Work Text:
Aemond era culpable de muchos crímenes, pero ninguna cicatriz, ninguna viuda, huérfano, ceniza ni nada le causaba culpa o remordimiento.
Excepto la cicatriz y la ausencia de su ojo...y el zafiro que brillaba en su cuenca cuando se veía al espejo.
Y no, no era porque se sintiese mal por haber perdido el ojo, por sentirse inconforme con su apariencia. Eso era antes de volver a ver a Lucerys después de muchos años.
Ahora su cicatriz le recordaba el único crimen que carcomía sus entrañas y lo dejaba despierto en las noches. El único crimen que no quiso cometer.
En sus pesadillas vivía el momento donde Vhagar asesinó a Lucerys y a su dragón. Todo porque él quería jugar al gato y al ratón, realmente quería herir a Lucerys, pero no por su ojo, no por Aegon y la guerra en ciernes.
Quería cazarlo porque había adquirido una extraña obsesión por el niño desde que volvió para reclamar su legitimidad sobre el trono de Driftmark. Quería sacar cada emoción de Lucerys capa por capa, lo quería todo, no sabía para qué, pero lo quería.
Desde entonces sólo vivía en él el arrepentimiento de perder lo que quería y de paso había encendido la mecha de todo este maldito infierno.
Y ahora lo estaba pagando.
No tenía problema en ir y asesinar gente, enemigos de su hermano, el rey imbécil, pero que le daba un sentido para moverse todos los días. Excepto hoy cuando tomaron Harrenhal e iban a deshacerse de lo que quedaba de los Strong.
En cada cabello rizado oscuro veía los rizos de Lucerys, en cada mirada aterrada veía su mirada en Bahía de los naufragios. Era como ver cientos de fantasmas recordándole que había asesinado a su sangre. Aunque ellos no fueran conscientes.
Cuando casi los asesina a todos lo vio...o la vio.
Era él por todo excepto por el cabello liso y largo y obviamente porque Lucerys no tendría senos. Pero si él hubiese nacido mujer, sería esta mujer que lo miraba aterrada.
Como su pequeño Lucerys huyendo en su dragón.
Se la llevó con él porque sintió que lo había recuperado.
Dijo que se llamaba Alys Rivers, no le importó. Lo único que le causó conflicto fue que fuese una bastarda Strong como Lucerys.
¿No era suficiente que fuese una copia de él?
Aparentemente para las tretas del destino o de los siete no.
Pero ella no parecía imaginarse el conflicto en él.
La tomó como su amante, bebió de su rostro las expresiones que le faltaba conocer de Lucerys y dejó que su voz suave y diferente a la del niño influyera en él.
Cuando ella veía el fuego y decía sus predicciones a él se imaginó siempre a Lucerys emergiendo del fuego sobre Arrax, con una sonrisa dulce mientras sus palabras lo ayudaban en la guerra.
Las pesadillas habían parado y se descubrió a sí mismo tener lo que tanto anhelaba.
¿Había amado a Lucerys todo el tiempo?
Realmente no lo sabía porque era consciente que Alys no era él por más idéntica que fuera en apariencia. Pero era lo único que tendría de él y se aferró a ello.
Criston Cole no estuvo de acuerdo.
—Ella no se parece a él.
—Tal vez la ves más como una mujer pero mira bien su rostro, es igual que ese niño.
—Su alteza...puedo recordar muy bien cómo lucían todos esos niños y lady Rivers no parece ninguno de ellos.
Aemond mantuvo el silencio, pensaba que Cole estaba ciego, tal vez muy viejo para ver la evidente similitud entre Alys y Lucerys.
—Su alteza debería siempre tener en mente lo que dicen de lady Alys en la Tierra de los ríos.
—Esas tonterías de brujería no me parecen importantes.
—Nadie sabe cuántos años tiene esa mujer, es seguramente mayor que su alteza y los rumores de ser experta en brujería y posiones...tal vez ella le hizo algo a su alteza para que la viera como Lucerys Velaryon. Ella no es como él, su cabello es negro como la noche, los ojos verdes afilados y la boca de labios delgados. Lucerys tenía el cabello castaño oscuro rizado, ojos miel y la boca pequeña y formada como la de su madre. Alys no luce como él pero sólo su alteza la ve así.
Aemond saltó con su espada en alto, apuntando a Sir Criston en el cuello, su único ojo llameado en furia. Nadie podía hablar de su mujer de tal forma, insultar su inteligencia o siquiera atreverse sin sentir su furia.
Desde entonces Criston dejó de ser su maestro y alguien en quien confiaba.
Se quedó solo cuando Alys le dijo dónde estaría Daemon mientras veía el fuego después de que la hubiera salvado de ser asesinada en Harrenhal. Su vientre lleno con su hijo lo hacía sonreír.
Imaginó a ese niño como Lucerys con el pelo rubio, o simplemente Lucerys.
Cuando volvió a Harrenhal en Vhagar con Alys a sus espaldas la dejó en tierra. Tenía ese presentimiento de que sería el día de su muerte pero lo haría valientemente sabiendo que Alys y su hijo estarían seguros. Le dio instrucciones a ella antes de darle un beso y volver a subir en Vhagar. Cuando subió al lomo de su dragón volvió la mirada hacia ella y vio una sonrisa en su boca que no era pequeña y bonita, que no tenían ese bonito arco y aunque no gruesos eran llenos y dulces, su rostro no tenía esas bonitas mejillas suaves, en su lugar había pómulos pronunciados y altos, sus ojos eran verdes esmeralda y largos y su cabello era tan oscuro como el carbón. No era su Lucerys y nunca fue él.
Cuando se enfrentó a Daemon estaba distraído, siendo carcomido de nuevo por esa pesadilla de la que creyó Alys lo había sacado, había sido burlado, la maldita lo había engañado. Murió con el dolor de saber que se lo merecía, que en la oscuridad que le dio hermana oscura sobre su único ojo aún podía ver a Lucerys.
—
El piso era un reguero de sangre en el palacio de Harrenhal, casi toda la familia Strong estaba muerta, el sonido de las espadas era cada vez más bajo hasta que sintió que alguien iba a encontrarla.
Conjuró un hechizo cerrando los ojos con fuerza, pidiendo por el efecto rápido a quien quiera que fuera hacia ella para matarla.
—Seré la imagen de lo que más amas, a lo que no puedas resistir, la imagen de tu anhelo y devoción, por lo que matarías y evitarías matar...
Cuando abrió los ojos vio al príncipe tuerto, Aemond Targaryen, y su cabeza estuvo a salvo. Procuró todos los días hechizarlo para que él viera lo que amaba en ella. Nunca supo quién era esa persona hasta que supieron que Daemon lo estaba esperando en Harrenhal. Esa noche la tomó aún embarazada y pronunció el nombre de Lucerys Velaryon.
Entonces supo que el Matasangre había amado a su desafortunado sobrino bastardo. Que toda su devoción y el amor depositados en ella eran el reflejo de su mayor culpa sobre el pobre niño que mató con la monstruosa Vhagar. Él se lo contó un par de veces, como se sentía tan mal por ese accidente porque realmente no había sido su intención. Ella no le creyó pero ahora sabía que era verdad y era porque lo amaba.
El día que partieron, ella rompió el hechizo y ya era muy tarde para que le hiciera nada cuando se dio cuenta que no tenía más la cara de su precioso príncipe bastardo. Se regodeó mientras veía los dragones luchar desde la Torre de la Pira Real y casi rio cuando la monstruosa Vhagar y él habían sido derrotados.
Irónico que el Matasangre fuera asesinado por su tío, quedara por completo ciego con la espada de su tío y cayera de Vhagar como su precioso Lucerys cayó del suyo. Acarició su vientre al irse, pensando en cómo haría que este niño se sentara en el trono de Harrenhal y después en el trono de hierro y haría que ella la subiera a lo alto como reina madre.
