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El tren de la tarde se detuvo y un hombre de largas piernas, sonrisa brillante y una simple mochila descendió, listo para poner a ese pueblo de cabeza. De todos los pasajeros, Zhao Yunlan destacó por ser el primer rostro nuevo que ese pueblo veía desde la llegada del profesor de la escuela hace unos años.
Voces corrían diciendo que era un turista por la falta de equipaje y como simplemente había pedido una habitación en el único hotel que tenían. Mas equivocados no podían estar.
El hombre compró la solariega casa que había estado en venta por meses, cosa que según el anterior dueño demostraba que debía tener algo de dinero. Esto también probó ser erróneo cuando pidió trabajo en la ferretería del pueblo, pues el hombre apenas había podido pagar el depósito y comprar para la comida de la semana antes de quedarse sin fondos, según contó el viejo señor Yu, su nuevo jefe.
El hombre no pudo destacar más ni si se hubiera puesto un cartel de neón sobre la cabeza. Rápidamente la gente que había estado caminando a su alrededor sobre cáscaras de huevo encontraron en el hombre a un vecino servicial, con una mano amiga siempre extendida hacia quienes la pedían y una sonrisa en su rostro que alegraba el día de cualquiera que la viera por lo brillante y libre que era.
Se volvió el hombre más desvergonzado, ruidoso y brillante que ese pueblo vio en años. Los cafés y las reuniones vecinales se llenaron de su ruidosa risa, sus bromas y su calidez y la gente empezó a orbitar a su alrededor sin esfuerzo.
Semanas pasaron para que ocurriera “el evento” como lo llamaron las personas mayores del pueblo.
El profesor que había llegado hace unos años y que no parecía envejecer un solo día y el risueño trabajador y brillante vecino, finalmente se encontraron. La conexión fue instantánea y todos pudieron verlo en el momento en que el profesor lo invitó a bailar.
Como si hubiera un hilo rojo que los unía, las miradas anhelantes, las atenciones para con el otro y los toques casuales empezaron. Zhao Yunlan desde que llegó probó ser amigable con todos, pero cada persona pudo ver como desde esa tarde ponía especial esfuerzo en estar siempre para Shen Wei y esto era recíproco. El profesor cayó como todos por él, pero indudablemente lo hizo más fuerte. Adoraba el piso sobre el que el sonriente hombre caminaba, pero eso no hacía que dudara en detenerlo y decirle las cosas cuando debía.
El amable y tranquilo profesor parecía haber encontrado a su par finalmente. Ninguno de ellos tenía idea.
Vidas enteras sus almas habían estado entrelazadas por una promesa: “No importa que tanto tiempo tome, no importa dónde vayamos, habrá un día en el que nos volvamos a encontrar”.
Una vida tras otra, habían vuelto a encontrarse y habían estado juntos de miles de maneras. Esta vez no fue diferente. Su relación cambió como las estaciones, de mejores amigos a amantes, de amantes a esposos y de esposos a compañeros de vida.
Los años pasaron, Zhao Yunlan se ganó su lugar en ese pueblo por derecho propio. Cada que la gente lo veía en la plaza, en las calles, en el templo, siempre el hombre a su lado lo miraba con adoración, como si sostuviera las mismas estrellas, como si él mismo fuera su universo.
El pueblo quedó estancado en el tiempo y eran felices así, la gente era amable con todos los que llegaban y con los que se iban, y la vieja pareja no podía ser más feliz. Hubo un momento en el pueblo de tristeza, sin embargo, el tren que había traído a muchos y llevado a otros tantos dejó de funcionar un día y nunca más se puso en marcha. El tren que trajo a Zhao Yunlan a casa se había apagado el mismo día que Shen Wei cumplía los cincuenta años.
Fue también en ese año que el mejor amigo y compañero de vida de Yunlan finalmente empezó a mostrar signos de su edad, su cuerpo y alma al fin pudieron tomarse la libertad de envejecer a su lado.
La inmortalidad de aquella promesa seguía latiendo, como el corazón de ambos cada que se veían, cada que se pensaban.
Shen Wei dio su último suspiro horas antes que Zhao Yunlan, y él, pidió a su amado profesor en su lecho que lo esperara, prometiendo que lo alcanzaría pronto. Y como cada promesa hecha al otro desde la primera vez, la cumplió feliz de poder reencontrarse con quien fue y siempre sería, su alma gemela.
