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Ojos de Piedra

Summary:

Es un dicho bien conocido en Arda, aun con lo cerrados que suelen ser los hijos de Mahal con su cultura, que cualquier enano que conociere a su Único cuidará de él como a la joya más preciosa de todas.
Nori estaba seguro de que él no tenía un Único.
A pesar de haber viajado a lo largo y ancho de Arda, Nori nunca sintió nada, ni una pista, lo que lo llevó a aceptar que él no encontraría una joya de quien pudiera cuidar.
Y eso estaba bien, podía concentrarse en cuidar de su familia.
Tres veces tuvo Nori una punzada. Dos de ellas falló en su encomienda.
—Es posible, maestro enano. Recuerde siempre que la tercera es la vencida.

O, donde Eru ve lo que los demás Señores han hecho en sus propios mundos y decide que sería divertido que los Valar aprendan un par de cosas sobre programación.
Alguno tendrá que cometer un error. Lady Nienna decide aprovecharlo.

Notes:

Nota de autor: Escrito en español hasta que aprenda algunas cosas extras en mi clase de inglés.
Italika para las palabras/ pensamientos en español.
Texto normal para Palabras/textos en inglés/Oestron.

Chapter 1: Prisión

Chapter Text

Nori observaba, aburrido como de costumbre, el pasillo de la prisión desde la celda en la que había sido confinado. Había pasado una noche, más allá de los ronquidos estridentes y las malas compañías, demasiado monótona para ser considerada buena pero lo suficientemente cómoda para ser tachada de pésima. Ahora, planeaba marcharse, así que tenía que vigilar.

Unas horas después de despertarse, todo sucedió. Rompió la monotonía, acabó con el descanso de todos. Luchando por hacerse oír por los guardias de la prisión, una cría humana se retorcía y refunfuñaba tanto que era difícil entenderla.

Nori la observó en silencio, encontrándola más interesante que el resto de sus malolientes y toscos vecinos, con su ropa ligeramente desigual (una camisa rosa desteñida y unos pantaloncitos de lino gris azulado que parecían demasiado finos incluso en la oscuridad de la prisión) y sus rizos castaños esparcidos alrededor de su rostro moreno e infantil. Y luego estaba su voz. Ah, sí, esa vocecita demasiado firme y exigente con la que gritaba muy educadamente a cualquiera que pareciera superior a ella que le explicara por qué la habían encerrado.

Sí, Nori entretuvo su curiosidad con la chica humana el primer día, sintiéndose un poco desconcertado cuando llegó la noche y se dio cuenta de que nadie había venido a buscarla. Incluso Dori le visitó la primera vez que estuvo en la cárcel, y la siguiente, y la siguiente. E incluso cuando no tenía dinero suficiente para pagar su fianza, siguió visitándole hasta que ya no lo tuvo. La chica que estaba dos celdas a la izquierda delante de él no parecía haber pisado una cárcel en su vida. Mahal, ni siquiera parecía capaz de ningún delito más allá de ser potencialmente molesta como una espina en el zapato.

La observó en silencio el primer día. La primera noche la oyó ahogar sus gritos y la vio temblar contra la pared de piedra de la que estaba hecha su celda. El segundo día transcurrió de forma parecida al anterior, salvo que la niña dejó de gritar y se concentró en cantar en silencio las canciones más extrañas que Nori había oído en su vida (porque Nori supo más tarde que cantaba sus extrañas canciones en su extraño idioma cuando necesitaba recordar su hogar, o cuando necesitaba recordar lo que era sentirse feliz). Pero Nori no lo sabía en aquel momento, y por eso, una vez que oscureció y los coros de ronquidos estaban en su punto álgido, cuando Nori sacó su moneda de la suerte para repasar los bordes y sentir el grabado contra su piel y la perdió por un reverendo descuido estúpido, se sorprendió al comprobar que la chica estaba despierta.

Y más que despierta, de hecho.

Nori corrió para alcanzar la pequeña moneda de cobre que rodaba fuera de su celda, a través de los barrotes de hierro, a lo ancho del pasillo frente a él, hasta que estuvo frente a la dichosa celda dos celdas a la izquierda de la que estaba frente a la suya. Maldijo en voz baja, dando por perdida la única cosa que una vez perteneció a su madre y que se había permitido guardar celosamente. Ahora estaría perdida, después de tanto tiempo, y en manos de un ladrón sin nombre o de un guardia con demasiada suerte. La joya que su madre había llevado desde Erebor a través de media Arda estaba finalmente perdida.

Tan absorto estaba en su diatriba interior que no reparó en la pequeña mano que surgió de la bruma sombría y acunó el objeto de sus pensamientos entre sus delgados dedos. Apenas reaccionó cuando la vocecilla le llamó desde el frente (Umm, señor enano, su... bueno, aquí va) y, obediente, hizo rodar la moneda hasta que aterrizó con un suave tintineo frente a su celda, al alcance de una mano. Y así fue, Nori alargó la mano y recuperó su preciado tesoro justo después de pensar que lo había perdido para siempre.

Cuando el enano levantó la vista descubrió un par de finos ojos castaños que le observaban impasibles. Hizo una mueca, probablemente en un intento de sonrisa amistosa, pero parecía demasiado cansada para ser algo más que una mueca con grandes intenciones. Luego desapareció de nuevo en la penumbra de su celda para pasar el resto de la noche.

A la mañana siguiente, una de las celdas amaneció vacía.

Al anochecer, había dos celdas vacías.