.

*Yokai: espíritu, espectro, demonio; criaturas del folclore japonés con partes humanas, partes animales, o de ambas.

*Tenome: yokai con apariencia de un anciano ciego, con ojos en las palmas de sus manos.

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