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Hay un sonido indefinido a su costado, y el peso del brazo que reposa sobre su vientre, desaparece de pronto. Todavía adormecido, abre los ojos, mirando a la figura durmiente a su lado, y algo muy parecido a un escozor fastidioso se instala en su nariz, anticipando melancolía y fastidio entremezclados.
No necesita un reloj para saber qué hora es, o ver el calendario para constatar la fecha que se aproxima.
A inicios de agosto, ni pasadas las cinco y media de la mañana, y apenas despierto, Enji Todoroki decide, nuevamente, que el fin de una era ha llegado.
* * *
Primera verdad: cada fibra que lo conforman está llena de obstinación. Mucho tiene que ver su ambición, motor de la disciplina que rigió su vida desde que tuvo uso de razón, y la cual fue la columna vertebral que lo forjó con sangre y lágrimas, ajenas y propias, hasta llegar a ser el mejor héroe que podía.
* * *
Escucha un nuevo murmullo ininteligible y el calor de un cuerpo repentinamente lo rodea, haciéndole sentir el roce de alas por unos instantes.
—Buenos días —saluda con voz áspera producto del sueño.
Sin contestarle, Keigo da un gran bostezo y frota la nariz contra la unión de su hombro y cuello.
—Es muy temprano para estar despiertos —se queja a continuación.
—Yo no te desperté.
—No era necesario —pronuncia, y lo siguiente que dice es como un buen golpe asestado en sus costillas—: De nuevo estás pensando en dejarme, ¿uh?
Su tono es neutro, pero siente lo tensos que están sus músculos. Recupera el aire. Ambos se encuentran desnudos bajo una sábana delgada, sin secretos ni verdades a medias. Enji concentra su atención en el techo e ignora la vaga tentación de inventar algo.
—Sí.
* * *
Segunda verdad: salvo cataclismos-destruye-ciudades, como enterarse que Touya seguía vivo, la mayoría de palabras y comportamiento de los otros no le toman desprevenido. Los engranajes de su cerebro siempre están en funcionamiento, calculando probabilidades y evaluando todo posible escenario. No es infalible, pero difícilmente se deja sorprender.
Cuando Hawks se plantó frente a él con una sonrisa segura, brazos cruzados a la altura de su nuca y casual dijo que podía “ayudarlo a liberar estrés”, bufó. Era la sugerencia más idiota que había recibido jamás, y la veía venir desde hacía mucho.
Hawks, siendo Hawks, no se desanimó; y él, más por curiosidad y frustración, que expectativas reales, cedió. De ahí avanzaron a pasitos pequeños y torpes, y, de algún modo, “Hawks” pasó a Keigo, y los veranos siguen dándose uno tras otro.
Con ambos juntos, bajo un mismo techo, haciéndose compañía, y…
«Alto», se exige.
Si quiere seguir adelante, debe concentrarse en los problemas, no en los beneficios y en el amor.
Porque hay amor allí, uno nacido tras pruebas complicadas y contra su propia voluntad.
«Maldición», piensa de nuevo.
Después de aceptar que había llegado nuevamente a la conclusión de que lo mejor era terminar su relación, Keigo se limita a seguir casi aplastándolo. No dice nada por unos minutos eternos hasta que levanta la cabeza y sonríe, tranquilo.
—¿No quieres que te dé un regalo pre-cumpleaños? —le pregunta, moviendo las cejas, sugestivo, y la serenidad muta a deseo e insinuación en un pestañeo.
—Keigo —advierte.
Las telarañas en su cabeza son densas en especial en las mañanas, cuando acaba de abrir los ojos y puede darse el lujo de simplemente no hacer nada. Solo pensar. Casi nunca son pensamientos felices, una sinfonía desafinada de críticas de lo que pudo ser y no fue en cuanto a su familia, a la osadía de atreverse a ser feliz con alguien a quien le dobla la edad.
Son lapsos inútiles donde se empantana en autocompasión y odio debido a que ya no tiene ninguna pantalla que mantener.
Nunca se lo ha contado a Keigo palabra a palabra. No con sobriedad o calma, al menos.
Duda que haga falta: Keigo conoce no solo cada cicatriz y huella del pasado en su piel, sino en su mente.
—No escuché un “no”.
A pesar suyo, siente el vientre tirante y necesidad intrínseca de arder.
Ceder no equivaldrá a un cambio de planes, se convence, y agridulce, deja que en su rostro se formen pequeñas llamas, algo de vapor rodeándoles y la temperatura elevándose con rapidez.
—Como quieras —contesta al fin, sin que se le pase desapercibido cómo la mirada de Keigo chispea con triunfo.
Su amante se sujeta el cabello rubio desordenado para que no le caiga encima, y se pasa la lengua por los labios, humedeciéndolos. Sonrisa divertida, resolución casi palpable. Keigo siempre procura dar un espectáculo para más de uno de sus sentidos, fue así desde la primera oportunidad que se puso de rodillas y le aseguró que lo llevaría al nirvana con solo su boca.
Se obliga a mantener los ojos abiertos, pero deja caer los párpados cuando los siente acuosos.
Por placer. Por… algo más.
Por nada y todo a la vez.
* * *
La tercera gran verdad es que el tiempo no perdona a nada ni a nadie.
La decisión de que lo que fuera que tenía con Keigo debía finalizar, la tomó ni bien se percató que la curiosidad transformada en deseo abrasador, había dado el paso a sentimientos. Un “tu presencia lo hace todo mejor”, que en ocasiones era un “gracias a ti tododueleunpoquititomenos” y siempre era un mero “gracias”.
No se lo merecía y, particularmente, Keigo tampoco; ambos por distintos motivos: él no tenía derecho a pensar en pasar el resto de sus días acompañado y contento, y Keigo no se merecía atarse a alguien así de defectuoso, dañado y con poco por delante.
Cuando una cana se convirtió en vetas plateadas entre cabello rojo, pasó una tarde completa simulando los escenarios y posibles respuestas cuando le dijera a Keigo que lo suyo tenía fecha de caducidad. Luego, esa misma noche, se encontró desnudo y haciéndose quemaduras de alfombra en las rodillas y los codos, y dejando su cuello como un rosario de morados, signos de posesión.
No había dicho nada más allá de un “debemos hablar”.
* * *
—Te toca preparar el desayuno, aunque estableciendo lo obvio, yo ya desayuné, muchas gracias de nada. Estuvo delicioso, si quieres saber.
Sin evitarlo, Enji hace una mueca que se atenúa ante la risotada de Keigo.
—¿O prefieres salir a comer?
Ninguno es afectuoso en público, pero su convivencia y lo que son el uno para el otro no es secreto para nadie: después de una cena abrumadora e incómoda con Rei y sus hijos, dejó de importar quién más se enteraba. Son un ítem que dejó de ser noticia relevante cuando uno anunció su retiro y el otro desbarató su agencia y redujo notablemente su actividad como héroe.
—No —niega antes de levantarse.
—Hm. ¿Sabes qué?, hoy haremos una excepción y haré el desayuno a pesar de que no sea mi turno.
Sin esperar respuesta, Keigo se viste con una camiseta que le queda demasiado grande y tiene huecos para acomodar sus alas, y desaparece.
Enji deja escapar el aire atrapado en sus pulmones.
Tienen horarios y actividades definidas, y tareas del hogar divididas entre los dos.
“Hogar”, eso es lo que han formado. En oportunidades va a su agencia solo para hacer acto de presencia y nunca se niega cuando buscan su consultoría para casos grandes y complicados. Extraña la acción; de algún modo, siempre pensó que moriría superado por un villano o después de sacrificarse por el bien común o de alguna víctima.
Morir a solas en una mecedora no está en sus planes, pero…
Chasquea la lengua y se viste ligero antes de también dirigirse a la cocina donde se escucha el sonido de trastes y un canturreo feliz que le perturba.
Keigo no tiene las mejores habilidades culinarias, por lo que es inevitable entrometerse para sazonar esto mejor o picar en cuadraditos más pequeños tal cosa y no pedazos gigantescos que demorarán más en cocinarse.
La conversación sigue pendiente, no importa que haya un paréntesis.
* * *
Cuarta verdad: su cuerpo está conformado por cicatrices y músculos que nunca dejan de doler, unos más que otros, viejas lesiones que no dejó que curaran bien por no guardar el reposo necesario. Sin mencionar la falta de uno de sus brazos, que a estas alturas es parte de su identidad por más que a veces lleve prótesis. Una muestra más de lo que sacrificó. Valió la pena. Lo sigue valiendo. No cambiaría nada.
No respecto a eso, al menos.
Los otros errores no pueden ser borrados porque lo llevaron justo al punto en donde sintió júbilo en cada centímetro, por orgasmos y carcajadas que venían desde su estómago y dedos encogidos por gestos de amor.
Se traga una palabra malsonante y recuerda los papeles que guarda en su escritorio, título de una propiedad en una isla alejada donde estará en paz. Allá podrá recibir visitas si alguno de los hijos que tiene en libertad quiere, o tal vez sus nietos, más adelante.
La soledad nunca le aterró.
Debe irse mientras todavía tenga fuerza.
* * *
Seguir entrenando es parte de la rutina, aun si sus músculos y lesiones que permanecen a través del tiempo, se quejan. Es por sanidad, tanto mental como física. Un intento de retrasar lo más posible el inicio de achaques propios de la edad y de un cuerpo llevado al extremo incontables oportunidades. La mezcla de ambos será catastrófica, sus médicos se lo han señalado.
Usualmente, el gimnasio lo utiliza sin compañía; son contadas las ocasiones en las que ejercitan juntos, mucho tiene que ver el ritmo diferente que mantienen, y que Keigo prefiera música y él, silencio. Por eso, la mirada en su espalda es pesada. Su acompañante autoimpuesto ni siquiera finge hacer algo más que observarlo.
Está acostumbrado a que miles de ojos sigan cada uno de sus movimientos, a la atención que suscita su nombre incluso ahora, retirado y fuera de la atención de los medios de comunicación. Sin embargo, algo en la actitud y contemplación de Keigo le crispa los nervios.
—No dejas que me concentre —dice cuando ha sido suficiente.
La conversación sigue pendiente porque después de desayunar, Keigo lo convenció de que esperara un poco más.
—Sabemos lo que voy a decir —intentó rebatir—, ¿qué sentido tiene retrasarlo?
—¿Por favor?
Enji bufó, pero terminó cediendo.
Ahora se arrepiente.
—Miro lo que me como todas las mañanas —comenta Keigo en tono ligero.
Es inevitable detenerse y poner sus ojos penetrantes en la figura menuda que se sacude un poco por la risa. Va en serio, sí, pero no es la verdad completa.
—Supongo que es mejor contártelo ahora. Ayer hablé con Fuyumi —dice a continuación, cambiando de tema con rapidez—. Está de acuerdo en tener una pequeña reunión el día previo a tu cumpleaños porque cae en fin de semana y es más fácil reunirlos a todos… Bueno, casi todos, como sabes, Shoto sigue en Malasia por esa colaboración especial, pero Natsuo está listo para que conozcas a su nueva pequeña. ¿Quién diría que tendrías más nietas que nietos, eh?
Ante esto, Enji se rinde.
La primera vez que Fuyumi obró el milagro de ponerlos bajo un mismo techo para una fecha especial y salieron ilesos, sin comentarios en doble sentido y resentimiento palpable en el ambiente, hubiera podido llorar. De eso han pasado algunos años, y aunque su cumpleaños no es de cerca motivo válido al cien por ciento para momentos familiares, las otras oportunidades que ocurre y es invitado, siempre son de celebración. Es más de lo que hubiera soñado alguna vez, familia fragmentada por obra y gracia de su tozudez e incapacidad de ver más allá de sus narices, lleno de ansia de poder.
—¿Qué opinas, grandullón? Domingo en familia, y así te tendré solo para mí en tu cumpleaños.
El suave movimiento del aire causado por las plumas de Keigo rodeándolo, le hacen fruncir el ceño.
—Estás ignorando lo que quiero decirte.
—No lo hago.
Nunca ha pronunciado directamente que su relación tiene fecha de vencimiento. Ha sido cuidadoso de avanzar con aplomo y disfrutar de las circunstancias. Pero no le asombraría que Keigo sepa inclusive de la casita amoblada en el fin del mundo, cuyos papeles escuecen como una traición premeditada.
Por su distracción y por un movimiento que han practicado hasta lograr éxito, Keigo lo tumba. Su espalda termina horizontal contra la madera pulida y el aire se le escapa de los pulmones. Sin perder oportunidad y sin escrúpulos, Keigo se sienta a la altura de sus caderas y apoya su pecho en él para hablarle al oído.
—Estás distraído —murmura.
—Bájate.
Podría mover su peso pluma con mínimo esfuerzo, sin embargo, le da una sensación confortable tenerlo encima, más allá de cualquier connotación sexual. Únicamente con Keigo se permitió explorar esa parte suya, enterrada bajo capas y capas de control, y prepotencia para siempre liderar.
—Solo unos segundos —pide Keigo y deposita un beso cerca de su oreja—. ¿Tienes idea de lo mucho que me excitan tus canas?
Lo sabe. Lo sabe bien.
—¿Para eso tienes que tumbarme?
—Sí —responde con plena seriedad—. Si no quieres estar más conmigo, ¿qué harás? No puedes hacer planes en tu cumpleaños que no me incluyan.
Nunca los hace, no desde hace años, varios años, que pasan juntos navidades, cumpleaños y fechas conmemorativas de luto y horror. En las malas y en las buenas. En las pesadillas y en las sonrisas, gritos de placer de intermedio; algo complejo y completo.
Enji lo va a extrañar, lo sabe de antemano.
A pesar de que lo va a extrañar tanto que cada tejido suyo lo resentirá, se acostumbrará. Si de algo sabe bien es de dolores en el alma que se acentúan y se convierten en dolores sordos, siempre presentes, pero incapaces de paralizarlo o hacer que se arrepienta y logre lo imposible.
Sin esperar réplica, Keigo lo deja libre y le anuncia que le preparará un baño.
—Allá hablaremos —concluye Enji.
—Está bien.
* * *
Entre los rituales que han establecido, ese probablemente sea uno de sus favoritos.
La presencia de Keigo detrás de él es confiable y tranquilizadora, el paño mojado recorriendo su espalda, teniendo especial cuidado con los grandes parches de piel sensible quemada. No menciona nada cuando aprovecha también para acariciar los músculos con las yemas de los dedos, es como si nunca se cansara de ello.
Al principio creyó firmemente que una vez que Keigo superara su “crush”, o que dejara de estar cegado por su calentura, buscaría a alguien más acorde a su edad y que estuviera en su misma sintonía.
Todavía sigue esperándolo, pero no hay ni la más minúscula señal de que vaya a suceder pronto.
Sabe muy bien que no es el único que ha pensado de ese modo.
—¿Qué ves en alguien que te dobla la edad? —había fastidiado una vez Rumi a Keigo, sin percatarse de su presencia. Estaban en una conferencia de héroes con asistencia obligatoria, y desde su posición podía escucharlos perfectamente y por simple curiosidad, no se movió.
—Es el hombre más ardiente a kilómetros a redonda. Literal y figurativamente.
—Payaso.
—No es broma. Has visto sus ataques de cerca, y no voy a entrar en detalles de cómo es en la cama.
—Nada que no haya escuchado antes, imagino.
Sintiendo que ya era suficiente, se alejó, con cierto rubor en las mejillas y un mohín en la cara.
Dentro de los escenarios que imagina, tampoco descarta a su amante diciéndole que lo deja por otra persona o porque ya no le soporta, y eso siempre le deja una sensación de quemazón desagradable. Sin embargo, es insulso anhelar y temer lo que no da ni señales de que ocurrirá: Keigo no ha dado pie para dudar de sus sentimientos ni una sola vez, ni siquiera como para tener sospechas o esperanzas vanas de él no tener que dar el primer paso.
—Sé lo que has estado pensando —anuncia Keigo sin aviso previo, y sin dejar de frotar la piel que tiene a disposición. Lo hace con firmeza.
—Entonces sabes que lo mejor es…
—Por eso —prosigue, interrumpiendo—, prefiero evitarte la escena y decirte desde ahora que ni en tus más locos sueños.
—¿De qué hablas?
—No voy a permitir que me dejes —dictamina.
Enji gira el cuello lo suficiente para que sus miradas se crucen y enarca una ceja. Desde que despertó, ha permitido por pura debilidad que esto se alargue, lo cual no significa que no pondrá el punto final cuando deba hacerlo.
—Esa parece una situación de dos.
—En este caso, no lo es. Desde antes de que consideraras la opción o supieras de mi existencia, ya había decidido que estaría junto a ti. No tenía claro cómo, hasta que fue evidente que ser el número dos era mi llamado. Y después pasó que me permitiste hacerte la mamada de tu vida, y sigues permitiéndolo, y pues, aquí estamos.
—Keigo…
—Es que… —Interrupción. El paño suave cae en el suelo y Keigo, así como está, sin ropa y cicatrices y quemaduras a la vista, moviliza su banquito de madera hasta posicionarse delante de él. Su diferencia de tamaño no parece intimidarlo, nunca lo hizo—. ¿Qué tan idiota crees que soy…? O mejor, ¿qué tan —pausa, parpadeo rápido— i-idiota eres tú?
Enji quiere ofenderse, pero no tiene por qué. De alguna manera, entiende aquella frustración que brota de sus poros.
Los ojos de Keigo están brillantes y después de otro par de parpadeos, lo que sigue es inesperado: una risa forzada, amarga.
—Podrías irte al fin del mundo y te seguiré. El apocalipsis podría desatarse ahora mismo y no habría fuerza humana o sobrehumana que me movería de tu lado. Pensé que esa cabezota tuya tan dura lo había entendido.
Intenta manifestar sus justificaciones, todo el entretejido de reflexiones que ha tenido a lo largo de los años, y antes de que inicie, Keigo prosigue:
—¿Por qué sigues con la misma idea? No me importa si crees que no mereces nada. Aquí estoy y no planeo irme ni a la esquina, ¿me escuchas? Estás condenado.
Su voz es de sepultura, como una advertencia.
Una amenaza.
Y de pronto, Enji tiene plena seguridad de que de verdad no va a poder deshacerse de él; la garganta se le cierra y pensamientos fugaces colisionan uno con el otro, sin sentido.
Kiego continúa:
—Mira, no sé qué es lo que crees que siente por ti, pero no se le aproxima, por lo visto. Voy a cuidarte hasta que te mueras, y luego, me moriré contigo… Me tienes, y te tengo, y sé perfectamente que no somos convencionales, pero te juro que de verdad esto es hasta que la muerte nos separe.
Como para probar su punto, anuncia que le tiene un regalo, y no han pasado más allá de contados segundos, antes de que una pluma roja se posicione flotando entre ellos. Ahí hay una pequeña caja de terciopelo negro que contiene dos bandas plateadas. Los ojos de Enji se abren de par en par, su segunda verdad desmoronándose, y sabe que podría abrir la boca y señalar lo obvio, pero opta por callar hasta asimilarlo.
—¿Esto es lo que quieres?
—Hasta la misma muerte —repite.
La banda calza perfecto en su dedo, ese que dejó de usar una alianza matrimonial mucho antes de que firmara los papeles de divorcio con Rei.
—Pensaba dártela en tu cumpleaños, pero me tenías que salir antes con esto —reniega Keigo, ceño fruncido, antes de que un atisbo de sonrisa se forme en su boca.
Los espectros de su cabeza no desaparecerán, lo sabe bien, pero... las verdades a medias son refugio perfecto, casi tan perfecto como el cuerpo de Keigo acoplado al suyo al despertar en las mañanas y al hacer el amor. Siente calidez en el estómago. Está acostumbrado a temperaturas de todo tipo, pero lo que comparten es único. Tardío, luego de un millón de errores y horrores.
Suyo.
El vuelco de la situación es como la explosión de un caramelo ácido en la lengua.
—Las pesadillas o malos recuerdos no se van a detener —asegura Keigo y se señala la sien—, y también dudo que vayan a detenerse tus pensamientos estúpidos, pero que te quede claro que…
—Que estás aquí —corta.
—Exacto. Te guste o no. Te tengo las alas y las garras clavadas, cielo, jamás te vas a poder librar de mí.
De nuevo, es un tono de amenaza, y debería sentir siquiera resquicios de molestia, pero no puede encontrar nada similar dentro de sí mismo… Y, más bien, sí se siente un tanto idiota.
Es en ese ton de condena, que la obstinación que conforma sus propios tejidos, una verdad que siempre fue su primer emblema, se desdibuja. Por más que muestra rendición, una pequeña parte de él se refugia en una mentira que lo alienta a disfrutar más de lo que está sucediendo: piensa que esto es solo un retraso, unos puntos suspensivos en planes que algún día llevará a cabo.
—En la balanza, hiciste igual o más actos buenos, si eso te importa —le había dicho una vez Shoto, y no se lo cree.
Hay cosas que no tienen perdón, que jamás lo tendrán, es solo que...
Los dolores fantasmas no desaparecerán. Su piel no se regenerará completamente en ciertas zonas, o jamás recuperará el brazo perdido. Las canas seguirán apareciendo hasta no dejar atrás ni un solo cabello rojo y el deterioro irá imponiéndose. Es más que probable que todos los años de trabajo activo como héroe le pasen factura antes que después… y como si le leyera los pensamientos, Keigo rueda los ojos, lo toma de las mejillas, y dice:
—Te amo —sentencia. Sentencia irrebatible—. Y bueno, ahora que nos sacamos esto de encima, ¿ahora sí podemos hablar de lo que haremos en tu cumpleaños?
Enji lo mira, ve la banda que tiene en el dedo, y exhala.
—Está bien.
—Genial, cumpleañero, porque no tienes ni idea de lo que te tengo planeado.
