Work Text:
Se escuchó un golpe en la gran puerta, ante lo cual el joven quien se sentaba frente a su escritorio respondió un sonoro "adelante". Las puertas fueron abiertas a la vez que el castaño guardaba en un cajón una fotografía que había tomado. Su mesa de trabajo estaba llena de papeles, papeles que debería leer y ver qué demonios hacer con ellos. El trabajo de un alcalde sonaba divertido hasta que entrabas a la oficina.
Atravesaron las puertas dos individuos encapuchados, detrás de ellos traían algo pesado arrastras. El alcalde sintió un ojo palpitar al ver manchas de barro y sangre en su piso de madera. Iba a hacerlos limpiar su desastre luego de ocuparse de lo que sea que hayan traído.
— Repórtense — ordenó desde detrás de su escritorio haciendo un ademán. Ambos encapuchados pararon a unos pocos metros de la mesa, se vieron un momento para después un valiente alzar la voz.
— Hemos detenido la manifestación del pueblo como usted pidió. Pero, uh, fuimos atacados, creemos que por los causantes de la manifestación de hoy. Dos fueron capaces de escapar, menos uno que es el que le hemos traído, pensamos que podría ser el líder de todos los ataques que han pasado últimamente.
Luzu sintió su corazón dar una voltereta triple mortal, caer y herirse de gravedad. No tenía otra descripción a lo que había pasado dentro de su pecho. Asintió un momento, un dolor de cabeza de repente atacándole la sien.
— Déjenlo en el suelo y retírense — volvieron a mirarse un segundo. No era que no confiaran en su alcalde de hacer lo correcto para el pueblo, pero temían que algo podría pasar debido a que el alcalde conocía al rebelde. Aún así, acataron las órdenes, dejando cerrada la puerta tras ellos.
El alcalde escuchó atentamente los pasos de sus secuaces alejarse. Una vez que se aseguró que estaban realmente solos, se levantó de su asiento, cogió el bastón que reposaba contra la pared detrás suya y se acercó lentamente al sujeto que se encontraba tirado en el suelo boca abajo. Se veía asquerosamente miserable con la ropa ensangrentada y un brazo intentando inútilmente tapar una grave herida de su abdomen. Sin embargo, no podía dejar de pensar que todo esto pudo haberse evitado si tan solo Quackity no fuera tan tonto.
Vamos, ¿quería erradicar su gobierno? ¿Él? Por favor. Le había hecho un favor al haber él, Luzu, ascendido al poder. Uno se pierde cuando se le sube a la cabeza el pensamiento de ayudar al pueblo y que a este le importe poco y decida traicionar la confianza y cariño que le había puesto.
Frunció el ceño cuando un dolor de cabeza agudo le atacó por segunda vez. Paró su caminata frente al mexicano y cerró los ojos un momento, no quería ver lo que estaba recordando. Claramente, eso no ayudaba, ya que era un recuerdo de, por lo que creía entender, una vida pasada o algo del estilo. Se llevó una mano a la cara y cogió entre dos dedos el puente de su nariz, contando hasta diez.
— ¿El poderosísimo alcalde mostrando piedad? — Quackity alcanzó a decir de forma burlona con mucha dificultad, el dolor de su abdomen era demasiado como para respirar bien y cuando le tiraron al suelo sintió el dolor empeorar a un nivel alarmante, aún así, si iba a morir no quería darle el placer al castaño de mostrar debilidad. Preferiría que le caiga un rayo justo ahora antes que complacerlo.
Luzu bajó la mano y volvió a abrir los ojos, el dolor de cabeza parecía aumentar cuando su vista se colocó sobre el de ropas negras. Se agachó aún con el bastón de calavera en su mano. Haciendo uso del mismo, levantó la cabeza del rebelde, provocando que sus miradas se encontraran.
"Los ojos son las ventanas del alma" había escuchado alguna vez, en ese momento supo que esa frase tenía toda la razón. Podía ver la rabia y el odio brotar de los orbes del pelinegro, quien a pesar de estar magullado de pies a cabeza, no parecía querer agachar la cabeza. Luzu, volviendo a pensar en la frase anterior, se preguntaba: ¿Cómo se vería en este momento él mismo?
Quackity podía responder esa pregunta fácilmente. No había expresión alguna tras sus orbes carmesí. Antes de que toda esta mierda empezara, podía notar como su mirada se suavizaba al verle, mas ahora no había nada de eso. Sus ojos parecían casi muertos y decía casi porque creía ver una emoción dentro de ellos que no lograba descifrar. ¿Decepción? ¿Tristeza? ¿Frustración? No sabía y tampoco le importaba. Quizá en algún otro momento le daría pena, sin embargo ahora le valía verga.
— Estás hecho mierda — dijo Luzu después de unos segundos de silencio en el que ambos se analizaban. Quitó su bastón de la barbilla del herido, dejando caer su cabeza. Quackity mordió su labio inferior, negándose a darle el placer al alcalde de escucharle sufrir.
Luzu se levantó, miró un par de segundos más al menor mover su rostro para encararlo. El fantasma de una sonrisa parecía asomarse en su inexpresivo semblante. Le parecía graciosa la situación. ¿Cómo habían pasado de bromear y coquetear un día y al otro a querer cortarse las cabezas mutuamente? Y aún cuando el del suelo estaba a su merced, no se atrevía.
Un solo movimiento de su espada y no habría más Quackity ni rebelión tras suya. Podría vivir tranquilamente siendo el alcalde. No habría más problemas, se desharía de la piedra en su zapato que le molestaba. Y era ese mismo pensamiento el cual no le dejaba moverse. Pensar que el mismo Quackity, su antiguo sol de las mañanas, no estaría más... No le gustaba la sensación que dejaba en su pecho el pensamiento.
Quackity sabía que Luzu estaba metido en su mente, probablemente decidiendo su destino. ¿Cuál sería su idea? ¿Cortaría su cabeza y la mostraría a todo el pueblo para desesperanzarlos? ¿Le explotaría con minas? ¿Lo ahorcaría hasta morir? No, no se lo podía permitir.
Intentó mover su mano libre hacia su cadera, los secuaces del castaño eran tan estúpidos que ni siquiera confiscaron su pistola. ¿Acaso lo estaban subestimando? Pendejos, cuando matara al alcald-
En un segundo, el bastón estaba encima de la mano que intentó mover con tanta dificultad, apretando la parte baja con fuerza, como si quisiera hacerle un hoyo, removiéndose también para expandir el mismo agujero que quería hacerle a fuerzas. Quackity ahogó un grito, apretó con fuerza los labios pero aún así le fue inevitable quejarse de forma sonora.
— Quacks, te aconsejaría que no intentes ningún truco. Lo digo por tu bien — que haya usado el apodo que le solía decir... Se estaba burlando. El hijo de su perra madre se atrevía a burlarse.
Luzu veía como el rostro del pelinegro pasaba por distintas etapas. Había pasado, por ahora, por dolor y furia. El alcalde chasqueó la lengua. ¿Acaso era tan tonto como para seguir intentando enfrentársele? ¿En serio? No había exagerado cuando le dijo que estaba hecho mierda.
Dejó de torturar al herido. Levantó su bastón y lo colocó a un lado suyo, lo cual arrancó también un ruidito de la boca de Quackity.
Se movió de posición, esta vez parándose delante de la cabeza del rebelde, ambos viéndose al revés. Volvió a agacharse y a entrelazar la mirada propia con la del otro. Una mano escondía el bastón entre sus piernas y la otra apoyaba su codo y sostenía su cabeza. Parecía la posición que cualquier estudiante usaría cuando está aburrido pero aún así prestando atención a la clase. Así se sentía y así se veía.
Quackity seguía viéndole. Relajó la boca e intentó hablar. En vez de eso tosió un poco de sangre. Ah, probablemente su cuerpo sí que estaba en la mierda. Bueno, daba igual, seguramente este sería su último día con vida de todos modos. No quería irse con más que un solo arrepentimiento (no haber podido matar al alcalde), así que abrió otra vez la boca.
— ¿Sabes, Luzu? — su voz sonaba como si no hubiera tomado agua desde hacía días — Eres un dictador pendejo.
Luzu esta vez tuvo el descaro de sonreír elevando las comisuras de sus labios. Era una sonrisa que no le llegaba a los ojos, pero una sonrisa al fin y al cabo. Quackity quiso borrarla de su pálido rostro a base de golpes. Hijo de su puta madre. Sin embargo, contó hasta tres y siguió hablando.
— Alguna vez en el pasado pensé que eras alguien en quien podía confiar, a pesar de todas las mamadas que habían hecho los otros, pensaba que en ti sí podía confiar. Me habías advertido sobre todos al inicio, me ayudabas cuando lo necesitaba y teníamos una buena relación. Aunque supongo que tú no lo veías así, ¿verdad cabrón? — el alcalde quiso objetar, mas el herido no le dejó. Alzó la mano de a poco, a medida que hablaba seguía subiendo de a poco.
» ¿Y sabes qué también cabrón? En algún momento pensé que hasta podríamos llegar a algo más cuando todo eso de la campaña a la alcaldía terminara. No quería dejar de trabajar en eso, así que pensé en hacértelo saber luego — rió un poco, quejándose al mismo tiempo. La mano finalmente había llegado a acariciar suavemente la mejilla del castaño, quien le veía con una expresión que, bajo su punto de vista, era indescifrable.
Quackity sentía su mundo entero caerse. Esperaba que sus primos estuvieran bien después de esto, al igual que la rebelión. Sabía que no saldría bien parado de esta, quizá ni siquiera vivo. A pesar de eso, se esforzó en dejar salir cada última gota de odio que sentía por el alcalde.
— Me alegro de no haberte dicho una verga, de haber sabido que todo esto pasaría ni me hubiera acercado a ti. Vete a la verga, alcalde. En el infierno te daré una paliza, cabrón.
Un ruido sonó en el lugar, un sonoro disparo. Los secuaces del alcalde corrieron a la oficina, espantados. Cuando abrieron las puertas de la oficina pudieron volver a respirar de forma tranquila.
— Limpien todo esto — con el arma que le robó al revolucionario señaló el cadáver. Además de las heridas de gravedad en él, había un nuevo hoyo en medio de su frente.
— Sí, alcalde — los encapuchados agarraron el cadáver, uno cogiendo los brazos y el otro las piernas para después empezar a salir de la oficina. Estaban orgullosos de la mente fría de su alcalde, aunque también un poco asustados, por lo que se apresuraron a irse y cerrar la puerta.
Acompañado del silencio, el alcalde se dirigió a su silla y se sentó en ella. Guardó el arma en un cajón que abrió al azar, fue coincidencia que justo abrió el de la fotografía. No se atrevió a verla. Una vez el arma del revolucionario en el cajón, lo cerró rápidamente e intentó seguir leyendo los papeles esparcidos en su escritorio, ignorando el fuerte latido de su corazón, el temblar de sus manos y el desastre de su mente.
Ese día, Luzu murió. Ese día, el alcalde nació.
