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Witchboy

Summary:

“Vaya mierda. Alguien de verdad le echó una maldición a este chico para que monedas de oro puro caigan de sus labios cada vez que habla.”

Notes:

Nota del autor original:
Inspired by these tumblr posts.

There is a small animal death in the first section, if that makes you uncomfortable please tread carefully.

Traducción:
Inspirado por estos posts en tumblr.

Hay una pequeña mención sobre la muerte de un animal en la primera parte, si eso te incomoda por favor ten cuidado.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Grantaire se encuentra con sangre goteando por su brazo derecho cuando Bahorel atraviesa su umbral, pero no se trata de su propia sangre, así que no se torna hacia el ruido sinsentido que su amigo deja escapar. “Dame dos segundos,” murmura, mordiéndose la lengua y acomodando el frasco que sostiene la mano izquierda. “Se va a echar a perder muy pronto.”

“¿Hay alguna razón por la que estás sujetando un cadáver?”

“Puede ser que haya cometido un error.” Escucha el sonido de Bahorel moviéndose en el apartamento, mirando los objetos almacenados en las estanterías y colgando del techo. “Existe una forma de hacer esto sin matar al pájaro pero este era más viejo de lo que había pensado, hubiese muerto ya pronto de cualquier manera.”

(Y aún así se llena de remordimientos. El delicado cuerpecillo del jilguero aún está tibio, al igual que la sangre que se acumula en su palma hasta desbordarse por su muñeca. Intenta contener lo más que puede en el frasco pero no alberga demasiada esperanza. La situación le sienta mal. Se supone que es bueno en esto.)

“¿A qué viene esto?”

Grantaire suspira pesadamente. “Habría sido mejor si el pájaro hubiese vivido. Ahora solo estoy tratando de rescatar su sangre en caso de que mi madre pueda hacer uso de ella.”

Puede oír cómo Bahorel se asienta en una de las sillas junto a él pero no aparta su atención del pájaro sin vida que todavía sostiene en alto. Hay magia allí, en las suaves plumas y los huesos huecos, y siente su suavidad cuando se desliza entre sus dedos hasta el aire. Qué desperdicio.

La sangre ha parado de escurrirse por su muñeca, así que posa el frasco en la mesa de madera y busca el corcho a ciegas. Después de un momento, Bahorel se lo entrega, y Grantaire le agradece en un murmullo mientras sella la botellita. “¿Lo quieres?” finalmente pregunta, ofreciéndole el pajarillo. “No podría enterrarlo en el jardín. Murió demasiado temprano, podría matarme las flores.”

“Sí, por qué no.” Los dedos de Bahorel se sienten suaves cuando toma el pajarito de la palma de Grantaire. “Sólo funcionará hasta el momento en que hubiese muerto de forma natural, sin embargo. Hay reglas que seguir con las muertes accidentales.”

“Tú sabrás mejor que yo.” Grantaire busca algo con lo que limpiarse la mano y encuentra un familiar trozo de tela. Grantaire frota su muñeca. “¿En qué puedo ayudarte?”

“Feuilly ha encontrado un hombre con una maldición particular con la que pensó que tú podrías ayudar. Está un poco tocado, al parecer, atendió una escuela que no enseña magia verbal.” Hay un tono de burla bajo la voz de Bahorel, y Grantaire le sonríe toscamente en respuesta.

“¿Por qué no llevarlo con Joly?” 

Bahorel se encoge de hombros en un movimiento que mueve su camisa. “Feuilly cree que es más como tu cosa. Es una mierdilla de maldición, según él.”

“Iría sólo por la historia,” bromea Grantaire, y luego deja escapar un suspiro. “Dame tres minutos y medio. Quiero cambiarme la camisa, esta todavía tiene sangre en las mangas.” Grantaire se levanta y camina hacia su cuarto.

Bahorel se ríe entre dientes detrás de él, y algo suelta un gorjeo. “Te diría rarito pero acabo de reanimar un pájaro, así que.” Grantaire sonríe cuando escucha el revolotear de alas.

*

El jilguero los sigue todo el camino hasta la casa de Courfeyrac, donde el misterioso visitante se está quedando. Bahorel lo adora. Grantaire dice que lo debería de llamar Matador, y se gana una bofetada en la coronilla.

*

Grantaire sabe inmediatamente quién es el recién llegado porque el hombre prácticamente brilla blanco de tanta magia. Hace doler su pecho– no ha sentido algo tan fuerte en años, porque ya no trabaja más con hechizos tan potentes. Existe una razón por la que se saltaba las clases de nigromancia.

Está familiarizado con la disposición del apartamento de Courfeyrac, así que se dirige directamente hacia el hombre y se arrodilla frente a él. “Dame tu mano,” le ordena.

El hombre se echa hacia atrás en su asiento. “¿Disculpa?” Pregunta enfadado, y Bahorel se atraganta al mismo tiempo que Grantaire se asombra boquiabierto porque maldita sea.

(Tres cosas: primero, este hombre tiene una voz como una campana. Si su aptitud no es la magia verbal, Grantaire se pondrá a llorar. Segundo, sus palabras encienden una oleada de magia a su alrededor, asegurándole a Grantaire que su maldición es basada en palabras. Tercero, dos objetos han caído de su boca hacia su regazo.)

Grantaire no duda antes de tomar los objetos, ignorando la manera en que el hombre se aleja aún más de él. Se sienten como monedas de algún tipo. “Vaya mierda,” Grantaire dice finalmente, meciendo las frías piezas en su mano. “Alguien de verdad le echó una maldición a este chico que hace que monedas de oro puro caigan de sus labios cada vez que habla.”

“Uhh, ¿Grantaire?” La voz de Courfeyrac aparta su alegre concentración de las monedas. “Estás asustando a Enjolras.” Grantaire se da aguda cuenta de qué tan cerca está del hombre y retrocede, doblando sus piernas bajo de sí y sentándose en el suelo. Con su suerte, su cabello está hecho una maraña y todavía tiene sangre del jilguero en su mano.

“Perdón,” dice automáticamente, tratando de calmar su sonrisa salvaje. “Hola. Díme por favor cómo sucedió esto.”

“Estoy impresionado que hayas logrado hacerle hablar.” Dice Courfeyrac. “Me había dicho que se niega.”

“¿Cómo te dijo?” pregunta Bahorel, genuinamente curioso. El jilguero posado en su hombro gojea. 

“Lo escribió.”

“Encantador,” interrumpe Grantaire, dando una palmada solo para oír el tintineo del oro, “pero yo no puedo leer, así que vas a tener que hablarme. ¿Dices que te llamas Enjolras?”

Hay un momento de silencio. Luego– 

“¿No puedes leer ?” Tres monedas más caen de la boca de Enjolras con sus palabras y Grantaire extiende sus manos impacientemente.

“Nada de nada,” dice distraídamente, mientras las monedas son depositadas cuidadosamente en sus palmas. “¿Tres monedas por tres palabras? Siéntete libre de recitar un poema o algo, mi renta ya viene–”

“Grantaire.” Courfeyrac lo detiene una vez más. “Porfa, porfa, porfa tómate esto en serio. Enjolras está angustiado.” Grantaire calla, arrepentido.

Courfeyrac se empuja lejos de la puerta y se sienta en la silla al lado de Enjolras. “¿Por qué no me cuentas lo que te ha pasado?” Pregunta calladamente. “Ignora a Grantaire por un minuto.”

“Está descalzo.” Otras dos monedas. Grantaire extiende su mano una vez más, tratando de ignorar las palabras.

“Es raro con los zapatos. Venga, háblame.”

El oro está tibio contra la piel de Grantaire. Puede sentir las runas talladas en cada lado; tendrá que encontrar a alguien que le pueda decir su propósito. Coloca las seis monedas en una línea en el suelo frente a él.

“He tenido esta maldición desde que tenía siete.” Monedas fluyen de sus labios con cada palabra, y Grantaire nota que Enjolras trata de atraparlas todas en sus manos. “Huí de casa cuando tenía diecisiete. Había conocido a Courfeyrac desde que éramos pequeños, pero antes de haber sido maldecido, y él dijo que tenía amigos que podían arreglarlo” El oro tintinea. “Um. Por cierto. No intento ser grosero, pero ¿cómo puedes ayudarme si no puedes leer?”

“Que te jodan,” dice Grantaire, inclinándose a tomar las monedas que ruedan de las manos llenas de Enjolras. “No necesito leer para hacer magia.”

“Pero no podrás escribir nada.”

“¿Estás de broma?” Grantaire chasquea. 

La clara voz de Enjolras toma un tono defensivo. “Por favor no me digas que eres un simpatizante de la magia ritual,” retorna asqueado. Las monedas suenan cuando golpean el piso. Grantaire se levanta de un salto.

Courfeyrac se llega a su lado en un segundo, apretando su muñeca. “Espera, Grantaire,” dice, “sus padres no le enseñaron nada–”

“¿De dónde sacaste a este tipo?” Bahorel pregunta asombrado.

“Me dijeron que sólo los hechizos escritos son efectivos,” dice Enjolras. Su voz se agudiza, infeliz; sigue tratando de atrapar el oro que brota de sus labios.

“Sin embargo, la cosa es así:” dice Grantaire, liberando su muñeca del agarre de Courfeyrac. “La gente como tus padres son verdaderamente pedantes en lo que se refiere a la preservación de la magia. Pero la magia fue hecha para evolucionar.” El silencio permea la sala completamente. Grantaire siente como su aliento titubea dentro de su pecho. “Me apuesto lo que sea a que te dijeron que la magia sólo funciona si está escrita en pergaminos con una pluma de ave o algo así, ¿no?” No le hace falta ver el asentimiento de cabeza de Enjolras. “Bahorel tiene tatuajes tribales con más magia en ellos que cualquiera de tus libracos de texto. Feuilly hace encantamientos en francés laico que podrían parar un huracán. Bossuet puede literalmente escribir hechizos en el código de computadoras .” Da un paso hacia él y baja su voz. Sus palabras son feroces. “Y si me das corteza de abedul y dos gotas de tu sangre te podré hallar sin importar a qué rincón del mundo huyas. Has sido entrenado en un sistema arcaico que ya casi nadie usa.” Grantaire resopla y patea hacia donde se encuentra la bolsa de Enjolras, junto al sillón. “Llévate tus plumas contigo. Son ya casi mágicamente ineptas y me está viniendo una migraña.”

Enjolras está terriblemente callado. Al lado de Grantaire, Courfeyrac radía tensión. 

“Grantaire tiene más talento puro que nadie más en esta habitación,” Bahorel gruñe. “Que te de vergüenza.”

“Le da,” dice Courfeyrac. Suena vencido. “Grantaire, Enjolras es uno de mis amigos más antiguos. Te lo suplico. Por favor, trata de arreglarlo. Hay gente que se ha tratado de aprovechar de él por su maldición, y no hay nadie que sepa cómo deshacerlo.”

“Perdóname,” Enjolras dice finalmente. Su voz es poco más que un murmullo, y las monedas resultantes caen pesadamente a su regazo. “No entiendo bien porqué, pero lo lamento.”

Grantaire aprieta sus puños. “No creo que puedas entender que tanto no quiero hacer esto.”

La voz de Enjolras es apenas un susurro. “Por favor.”

Grantaire aún siente el brillo de su maldición, y se odia por dejarse intrigar. No ha encontrado nada más que tortura a manos de académicos en el pasado.

“No.” Dice. “No puedo.”

*

Capitula.

*

“A ver. Reglas del apartamento.”

Grantaire mueve su mano frente aproximadamente donde se encuentra la cara de Enjolras.

“No toques nada sin mi permiso,” arranca, comenzando la lista con su pulgar. Caminan hacia su apartamento, y se detesta por necesitar el brazo de Enjolras en el suyo para no estrellarse contra un edificio o algo. “No tengo muchas cosas que te puedan matar sin mi intención pero sí alguna que otra, así que mantén tus manos cerca.”

“Vale.”  Enjolras suena perdido. También había sonado reticente al ofrecer su brazo, antes. Hijo de puta.

“Segundo: no muevas nada.” Levanta el índice. “Parecido a lo primero pero se merece su propia regla. No cambies el orden de mis botellas. No cierres una puerta que está abierta, y viceversa. Si no estás usando una silla, métela a donde estaba. ¿Comprendes?”

“Um.”

“Genial.” Grantaire levanta otro dedo. Se apuesta a sí mismo; diez dólares a que Enjolras aún no se ha dado cuenta. “Tercera regla: no cojas a la gata. Muerde. Cuarta regla: no me acuses de invocar demonios, levantar un ejército de muertos, hacer venenos, o creer en cualquier cosa lo más remotamente espiritual. Te daré un palo. Quinta regla–”

“¿Puedo–?”

“No. Quinta regla: si te digo que hagas algo, necesito que lo hagas. Esta regla, por supuesto, tiene sus límites. No quiero estarte dando órdenes a izquierda y derecha.” Grantaire respira profundo. “Hago muchas cosas que no te darán sentido, y vas a tener que ayudarme a hacerlas. Si te tengo que estar explicando todo, el ritmo se echará a perder.”

“Entendido.” Dice Enjolras calladamente.

Grantaire asiente. “Última regla, que no tiene número porque no quiero contar con mi derecha: vas a tener que aprender sobre los otros tipos de magia. Si eso implica hacerme una infinidad de preguntas, vale. Como sea. Si quieres libros te los puedo conseguir. Puedo ayudarte a aprender lo que sea que quieras aprender.” Grantaire agita los cinco dedos que tiene levantados. “¿Preguntas?”

“¿Por qué no me miras?” Enjolras explota. Las palabras suenan como si le hubiese matado el no preguntar, y las monedas que caen de su boca se dispersan ruidosamente en la acera. 

“No me jodas, Enjolras,” Grantaire gruñe, apretando el puente de su nariz. Se debe a sí mismo diez dólares. “Estoy ciego de cojones.”

*

“No toques nada.”

“No lo haré,” Enjolras conviene rápidamente. Suena excesivamente enervado pero no lo suficiente para que le importe a Grantaire. 

Sus brazos están llenos de flores de un dulce olor que deja en el suelo junto al hogar. Retoma uno de los capullos y lo mete directamente a las llamas, dejándolo entre los troncos ardientes. Le tomará dos minutos para que arda.

“¿Qué eres ?” demanda Enjolras. Es demasiado lento para atrapar los frutos de sus palabras esta vez, golpean el suelo y ruedan lejos de él. La moneda producto de su subsequente palabrota les sigue, y se recoge en un silencio enfadado.

Grantaire sonríe oscuramente, pese a sí mismo. “Chico brujo,” ofrece. “Hijo de una bruja, maestro de magia de los objetos, con aptitud para casi todo lo que eso implica. Exceptuando la nigromancia.”

¿Nigromancia? ” Otra moneda rueda por el piso amaderado.

“No lo descartes sin haberlo intentado.” Grantaire inhala profundamente mientras el aroma de la flor quemada se enrosca alrededor de su cabeza. “Aquel jilguero siguiendo a Bahorel fue reanimado. Yo nunca aprendí, para ser honesto.”

“Empiezo a pensar que tu educación debe haber sido vastamente diferente a la mía,” murmura Enjolras. Al parecer se ha acordado de atrapar sus monedas.

La flor arde por completo y Grantaire tararea absorto.

Se pregunta lo que Enjolras piensa sobre su hogar. Tiene todo tipo de artefactos y baratijas en las estanterías de la alcoba en la que están, y la botella con la sangre del jilguero está sin ninguna duda todavía en la mesa. Grantaire también tiene un gato negro, porque es un cliché de mierda. No tiene ganas de que Enjolras lo acuse de paganismo o Satanismo, porque entonces seguro lo terminaría matando de puro despecho, y ¿cómo le explicaría eso a Courfeyrac? Todavía se está cuestionando la sabiduría en aceptar al crítico muchacho maldito en su apartamento.

“Te dije que no tocaras nada,” estalla de repente.

Enjolras pega un salto. “¿Cómo puedes saber siquiera?” grita en respuesta. “¡Ni siquiera me estás dando la cara!”

Como si eso importara. “Puedo sentirlo. Estás que brillas con magia, es como si dejaras huellas de luz neón en todo.” Grantaire sacude su cabeza asqueado. “Tendré que lavar todo con agua de lluvia después de que te vayas, lo juro.”

La botella de sangre. Grantaire difícilmente lo puede culpar; debe de haberse visto interesante.

“¿Puedes sentir magia?”

“Sobrecompensando,” murmura. Descansa su cabeza en una mano. “Tengo una percepción de la magia como ninguna otra, y tú estás chorreando con ella.” Toma otra flor y la deposita en la hoguera. 

“¿Por qué no te quema?” Pregunta Enjolras. Ha empezado a hacer limpias torrecillas de monedas en la mesa de Grantaire. 

Grantaire extiende una mano sobre su cabeza, ajustando su muñeca  para que Enjolras vea el tatuaje que tiene allí. “Tengo una tonelada de encantamientos protectivos en mi piel. No trates de asesinarme, sólo te lastimarás a tí mismo.”

Enjolras suspira.

*

Grantaire se levanta temprano a la mañana siguiente, y se pone a separar el resto de las flores en su pequeña mesa. Todas las monedas de Enjolras han sido puestas en un cofre de madera sobre la chimenea, menos una, que Grantaire ha afanado en un collar y escondido bajo su camisa. Su tibieza ya se ha vuelto familiar. Canturrea solo; siente la luz del sol en sus dedos finos, el aire que entra por la ventana es frío y crespo y lleva el olor a rocío, y el ruido de la calle citadina bajo el apartamento llega amortiguado. Se siente limpio. En ocasiones la sangre y las flores y la oscuridad se vuelven abrumadoras, y le gusta que todo a su alrededor sea claro y organizado.

Enjolras aún duerme, estirado en una cama baja en medio de un nido de cobijas. Su magia es menos frenética mientras duerme, menos disonante. 

(Grantaire tiene Teorías sobre la magia de Enjolras.)

Su móvil está en la mesa frente a él. Pita una vez. Cuando Grantaire toca su dedo a la pantalla, habla con la voz de Courfeyrac: “ Espero que el silencio de tu parte no significa que lo has matado.

Grantaire sonríe y alza el móvil a su boca. “ Répondez. Está durmiendo. No hemos platicado lo suficiente para considerar matarlo todavía.”

Otro tono. “ Gracias, R.

Grantaire no responde.

“¿Cómo funciona?” Enjolras está despierto. Grantaire lo escucha sentarse y dejar caer cuatro monedas de oro de su pecho a sus piernas. “¿Cómo hiciste para que hablara con la voz de Courfeyrac?”

“Con un montón de hechizos blasfemos,” Grantaire le dice con desprecio. “Nuestro amigo Bossuet usa magia escrita pero es super bueno con la tecnología. Mi móvil tiene una runa tallada en el dorso que le hace posible recibir encantamientos. Así Bossuet puede ir y programar hechizos en él, para que me lea en voz alta cualquier mensaje. El uso de la voz del remitente fue la idea de otro amigo, el chico es una bestia con la magia verbal. El hechizo que hace que funcione es una combinación impía de esos dos.”

“¿Se puede combinar magia?”

Grantaire se sonríe agudamente mientras sigue separando flores. “Los mejores hechizos tienen más de una parte,” le replica. “No tengo que enseñarte sobre intención, ya sabes que los hechizos no funcionan a menos que tengas la voluntad de hacerlos funcionar, pero también puedes usar eso para mezclarlo con lo que quieras.”

“¿Cuántos tipos de magia existen?” El sonido de las monedas aterrizando en el regazo de Enjolras se vuelve más y más alto con cada palabra que dice. La pila de oro vibra con una energía distrayente.

“Esa es la pregunta del millón de dólares.” La clasificación de las flores le ha tomado dieciséis minutos a Grantaire. Toma uno de los botones más marchitos y lo lleva a la chimenea. “Existen tres categorías, más que nada. Verbal es la más fácil de aprender, y la que cambia más rápido. Escrita es la siguiente. Algo sabes tú de eso.” La flor comienza a arder. “Lo que yo practico es por lo general llamado magia de objetos, lo que apesta y no describe todo lo que puede incluir.” Se recuesta hacia atrás en sus manos y deja caer su cabeza, sintiendo los suaves mechones de su cabello acariciar su nuca. Distantemente realiza que al final nunca se puso una camisa. “También conocido como brujería, paganismo, vudú, Satanismo…”

Enjolras se retuerce incómodamente, y Grantaire espera a que hable. “Lamento haberlo llamado ‘magia ritual,’” dice al final. “La verdad es que todavía estoy super asustado de un montón de cosas que tú tienes aquí pero eso… fue injusto de mi parte.”

“Nada de lo que hay aquí te hará daño,” murmura Grantaire, y respira profundo por la nariz.

“No entiendo ni la mitad de todo esto. Todo parece muy impreciso.”

“Venga, en serio,” dice Grantaire, volteándose rápidamente, “tienes que dejar de lado la idea de que la magia tiene reglas a seguir. Es jodidamente volátil, ¿vale?” Empuña sus manos apretadamente. “Deja de intentar sacarle sentido y empezará a hacer sentido.”

“Ni siquiera sé cómo responder a eso.”

“No lo hagas entonces.” Grantaire se da la vuelta y se levanta de su asiento. Él sabe dónde están los ganchos sobre la ventana y aún así tiene que buscarlos a tientas, extendiendo su mano siguiendo los ladrillos hasta que encuentra uno de ellos y cuelga uno de los atadillos de flores en él. 

Enjolras se mece en sus pies mientras pone sus monedas en el cofre. “No actúas como alguien ciego,” deja escapar bruscamente. 

Grantaire entierra sus dedos en su cabello y resiste el impulso de gritar de frustración. “Por favor,” casi suplica, “ por favor trata de no decirme algo ofensivo por como cinco minutos, ¿vale? Estoy teniendo una mañana tan agradable.”

*

Enjolras no dura ni cinco minutos.

*

“Tendrás que ser mi vista durante esta salida,” Grantaire le avisa a Enjolras mientras atraviesan el pasillo. “Los muebles no se mueven solitos en mi apartamento pero el mundo real no es tan acomodador.”

“Oh.” Dice Enjolras, y se atropella atrapando su moneda. “Entendido. ¿Quieres que te tome del brazo o algo?” Habla despacio para poder atrapar todas las piezas de oro.

“Sería espléndido. Y puede que no quieras hablar tanto cuando estemos en la calle. Digo, incluso yo me pensaría en asaltar a alguien que puede sacar monedas de la nada.” Enjolras bufa y guía a Grantaire a través de la puerta principal del edificio hacia la acera.

“¿Qué haces normalmente cuando te toca salir?”

“Pensé que había dicho que no deberías hablar,” murmura Grantaire, concentrado en los sonidos de la gente a su alrededor. No es mucho. “¿Qué haces?”

“Me cubro la boca con la mano. Las monedas están deslizándose por la manga de mi camisa.”

Eso le saca una risa sorprendida a Grantaire. Se imagina lo incómodo que el pequeño banco acumulándose en el codo de Enjolras se está volviendo. “Es un poco patético, la verdad,” dice al final. Sus palabras no son tan amargas como podrían ser, bailando en el límite de la risa. “Siempre voy con alguien cuando salgo.” Se encoge de hombros. “Si es una emergencia puedo echar hechizos para ayudarme a navegar.”

“¿No puedes reparar tu vista con magia?”

“Vamos a poner mi ceguera en la categoría de cosas acerca de las que no puedes preguntar, ¿vale?” Grantaire no espera a que Enjolras acepte. “Perdí mi vista por la magia, así que si intentara arreglarlo con magia no funcionaría. Lo intenté. Ahora calla.” Manosea en su bolsillo a por su móvil y se lo lleva a su boca. “ Envoyez à Combeferre . ¿Estás ocupado? Necesito ayuda con una runa.”

El móvil suena un segundo después. Cuando Grantaire toca la pantalla con su pulgar habla con una voz lenta y moderada: “Biblioteca. Tráeme un café.”

*

Enjolras gasta diez minutos dándole la lata a Grantaire sobre las palabras escritas en el costado de los vasos desechables que les dan en el café. Grantaire le cuenta una montaña de mierda antes de recordarle que hola, literalmente no puede ver lo que está en el vaso, y ¿realmente importa?

Enjolras dice que se ven como encantamientos.

“Oh, ¿esos garabatos?” Grantaire dice despreocupado. “Es para que se mantenga calentito.”

Enjolras casi le avienta el vaso encima.

*

Cuando Grantaire era chico, su madre le dijo que que la luz es la magia y la oscuridad la ausencia de ella. Él sabe que no es cierto, porque su habilidad para la magia solo aumentó después de que perdiera su vista, pero el estar en la biblioteca y no ver nada más que un vacío le recuerda que no le está permitido experimentar lo asombrosas que pueden ser las cosas a la luz.

La biblioteca al mediodía es una de las vistas que Grantaire extraña más. El atrio es alto y amplio y lleno de luz que se filtra por las ventanas en lo alto de los muros. Las columnas que sostienen las bóvedas del techo están bordeadas con pintura dorada que destella cuando el sol le roza, y el suelo de mármol tiene grabados de metal incrustados en él.

La parte favorita de Grantaire son los libros. Flotan suspendidos plácidamente, navegando en el aire hacia sus estanterías y organizándose por sí solos. El hechizo que lo hace funcionar es un pedacito de magia bien útil que es usualmente grabado en el interior de las tapas, que sólo necesita una palabra dicha en voz alta para ser activado. Grantaire amaba ver como las novelas y tomos y los libros de texto tejían sus tranquilos caminos a través del aire. Ahora lo único que ve son las débiles trazas de la magia que los empuja, avisándole cuando tiene que agacharse para evitar que un tomo de pasta dura le pegue en la nuca. Sus sentidos tiemblan con la magia de todo ello.

El agarre de Enjolras en su brazo se vuelve insoportable. Grantaire se detiene en seco y deja que el otro chico lo absorba; si hay alguna manera de hacerle entender a Enjolras la importancia de los diferentes tipos de magia, la biblioteca es uno de los mejores lugares para ello.

“Es hermoso,” respira Enjolras; su manga tintinea cuando mueve su mano automáticamente para atrapar las monedas que caen de su boca.

Grantaire asiente. “También se siente hermoso.” Enjolras se mueve incómodo con el recordatorio y se abstiene de protestar cuando Grantaire los guía hacia adelante, agachándose levemente cuando una serie de novelas de tapa blanda flotan justo en su camino.

*

Combeferre está en el piso más alto de la biblioteca, disfrutando de la luz del sol que se filtra por el techo de vidrio. (Está estirado en el suelo con los pies apoyados en una estantería, asegurándose de que las suelas de sus zapatos no toquen las espinas de los libros. Sus gafas se han deslizado hasta la mismísima punta de su nariz.)

“He aquí el néctar de tu predilección,” Grantaire anuncia, extendiendo el vaso hacia él. “Puedes tenerlo si me dices lo que esto significa.” Se zafa del brazo de Enjolras y se pasa el collar por encima de la cabeza antes de lanzarlo en la dirección de Combeferre.

“¿De dónde lo has sacado?”

Grantaire le da un empujón a Enjolras. “Dí hola, Enjolras.”

“Hola.”

Una sóla moneda cae al piso y Grantaire se regocija en el silencio que le sigue. “Feuilly me ha traído un colegial de Inglaterra con una maldición de cuento de hadas, si puedes creerlo,” dice, dejándose caer abruptamente para sentarse en el piso. 

Enjolras hace un ruidito irritado y se sienta junto a él. “Un libro me acaba de pegar en la cabeza,” murmura. “¿Todos usan magia aquí?”

“Casi todos” dice Grantaire, “pero algunos no tienen la aptitud para ello.” Su sonrisa se torna dura. “Como Combeferre.”

“¿De verdad?”

Combeferre empuja a Grantaire en el hombro. “De verdad verdad. Puedo hacer alguna cosilla escrita, pero eso no ocupa mucho talento natural.”

Grantaire casi puede sentir como Enjolras recula. Combeferre sigue hablando.

“Estudio languages mágicos. Eso más que compensa por ello. Mi especialidad son las runas.” Hace tintinear un puñado de monedas. “Estas todas tienen el mismo símbolo grabado en ellas, pero es uno que no reconozco.”

“Así que es una seña personal.”

“Probablemente.” Combeferre carraspea. “La runa no tiene nada que ver con el hechizo en sí, así que tendrás que buscar su orígen en otra parte. Pero con esto te dice que es personal. O usas la runa para rastrear al autor y le haces revertirlo, o descubres si el hechizo mismo está en algún lugar que puedes encontrar.”

Grantaire asiente. “¿Enjolras?”

“...no he entendido nada de lo que ha dicho.”

*

“¿Alguna vez has hablado tanto que te has quedado sin monedas o algo así?”

El cuarto se sume en silencio. Grantaire gira su cabeza, tratando de entender la forma intranquila en que Enjolras se mueve y espera su respuesta.

“¿Lo intentaste?” Insiste después de un momento.

“Oh– perdón.” Enjolras sobresalta, como si hubiera olvidado la pregunta; dos monedas caen al piso. “No. O sea, nunca me he quedado sin monedas. Yo, um, una vez tuve que seguir hablando hasta que perdí la voz, y cuando sucedió las monedas también pararon. Pero. Eso es todo.”

Grantaire frunce el ceño y se lleva su vaso a los labios. “¿Tuviste que seguir hablando por tanto tiempo?”

Otro silencio. “Es una historia larga,” dice Enjolras lentamente. “¿Es relevante?”

“No en este momento.” Grantaire sorbe su té y tararea feliz al sabor de la miel y el jengibre. “Sólo era curiosidad. Has estado maldito por toda una década, obviamente debes de haber pasado un montón de monedas.”

Enjolras deja escapar un sonido de frustración. “No llevo la cuenta. Debería, pero para cuando se me ocurrió ya habían pasado años.”

Dejan sus tazas en la mesa al mismo tiempo y Grantaire alza sus cejas. “Todo ese oro debe de haber venido de alguna parte,” apunta pensativamente. “Me encantaría saber de dónde.” Se levanta y cuidadosamente camina hacia la estantería construida en la pared, sintiendo por la tercera botella de la izquierda en la estantería más baja. “¿Quieres más miel?”

*

“¿Enjolras?” Grantaire extiende sus manos cuidadosamente. Es temprano en la madrugada otra vez, una mañana pura y el aire que fluye por su ventana es claro y frío. Le dan ganas de despertar a Enjolras pero no quiere asustarlo.

Pone una mano en el edredón con cuidado, tratando de encontrar una muñeca o un hombro que pueda sacudir para despertar a Enjolras. Es enloquecedor; él es genial averiguando dónde quedan las cosas, es genial navegando a ciegas, pero Enjolras y su maldición son tan desorientadores que lo dejan sin otra alternativa que buscar a tientas como un niño en la oscuridad.

Sus manos aterrizan en algo sólido. Presiona, atrapando el canto de una clavícula con sus dedos. Aplana la palma de su mano en el pecho de Enjolras, y sacude al durmiente tan suavemente como puede. “¿Enjolras?”

La mano de Enjolras se aferra a su muñeca duramente por un momento antes de soltarlo. “Grantaire,” suspira, y Grantaire siente una moneda caer directamente a las puntas de sus dedos. “Me asustaste.”

“No quería gritarte,” Grantaire murmura, alejándose. Hoy se siente pesado y lento, de una forma que augura mal para su compañía, y se encuentra deseando de repente no haber despertado a Enjolras. “Quería pedirte que buscaras entre tus monedas y me dijeras si todas tienen la misma runa.”

Escucha los movimientos de Enjolras al desplazarse en su nido de cobijas, probablemente sentándose o tirando un brazo sobre sus ojos. “¿Por qué tengo que chequear las runas?” Pregunta.

“Sólo para asegurarnos.” Grantaire se sienta en la silla a la par de su mesa. Figura que hoy la ciudad estará cubierta de niebla. “Si no todas tienen la misma runa podría haber sido un accidente, un hechizo hecho mal en algún lugar donde hayas estado. Si todas tienen la misma, es intencional.” Hoy lleva anillos en cada dedo, y le da vueltas a uno en el índice. “Variación en una maldición o encantamiento implica un error. Conformidad implica intención.”

Escucha a Enjolras levantarse y caminar a la chimenea, siente el movimiento de la magia en sus venas, pero Grantaire se pierde en su propia cabeza.

“¿Y qué harás tú?”

Inclina su cabeza.

“¿Vas a hacer algo?”

“Déjame en paz,” murmura. Le da otra vuelta al anillo en su dedo.

Enjolras pone el cofre de monedas en el piso con enfado. “Se supone que me estés ayudando” dice. Su voz suena rara– suena exhausto, aún, pero debajo de eso hay una nota metálica de frustración. Monedas caen de su boca al suelo.

“Han sido sólo dos días,” estalla Grantaire, retorciendo los anillos en sus dedos.

“¡Y no has hecho ningún avance!” Grantaire apostaría cualquier cosa a que Enjolras ha echado sus manos al aire con esa última acusación. “¡No paras de decirme lo mucho que no debería dudar en tu tipo de magia pero no te he visto hacer nada aún!”

Una de las botellas en el estante explota con un horripilante astillazo. Enjolras se calla abruptamente.

Grantaire se levanta lentamente, cerrando sus párpados sobre sus ojos inservibles. Con calma, se saca uno de sus anillos de cobre y lo levanta para que Enjolras lo vea.

Hay metal en las paredes del apartamento de Grantaire, completando un circuito perfecto. Dentro de este círculo, él es rey. 

Alrededor de sus pies, le prende fuego al piso.

*

El techo en el edificio de Grantaire es su jardín. Los otros inquilinos le dejan el espacio por completo; a cambio, él se ofrece como reparador y ayuda mágica, además de dejarles cosechar flores y hierbas de sus reservas.

Hace fresco en la terraza; a su alrededor la ciudad apenas hace ruido en lo temprano de la mañana, y de pronto se encuentra deseando poder ver cómo los edificios se alzan sobre la niebla que sabe permea la ciudad. Desea poder verlo para asegurarse. Desea poder ver el sol abriendo caminos a través de las nubes bajas con una espada flameante. Le hace doler el pecho. 

Envoyez à Courfeyrac ,” ordena en voz baja, con el móvil cerca a su boca. “Perdí la paciencia. Asegúrate que se encuentra bien.” Envía el mensaje, toma un respiro, y lanza su móvil por el tejado. 

Cuando Grantaire iba a la escuela, había jugado a manitas con sus amigos. Si cantaban las palabras  correctamente, chispas saltarían de sus manos cuando daban palmas. Solía mirar los brillantes destellos de fuego, tratando de atraparlos con su mirada antes de que desapareciesen. Nunca lo logró. Desaparecían tan pronto como aparecían. Su enfado se ha desvanecido de manera similar. 

Hay campanillas de viento en el perímetro de la terraza para poder orientarse. Se sienta en el mero centro de los macizos después de haber arrancado una margarita para ponérsela en la oreja. La moneda de oro en su collar está tibia contra su esternón; se la pasa por la cabeza y la coloca frente a él antes de formar un triángulo con tres de sus anillos alrededor de ella. 

El metal es bueno. El metal conduce la magia igual de fácil que la electricidad, lo que lo hace invaluable para talismanes y encantamientos. Grantaire tiene anillos de metal y collares metálicos y metal puesto en los muros de su casa. Es bueno manipulándolo.

Contener la moneda con los anillos la aísla. Con su mente busca la magia, ignorando su ardiente brillo y tratando de descifrar una característica o dirección. El hechizo debe de estar atado a algún lugar; la magia verbal no puede hacer una maldición de ese calibre, lo que significa que o bien alguien lo escribió o tiene una base física en alguna parte. 

No sabe cuánto tarda allí, encerrado en su cabeza con el blanco incandescente, pero es sacado de su ensimismamiento por un toque en el hombro. “Grantaire” dice Enjolras bajito, y entonces recuerda todo. 

Grantaire se voltea. “Perdón por haberte sobrecogido.” 

“Perdón por haberte gritado.” La voz de Enjolras es apenas un susurro, casi ahogado por las campanillas y el sonido de las monedas aterrizando en sus palmas. Grantaire siente el sol en su cara; no tiene ni idea de qué hora es.

“Hemos hecho esto mal” dice con pesadez.

Enjolras se aclara la garganta. “¿Me dejarías– Perdón, creo que tenemos que tener una buena conversación, pero…Las monedas no todas tienen la misma runa. No sé porqué no me había dado cuenta antes.”

Grantaire se anima al oírlo. “Eso significa que no es intencional. Quién sea que te hizo esto lo hizo por accidente.” Escarba en el suelo frente a sí por las monedas que acaban de aparecer. “¿Has escrito todos los símbolos?”

“Sí.”

“Perfecto. Se los podemos llevar a Combeferre para ver qué piensa.” Grantaire se comienza a levantar hasta que oye a Enjolras retroceder un paso.

Se deja caer otra vez. Después de un momento, Enjolras se sienta junto a él. Sus movimientos son sigilosos y titubeantes.

“Es una pena que no es sábado” dice Grantaire después de un momento. “Podríamos haber hecho una pijamada. Comer palomitas y trenzarnos el pelo los unos a otros.” 

“No sé cómo hacerle trenzas a alguien más” murmura Enjolras, dejando caer las monedas en su regazo. “Sólo a mí mismo.”

Grantaire frunce el ceño “¿Tienes el pelo tan largo?” Alza una mano inquisitivamente. Enjolras la toma y se la lleva a la cabeza. Su cabello es muy suave, Grantaire pasa sus dedos por su longitud hasta donde se acaba la trenza entre sus omóplatos. 

“¿De qué color es?”

“Dorado. Muy apropiado. ¿Puedo hacerte una pregunta?”

Grantaire suspira y retrae su mano. “Vaya, es una pijamada de verdad. Aunque voy a asumir que nunca has tenido una pelea de almohadas mágica. Ajá, adelante, y por cada una que hagas te preguntaré algo de vuelta. Juegos de confianza. A Courf le encantaría esto.”

“De acuerdo.” Enjolras se mueve hasta estar en frente de Grantaire, con sus rodillas rozándose. “En ese caso, empezaré con algo simple. ¿Cuál es tu color favorito?”

“Negro.” Grantaire dice sin expresión. Enjolras hace un ruidito de horror que le saca una sonrisa torcida. “Un comienzo de película, chico.”

“Oh, dios, discúlpame.” Enjolras dice miserablemente. “Sólo por eso me puedes hacer dos preguntas.”

“Vale. ¿Cómo te ves?” Enjolras hace un sonido inquisitivo. “ Lo único que sé es que tienes una larga melena dorada. Ni siquiera sé qué tan alto– espera, ponte de pie.” Ambos se levantan, ignorando las monedas que caen del regazo de Enjolras, y Grantaire extiende sus manos. “Qué hijo de puta.” Dice ensoñecido. “Eres más de diez centímetros más alto que yo, que te den.”

Enjolras ríe.

“Ahora dime cómo te ves.” Grantaire se deja caer al suelo otra vez.

“No sé qué decir” suspira Enjolras, siguiendo su ejemplo. “Mis ojos son azules. Tengo una frente. Una boca.”

“Guau, que te follen. Vale. Cuéntame sobre tus padres.”

Enjolras se adelanta hasta que sus rodillas se tocan de nuevo. “Acabas de mover este juego a un campo completamente serio” le advierte. Grantaire se encoge de hombros.

“Es un juego de confianza. Y no es como si fuera a aprender mucho de comentarios como ‘tengo una frente– ‘“

“Venga, cómo se supone que– ¿sabes qué? Como sea. Mis padres apestan. Me utilizaron para hacerse ricos.”

Grantaire se endereza de repente. “Enjolras…”

“Fui maldecido cuando tenía siete. Y ellos ni siquiera intentaron arreglarlo, o explicarme lo que me había pasado. Me sacaron del colegio y me encerraron en casa.” Pausa. Su voz se ha torna seria, y juguetea con el oro en su regazo. “Huí de casa cuando tenía diecisiete y dejé de hablar por completo. No había dicho una palabra en años hasta que me encontré a Feuilly y Courfeyrac y me trajeron a tí.”

Grantaire se cubre la cara con sus manos. Después de un momento Enjolras lo toma por las muñecas y aparta sus manos. 

“Para.” Dice con firmeza. “Te toca. Dime cómo prendiste fuego al piso sin quemar nada más.”

“Las paredes de mi apartamento están incrustadas con metal.” Dice Grantaire, y le muestra uno de sus anillos. Siente como Enjolras se echa para atrás levemente. “Da una vuelta completa. El anillo está hecho del mismo material. Si tengo el anillo en mi mano puedo manipular lo que quiera en el apartamento. Pero tiene hechizos protectores al igual que yo, así que nada arde.”

“¿Tú–”

“Mi turno.” Dice Grantaire firme. “¿Cómo conoces a Courfeyrac?”

“Era mi mejor amigo en el colegio al que iba antes de ser maldito. Protección contra el fuego. Adelante.”

“Te dije que tengo tatuajes.” Grantaire se detiene a arremangarse. “Obviamente no te puedo indicar exactamente cuáles son, pero la mayoría en este brazo tienen propósitos de protección.” Definitivamente no tiembla cuando Enjolras corre sus dedos suavemente por sus antebrazos. “¿Qué es lo que tus padres te enseñaron sobre la magia.”

Enjolras bufa. “Casi exactamente lo que tú dijiste. Que es un misterio y que debe mantenerse pura, y que los métodos antiguos funcionan mejor. Sé escribir muy buenos hechizos, pero ahora me parecen tan anticuados.”

Grantaire asiente pensativo. “¿Cómo– Perdón, no, te toca.”

“¿Qué estabas haciendo con la moneda cuando vine?” Enjolras ha mantenido una mano en la muñeca de Grantaire hasta ese momento, pero ahora la suelta y se echa hacia atrás. Ha empezado a mover las monedas a puñados quitándoselas del regazo, debe de haber comenzado a sentirse incómodo.

“Es casi imposible de explicar.” Le advierte Grantaire. “Los hechizos no aparecen por sí solos, ¿sabes? Necesitan preparación, o una base física. Estaba dándole espacio para ver si podía descubrir dónde está la base de tu maldición.” Se detiene, considerando sus palabras, y deja salir un sonido de frustración. “¿Sabes, como cuando quemas un pedazo de papel con un encantamiento, el encantamiento deja de funcionar?” 

“Ajá.”

“La magia de los objetos es algo parecido. El hechizo tiene que tener una fuente. Es bien lioso e impreciso porque todas las cosas tienen magia intrínseca, y puedes tomar de cualquiera de ellas para hacer hechizos, pero las propiedades de lo que usas afectarán qué tan bien funciona.”

“¿Y qué hay de la magia verbal?”

“Eso toma poder del lenguaje en sí mismo. Las palabras tienen poder en sí, transmitiendo información y compartiendo ideas. La magia se le pega al lenguaje de la misma forma que a las personas y animales. Es algo menos tangible, porque las palabras no son cosas, pero está allí. Es por eso que la magia verbal es tan difícil de rastrear.”

Enjolras está vibrando con curiosidad otra vez. “¿El idioma en que haces el hechizo lo afecta en algo?”

Grantaire asiente enfáticamente. “Feuilly te podría enseñar más que yo sobre eso. Incluso te podría llevar con Gavroche, ese chiquillo habla en un idioma de su propia invención y tiene más talento nato que nadie que yo conozca.” Toca su dedo en el piso. “La magia verbal cambia más rápido que las otras, porque cambia con el lenguaje y el lenguaje evoluciona muy rápido.”

Enjolras no responde. Un par de monedas tintinean de forma distraída.

Grantaire se endereza. “¿Te descompuse?”

“Es sólo que…” Enjolras se detiene. “Nos hemos estado saltando tu turno.” Dice después de una larga pausa.

Grantaire sacude su cabeza. “No importa. Tus preguntas son más importantes.”

“Sólo tengo dos más.”

“Vale, dispara.”

“¿De verdad crees poder romper mi maldición?” Su tono es franco pero tiene una intranquila corriente subyacente. Hace que le duela el pecho a Grantaire. Asiente.

Enjolras expira ruidosamente. “Vale. De acuerdo.” Juguetea con las monedas en su regazo. “Segundo, ¿por qué tienes margaritas en el pelo?”

Grantaire carda sus dedos por sus rizos, recogiendo las florecillas. “Me había olvidado.” Admite. “Es tan sólo una tontería.”

Enjolras espera. 

“Son flores muy alegres.” Dice Grantaire con un encogimiento de hombros. “Esperaba que me subieran el ánimo mientras trabajaba.”

*

“¿Qué no habías traído tu móvil?”

“Oh, eso. Lo aventé por el techo.” Grantaire casi puede sentir la mirada incrédula de Enjolras. “Calma, padawan. Tiene una tonelada de hechizos de protección en él, cortesía de Bossuet.” Sus palabras se tornan pensativas. “¿Tú tienes uno?”

“¿Me estás pidiendo mi número?”

“Lo haría, pero me da la impresión de que serías terrible sexteando.”

Enjolras bota algo al suelo y Grantaire ríe.

*

Courfeyrac gira sobre sus pies en la sala de estar de Grantaire, gritándole ideas sobre posibles modificaciones para el móvil de Enjolras. Grantaire subrepticiamente se presiona contra una de sus estanterías. No le agrada cuando las cosas se mueven tan rápido. “Courf, ¿puedes bajarle un tantito al ánimo?”

Courf empieza a saltar donde está.

“Eso… no es a lo que me refería.” Grantaire suspira. La exuberancia de Courfeyrac puede ser una diversión gloriosa pero justo hoy es cansante. Grantaire aún está tan cansado. “Enjolras, hay una caja con anillos sobre el mantel, ¿podrías sacar un par y pasárselos a Courfeyrac?”

Escucha un arrastre y un tintineo de metal; Courfeyrac deja de rebotar. “Oh.” Dice en un todo medido. “Perdón. No me fijé.”

“No entiendo.” Dice Enjolras en voz baja.

Grantaire vuelve a preparar té. “¿Courf?”

“Yo puedo.” Su amigo toma un respiro lentamente. “¿Recuerdas cuando estábamos en el cole, Enjolras, y siempre sabía quién se sentía mal en nuestra clase?”

“Ajá, me acuerdo.”

Courfeyrac mueve sus pies. “Es un poquito como lo que hace Grantaire, con su sentir la magia que hay en la gente, pero ¿con emociones?” Suspira. “E interfiere un poco con mi coco. Así que a veces tengo cambios de ánimo un tanto intensos.”

Enjolras deja caer un puñado de monedas en la mesa. “¿Y los anillos?” Grantaire trata de hacer el menor ruido posible mientras mezcla su té; incluso sin la aptitud de Courfeyrac puede sentir lo difícil que esta conversación es.

Courfeyrac titubea. “Todos mis amigos tienen unos en sus casas” dice lentamente, “porque yo los pierdo a menudo. Con ellos… puedo como que anclarme. Balancear las cosas.” Debe de estar extendiendo sus manos, porque lo siguiente que dice es: “Grantaire me ayudó a hacerlos, y Combeferre nos ayudó a escoger qué escribir en ellos, y luego Jehan insistió en cifrarlo para que sólo funcionase conmigo. ¿Ves?”

Enjolras está muy callado. “Son increíbles.”

*

Enjolras gesticula con sus manos cuando habla. Grantaire descubre esto cuando le pega en la cara en medio de una conversación. 

“Oh por dios, perdóname.” Enjolras dice, sus manos revoloteando alrededor. Grantaire lo aleja con una mano presionando su ojo. 

“Auch, mierda” se queja. “¿Quién murió y te nombró mi padre?”

Enjolras se para muy quieto. Grantaire repite sus palabras en su mente y jura de nuevo.

*

Todo se viene a la vez cuando Enjolras se da cuenta de que, ya que él ha estado durmiendo en la cama de Grantaire, Grantaire no ha dormido.

“¿Por qué coño no has estado durmiendo?”

Grantaire deja caer su cabeza en sus manos. Ha comenzado a ver colores en el vacío que es su vista, lo que nunca augura bien. “Literalmente te lo acabo de decir.”

Enjolras pisotea, jalándole a través de la habitación y esparciendo monedas por el piso. “Ni siquiera sabía que era posible estar despierto tanto tiempo–”

“Te pueden poner shots de atención en el café si se lo pides al barista” le informa Grantaire. “Es puñetera magia. ¿Entiendes, Enjolras? Es literalmente ma–”

Sus pies golpean la cama y cae en ella sin gracia.

“Eres un idiota” sisea Enjolras, quitándole los zapatos. “No más magia por hoy. Te duermes hasta mañana o te juro por dios que te ataré a la cama.”

Grantaire está tan ido que ni siquiera bromea sobre eso, lo que es una verdadera pena. Se  duerme antes de que Enjolras pueda quitarle los calcetines.

*

Grantaire se levanta a mediados de una epifanía que casi pierde al descubrir que se encuentra bastante enredado en los brazos de Enjolras. El agiteo resultante culmina con Enjolras siendo empujado fuera de la cama. Golpea el suelo duro y se despierta con un grito y un baño de monedas de oro.

“Lo tengo” Grantaire jadea. “Lo tengo, creo que lo tengo–”

“Si no quieres que te toque, podrías simplemente haberme despertado–”

“Estaba soñando–”

“Espero no haberte incomodado–”

“Estaba soñando en la biblioteca– espera, ¿qué?” Grantaire busca a Enjolras y frunce el ceño cuando no encuentra al rubio junto a sí. “¿Qué?”

“¿Qué estabas diciendo?” Enjolras pregunta de repente. 

Grantaire extiende sus manos. “¿Por qué estás en el suelo?”

“¡Me empujaste!”

“Perdón.” Grantaire mantiene sus manos extendidas y sus ojos cerrados. “¿Regresa?”

“¿Qué decías?” Demanda Enjolras. “¿Sobre tus sueños?”

“¡Oh!” Grantaire pega un salto y se levanta, casi tropezando con Enjolras y sus monedas. “Perdón, sí– sí, sueño, estaba soñando– de verdad te preocupa que no te quiera tocar porque te aseguro que ese no es el caso– no, coño, ¡esto es importante!” Enreda sus dedos en su melena. “Enjolras, ¿te quedaste con algo de tu infancia?¿Cualquier cosa?”

El rubio está sospechosamente callado. Y luego– “Una cosa. Un libro. Se lo robé a mi padre.”

“¿Ajá?” Grantaire pregunta, animándole a seguir. “¿Cuántos años tenías?”

“Jesucristo, ¡no sé!” Grita Enjolras, derramando más monedas. “Probablemente seis o… o…” Para y toma un respiro muy profundo.

Grantaire lanza las manos al aire. “¡Cuando tenías siete!” Grita.

Enjolras salta a sus pies con un grito sin palabras y se apresura pasando junto a Grantaire, que se abraza a sí mismo y espera. Pronto un delgado libro es puesto en sus manos. Brilla y quema y Grantaire no puede dejar de sonreír. No sabe cómo se le ha escapado en su apartamento; lo único que se le ocurre es que la continua presencia de Enjolras, que brilla mucho más potente. Grantaire le devuelve el libro. “¿Cuántas jodidas veces te tengo que decir que no puedo leer?” demanda, pero está radiante. Enjolras toma una respiración temblorosa y comienza a pasar las páginas.

“¿Qué estoy buscando?” Pregunta. Cinco monedas caen directamente al suelo, sin que ninguno de los dos las note. 

“Cualquier cosa escrita a mano.” Dice Grantaire, meciéndose en sus talones. “Tal vez una inscripción, un pasaje subrayado, mierda, incluso un par de manchas misteriosas–”

Enjolras se congela.

“Lo encontré.” Su voz es ronca. “Parece un–” Se empieza a reír, excepto que es más como un sollozo. “Es un hechizo de prosperidad. Grantaire–”

Grantaire sacude su cabeza y envuelve sus brazos en torno a sí mismo. “Lo corrompiste cuando robaste el libro.” Dice asombrado. “El hechizo habría estado atado a aquél que posea el libro, así que se aferró a tí.”

Enjolras está riendo y llorando al mismo tiempo, por una vez no pensando en las monedas que caen de sus labios. “Adivina qué libro es, Grantaire.”

Grantaire pausa. “No.”

“Sí.”

“Véte de aquí.”

“Lo juro por dios.” Dice Enjolras, y toma la mano de Grantaire y guía sus dedos por la cubierta resaltada. “Son cuentos de hadas, Grantaire, él hechizo un libro de cuentos de hadas–”

Grantaire toma el libro de las manos de Enjolras y lo tira al suelo antes de tomar al hombre en un abrazo. Enjolras le devuelve el abrazo, poniendo sus brazos alrededor de sus costillas y llorando en su hombro al mismo tiempo que se sacude de la risa. Se balancean en el medio de la habitación hasta que Grantaire lo suelta y se agacha para recoger el libro. “¿Listo?” Pregunta.

“Dios, sí.” Dos monedas caen al piso, y Enjolras les suelta palabrota tras palabrota alegremente antes de arrancar la página del libro. Grantaire sonríe mientras Enjolras le toma la mano para guiarlo hacia la chimenea. 

Se paran allí un momento. Enjolras respira profundamente y lanza la página al fuego sempiterno; Grantaire siente el estallido de magia parpadeando y cambiando mientras el hechizo se descompone.

Se vuelve hacia Enjolras y lleva una mano a su boca. “Adelante” murmura. Siente a Enjolras sonreír contra la punta de sus dedos.

Enjolras inhala profundo. “Hola, Grantaire” dice bajito. Ninguna moneda aparece en sus labios, y Grantaire apenas tiene tiempo de regocijarse antes de ser levantado en otro abrazo. Enjolras está riendo de nuevo y es hermoso, suena hermoso, y a Grantaire ni siquiera le importa el no poder verlo. El poder sentir a Enjolras vibrando en el círculo de sus brazos mientras trata de hablar a pesar de su sonrisa es suficiente. Es más que suficiente.

Notes:

Nota del autor original:
On tumblr I'm kvothes. I also having a writing inspiration sideblog at sweetprincet.
This work now has fanart, by the incredible Jay. See them here and here.
Deb deboracabral also drew the rooftop scene

here!

Traducción:

En tumblr soy kvothes. También tengo un sideblog para inpiración escritora en sweetprincet.
Esta obra ahora tiene fanart, por le increíble Jay. Velo aquí y aquí.
Deb deboracabral también ha dibujado la escena en la terraza

aquí!