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Cada día todo estaba más caro. Una lata de sardinillas en aceite ya llegaba al euro y medio. Y si le sumaba una barra de pan... Casi le compensaba más la típica empanada de atún de tres euros, que por lo menos podía alimentar a dos personas y estaba recién hecha. Sí; era lo mejor…
Ace miró hacia los lados y se guardó con un giro de muñeca la lata bajo la chaqueta. Luego metió las manos en los bolsillos y recolocó todo lo que había robado con disimulo antes de agarrar la cesta de plástico rojo y huir del pasillo de conservas.
¿Cómo podía esperar alguien que fuese honrado si no hacían otra cosa que subirle los precios? No podía permitirse comer bien, ser legal y llenar el depósito de gasolina de la camioneta al mismo tiempo. Sobre todo, después de su segunda huida de casa y los gastos que implicaba. Y que volviese a dispararse el precio del combustible.
Ace chasqueó la lengua ante los cartones de leche. ¿Por qué la gente se pensaba que los intolerantes a la lactosa lo eran por decisión propia? ¿No podía tener la leche sin lactosa el mismo precio que las otras? Por ese día tiró la toalla y siguió con la lista de la compra. Era demasiado pesado como para llevarlo encima, de todas formas.
—Perdona, ¿la panadería?
La trabajadora de aquel pasillo dio un respingo al ser interrumpida mientras reponía el estante de las pizzas y, de hecho, Ace tuvo que agarrar dos carbonara al vuelo para que no le desmontasen la perfecta organización que había conseguido al otro lado de la tela del chándal gris.
—¡Oh, lo siento! Estaba concentrada y… —De repente agitó la cabeza y le quitó las pizzas para colocarlas en su sitio. Después se giró de nuevo hacia él. En toda esa secuencia no había dejado de apretar sus pequeños y rosados labios y fruncir el ceño—. Vale, si mal no recuerdo, está al fondo de este pasillo que ves, girando a la derecha. Limita con la carnicería, así que la encontrarás con facilidad. —Al final de su respuesta, le sonrió con calidez, dejando ver unos dientes blancos, rectos e impolutos que eran dignos de envidia. Por lo menos de la suya, ya que aún no había tenido tiempo ni dinero para ponerse el aparato.
Ace asintió, sin contener el alzar una ceja ante las propias dudas de aquella mujer. ¿Quizá era nueva? Si no era así, no comprendía cómo podía estar tan perdida en su propio trabajo.
—Muchas gracias.
—¡No hay de qué! —canturreó mientras terminaba con una de las cajas.
Su coleta larga y morada se agitó de forma divertida y a Ace se le escapó una sonrisa ante el recuerdo de su hermano, Luffy, tan vivaracho y enérgico como le pareció aquella mujer por un segundo.
Y pensaba marcharse de allí cuanto antes, pero entonces notó la intensa mirada de la reponedora sobre su espalda. Él se giró, con los brazos en los bolsillos y la cesta colgando del codo derecho. Ladeó la cabeza ante aquel escrutinio indiscreto y se puso nervioso al instante, sin saber si había notado que llevaba comida escondida bajo la chaqueta y enganchada a la hebilla del cinturón para que se equilibrase el peso. O quizá le estaba haciendo un escaneo general y criticando lo afilada que era su barbilla o algún otro desajuste de su cuerpo… Su cara de lástima solo consiguió empeorar el rumbo de sus pensamientos.
—¿Eres nuevo en la ciudad? ¿Quizá te interesaría ver las ofertas? ¡Las he colocado yo esta mañana, así que puedo llevarte ahora mismo!
O simplemente tenía cara de pobre y le daba pena…
A Ace se le escapó la risa por mucho que intentase disimularlo. Aunque no le gustaba que los demás sintiesen lástima de él, no tenía los ahorros suficientes para quejarse—. ¡Claro!, estaría encantado.
Ella terminó al instante con lo que tenía entre manos y le indicó con un gesto de sus pequeñas manos que la siguiese. Su sonrisa amable no se borraba de su redondo rostro, y parecía extenderse en el brillo vívido y relampagueante de sus ojos morados, aunque no dudaba que también era su expresión de trabajar de cara al público después de ver cómo cambiaba por completo cuando necesitaba concentrarse en algo. Avanzaba a grandes zancadas, con su cabeza girando en todas direcciones cada vez que se cruzaban con un nuevo pasillo. Escuchó su voz cantarina por lo bajo, como si estuviese recitando algo repetitivamente en un intento de memorizarlo. Ace no podía negar que aquello le provocaba ternura. Quizá haría lo mismo si estuviese en su posición.
Y entonces ella paró en seco y giró sobre sí misma en cuanto llegaron a unos grandes carteles de color rojo—. No sé exactamente qué necesitas, pero en esta zona están los productos de comida en oferta. También hay algunas promociones, pero están más repartidas por la tienda…
Ace frunció el ceño. Las sardinillas que tenía delante eran veinte céntimos más baratas que las que tenía bajo la chaqueta… Odiaba entrar a un nuevo supermercado y no conocer dónde estaban las cosas.
—¡Bueno, también hay productos que vamos a tirar! —exclamó ella de repente con una sonrisa nerviosa.
Ace no entendía a qué velocidad le acudían los pensamientos al cerebro. Después reflexionó que llevaba unos segundos mirando fijamente una lista de precios y a lo mejor se sintió culpable. El joven se echó a reír de nuevo y negó con la cabeza—. No te preocupes por mí. Solo estaba concentrado haciendo cálculos.
—De todas formas, si necesitas algo, pregunta por Lilya. Yo voy a estar en la caja, así que podremos ver —Bajó la voz hasta hacerla un susurro—… si te puedo echar una mano sin que me pillen.
Y tan rápido como apareció en su vida, desapareció. Ace no pudo evitar fijarse en su espalda desgarbada mientras se alejaba.
Había sido tan amable con él que incluso se sintió mal por estar robando… Estar robando tanto. En un intento de compensar su honradez, posó en uno de los estantes algunos de los productos que se había agenciado y seleccionó otros de allí. Todavía se sentía extraño al recordar la amabilidad de Lilya, aunque fuese por alguna clase de prejuicio. Sí, sus zapatillas de deporte tenían las suelas despegadas —el pegamento ya no servía de nada en una ciudad tan lluviosa—, a su mochila le faltaba una de las tiras y estaba cosida de mala manera y, como colofón, sus pantalones negros de chándal estaban rotos en su rodilla derecha tras una mala caída en su antigua moto.
Aquel trato lo había hecho sentir más desamparado de lo que ya estaba, pero no hubo maldad en sus actos. Intentó quedarse con los detalles positivos y hundir los malos pensamientos. Después de haber conocido a una buena persona lo último que necesitaba era encontrarle pegas.
Así fue como, una vez llegó a la caja para pagar —lo que podía—, le sonrió en cuanto sus ojos morados lo identificaron. Ella le correspondió, no sin antes observar a sus alrededores. No quedaba ningún cliente en la fila y la única otra caja que se encontraba abierta aún estaba alejada de ellos. Ace advirtió entonces que ya era muy tarde y seguramente él los estaba retrasando a la hora de cerrar por aquella jornada. La observó con curiosidad cuando se agachó y buscó algo debajo de la cinta transportadora.
—Toma —musitó tras subir una bolsa de la compra llena de productos que no supo identificar al otro lado del plástico blanco—. Me fijé en que estabas buscando leche sin lactosa y te aparté un par de briks que iban a caducar en dos semanas. También añadí dos cervezas y patatas y calamares congelados porque… ¿Por qué no? —Aunque estuviese susurrando, sus palabras vibraban y resonaban tanto en su interior como para conmoverlo. Aquella mujer tenía un corazón de oro, sin duda.
—No creo que merezca tantos detalles, Lilya. ¿Y si…?
—¡Pues entonces apúrate y vete! Yo ya tengo que cerrar la caja para recoger la tienda —bromeó, apuntando las puertas automáticas con el dedo índice. Ace suspiró y volvió a sonreírle.
—Muchas gracias por todo, de verdad. Algún día te devolveré el favor.
—Qué va, sin presiones… A todo esto —añadió una vez hubo metido en bolsas el último de los productos que se dignó a pagar Ace—, ¿tienes dónde quedarte en la ciudad? Conozco un apartotel muy barato en la zona.
—Oh, ya estoy en el… ¿Kincaid? Creo que se llamaba así.
Por un segundo, toda su dulzura desapareció y lo observó con ojo crítico. El silencio solo se rompía con los pitidos del escáner pasando por los códigos de barras. Ace retrocedió instintivamente, pensando que había dicho algo malo, pero Lilya lo notó y carraspeó antes de cambiar de nuevo a su rostro angelical.
—Perdón, pero es que yo iba a mencionarte ese justamente. Por un segundo pensé que eras… —Negó con la cabeza, zanjando el tema con una sonrisa amable—. Me iba a dirigir allí una vez terminase el turno…, que como siga a este ritmo va a ser nunca —bromeó entre risas. Parecía tener un talento especial para generar y aliviar la tensión en una conversación en cuestión de dos palabras y una sonrisa. Y entonces cerró la caja y comenzó a recoger.
El uniforme blanco con detalles azules le quedaría bien si no fuese porque parecía una enfermera con camisa. La combinación de colores y detalles no era la más adecuada para alguien con una piel rosada como la suya, pero era lo que tenían los uniformes, que… se repartían de forma uniforme. Ace sonrió ante su propia broma e Lilya lo notó, ya que alzó una ceja en su dirección y le devolvió la sonrisa. Sin duda era una buena chica. El pinchazo de los remordimientos le regresó durante medio segundo.
—Bueno, yo me he instalado allí con mi madre, así que debería marcharme ya para tener algo que cenar. Espero que coincidamos en el hotel cuando llegues. Me imagino que aún tendrás para un rato. —Lilya resopló y Ace se echó a reír. ¿Cuánto tiempo llevaba sin comportarse como un idiota y reírse por todo? Según sus cuentas, desde la última vez que había visto a sus hermanos.
—Te aseguro que nos volveremos a cruzar, así que no intentes ser caballeroso conmigo en este momento y vete, chico-que-aún-no-me-ha-dicho-su-nombre-a-pesar-de-que-le-acabo-de-entregar-la-cena.
—Es que te mueves tanto que ni recuerdo ser educado, perdona —comentó amablemente el joven mientras se apartaba el cabello castaño hacia atrás y le estorbase la vista con el flequillo. Sus ojos marrones desaparecieron por unos instantes cuando le sonrió y las pecas de sus mejillas se expandieron por su piel trigueña—. ¡Yo soy Portgas D. Ace, encantado de conocerte!
