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Sentados uno al lado del otro, el sol y la sangre, juntos para lamentar la pérdida de su nación, incluso si nunca la conocieron.
La guerra había terminado, dejando un sabor agridulce en las bocas de todos, y tras haber enterrado a sus amigos y camaradas, les tocaba enterrar a su clan.
Ellos dos, eran lo último que quedaba de un país entero. Ella, quien había sufrido por formar parte. Y el, que jamás se le dio la oportunidad de estar presente. Ambos eran lo único que quedaba del Clan Uzumaki, porque Konohagakure no tuvo la más mínima descencia de enseñarles a sus shinobis sobre sus compatriotas, o de siquiera enterrar los cadáveres carbonizados y nauseabundos de aquellos que habían sido sus aliados.
Pero luego tendrían tiempo para enojarse, luego podrían llorar y hacer una rabieta, pues los cadáveres putrefactos de los hombres, mujeres, niños y ancianos que rogaban por una sepultura digna en el mas allá. Porque nadie tuvo el mas mínimo escrúpulo para enterrar a los muertos, todo mundo decidió lavarse las manos y continuar con sus vidas, y ahora a ellos les tocaba pagar los platos rotos.
Ellos, de apenas 17 años, eran los responsables de preservar un legado que había muerto hacia muchos años atrás, eran los responsables de mantener vivos todos los recuerdo y tradiciones, toda la cultura del Clan Uzumaki, eran los encargados de enterrar miles de personas. Pero no había nada que pudieran hacer, pues esa era la carga que les había tocado.
