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A Sus Pies

Summary:

El alcalde de Karmaland, Luzu, es un tirano. Un poderoso líder corrupto que poco a poco ha puesto a su gente en contra de sí mismo. Las rebeliones comienzan, y una de estás es encabezada por un desconocido fugitivo, Quackity.

Sin conocer su identidad, Luzu cae por Quackity. Con los ideales en contra y toda una revolución por comenzar, ¿habrá una forma de que Quackity también caiga a sus pies?

Chapter Text

Las hojas secas crujían bajo las pesadas botas del chico, quien era seguido a pocos metros por otra persona.

—¿Seguro que la viste por aquí?

Rubius bufó y asintió ante la ridícula pregunta de Alexby.

—Que sí, hombre. Hay una cabaña abandonada por aquí —dijo con total seguridad—. Y si encontramos al menos algo de oro en ella, ¿qué problema hay?

La crisis en Karmaland estaba cada vez peor, así que cualquier método para conseguir un poco de oro en los alrededores era cada vez más común y "correcto".

Sostuvo su navaja con fuerza y sonrió al mirar la cabaña a lo lejos. Decidió golpear el hombro de su acompañante suavemente.

—Te lo dije, idiota —murmuró con burla.

Alexby lo ignoró olímpicamente y se adelantó, pasando de largo a su compañero. Rubus aceleró el paso totalmente ofendido.

La estructura se veía vieja y desgastada, cubierta de telarañas y musgo. No parecía haber sido habitada hace mucho, pero la esperanza ya era algo que se predicaba a diario en el pueblo. Podían permitirse ser un poco optimistas.

Rubius caminó con cuidado por la madera que crujía bajo sus pies. Sostenía su arma, solo en caso de que alguien más se les hubiera adelantado y no fuera muy amigable. Alexby comenzó a revisar todos los cajones de la cocina, solo haciendo muecas de vez en cuando.

—Esto es asqueroso.

—Prefiero esto a morir de hambre, gilipollas.

De nuevo decidieron ignorarse mutuamente. Rubius iba a comenzar a revisar bajo los muebles buscando algo de suerte cuando un golpe en la habitación principal lo puso alerta. Podía ser un animal, y aquello también era bueno. Podía ganar algo de dinero vendiéndolo a algún comerciante.

Se acercó con sigilo, casi como si no quisiera ahuyentar a lo que fuera que estuviera ahí dentro. Empujó la puerta de la habitación con cuidado y se congeló con lo que en realidad había dentro de la cabaña.

Un chico casi completamente desmayado y sentado en el suelo. Tenía una camisa blanca magullada con marcas de sangre. Su propia sangre. El pobre apenas si podía mantener la consciencia.

—¿Alexby? —llamó Rubius a su compañero.

Alexby tuvo casi la misma reacción al ver al chico. Se miraron mutuamente y silenciosamente llegaron a un acuerdo. Salvar la vida de ese chico les podría traer beneficios, y era lo que más necesitaban ahora.

***

—Alcalde, requerimos su ayuda.

Luzu levantó su mirada, simplemente observando a sus secuaces como si nada fuera la gran cosa.

—¿Sí?

—Los pobladores cada día están más molestos. Las remodelaciones al pueblo les parecen absurdas.

El alcalde caminó hasta la ventana, observando un poco del pueblo que había obtenido con sangre, sudor y sí, un poco de corrupción.

—¿Quienes se están quejando?

El secuaz guardó silencio, no muy seguro de que era lo que estaba preguntando.

—Pues, todos...

Luzu soltó una risa agria.

—¿Todos vinieron hasta aquí a poner una queja? ¿O es alguien que hablaba por todos?

El contrario se aclaró la garganta. Por supuesto sabía la respuesta a esa pregunta, y temía la reacción del alcalde. Era un hombre peligroso y tiránico. Su gobierno era para los habitantes de Karmaland, el infierno en la tierra.

—Vino un jóven. Su nombre es Lolito.

Luzu asintió y se dejó caer nuevamente a su silla.

—Traiganlo. Tal vez una buena reprimenda haga que sea más prudente con sus palabras.

—Señor, con todo respeto, ¿sabe que estamos a punto de enfrentarnos a una rebelión?

Se encogió de hombros.

—Escuché algo sobre eso —respondió casi divertido.

—Bien. Y darle...una reprimenda al jóven, ¿no cree que encienda más el deseo de rebelarse?

Pero el alcalde no parecía mortificado, no, en absoluto. Una brillante sonrisa adornaba su rostro.

—Que lo haga. Ya hace falta un poco de emoción en el pueblo —dijo reclinándose en su silla—. Así dejamos que se desahoguen un poco, hagan algunos berrinches, y después...bueno, estoy seguro de que unas ejecuciones públicas bastaran para apagar el deseo.

La habitación se enfrió en un ambiente totalmente aterrador. El secuaz salió casi corriendo para poder acatar las órdenes del líder mientras Luzu tomaba un largo y satisfactorio suspiro. Como amaba ser alcalde.

***

Vegetta trabajaba casi a velocidad luz mientras limpiaba y curaba las heridas del chico, ahora inconsciente sobre una de las camillas en la pequeña enfermería del pueblo. Por suerte, no estaba muriendo, simplemente la aparente falta de sueño estaba cobrándole.

—¿Cómo se les ocurre? En verdad, ¿no piensan? —los regañó—. Traer a un chico hasta aquí, como si no fuéramos suficientes.

—Bueno, ¿qué era mejor? ¿Dejarlo morir?

El herido se removió en sueños, quejándose del dolor. Vegetta lo ignoró.

—No, pero, ¿qué quieres hacer con él? Un acto de buen samaritano no te queda.

Rubius hizo una mueca y se cruzó de brazos. Decirlo en voz alta era un poco avergonzante, pero ya que.

—Quiero que nos ayude con la revolución.

Vegetta se detuvo en seco sólo para mirar a Rubius con desaprobación absoluta.

—¿No estás viendo en qué clase de condiciones está? Unas horas más tarde y tal vez lo habrías encontrado muerto.

—No me refiero a ahora —se defendió de manera pobre—. Después. Solo quiero saber si puede ser útil, si no, encontraremos una forma de que regrese a donde sea que pertenezca.

Vegetta bufó, murmurando un "cómo si fuera un perro callejero" entredientes. Rubius lo ignoró cuando el chico siseó e intentó mover lejos la mano de Vegetta en un punto. Al fin estaba despierto.

—Ya wey... —se quejó en voz baja.

El enfermero paró, pero lo miró casi con la misma desaprobación que a Rubius. Por suerte, el chico tenía los ojos cerrados con dolor.

—Te haré algo de comida ahora que estás despierto. Intenta no moverte mucho —se alejó de la camilla y golpeó a Rubius en el brazo, cómo pidiéndole que terminara de limpiar las heridas.

A regañadientes, Rubius se acercó. Tomó el algodón y continuó con el trabajo de Vegetta, aún con los quejidos y maldiciones extrañas del chico.

—Puta madre...

—¿Cómo te llamas? —decidió que era bueno preguntar.

El contrario abrió los ojos con dificultad y enfocó a Rubius. Sí, en definitiva no era nadie conocido, gracias al cielo. Aquello le dio un poco más de confianza para murmurar.

—Quackity.

—Yo soy Rubius. El amargado cocinando es Vegetta, y el tonto dormido en el sofá es Alexby.

Quackity miró la escena con diversión, solo haciendo una mueca cuando Rubius siguió limpiando las heridas.

—¿Qué te sucedió?

No podía responder con la verdad, claro. Correría el riesgo de que lo vieran como un peligro y lo entregarán a donde ya no pertenecía. Una mentira pequeña no le haría daño a nadie.

—Confié en mucha gente peligrosa, supongo —y no era del todo una mentira.

Su mirada bajó hasta sus heridas. No estaban tan mal, estaba seguro de que con un poco de tiempo estaría como nuevo. Estar ahí ya era de por sí buenas noticias, pues había encontrado al fin la oportunidad que necesitaba.

Lo único que debía saber ahora eran las intenciones de sus salvadores.

—¿Dónde estamos?

—Karmaland —respondió Vegetta y le entregó un plato de arroz y verduras humeantes.

Quackity se notó confundido, cosa que le dio gracia a Rubius.

—No te preocupes, está bastante lejos de los demás pueblos. Además, con todo lo que está pasando, no dudo que Luzu quiere desaparecernos junto al pueblo.

Vegetta hizo una mueca que le daba la razón absoluta a Rubius.

—¿Luzu? —preguntó Quackity con la boca llena de arroz.

—El alcalde. Es un completo dictador, nos ha llevado a las ruinas.

Yo podría hacer un mejor trabajo que él, pensó felizmente mientras tomaba otro bocado de arroz.

—¿Es tan malo?

—Terrible. Sus penalizaciones son medievales, ha hecho polvo las calles, y los impuestos son ridículos. Ha matado a nuestra gente de hambre —murmuró Rubius con recelo.

Quackity estaba cada vez más interesado en aquello. No sonaban como las palabras resentidas de un simple ciudadano inconforme, había algo más en ellas. Por suerte, las tiranías eran su especialidad.

—Una rebelión lo solucionaría —dijo casi de forma casual—, pero debe ser desde dentro. No sirve que el pueblo ataque por fuera mientras el interior queda ileso, ¿no?

Los ojos de Rubius brillaron y miró a Vegetta con un aire completo de "te lo dije". Vegetta rodó los ojos con diversión, pero debía admitir que las ideas de Quackity le gustaban.

—¿Qué recomiendas?

Se tomó su tiempo para pensar mientras masticaba.

—Un golpe de estado, y un golpe personal. Infiltrarse en su círculo y acabar el problema de raíz. Si es un verdadero tirano, se debe quitar su poder desde dentro.

La mente de Quackity ya estaba comenzando a ser un brillante enigma para Rubius, quien solo veía a un diamante en bruto frente a ellos. Estaba a punto de olvidar su idea de "esperar un poco" e iba a decirle de una vez por todas que se uniera a ellos.

Casi estaba en eso cuando la puerta de la pequeña casa se abrió súbitamente. Una chica rubia jadeante miraba a todos dentro con terror.

—¿Sara? ¿Qué pasó?

—Tiene a Lolito. Luzu tiene a Lolito, se lo llevaron justo ahora.

La mirada de Vegetta se oscureció, Rubius se puso de pie y Quackity dejó su plato de comida a un lado. Su cuerpo entero electrificado con la chispa de una rebelión.

—Tenemos que derrocar a ese hijo de puta.

Quackity sonrió aún detrás de la incertidumbre. ¿Quién era ese Luzu y por qué ahora le parecía tan interesante el saber más de él?