Chapter Text
Temporada 4
Capitulo: 080
Título del episodio: "Amor de verano"
—¡Y acción! —Fue la orden del director.
Arnold sabía su papel, que en realidad era bastante sencillo; él solo debía fingir que se ahogaba y esperar a que las llamadas "Nenas de la Bahía" lo sacaran del mar. El chico agitó sus brazos y tomó un poco de aire para poder hundirse y darle más realidad a la escena, esperó solo unos segundos bajo el agua hasta que sintió como era alcanzado por dos pares de manos, el primer par bajo sus brazos y el otro par sujetaba sus tobillos, se dejó cargar mientras mantenía los ojos cerrados durante el trayecto que lo llevaría de vuelta a la orilla.
Tanto el robusto actor como Helga dejaron con cuidado al preadolescente sobre la arena. El hombre se hizo a un lado para que su compañera, una joven con el cabello de color castaño y curvilínea figura, pudiera hacer su actuación, la cual era darle respiración boca a boca al supuestamente ahogado muchacho.
Helga se quedó a los pies del rubio, mirando curiosa como la joven actriz rápidamente tiraba la cabeza de Arnold hacia atrás a la vez que tapaba la nariz del chico para luego tomar una gran bocanada de aire y soltarla dentro de los labios del preadolescente.
Ante la acción de aquella intrusa y sin razonar que estaba frente a un montón de extraños (los cuales estaban grabando todo lo que sucedía) se abalanzó para empujar a la mujer que tenía sus sucias garras sobre su chico y con un único pensamiento en mente el cual era: que nadie besaba a Arnold más que ella, le grito a la mujer.
—¡A un lado, Barbie! —La chica se señaló a sí misma para dar más énfasis a sus palabras—. ¡Este es mío!
Arnold, con los ojos aún cerrados, no entendía por qué la mujer había dejado de darle aire ni mucho menos el tono brusco de Helga. ¿Qué era de ella? y ¿A qué se refería con eso? Dejó de seguir buscando algún pensamiento lógico cuando repentinamente la luz dejó de atravesar sus párpados sintiendo como la niña posaba sus labios y cuerpo sobre él, provocando que sus rodillas se crisparan de la sorpresa.
El chico no pudo evitar abrir los ojos, a pesar de que se suponía que aún no debería haberlo hecho, buscando en todas direcciones e intentando entender que era lo que pasaba, que alguien le aclarará que estaba sucediendo porque él no podía hilar las ideas y cuando por fin pudo armarse de valor para observar directamente a la chica sobre él (y para su buena o mala suerte), fue en el mismo segundo que ella también abrió uno de sus ojos para mirarlo directamente; estaba tan cerca que podía ver que tan profundo era el azul de su iris. ¿Cómo se suponía que debía reaccionar ante la chica que hace unos días había jurado odiarlo? Y ahora, ¡ella lo estaba besando! Porque eso es lo que ella estaba haciendo, no era lo mismo que con la actriz que solo sopló aire a su boca. ¡Helga lo estaba besando! Podía sentir cómo sus labios hormigueaban ante la presión, comó su tibio aliento entraba por su boca y cuando jadeó en busca de aire no pudo evitar absorber el dulce sabor del mantecado que ella había estado comiendo ni pudo dejar de ser consciente que su mano tocaba su hombro y una de sus piernas estaba atrapada entre las de ella porque, Helga, aún seguía encima de él consumiéndolo, besándolo y él aún no podía creerlo.
Todos los presentes miraban la escena, asumiendo que era parte de la actuación. El director se acercó a los preadolescentes, buscando el momento perfecto para detener la grabación. Si bien no era lo que tenía pensado en un principio, el boca-a-boca de los chicos encajaba perfectamente con el episodio, y dejaría que durase lo suficiente para poder eliminar el RCP con Tracy.
Cuando el hombre obtuvo lo que quería, señaló el final de la toma.
—¡Y corte! —Al ver que la niña seguía, insistió para que se detuviera, ya no era necesario desperdiciar más cinta—. Dije corte, jovencita. Ya tenemos la toma. Apaguen las luces y vámonos de aquí.
Cuando Arnold se vio libre de Helga, se intentó sentar, pero aún aturdido y con el corazón latiéndole en los oídos, cayó de espalda sobre sus codos. Miró a la chica que estaba sentada sobre sus rodillas frente a él e Intentó decir algo, pero su cerebro en algún momento había dejado de funcionar, haciéndolo sentirse mareado.
INICIO DE LA ESCENA
Después de tan solo unos eternos segundos en pausa, Arnold por fin pudo coordinar lo suficiente para hablar y soltar lo primero que se le vino a la mente.
—¿Helga, por qué me besaste?
La chica, que también estaba sorprendida por su imprudente acción, bajó la vista llevándose la mano al brazo mientras intentaba inventar alguna explicación lo suficientemente creíble, porque a pesar de que no se arrepentía de besarlo aún no estaba lista para decirle la verdad al chico que tanto amaba. Por lo mismo espero unos minutos hasta que se sintió lo suficientemente preparada para expulsar una improvisada y loca mentira.
—Arnold, mira. Yo… — Rayos, no es tan fácil mentirle cuando sus maravillosos ojos verdes intentan buscar en mi alma y por ese mismo pensamiento buscó enfocar su mirada en algo que no fueran sus ojos, decidiendo que fijar la vista por sobre su maravillosa y ovalada cabeza era más fácil para improvisar, pero antes de poder hacerlo notó casi inmediatamente que algo faltaba entre sus rubias hebras—¡Arnold! ¿Dónde está tu gorra? —preguntó preocupada sabiendo lo importante que era ese accesorio para él.
—¿Mi gorra? —El joven muchacho se llevó las manos a la cabeza, notando su falta. Luego revisó sus bolsillos, con el corazón acelerado. Al no encontrarlo, empezó a remover la arena a su alrededor, pero… ¡No estaba! Uno de los pocos recuerdos que tenía de sus padres había desaparecido.
Helga observó la búsqueda frenética del chico y también empezó a tantear entre la suave arena, pidiendo de corazón que no se haya perdido en el mar. Cada uno estaba tan concentrado en encontrar el objeto perdido que no notaron que habían quedado de rodillas frente a frente hasta que sus manos se toparon.
Por un momento quedaron perdidos en los ojos del otro, hasta que Arnold apartó la suya para seguir con su tarea. Helga se llevó la mano al pecho preocupada por la melancolía que cruzaba las facciones del muchacho.
—¿No se lo habrás dejado a tu abuelo o abuela?
Arnold abrió los ojos sorprendido para luego recordar que no había hablado con nadie aparte de Summer o Helga durante toda la mañana. ¿Cómo pudo haber sido tan descuidado?
Miró la puesta de sol desconsolado, si había dejado caer su gorra en el mar dudaba que algún día la pudiese encontrar.
—Arnold, yo lo siento. Si no te hubiera hecho participar en la competencia, tu gorra no se hubiese perdido.
—No es tu culpa, si yo no hubiese estado tan enceguecido con la atención de Summer, nada de esto hubiera pasado. Tú solo intentaste ayudar. —Arnold posó su mano sobre el hombro de la chica—. Gracias y no te preocupes, estaré bien.
—¿Quién dijo que me preocupaba por un tonto cabeza de…? —La chica notó como la sonrisa, supuestamente tranquilizadora de Arnold, no llegaba hasta sus ojos y se sintió mal por querer disfrazar su preocupación—. ¿Seguro que estarás bien?
—Sí, Helga. —Tomó una pausa antes de continuar—. Ve con tu familia; deben estarse preguntándose donde estarás.
Ella solo pudo observar como la triste figura del preadolescente desaparecía entre las otras personas, quienes también se iban del lugar.
—Como si al gran Bob o a Miriam les preocupara lo que hago— susurró a la nada. Helga se llevó la mano a la cabeza, se frotó fuertemente desordenando sus cabellos para luego llevarse la mano a la barbilla—. Vamos, niña, piensa. ¿De qué manera puedo encontrar esa gorra? Pronto oscurecerá y ya no habrá manera de recuperarla—. Miró a su alrededor y se dio cuenta que ya todos estaban casi listos para marcharse y solo quedaban un par de actores. Segura de estar completamente sola, sacó su medallón para poder monologar tranquilamente.
Oh mi dulce amado,
Dejas tus huellas por la arena,
Adolorido por tu pérdida.
Oh dulce Arnold,
Con tu idiota presencia
Haces que mi corazón se estremezca.
Dime, pobrecito mío,
¿Es tan preciada tu gorra que hace que tu sonrisa sea solo una mueca triste
Y no los candorosos labios que pude disfrutar por tan solo unos instantes?
Pero no temas, querido mío,
Encontraré el objeto de todos tus afectos
Para que recuperes tu alegría y quizás
Darme de beber nuevamente de tu aliento,
Para llegar a las profundidades de tu amor por mí.
—Espera… ¿Profundidades? ¡Lo tengo! —La chica chasqueó los dedos mientras esbozaba una gran sonrisa—. Con mi equipo debería ser capaz de encontrar la gorra de mi amado. —Con el plan en mente la niña rubia corrió a buscar lo necesario para poder encontrar el objeto perdido.
Luego de su alocada travesía y de que su esposa volviera a ponerse su bañador, los abuelos de Arnold por fin estaban de vuelta en la casa de la playa. En el camino se encontraron con Ernie quien les conto sobre su alocada aventura y de algunos sucesos que ocurrieron mientras ellos no estaban. Phil observó a la distancia a su joven nieto el que estaba sentado con los codos en las rodillas y dejando descansar su cabeza sobre sus manos en el sofá de mimbre del pórtico. Él conocía esa postura del chico; lo más probable era que estuviera atravesando otro de sus problemas juveniles.
El hombre se acercó cauteloso y se sentó en la vaya de madera que dividía a ambas casas antes de hablar.
—Chaparrito, ¿qué sucede? —Esperó unos segundos, pero al no obtener respuesta se aclaró la garganta para llamar la atención de su nieto, el cual seguía perdido en sus pensamientos—. ¡Oye, Arnold! ¿Qué pasa?
Al notal repentinamente la presencia de su abuelo, el chico se sobresaltó, sin embargo, pronto volvió a su estado de melancolía actual.
—Me contaron que ganaste el concurso de castillos de arena y participaste en ese extravagante y juvenil programa de salvavidas. ¿Pasó algo malo?
—Olvidé sacarme la gorra antes de entrar al mar, abuelo. —Arnold se pasó las manos por la cara afligido antes de continuar hablando—. Me di cuenta muy tarde que ya no la traía conmigo.
El abuelo de Arnold vio de reojo como una mancha rosa salía de la casa gemela y corría en dirección a la playa. De seguro que lo que está tramando esa niña está relacionado con Arnold, pensó antes de volver a mirar al chico.
—Tranquilo, Arnold. Ya habías pasado por esto antes. ¿Y recuerdas mi consejo?
—Sí, abuelo. "Eres lo que eres por lo que tienes adentro y no por el exterior".
—No. Ese no. Me refiero a que nunca comas frambuesas.
—Abuelo…
—Era una broma, hombre pequeño. ¿Sabes? Tengo cierta corazonada que todo saldrá bien.
Arnold miró al hombre mayor, esperanzado.
—¿Lo crees?
—Claro que sí, Arnold. Claro que sí. Ahora, ven que es hora de cenar. —Le dio una palmadita en la espalda al niño—. Por cierto, ¿te dio alguna de esas nenas de la bahía algún boca-a-boca para recordar?
Ante la pregunta del abuelo, Arnold se llevó la mano tras el cuello para frotarlo y sonrió avergonzado mientras asentía recordando los labios de Helga.
—Ahhh, con que eso es un sí. Me aseguraré de grabar el episodio —dijo el hombre riéndose entre dientes haciendo que el joven se sonrojara aún más.
Después de volver a ponerse parte de su equipo y aún con el bañador que le había regalado la producción, Helga, había estado buscando por más de media hora, sin embargo, aún no tenía ningún rastro de la gorra del chico. Ella destacaba por ser una muy buena nadadora, aunque con todos los sucesos del día ya estaba agotada; quizás lo mejor sería rendirse, cuando algo color celeste captó su mirada: unos cuantos metros más allá entre las rocas estaba lo que parecía ser la gorra de Arnold.
Ella sabía que debía salir a tomar un poco más de aire antes de continuar, pero si lo hacía, perdería su objetivo, así que tomó el riesgo y se adentró lo más posible para alcanzarla. Estaba solo a unos milímetros cuando no pudo aguantar más la respiración.
El chico estaba por empezar a comer su cena, cuando uno de los inquilinos entró de manera estruendosa gritando su nombre.
—¡Arnold!
—¿Qué pasa, señor Hyunh?
—Esa amiguita tuya se está ahogando.
—¿Qué? —Por una fracción de segundo la mente del chico se quedó en blanco, pero pronto recordó que había dejado a Helga sola en la playa — ¡¿Dónde está ella ahora?! —Arnold se levantó asustado, con un muy mal presentimiento.
—En donde estaban realizando la film…
Antes que el hombre pudiera terminar de hablar, el chico corrió aterrorizado, rogándole al cielo que no dejara que nada malo le sucediera a Helga.
Para buena suerte de Helga, el salvavidas de turno había estado atento a la preadolescente que se había metido poco antes que oscureciera. El hombre, al notar que era una buena nadadora, la dejó permanecer un poco más antes de llamarla para que se retirara, después de todo, los chicos estaban de vacaciones; no había nada de malo en que la niña disfrutara de los últimos rayos del sol jugando. Pero cuando la chica no salió después de estar muchos minutos bajo el agua, el hombre dio la alerta indicando que había una emergencia.
El salvavidas corrió a la orilla, con su equipo, lanzándose mar adentro acercándose con rápidas brazadas al lugar donde fue la última vez que vio salir a la chica a tomar aire, antes de sumergirse inhalo todo el aire que pudo para explorar las profundidades.
Arnold nunca había corrido tan rápido en su vida e incluso estuvo a punto de caerse un par de veces antes de llegar a la multitud que se aglomeraba a observar cómo se producía el rescate de una pequeña niña. Tuvo que empujar a unos cuantos para abrirse paso hasta la orilla del mar, pero fue detenido por un paramédico antes que pudiera acercarse lo suficiente.
—¡Necesito pasar! —exclamó angustiado, viendo el cabello rubio sobre la arena.
—Lo siento, niño, es área restringida.
—¡Pero es mi amiga! Por favor, déjeme pasar — pidió angustiado.
—Lo siento, chico, solo entorpecerías. Aún están intentando reanimarla. —El hombre se arrodilló a la altura del rubio para hacerle entender, pero no anticipó que el preadolecente le daría un empujón para poder pasar.
No había tiempo para disculparse, Arnold, necesitaba acercarse donde estaba Helga lo antes posible.
—Hora de la muerte: diecinueve horas con treinta y tres minutos. —Fue lo primero que escuchó el chico al llegar al lado de uno de los paramédicos.
—No puede ser… —susurró Arnold aterrorizado delatando su presencia a las personas que estaban en el lugar.
—¿Niño, que haces acá? No puedes estar aquí.
—Esa chica, yo la conozco…
—Oh. —fue lo único que pudo decir alguno de los hombres ante la mirada descorazonada del jovencito.
A pesar que había localizado rápidamente a la niña que estaba inconsciente bajo el agua, de su rápido actuar e incluso de haber aplicado RCP. El hombre no había podido salvar a Helga.
Tanto el salvavidas y el personal de paramédicos se miraron preguntándose ¿Qué le podían decir a un niño que observa a su amiga muerta? Ellos intentaron hacer todo lo posible, pero no pudieron volver a la vida a la niña, era muy tarde. Dar malas noticias era la peor parte de su trabajo.
Arnold se acercó a la pálida niña dormida, dejándose caer de rodillas a su lado para llevar su mano hasta su mejilla notando como su piel estaba completamente pálida y helada también notó que tanto sus parpados como sus labios estaban un tanto azules, pero aún así no quería creer que ella pudiera estar…
—Por favor, Helga. Despierta… vamos, no es hora de tus bromas… estas personas… no te conocen y no saben lo mucho que te gusta hacer jugarretas — el preadolescente acariciaba inconscientemente la mejilla con su pulgar mientras le daba una sonrisa temblorosa, podía sentir el sollozo subir desde su pecho hasta su garganta, él estaba evitando a toda costa soltar las lágrimas que quemaban bajo sus parpados.
El corazón del salvavidas se rompió aún más al escuchar la voz acongojada del niño. ¿Por qué dejó seguir jugando a la chica? Se preguntó culpándose.
—Vamos, chico. Lo siento, pero no hay nada más que hacer. ¿Puedes decirme como contactar a sus padres? —pregunto uno de los hombres intentando ser profesional.
—¡No! Ella solo está bromeando, es lo que ella hace siempre, pero si esperamos unos segundos… Ella despertará para decirme "¡Apártate, Cabeza de balón!" Y se reirá de nosotros por haberla creído —respondió aferrándose a ella.
Otro de los paramédicos que había estado escuchando al niño tuvo que interceder.
—Chico, esto no es un juego; el hombre que está a tu lado es un salvavidas calificado. Él hizo todo lo posible por salvarla, ya no hay nada más que hacer.
—¿Salvavidas, dice? —Arnold enfurecido apretó sus puños y arremetió contra el hombre que observaba sombrío y agobiado, por la culpa, a la pequeña durmiente—. ¿Y no se supone que su labor es salvar vidas? Pero ella…ella ya no lo está más—. Y a pesar de sus palabras él se negaba a creer que ella estuviera muerta ¿Una vida sin Helga? Ni de broma, no podía imaginárselo, no quería imaginarlo se dijo sintiendo como las lágrimas calientes bajaban por sus mejillas y aún conteniendo el sollozo desgarrador que luchaba por escaparse de su boca.
—Lo siento… —El hombre bajó la cabeza una vez más; en todos sus años de rescatista era la primera vez que una vida se le iba de las manos, si tan solo no la…
—¿Lo siento? ¿Eso es todo? — preguntó el chico, molesto, mientras se limpiaba las lágrimas con el antebrazo para luego golpear con el índice en el pecho al hombre frente a él—. ¿Crees que eso la traerá a la vida? ¿Eh? Respóndeme. —Al solo obtener silencio del hombre el preadolescente agregó con rabia—: Es solo un inútil…
La multitud observaba la escena apesadumbrada, nadie podía culpar al niño por perder el control.
—Chico, basta. Necesitamos comunicarnos con sus padres. Entiendo lo doloroso que es perder a un ser querido, pero necesitamos hacer esto más fácil para su familia. Deben estar preocupados por ella… —El paramédico necesitaba continuar con su trabajo y llevarse a la niña a la morgue para entregársela a sus parientes y que estos le pudiesen dar sepultura.
—¡Nadie se preocupa de ella más que yo! —gritó enojado, con los hombros temblando de dolor, vocalizando algo que siempre había estado en su mente— Ellos apenas la notan, su padre la llama por el nombre de su hermana y su madre siempre esta distraída. Si se la llevan ahora, si no la salvamos, nadie más que yo la recordará. ¿Por favor, podemos intentar revivirla una vez más? Preguntó aferrándose esperanzado a que el corazón de Helga volvería a latir, él no podía dejar que ella se fuera de su vida, recién estaba empezando a comprender lo que ella le había confesado tan solo unos meses atrás.
Ambos hombres sabían que no funcionaría, sin embargo, no podían dejar de cumplir la solicitud del chico que estaba sufriendo y no era capaz de aceptar la verdad, después de todo era solo un niño.
Las personas observaban la escena con lágrimas en los ojos, la preadolescente rubia ya estaba muerta y no sentiría el dolor de la pérdida, pero ¿quién consolaría al chico? Esperaban que sus padres le dieran el suficiente apoyo para superar su pena.
Arnold se hizo a un lado para que el hombre pudiera ejecutar la maniobra de respiración, pero nada sucedía, se sintió molesto y recordó la escena de tan solo una hora atrás. Así que empujó el hombro del hombre para decir:
—¡A un lado, Ken! —El chico se señaló a sí mismo para dar más énfasis a sus palabras—. ¡Esta es mía!
Llenó de aire sus pulmones para expulsarlo en la boca de la chica. A diferencia de los labios suaves, tibios y con sabor el sabor al mantecado que anteriormente lo habían besado, estos estaban secos, fríos y salados. Arnold repitió un par de veces más la acción, antes de sentir que un par de brazos lo intentaban alejar. Se resistió con fuerza, pero cuando el tiempo pasaba y ella no reaccionaba, estuvo a punto de ceder hasta que sintió el aliento tibio de Helga emergía de entre sus labios.
La multitud jadeó asombrada al ver como la chica luchaba por respirar mientras expulsaba el agua de su boca. Había sucedido lo impensable y la chica había vuelto a la vida en mano de un extraño niño con cabeza de balón.
—Espera, espera, espera… ¿Estás diciendo que estuve muerta por un par de minutos? Y qué tú… ¿me reviviste? —pregunto incrédula Helga mientras caminaba de la mano de Arnold, quien desde que había "Revivido" se negaba a soltarla.
—Bueno… — el chico se sentía un poco avergonzado en tanto recordaba su estallido anterior al pensar que la perdería, pero definitivamente no se arrepentía de haber hecho todo lo posible para que Helga estuviese ahí caminando a su lado y sin darse cuenta estrechó con fuerza el agarre de su mano.
Ambos niños rubios caminaban juntos en dirección a la casa gemela de la playa, después que el paramédico checara los signos vitales de la chica y les diera una manta para el frío a los dos que aún estaban solo en sus trajes de baño, dejando que ambos se marcharan juntos, aunque no sin advertirles que ya no era hora para que estuvieran jugando y mucho menos volvieran a entrar al mar.
—¿Entonces, melenudo? ¿Me contarás qué pasó o no? — insistió Helga al notar que el preadolescente de un momento a otro se había perdido en sus pensamientos y casi arrastrándola hizo que ambos se devolvieran al lugar donde aún se encontraba el salvavidas que la había rescatado de las aguas.
—Espérame un momento aquí, Helga —le dijo a la joven mientras soltaba de su mano.
Arnold se acercó al hombre quien lo observaba curioso por su repentino regreso.
—Yo solo quería pedirle perdón por haberlo empujado y haberlo llamado inútil, después de todo, si usted no se hubiera dado cuenta que se estaba ahogando, ella no estaría con vida — se disculpó con humildad el niño reconociendo su ayuda.
El hombre estuvo a punto de contestar con el fin de tranquilizar, cuando el repentino grito de los fuertes pulmones de la chica que estuvo a solo una decimas de morir ahogada lo interrumpió.
—¿Qué esperas, estúpido Cabeza de balón? ¡Vamos!
Al escuchar el apodo con el que era llamado el niño, el hombre enarcó una ceja, divertido.
—¿Cabeza de balón?
—Sí, bueno…
—Ve y no hagas esperar más a tu amiguita.
—Gracias, nuevamente. —El chico agitó su brazo en despedida—. ¡Nos vemos!
Cuando llegó al lado de Helga, estuvo a punto de tomarle la mano nuevamente, aunque antes que lo pudiese hacer esta se alejó corriendo en la misma dirección desde la que él venía, y pudo verla saltar para darle un gran beso en la mejilla al hombre quien solo pestañeó sorprendido por la repentina acción de la chica que tan rápido como llegó se marchó.
—Bien, ¿y qué esperamos?
Arnold rio divertido para caminar nuevamente de la mano junto a la chica, la cual dio solo un par de pasos antes de detenerse una vez más.
—Por cierto, melenudo. Toma y no lo vuelvas a perder. —Arnold miró curioso el arrugado objeto color celeste que le tendía la chica.
Abrió los ojos sorprendido. Al comprender lo que era y sin siquiera pensarlo, abrazó a la niña frente suyo, pero antes que esta lo pudiese empujar, él se separó molesto.
—Nunca más lo hagas, Helga. —Arnold frunció el ceño enojado, el cual se hizo más profundo al ver el gesto despreocupado de ella.
Posó sus manos en la cara de la chica para que esta no pudiera desviar la mirara.
—Lo digo en serio; nada vale más que tu vida.
Helga estuvo a punto de replicarle con una frase burlona, pero se detuvo, y al notar la seriedad y preocupación surcar su rostro, cedió.
—Está bien, si tanto te importa, Cabeza de balón, pero no estoy prometiendo nada.
—Helga… —¿Acaso nunca podía ganar con ella?
—Está bien, está bien. Lo prometo, pero ya solo toma tu estúpida gorra.
—Lo que tú digas, Helga.
—Sí, sí, sí. Lo que yo diga. Ahora me explicarás como se supone que pasé a estar supuestamente muerta y ahora estoy aquí caminando a tu lado.
—A eso. —Arnold ruborizado recordó sus acciones y solo pudo inventar algo sobre la marcha—. ¿Te he contado que soy bastante milagroso?
—¿Qué quieres decir con eso?
—Pues déjame contarte, mi querida Helga, que yo nací en medio de una erupción volcánica.
—¿Estás bromeando? ¿No te habrás creído otra de las locas historias de tu abuelo?
—Una vez me contó una historia que era verdad.
—¿Y cuántas otras han sido mentiras?
—Lo que tú digas, Helga.
El chico avanzó un par de pasos dejando atrás a la niña.
—Espera, Arnold. ¿No me contarás lo que pasó?
Vio al chico emprender la carrera a la casa.
—Solo si me alcanzas.
—Espera, estúpido Cabeza de balón. Eso no es justo.
—Nadie dice que la vida es justa, Helga.
—No puedes decir eso. ¡Tú eres el eterno optimista!
—Alguien debe serlo... —Arnold se detuvo de la nada, haciendo que la chica chocara con él—. Por cierto, ya que mañana es el último día de vacaciones, ¿quieres pasarlo conmigo?
—¿Quién dijo que quería perder mi tiempo contigo? —La chica se cruzó los brazos molesta, pero Arnold solo la miró fijamente, poniéndola nerviosa y obligándola a admitir lo que su corazón anhelaba—. Está bien, está bien, pero nada de baratijas.
—Lo que tú digas, Helga. Lo que tú digas.
—¿Puedes dejar de repetir esa frase? Me está comenzando a molestar.
—Lo que tu… —Se detuvo al notar la mirada molesta de Helga—. Está bien, está bien.
—Ahora que estamos de acuerdo, ¿podemos ir a comer? Estoy que muero del hambre.
FIN DE LA ESCENA
