Actions

Work Header

Ese alguien eras tú

Summary:

Ryuunosuke Akutagawa llevaba más de un mes con la misma rutina: todos los días, a la misma hora, terminaba en la biblioteca observando a cierto chico desde detrás del estante, intentando hablarle.

Pero lo más difícil comenzó cuando al fin escuchó su nombre.

Notes:

Hola!
Solo como aclaración, este trabajo es un autoadaptaplagio de un fic que escribí allá por el 2018 para el fandom de EXO y aunque perdí el acceso a mi primera cuenta, actualmente ambas versiones (Era ella y Ese alguien eras tú) siguen ahí. Por si acaso alguien hubiera leído esto antes por allá, sepan que soy la misma persona.
Sin más, disfruten la lectura.
No respondo chipote con cringe.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

«¿De nuevo? ¿No tiene nada más qué hacer?»

Haciendo más o menos la cuenta, Ryuunosuke Akutagawa llevaba más de un mes con la misma rutina: todos los días, a la misma hora, terminaba en la biblioteca observando a cierto chico desde detrás del estante.

«¿En serio no se aburre de leer?», se preguntó. Era algo que le molestaba, pero que también le parecía fascinante.

Una voz, ahora sí verdaderamente molesta lo sobresaltó y cortó el hilo de sus cuestionamientos.

—Con que aquí estabas, ¿eh? A-kun —preguntó con tono burlón un muchacho muy alto, de cabello castaño y brazos vendados que se sentó a su lado con toda la confianza del mundo—. ¿Ahora estudias?

—¿Puedes guardar silencio? —Era más fácil despegarse un chicle del pantalón que mandar a volar a Dazai, eso era de conocimiento común. Y por el apodo ya ni le reclamó nada; aunque le destrozaba la civilidad, un día solo aceptó que no tenía sentido discutirle nada.

Dazai lo veía con sospecha mientras Akutagawa se esforzaba por mantener su poker face. Observador habilidoso y acechador de primera como solía ser, una de las muchas habilidades de Dazai era observar. No era sencillo ocultarle cosas a él.

Cansado de mantener la mirada, Akutagawa miró a su izquierda por apenas un segundo y aquel mínimo gesto hacia algún lugar más allá de la estantería, le indicó a su amigo hacia dónde debía mirar. Solo un instante fue suficiente para delatarse.

Mierda, de verdad andaba con la guardia muy baja.

Sin disimulo Dazai metió la cabeza entre las repisas en busca del interés de su amigo y lo encontró.

—¡Oho! Ya veo, que interesante lo que estudias, eh. —Dazai le dedicó una mirada aprobatoria, acompañada con un gesto de "ok" en su mano.

—Cállate.

—Ehhh, ¿qué fue lo que dije acerca de cómo dirigirte a mí?

No le respondió.

—«-san», soy Dazai-san. Créeme, es por tu bien, hasta los matones son respetuosos con sus mayores.

—¿Mayor? Estamos en el mismo grado —enfatizó Akutagawa. Podía tolerar su apodo, pero lo que Dazai le pedía rebasaba su límite de humillación. 

—Te llevo un año.

—No cuenta.

—Claro que sí.

—Cuando repites año por una estupidez, no cuenta —le echó en cara—. Y de nuevo, cállate; estamos en una biblioteca.

Una fugaz mueca de desagrado pasó por el rostro del castaño. Demasiado fugaz para decir le molestó el comentario o que su pequeño A-kun fuera cada vez menos su pequeño A-kun.

—Ya, ya, Capitán Obvio, sé dónde estamos, por eso me preguntaba si te había dado por ser un buen chico. Aunque veo que no tanto... —le dijo Dazai, moviendo sus cejas de forma sugerente.

—¡Dazai! —lo reprendió. Su propia vergüenza era suficiente como para que viniera a hacerle esas caras— Vuelve a hacer eso y te arranco las cejas.

—¡Entonces combinaremos!

Akutagawa negó con la cabeza; era imposible.

De todas formas, ambos muchachos echaron otro vistazo por entre los libros hacia la mesa donde estaba el "blanco" de Akutagawa. Dazai le dió un golpecito en el hombro para llamar nuevamente su atención.

—Oye, te he estado buscando las últimas semanas y me preguntaba en dónde te habías metido.

«Semanas», pensó. En boca de otro sonaba como demasiado tiempo; claro que tampoco había sido su idea seguir a ese chico a propósito o algo por el estilo; no al inicio, al menos.

—De veras que empezaba a preocuparme.

—Pues deja de preocuparte; es más, vine aquí para escapar de tí.

—Ajá, esa créetela tú. Nada más le estás haciendo al cobarde, A-kun.

Dazai tenía razón y eso solo le hirió más el orgullo.

El motivo inicial de su visita en la biblioteca era simple: la escuela prohibió el paso a su lugar favorito para pasar el rato, al parecer, todo gracias a algún soplón sin aprecio por su vida. Tenía gente rondando todo el tiempo y estar siempre alerta sonaba a un fastidio, así que no le quedó más remedio que buscar un sitio nuevo.

La biblioteca apareció en la mente de Akutagawa como el segundo mejor lugar para dormir después de la enfermería; le hallaba el agregado de que nadie la visitaba, aunque tenía menos puntos porque el olor a libros viejos y el polvo podrían provocarle alergias o ataques de tos. Pero finalmente hizo su elección basado en que, bueno, sería estúpido tratar de hacerse el enfermo todo el día, todos los días.

Y también estaba el Dr. Mori que era muy raro; de hecho, todo a su alrededor lo era, hasta su asistente.

Como fuera, un lugar solitario era lo que buscaba y creyó que encontraría, pero apenas puso un pie dentro, se encontró con él. Cabello gris casi blanco con un corte muy extraño, piel pálida y la camisa blanca del uniforme impecable. Todo en él era tan claro que parecía un fantasma; estaba sentado en una mesa, leyendo.

Del susto, Akutagawa chocó con un carrito lleno de libros cercano a la entrada, haciendo un escándalo indigno. El único ocupante del recinto levantó la mirada, exaltado y él solo atinó a levantar su mano en señal de que estaba bien...

... tan bien como la mierda, porque los moretones en las piernas se le notaron por dos semanas y juraba que aún podía verlos si ponía un poco de atención.

El chico de cabello dispar asintió, y como si no pasará nada, continuó leyendo su libro; sumergiéndose en su mundo de tinta.

Akutagawa corrió hasta el fondo del recinto con el corazón palpitando a la velocidad de un infarto y se resignó a perder su siesta del receso. ¿Cómo podría dormir después de semejante vergüenza?

Debió regresar por dónde llegó, no hacer de ese lugar su rincón de las penurias.

Planeó salir a hurtadillas al terminar el receso, pero para su sorpresa, el chico ya no se encontraba ahí.

La siguiente ocasión el muchacho también estaba ahí y también la siguiente y la siguiente. En ocasiones coincidían durante clases, otras al finalizar el día, aunque nunca intercambiaron más interacción que la de la primera vez. Y por fortuna, no había vuelto a haber atropellos ni había hecho otros desastres.

Superando la incomodidad de ese primer encuentro, la privacidad que le daba el último pasillo del lugar animó a Akutagawa a pasar también ahí todos y cada uno de sus "descansos" —forma elegante para decir que se saltaba las clases—; luego, casi sin darse cuenta, dejó de dormir la siesta. Eventualmente se mudó al pasillo más cercano a la mesa habitual de su compañero —«porque nuestras corbatas son del mismo color, así que somos del mismo grado y por ende compañeros, ¿no? Simple lógica», se decía— y comenzó a observar.

El chico iba y venía de una sección a otra, conocedor de su entorno. A veces vagaba entre los pasillos y lo acompañaba el sonido de los libros siendo devueltos a sus lugares, pero nunca llegó hasta la sección donde Akutagawa montaba guardia; eso lo decepcionó, pero aprendió a agradecer por ello, ya que de solo pensar en verlo de frente luego de su ridículo espectáculo se le iba el aliento —aunque ya habían pasado días desde el incidente.

En otras ocasiones, el muchacho solo se sentaba a leer; devoraba libros como si pudiera vivir de ello. Tenía toda la pinta de un niño bien portado en toda regla, pero simplemente algo no estaba bien, ¿qué clase de cerebrito se saltaba tantas clases?

Al inicio, Akutagawa se preguntaba qué era lo que tanto leía, qué era tan interesante como para que se pasara los días en ese lugar. Pero con el paso de los días, sin darse cuenta, otras cuestiones invadieron su mente; mientras caminaba a la biblioteca, se preguntaba cómo sonaría su voz y trataba de imaginarla; escuchaba a otros en los pasillos buscando en ellos una forma de hablar que fuera con él; ante grupos de amigos se preguntaba de qué le gustaría conversar, y cada que se topaba con un buen chiste en televisión se lo imaginaba riendo. Era totalmente, irrazonablemente intrigante.

De repente, se descubrió intentando reunir el valor suficiente para hablarle. Y luego el valor para no fracasar en ello a diario, semana a semana.

Llegado el día, lo único que quería era pedirle que alejara su mirada de aquellas letras impresas. Pedirle que le permitiera conocerlo porque de verdad quería saber sobre él a un nivel casi... desesperado. Pero probablemente nunca le dirigiría la palabra.

Y mucho menos lo haría si Dazai y su ruidosa presencia terminaban por ahuyentarlo.

«Si él no huye de mí para siempre, tal vez quién se largue de aquí sea yo», resolvió.

La idea se le hacía tentadora, porque cada día se desconocía más a sí mismo y le daba miedo. Y la razón no necesitaba escucharla de otros porque era evidente hasta para él: Se había enamorado de ese chico.

—¿Entonces lo conoces? —preguntó el de los brazos vendados, trayéndolo de vuelta al presente. Esa era su dinámica: Dazai hablaba si Akutagawa no lo hacía

—¿Si lo conociera crees estaría aquí sentado, escondido contigo? —le respondió con todo el odio que podía acumular en su voz. No era mucho, porque no podía odiar a Dazai—. Obvio que no lo conozco. Aún.

—¡Woa! Eso sonó súper serio: "aún" —bromeó Dazai, con una imitación ridícula mientras tomaba un libro al azar y lo observaba como si fuera un objeto extraño. No era raro, lo único que le había visto leer desde que lo conocía era esa aterradora guía de suicidio que siempre amenazaba con poner en práctica.— ¿Sabes qué? Hay que hacer que esto se ponga interesante —el de los brazos vendados dejó el libro en el piso alfombrado y se puso de pie para levantar a su pálido amigo de un solo tirón—. Háblale, te apoyaré desde aquí.

—¡No!

—¡Sólo ve! —Dazai le dió un empujoncito y volvió a sentarse, esta vez en el punto de vigilancia exacto de Akutagawa—. Wow, de verdad encontraste un buen ángulo —añadió en un susurró de admiración.

También podía ser burla, con él no se sabía.

—Quítate de ahí —lo reprendió, empujándolo con su pierna.

—Entonces ve.

—¡No! No voy a hablarle. No hoy... no contigo aquí.

—Bien, bien, como quieras. Pero no vengas llorando después, eh —le advirtió mientras se ponía de pie, exagerando el esfuerzo—. En fin, yo nada más venía a decirte que Odasaku jura que consiguió perfeccionar su receta esa de curry toda horrible, y lleva toda la semana buscándote para que la probemos juntos, así que ven a su casa si te cansas de ser un cobarde. Y bueno... Es nuestro último año A-kun, así que deja de hacerlo sufrir y ve a darle una vuelta —parecía que había terminado, pero añadió, esta vez en un tono más serio mientras señalaba con el pulgar hacia el otro lado del estante—; y deja de hacerte sufrir y ve a hablarle, ¿sí?

La cara de Dazai volvió a su habitual gesto de idiota, hizo un ademán de marino y se alejó.

Eso también fue doloroso. Él mismo se lo decía una y otra vez cada que recordaba su situación: era su última oportunidad y sabía que no llegaría a nada escondiéndose.

Ni siquiera tenía motivos para hacerlo. Con sus amigos habían hecho bastantes cosas estúpidas durante su vida de preparatoria, así que era ridículo que no pudiera hacer algo tan simple como dirigirle la palabra a una persona.

Cuando la puerta se cerró detrás de Dazai, Akutagawa tomó una decisión.

Se presentaría y le sugeriría tomar el almuerzo juntos —ya habían compartido bastantes descansos, pero iba a hacer como que no los estaba contando—; sin embargo, la motivación se le fue hasta el piso cuando notó por entre las repisas superiores que la mesa estaba vacía.

Abatido, Akutagawa cedió y se sentó con la cabeza entre las piernas. Tachó un día más en su agenda mental y maldijo a Dazai por hacerle perder el tiempo, aun cuando claramente no era su culpa.

Ya no había un próximo año. Definitivamente, el mundo era cruel.

—¿Estás bien?

Muy cruel.

El pequeño dolor del corazón de Akutagawa desapareció y en menos de un milisegundo se instaló en su estómago. ¿Dios le estaba ayudando o le estaba jugando una demasiado-cruel-broma? Si algo era un hecho, era que no esa voz no le pertenecía a Dazai.

Ignoró aquella suave y amable voz con la esperanza de solo haberla imaginado, pero entonces, esta se coló por sus oídos una vez más:

—¿Estás dormido?

El chico recibió silencio como respuesta.

—Oye, necesito devolver este libro a su lugar —apuró el muchacho desconocido.

—¿Y? —le respondió finalmente. «Es imposible, no puede estar pasando».

—Va justo donde estás sentado.

—¿Y? —«no puede ser real. Maldición, no puede ser cierto», se repetía Akutagawa, quien no podía articular palabra.

—Oye... ¿Crees que puedas moverte un poco, por favor?

Akutagawa se arrastró unos centímetros sobre su trasero, sintiendo la estática de la alfombra hasta la punta de sus dedos.

—Gracias —respondió el chico con cortesía y se agachó a su lado.

De reojo, pudo ver como el chico movía con destreza algunos libros caídos y hacía encajar a la perfección el suyo y que Dazai había tomado. Esperaba que se fuera una vez devolviera el libro a su lugar, pero se quedó mirando los demás ejemplares. Después de lo que se sintió como una eternidad de tensión, hablo:

—Entonces, ¿Qué hacías?

Se quedó en silencio, buscando una respuesta. Pero el chico apenas le dio tiempo.

—¿Buscabas un título en especial?

—¿Qué te importa? —respondió Akutagawa, soltando su respuesta estándar para cuando no sabía qué decir y de inmediato se arrepintió de contestarle de esa manera. No era su mejor mecanismo de defensa.

El muchacho no le respondió. Lógico, nadie respondería a un desplante como ese; sin embargo, debía remediarlo. O al menos intentar.

—Okay, buscaba un libro de... ¿cocina? —comenzó Akutagawa, sin dirigirle la mirada.

«¿Pero por qué se lo estoy preguntando?»

—¡Sí! Estoy totalmente seguro, seguro de que sí —continuó. Eso ya no era sobre ningún libro, se estaba hablando a sí mismo intentando ganar confianza—. Muy seguro.

El chico de cabello gris le respondió, palabra por palabra y con duda en voz:

—Que bueno que tengas tanta seguridad... es solo que estás en la sección de biología.

—Es que debo conocer primero la composición de los... camarones y las... ballenas.

—Entonces deberías buscar sobre vida marina, ¿No?

Una vez más, no hubo respuesta.

—¿Por qué dijiste que era de cocina? —presionó el muchacho.

—¡Bueno, ya! No busco ningún libro, ¿bien? —le soltó Akutagawa, en voz más alta de lo que quería y con un tono más brusco del que buscaba—. Solo vengo a este lugar a pasar el rato, ¿sí? eso es todo.

«Maldita-mente-patético.» ¿Qué cara tendría el chico? Quería saberlo, pero no quería levantar la cabeza.

—¿Y qué tiene de divertida la biblioteca? Digo, como para "venir a pasar el rato".

«No lo sé, dímelo tú», quería contestarle.

—Da igual, me largo —se levantó como impulsado por un resorte, dispuesto a irse para no volver, pero la voz del chico a sus espaldas lo detuvo.

— ¿Entonces eso es todo lo que vas a decir?

—¿Qué?

—Dijiste que no me hablarías con «Dazai-san» aquí —le dijo con tono retador—. Bueno, ya no veo a Dazai-san por ningún lado.

—¿Escuchaste todo eso? —Akutagawa estaba sorprendido y algo avergonzado de que el chico no viviera tan desconectado de la realidad como creía.

El muchacho de cabello blanco soltó una risa sarcástica.

—Si hablaran más bajo, aún se escucharían hasta la sala de referencia. Pensé que todos sabían que se guarda silencio en una biblioteca.

Por supuesto que él no sabía cuál era la sala de referencia. Con suerte sabía dónde estaba parado; con demasiada suerte se las arreglaba para seguir existiendo en ese momento.

—Bueno, a veces Dazai es un poco tonto.

«Lo siento Dazai-san, pero ya que me expusiste necesito un chivo expiatorio.»

—Y no deberías olvidar que esto no es un salón de descanso —retomó el muchacho su protesta.

—¿De qué hablas?

—Tampoco es un observatorio, ni un escondite...

Akutagawa crispó las manos en puños, encajando sus propias uñas en sus palmas. Podía sentir cómo se le encogía el estómago por los nervios.

—... y mucho menos un sitio de reunión para acosadores —la seguridad en la voz del muchacho se tambaleó al decir eso último y el acusado por fin se dio la vuelta. El reproche y la molestia, aunque habían abandonado su voz, se reflejaban en su rostro.

El aludido intentó hacer oídos sordos, pero sentía las orejas calientes, y seguramente ya estaban algo rojas por la vergüenza.

—Insisto en que no sé de qué estás hablando —replicó  Akutagawa, con supuesta indiferencia.

—No te hagas el tonto, ¿crees que no se que tú trajiste la almohada y la manta que trajiste hace tres semanas? ¿O me vas a decir que eso también es cosa de Dazai?

Lejos de lo que Akutagawa solía imaginar, o de lo que esperaba que fuera su primera conversación real, el encuentro no resultó tan dulce; pero tampoco estaba decepcionado. Sí, le estaba recitando sus faltas al reglamento, pero eso solo significaba una cosa:

«¡Maldición, me ha estado notando!»

Ante la falta de respuesta, el del cabello raro comenzó a repasar los títulos de los libros frente a él. Sus delgados dedos temblorosos paseaban sobre los lomos. Parecía debatirse entre si decir algo más o no.

Por su parte, Akutagawa, que solía ser reacio al contacto, se descubrió fantaseando con esos dedos entrelazándose con los suyos, acariciando su rostro y el dorso de su mano. Lo observó con atención por primera vez. A lo lejos le parecía típicamente adorable; pero ahora que lo tenía enfrente notaba una cierta aura de fiabilidad. Era apenas unos centímetros más bajo que él, pero eso no lo hacía menos guapo.

—Y luego... — reanudó el muchacho— hay ocasiones en las que escucho tu música aún cuando usas tus audífonos; no me molesta la música, pero creo que deberías bajar un poco el volumen, podrías lastimar tus oídos. Pero eso no es todo —continuó el muchacho con una expresión seria y Akutagawa se preparó para el golpe—, también roncas muy fuerte cuando te quedas dormido y eso sí es molesto. Sin ofender, también me has sacado varios sustos, de tos y comprendo que no es tu culpa, pero deberías visitar a un médico.

¿Lo estaba regañando? ¿Eso contaba como regaño?

—Y lo que sí es un problema es cuando comes aquí adentro; no creas que no me doy cuenta. Lo que sea que comas, siempre apesta todo el lugar a condimentos. Ah, y algo más. Mmm... ¿cómo lo digo?

«¿Hay más? Solo dilo, maldición, solo hazlo».

—Tienes una presencia exageradamente fuerte... pero no sé si eso es malo —se apresuró a decir—, es solo que tu mirada es en serio penetrante y créeme, eres mucho menos discreto de lo que crees —el chico soltó una risita nerviosa y comenzó a juguetear con un libro, lo atraía hacia afuera con un dedo, lo regresaba y repetía el proceso—. Si te soy sincero, comenzaba a tener algo de miedo... creo que si no te hubiera escuchado discutiendo con Dazai-san acerca de mí, tampoco habría podido enfrentarte hoy...

Por primera vez, Akutagawa quería morir, quizá debió leer aquel libro cuando Dazai se lo ofreció. Estaba avergonzado por sí mismo y de sí mismo, pero sobre todo, se sintió mal por el muchacho.

—De hecho, hasta pensaba dejar de venir aquí.

Tan idiota, tan egoísta; robándole la tranquilidad a aquel pobre chico. ¿Qué más daba ya su dignidad?

La campana sonó, indicando que terminaba el descanso y que, de la manera más desalentadora posible, Akutagawa cumplió su cometido.

En silencio, el de cabello negro vio cómo el chico cambiaba de lugar un par de libros más en el estante solo para alejarse de él, dando por terminada la conversación.

Eso no estaba bien, no podía dejarlo así.

La valentía se apoderó del observador furtivo, que tomó la decisión de abandonar su miedo y sobre todo, su estúpido orgullo.

—¡Oye! —lo llamó sin modular su temblorosa y seca voz, esa que había callado por tanto tiempo.— Sé que apenas dije nada hoy y entiendo que no he sido más que un idiota... y tal vez sea tarde, pero yo... —dudó por un instante. Hacía tiempo que no tenía la necesidad de presentarse. Aunque eran ridículos, muchos conocían sus múltiples apodos. Así que optó por lo más simple— me llamo Akutagawa. ¿Y tú?

Finalmente, Akutagawa lo miró de frente. Sus grandes ojos claros parecían oro salpicado de púrpura ante la luz que se colaba por entre las cortinas. «heterocromía segmentaria», recordó de algún lado, nunca pensó que llegaría a sentir algún tipo de agradecimiento a la genética; unos cuantos cabellos negros se asomaban entre los más claros del largo mechón que enmaraba el lado derecho de su cara, se preguntó cuál sería su color original.

El muchacho se tomó su tiempo para responder. La duda se reflejaba en su mirada, en todo su rostro y nadie podría culparlo, pero finalmente respondió:

—Atsushi. Atsushi Nakajima.

Un nombre agradable, pensó Akutagawa. Como un poema o una canción familiar que se ha escuchado toda la vida, o algo más.

Atsushi estuvo a punto de irse nuevamente.

—Vendrás mañana, ¿verdad? —Akutagawa se atrevió a preguntar. Aún se sentía nervioso,, pero era como si un calor en su pecho quemara las palabras y las obligara a salir.

La cabeza de Atsushi se inclinó ligeramente a un lado, acompañando a una sonrisa franca que únicamente lo volvía más lindo. Brillaba por sí mismo.

—Igual que siempre —en un movimiento demasiado natural, se llevó la mano detrás de la nuca—. Ah. Oye, ya que por fin te presentaste... Uhm, Dazai-san... él te llamó A-kun.

—¿Y? —por costumbre, volvió a responderle con un monosílabo. Era lo que mejor se le daba.

—¿Crees, que pueda llamarte así? Es que... Akutagawa es muy largo, ¿No crees?

—Como quieras —le respondió de la forma más indiferente que pudo, aunque su corazón parecía saltar en trampolín y en el fondo agradecía a Dazai—. Yo supongo que te lo debo.

—Entonces A-kun será. A-kun. La verdad es que suena bien.

—Oye, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Claro, dime.

—¿No te conozco de algún lado? — ni siquiera él acababa de entender a qué venía la pregunta, pero algo en su nombre lo inquietaba.

Atsushi dudó un momento y clavó sus ojos sobre el de cabello oscuro, estudiando con atención. Su mirada también era bastante intensa.

«Con que así es como se siente...».

—No, no lo creo —respondió por fin, para la decepción de Akutagawa—. Si te conociera de antes, probablemente te recordaría. Hasta mañana.

Esa última frase lo compensó todo. 

El muchacho se alejó haciendo un ademán con su mano; la tensión de momentos atrás parecía haberse escapado por sus poros. El lado más largo de su flequillo se bamboleaba con su andar y entre los brazos, cubiertos por las mangas de su enorme cárdigan color camello se llevó una pila de libros.

«Atsushi Nakajima».

—Hasta mañana.

 


 

Las semanas que le siguieron a aquel día fueron casi un sueño para Akutagawa.

No solo se vio con la libertad de dejar de esconderse, sino que ahora era capaz de sentarse en la misma mesa frente a Atsushi y de hablar con él sin importar a qué hora se lo encontrara —todavía le tropezaban las palabras al saludarlo, pero es que buena parte de su concentración se iba en no generar vergüenzas mucho más grandes.

Y meses después de aquella patética presentación, ya sabía, además del nombre de Atsushi, que su color favorito era el azul celeste, que adoraba el chazuke, los suéteres enormes y suaves y que su sueño era administrar alguna gran biblioteca o a corto plazo llevar la de su escuela. Le contó que había leído mucha poesía pero que, era capaz de devorar casi cualquier libro que pusieran en sus manos. De todos los autores que mencionó, Akutagawa conocía a muchos de ellos, pero se limitaba a decir cosas como "ah, he escuchado de él" o "sí, lo leímos en clase". La verdad era que a él también le encantaban, pero prefería escuchar la opinión de Atsushi.

La música era otro asunto, eran polos sumamente opuestos. Aunque si él le pedía escuchar canciones infantiles o de cuna, siempre podría plantearse la posibilidad de intentar. También se enteró de que dormía y se despertaba muy temprano, y de que el café le daba sueño.

Para resumir, Atsushi sí era tan buen chico como parecía ser y Akutagawa casi se sentía mal por distraerlo en lo que se suponía, era su lugar y horas de estudio.

Casi.

Dazai le decía que fuera con cuidado, que los crushes eran solo para contemplarlos de lejos y que conocer a las personas que idealizaba siempre traía decepciones, pero él estaba convencido de que Atsushi era la excepción. Era lo que su mente había imaginado y para su suerte, también era mucho, mucho más. Con él era fácil hablar cuando fuera y de lo que fuera durante horas, su instinto no podía estar equivocado.

Pero entonces un día normal, mientras comía en la cafetería con el resto de sus amigos, apareció Dazai. Todo iba perfecto, hasta que en su estúpido afán de intentar ser su embajador del amor (o un heraldo de los problemas), se atrevió a abrir la boca, de nuevo:

—¿A-kun, no se te hace tarde?

Akutagawa le dio una mirada de duda como respuesta, porque no sabía de qué le estaba hablando.

—Bueno ahora que tú y Atsushi ya son novios, lo acompañas hasta su salón y todo ¿no? Digo, como ya casi no te vemos, asumo que se la pasan pegados, todos melosos y así —aseguró haciendo como que abrazaba a Oda. Que a propósito de la situación. también preguntó:

—Oigan, ¿creen que ese Atsushi tenga algún amigo o un hermano que me pueda presentar?

Esas fueron las preguntas. Pero más allá del hecho de que no, no eran novios y de que jamás dejaría que ninguno de esos idiotas se le acercara a Atsushi, la verdad era que Akutagawa sabía poco sobre su vida escolar; no tenía ni la menor idea de cuál era su grupo, nunca lo había acompañado hasta su salón y tampoco le había hablado sobre sus amistades. En realidad, ambos se contaban poco sobre cosas o personas de la escuela, porque bueno, al parecer siempre encontraban otras cosas más interesantes o más triviales sobre las cuales hablar. Era como un acuerdo implícito en el que, sin importar quién de los dos se fuera primero o si ambos salían al mismo tiempo de la biblioteca, simplemente se verían al día siguiente durante el receso o con suerte, saltándose alguna hora.

E imaginarse quedar después de la escuela sonaba diez veces más imposible para Akutagawa y su corazón. Sí, Atsushi le interesaba, pero no era como si pudiera pedirle salir así como así. No, claro que podía, pero mil preguntas se agolpaban en su cabeza: ¿no era demasiado pronto? ¿Cuánto se supone que dura el cortejo? ¿Siquiera lo estaba cortejando?... mierda, ¿y si lo rechazaba?

Sin duda, el amor era complicado.

«Amor», una palabra demasiado grande.

Como fuera, intentaba convencerse con todas sus fuerzas de que si debía ser, entonces eventualmente darían "ese paso" (como decía Oda, como decía Dazai), lo que sea que eso significara.

Era seguro que Atsushi no tenía ni idea de lo que pasaba por la mente de Akutagawa, pero sin saberlo, hacía de todo menos ayudar. 

Había momentos en los que el chico de cabello claro hacía sus libros a un lado y lo miraba con especial atención, con la cabeza descansando sobre sus brazos, recostado sobre la mesa, mientras Akutagawa trataba de fingir que no se daba cuenta y fallaba estrepitosamente al mirarlo de regreso, porque no podía evitar sentirse nervioso.

—¿Por qué me miras?

—No te miro.

—Sí lo haces.

—Bueno, tómalo como mi venganza —solía bromear el chico.

¿No podía solo decir "te miro porque te molestas fácil y eso me gusta"?

En momentos como aquellos, Akutagawa sentía que había algo más en esos ojos dorados, pero no lo alcanzaba a descifrar y se negaba rotundamente a ser un idiota autocomplaciente, así que cada vez se encontraba volviendo a casa igual de solitario, pero el doble de confundido.

Por otra parte, la idea de esperar a que un día Atsushi dijera algo como: «¿Me acompañas a mi salón?» o algo por el estilo, tampoco lo ilusionaba; cabía la posibilidad de nunca llegara. Sencillamente no sabía qué creer.

«Solo ve y pídeselo», le aconsejaron Oda y Dazai, como si fueran expertos en el amor y por supuesto que los mandó al diablo.

La situación escaló a tal que, harto del mal de amores crónico y voluntario de Akutagawa, Ranpo expuso su fantabulosa idea:

—Si tanto te molesta, ve sorpréndelo. Igual te echa a patadas y ya dejas de romperte tanto la cabeza.

—Ranpo-kun, él ni siquiera sabe en qué aula toma clases —intentó mediar Dazai. Su tono burlón hacía que Akutagawa y su situación parecieran aún más tristes. Eso no selo agradecía.

—Si algo quieres saber, a Sakaguchi deberías ir a ver —rimó Ranpo, con voz cantarina.

—Ah, es cierto —recordó Dazai.

—¿Qué mierda? —se burló Odasaku—. ¿Quién es ese?

—Ango Sakaguchi, del grupo de Dazai. Tiene la reputación de ser un stalker de primera o alguien con demasiada "suerte'' para escuchar conversaciones ajenas de menor y mayor importancia, lo que te parezca más coherente. Sabe todo acerca de todos en esta escuela: o al menos eso se cuenta.

—Con un nombre como ese yo también evadiría mi propia vida —se burló Odasaku—. Pero vamos, ustedes son igual de metiches, dejen de darle vueltas y ayuden a nuestro pequeño A-kun —alegó.

—Me gustaría, pero mis honorarios son altos —decretó Ranpo, como si Akutagawa no estuviera ahí, sentado frente a él—.

—¿Y los de aquel chico que dice no?

—Dicen que Ango es tan chismoso que ni siquiera te pedirá algo a cambio si le preguntas, casi lo hace por deporte.

—A mí no me interesa meterme donde no aprecian mi ayuda, me da flojera —aclaró Dazai—. ¿Y a tí?

—También, una poca —secundó Ranpo echando sus brazos sobre la mesa y dando un largo bostezo.

—No recuerdo a ese chico —comentó finalmente Odasaku, dándose por vencido con esos dos.

—Me sorprende, siendo que se la pasa diciendo a los cuatro vientos lo mucho que le gustas — Dazai arqueó las cejas y miró a Oda, quien jamás en la vida había abandonado su cuchara y su curry a tal velocidad.

—¡¿Qué?! ¿Hay alguien así en esta escuela?

—Está en el grupo de Dazai. Lo acabo de decir.

—¿Y por qué no me dijiste antes? —Oda apresuró los últimos bocados de su plato, de pronto tenía prisa.

—Te lo acabo de decir —le repitió Ranpo.

—Oye, ¿que no eres nuestro profe? —apuntó Akutagawa, obviando la inmoralidad del asunto—, ni siquiera deberías estar preguntando.

—No te quejas cuando faltas y aún te pongo asistencia.

Qué trío de idiotas. Pero Oda tenía algo de razón.

Después de clases, Akutagawa fue con los chicos a casa de Oda y aunque la idea inicial era de Ranpo, fue Dazai a quien le pidió contactarlo con el tal Ango —Ranpo igual se enteraría, pero así daba menos pena.

El encuentro fue acordado para una semana después, una vez terminados los exámenes parciales.

Para sus adentros, Akutagawa ya estaba pensando en cómo sería su encuentro. No iría a visitar a Atsushi con un poema en mano para pedirle que salieran ni mucho menos (aunque valía toda la pena intentarlo), pero se conformaría con algún tipo de "encuentro casual" con él... y luego le diría que no fue tan casual sino más bien algo predestinado y estarían juntos como siempre debieron.

O quién sabe, no había cómo saberlo.

Lo único que alcanzó esa semana, fue la seguridad de que debía contener aún más sus estúpidas fantasías.

 


 

El día de la reunión, mientras se dirigía al lugar designado, Akutagawa se preguntaba si realmente estaba haciendo lo correcto. Y con cada paso se convencía de que no lo hacía, pero en cuanto vio al chico pálido de cabello negro y gafas redondas llamándolo con señas desde las gradas de la cancha, supo que ya no había marcha atrás. Podía ignorarlo, pero ya se habían visto. Y si era cómo todos le habían dicho, no le convenía estar en malos términos con él. A ninguno le convenía.

Arrepentido, se sentó un escalón más abajo de Ango. De los dos, nadie emitió saludo alguno.

—Vaya, Ryuunosuke Akutagawa en persona —soltó Ango con cierta decepción en la voz—. He escuchado muchas cosas sobre ti, pero viéndote... apenas puedo creerlas. ¿Qué con tu expresión de condenado?

—Te importa poco, ¿no? Si no puedes creerlo no lo creas —lo cortó Akutagawa, haciendo gala de sus dotes de intimidación para cerrarle la boca—. Solo vamos al punto, Sakaguchi.

—Bien, bien —«qué genio»susurró Ango para sí mismo—. Me dijo Dazai que querías saber algo sobre un chico... ¿Un tal Atsushi verdad? ¿De tercero?

—Sí.

—Bueno, la verdad no recuerdo a ningún Atsushi en tercer año. ¿Cómo es él?

— Veamos... Se llama Atsushi Nakajima y es... no sé... ¿lindo?.

—Romeo por favor, concéntrate y sé específico.

—Está bien. Ah... corte raro con un fleco largo a la derecha, grisáceo con un mechón negro; siempre usa el cárdigan de la escuela, pero más grande de lo que debería; ojos bonitos, como de mi estatura y... ya. Creo que es todo. Él es bastante normal.

Ango se quitó los lentes y llevó los dedos índice y pulgar al puente de su nariz, haciendo un claro esfuerzo por recordar.

—Mmm...lo siento, pero me temo que no sé a quién estás buscando. ¿Te estás burlando de mí? Ni ha de ser de esta escuela.

—¡No, sí está!. Conoce la biblioteca como nadie.

—¡Ah! ¡Ya, ya! ¡Nuestro pequeño «Ángel de la Biblioteca»! Debiste comenzar por ahí —le reclamó. —Sí, es él, ¿Verdad?

—¿Ángel?

—Daba tutorías para los primeros años, ¿no? He escuchado que así lo llaman algunos chicos de primero que han salvado sus materias gracias a él. Sí lo he visto alguna vez y hay quien dice que es refrescante solo verlo o algo así. Yo creo que es bastante soso, ni siquiera lo recordaba.

Akutagawa metió las manos a sus bolsillos para calmar sus ganas de zarandearlo por el cuello. ¿Soso? Seguro necesitaba otras gafas.

—No te pregunté qué te parecía.

—Bien, bien —Ango intentó calmarlo—. ¿Qué quieres saber de él?

—Grupo y aula solamente.

—A ver... lleva clase con Maud... Grupo 9, aula 115 en el tercer piso del edificio E.

—Gracias —dijo Akutagawa y se puso de pie con la información en mente, dispuesto a olvidarla y a dejar atrás esa charla que nunca debió suceder. No era nada que no hubiera podido comprobar por sí mismo, solo necesitaba un poco más de valor.

Antes de que se fuera, Ango lo llamó.

—Oye, A-kun —de verdad lo sabía todo de todos y no tenía ni una pizca de vergüenza—. ¿En serio aspiras a algo con él? ¿No crees que es mucho para ti?

—¿Por qué?

—Para muchos es la "promesa de la poesía juvenil contemporánea". ¿Al menos es cierto que le hablas?

—¿Qué?

—Ay, vamos. En general hay cosas más interesantes que tú chico y por eso no lo recordaba, pero haciendo memoria, creí que era algo de conocimiento común que ese chico también tuvo el primer lugar del examen de selección de nuestra escuela y tiene el Mérito a la Excelencia desde primero —comenzó una semblanza resumida de Atsushi—. También ganó algunos premios de poesía juvenil y escritura, prefecturales y un regional en secundaria, creo.

Algo hizo click en la mente de Akutagawa al escuchar eso último. Su corazón dio un vuelco.

—Espera. ¿Regional? ¿De qué año?

«No, no, no, no, no... NO.»

—Mmm... no sé, creo que estaba en segundo o tercero de secundaria. O sea, hace unos tres o cuatro años. ¿Y no quedó también está en el Top 10 del simulacro de admisión a la Universidad? Por eso me pregunto si en serio te gusta alguien como él, porque hasta cuesta creer que sean cercanos. Digo, no sabes ni donde está su aula.

—Mira, agradezco tu ayuda, pero no es de tu incumbencia.

—Bueno, bueno. De todas maneras, espero que todo vaya bien.

—Igual te vas a enterar.

—Sí, pero me honraría que el desenlace me lo vinieras a contar tú —altivo, Ango se colocó de nuevo los lentes, cubriéndose parte de la cara, levemente teñida de rojo—. Y antes de que te vayas, por favor, dile a Odasaku que lo veré este fin de semana.

Finalmente Ango fue el primero en despedirse. Qué tipo más incómodo.

En cuanto desapareció de su vista, Akutagawa se sumió en un shock completo y lo siguiente eran las carcajadas  estridentes de Ranpo, que no podía creer cómo un simple romance adolescente (presumiblemente) adolescente se había convertido en semejante enredo.

—No... ¡No inventes! ¡¿Es en serio?! Es... ¡Es que no puedo creer que no supieras! —Ranpo apenas podía hablar de la risa.

—¿De verdad no sabías que era él? —cuestionó Dazai, divertido, porque él fue quien sembró la duda en primer lugar.

—¡No! Si lo hubiera sabido jamás me le habría acercado —respondió Akutagawa con la cabeza metida en la mochila. Intentaba ahogarse a sí mismo para dejar de sufrir, pero aún podía sentir la vergüenza, así que para su desgracia, seguía con vida.

—No inventes, hasta yo puedo decir que lo que hiciste fue ridículo —sentenció Ranpo, aún jadeando entre risas. Que el sujeto más infantil que había conocido en la vida le dijera eso era la prueba de que todo estaba mal.

—Ay, yo lo recuerdo como si hubiera sido hace ya más de tres años —comenzó a relatar Dazai, a lo que Oda y Ranpo como siempre que les contaban la historia, le dedicaron lo que les quedaba de atención— Era una hermosa tarde de... ¿primavera? Cuando el joven y vivaz Ryuunosuke comenzaba su futura fructífera y divertida vida como poeta de secundaria.

Ninguno podía ocultar su diversión. Era suficiente.

—Me largo. Gracias por nada.

Molesto, Akutagawa bufó y estampó su mochila en la cabeza de cada uno de esos idiotas para que se callaran y dejaran de hablar sobre él de una vez por todas. Toda la situación era ya lo suficientemente mala como para que ellos la hicieran sonar aún más estúpida. Apenas el día anterior cientos de escenarios favorables se presentaban en sus ensoñaciones, pero ahora su cabeza solo zumbaba, repleta de una cantidad absurda de recuerdos vergonzosos.

No podía creer que ninguno de ellos se lo dijera.

Vagando entre los pasillos para llegar a la biblioteca, Akutagawa se encontró acosado todas las estupideces de su estúpido yo de secundaria; cuando aún tenía sueños tontos por los cuales quería luchar y cuando cosas como saltarse una clase no existían en su imaginario y mucho menos en su actuar.

Nunca fue considerado un "nerd" pero tampoco caía en el rol del chico popular. Solo era otro chico mucho muy aplicado. Mucho, mucho más aplicado que los demás y, a veces, solo un poco más de lo saludable (o al menos eso le decían todos; sobre todo Dazai, quien entonces aún era su senpai). Era lo suficientemente aplicado como para lograr un lugar en el consejo estudiantil, obtener primeros lugares académicos y también en concursos de casi cualquier tipo, aunque destacaba mucho en los de poesía y a él le encantaba escribir... hasta que un día dejó de ser el único.

En un regional, durante su segundo año de secundaria, el premio se adjudicó a dos personas: a él y a otro chico, un tal Nakajima. Por eso le sonaba conocido, Atsushi Nakajima.

Pero la cosa no paró ahí. En adelante, ese nombre apareció junto al suyo en cada periodo de exámenes durante el resto del año y durante todo el siguiente.

Sumido en su miseria, Akutagawa cruzó las viejas puertas de madera y cristal de la biblioteca, justo al tiempo en que el timbre anunció que el descanso había terminado. Él ya no se encontraba ahí, pero de todas formas, recorrió los estrechos pasillos para asegurarse de que el lugar estaba vacío.

Se refugió en su viejo rincón para dormir, aunque ni siquiera estaba cansado; se alegró sobremanera en su soledad, porque no tenía idea de cómo debería actuar frente a Atsushi ahora que lo recordaba todo. Y es que el problema no eran sus nombres juntos en el memo sobre aquel primer premio, ni en los tops estudiantiles de la secundaria, sino lo que sucedió después.

El Akutagawa de secundaria era lo que a él le gustaba llamar "una persona competitiva".

—¿De verdad necesitas saber quién es? —le cuestionó Dazai, incrédulo al escuchar su determinación acerca de conocer a ese tal Nakajima luego de empatar en un examen.

—¡Por supuesto! Si tengo un rival, al menos debo conocerle. ¿Viste la lista, no? Exactamente la misma nota, ni más, ni menos. Y no olvido el concurso regional... su composición era impecable; es tan bueno como yo.

—¿Y qué harás cuando lo veas? ¿Declararle la guerra?

¿Una guerra? Esa estaba prácticamente en cursos, pero si acaso no era suerte, sus futuros enfrentamientos, su rivalidad, serían épicos.

—¡Oye! ¿Por qué no dices nada A-kun? —lo llamó Dazai, chasqueando los dedos en su cara— No lo estarás considerando, ¿o sí?, solo estaba siendo sarcástico.

—Obviamente no.

Pero claro que por supuesto que sí lo estaba considerando. Aunque no haría su movimiento de inmediato. Estaba seguro de sí mismo, pero primero comprobaría que los resultados de ese parcial no habían sido sólo un golpe de suerte por parte de Atsushi..

Tras rendir los exámenes del siguiente periodo Akutagawa se dio cuenta de que lo de Nakajima no fue solo suerte. Suerte era, quizá, que ambos volvieran a empatar con el mismo promedio exacto. Eso sí podría catalogarse como suerte; finalmente tenía a alguien con quien valía la pena competir.

La gran cuestión era ¿cómo acercarse a él?

Para Dazai, el solo hecho de que se autoproclamara su rival ya era bastante absurdo.

—¿No sería extraño que un desconocido retara a otro en un duelo de nerds enfrente de todos? Solo imagínatelo.

Sonaba disparatado, sí, así que Akutagawa tuvo que usar toda su capacidad mental para idear otro plan; si no quería hacer el ridículo en público, pero aún quería que fuera un enfrentamiento memorable... ¿No sería mejor si nadie se enterara? La respuesta se le apareció hasta obvia: una nota.

De verdad que en ese momento fue la mejor idea que se le ocurrió.

Antes de Ango también hubo alguien que conocía a todos y ganar su amistad y las toneladas de información valiosa que tenía era relativamente fácil; las tareas eran su moneda de cambio y otras cuantas veces —si tenías suerte—, solo exigía dulces: Edogawa Ranpo seguro que sabía algo sobre el chico. Un reporte para el laboratorio de biología después y ya sabía al menos el número del casillero de Nakajima. Ranpo dejó atrás esos días de detective a conveniencia cuando descubrió algunas cosas sobre personas con las que, en sus palabras "era mejor no meterse" y muchos extrañaron sus servicios.

Por supuesto que Ranpo volvió, pero más selectivo que nunca —y ahora la debía una grande por no decirle la verdad completa, de nuevo.

Sea como fuere, al final del día, Akutagawa solo tuvo que deslizar la nota a través de la ranura de la puertecilla y esperar al día siguiente.

Lo citó durante el primer receso, en la parte trasera del edificio de clubes. Firmada por "tu rival, Ryuunosuke A.", él chico no podría escapar con la excusa de pensar que la nota llevaba intenciones de ningún otro tipo.

Akutagawa no tenía ni la menor idea de lo que iba a decirle, pero al final eso no tuvo importancia porque Atsushi nunca llegó; tampoco lo hizo durante el segundo descanso, ni después de los clubes. La posibilidad de que no hubiese visto la nota existía, así que lo intentó de nuevo: misma hora, mismo lugar, al día siguiente. Luego en los laboratorios, antes de clases; frente a la escuela al salir; en el gimnasio y hasta en el café frente a la escuela, pero el chico nunca apareció.

Temiendo que le hubiera mentido, confrontó a Ranpo en compañía de Dazai, pero únicamente logró que esos dos se volvieran amigos (en realidad, todos eran algo como eso).

Burlado como se sentía, decidió intentar una última vez: Atrás de la biblioteca, después de clases. No era la mejor locación, ya que por alguna estúpida razón, colindaba con los campos de fútbol, pero el encuentro ya estaba pactado.

Después de esperar un rato, alguien vociferó:

—¡Oye!, ¡Niño!

Ryuunosuke no volteó; pensó que eran los de fútbol llamando a alguno de sus novatos. Tarde se dio cuenta de que no era así.

Atsushi no apareció, pero se vio rodeado de varias personas.

—Te hablaba a ti, el de los flequillos con cara de niña.

Akutagawa había escuchado ese "insulto" cientos de veces a lo largo de su corta vida, y se sintió decepcionado una vez más; en el imaginario colectivo, los matones tenían creatividad al menos para cosas como los apodos, pero al parecer eso era una equivocación.

—¿Necesitan algo? —preguntó tranquilo. Venía prácticamente todo el equipo y aunque eso no podía ser muy bueno, trató de ser optimista.

Los sujetos ignoraron la pregunta y comenzaron a cacaraquear entre ellos.

—¡Oigan, ¿no es ese niño Akutagawa? —preguntó uno de ellos.

—Sí, con el que los profes están encantados.

—¿El de los poemas maricas? —se burló otro, para variar. No era el primero que lo pensaba.

—Ese. Sí eres, ¿no? —le preguntó directamente el sujeto.

Akutagawa asintió, dándole la razón; sacarles una mentira no parecía una buena idea.

—¡Jaja! Tenía que ser él. ¿A poco no es demasiado bonito? Toda una mariquita de mierda. Apuesto a que se la chupó a unos cuantos viejos.

—Entonces debe ser muy bueno, como para que no dejen de hablar de él.

Una y otra vez los mismos comentarios estúpidos. Otros más demostrando ser un montón de animales. Con el perdón de los animales, claro.

—Por favor, dígame qué necesitan. Espero a alguien —insistió Akutagawa.

—Oye, eres un poco grosero para ser solo de segundo, ¿no crees? —dijo uno, al tiempo que lo empujaba hacia otro de ellos—. No te dimos permiso de hablarnos.

—¡Sí! Deberías ser más respetuoso con tus mayores —secundó el que lo recibió y le sostuvo las manos tras la espalda..

Eso ya era bastante.

—¿Y dónde están? —les cuestionó con bravuconería— Porque yo solo veo a un montón de descerebrados bebés gigantes.

Aquellos tipos lo tenían prácticamente rodeado, y la respuesta era innecesaria, pero en aquel instante estaba molesto y ya que era obvio que se traían algo contra él y que lo golpearían de todos modos, al menos se dio el gusto de escupirles alguna verdad en su cara.

Por supuesto que no ganó la pelea, pero le sacó el aire a alguno con su mochila, así que tampoco se sentía como si hubiera perdido.

Regresó a casa con la cara hinchada y un ojo morado; se veía tan feo que hizo llorar a su hermanita. También tenía que quedarse ahí una semana por "causar disturbios" en la escuela a pesar de que no había soltado el primer golpe.

A partir de entonces, las cosas cambiaron bastante. Y lo peor sucedió al volver.

Su buena imagen se había ido de cara al abismo ante los profesores, que comenzaron a tratarlo como a cualquier otro matón. Y aunque no volvió a tener problemas con el equipo de fútbol, los rumores acerca del delincuente novato que le pateó el trasero a un montón de deportistas se habían encendido más rápido que un circuito eléctrico. De un día para otro, nadie buscaba problemas con él.

En realidad, nadie quería nada de él. Excepto Dazai, quién decidió quedarse junto a él sin importar nada.

Las notas de Akutagawa siguieron siendo las mismas (y aún trataba de que lo fueran), pero eso ya no importaba, a ojos de todos era solo otro bravucón. Se volvió habitual que todos se apartaran o murmuraran a su paso, aunque trataba se autoconvencerse de que le daba igual.

No necesitaba más amigos. Pero en el fondo, ese rechazo pasivo no era precisamente agradable.

Las cosas no mejoraron cuando Ranpo se les unió de forma "oficial" el año siguiente. Si bien no pasaba de ser un ruidoso niño caprichoso, una vez que se unía a las bromas excesivas de Dazai, todos terminaban viéndose más como una pandilla que como un simple grupo de amigos.

Eventualmente entraron a la preparatoria y se convirtieron algo cercano a lo que parecían: "delincuentes"; se saltaban las clases, se fugaban de vez en cuando, establecieron un escondite y todos se formaron una falsa pose de chicos malos alrededor de la de Akutagawa, aunque esta fuera una mentira. Pasar los días, bien y tranquilos se volvió la misión y visión de su "exclusivo" grupo.

Akutagawa se olvidó de Atsushi, dejó de obsesionarse con los estúpidos rankings escolares y con el exceso de estudio inútil. Solo daba lo máximo cuando se le imponía algún promedio o puesto en compensación con sus transgresiones, pero nunca más arriba del top 50. Dejó de intentar cambiar la visión de los otros imbéciles sobre él.

Al final, ese día, como todos aquellos pasados días, no obtuvo ni un rastro de Atsushi. Sin embargo, una vieja pregunta comenzó a rondar en su cabeza nuevamente: «¿Por qué carajo nunca apareció?»

 


Las siguientes dos semanas Akutagawa tampoco habló con Atsushi, quién estaba demasiado ocupado haciendo un favor especial para un chico de primero enseñándole prácticamente todo lo del primer y segundo periodo. Casi no coincidieron entre clases y Ryuunosuke había estado pasando los recesos en la cafetería con los chicos.

Su situación volvió a ser la del inicio. Muy, muy al inicio. Al menos hasta que Atsushi pasó por la biblioteca durante una cuarta hora del día menos esperado.

—¿A-kun, estás? —esa voz amable apareció inmediatamente seguida por el chirrido de la puerta de doble hoja al cerrarse.

El estómago de Akutagawa dio un vuelco, igual que antes, pero esta vez por motivos distintos. Enojarse por cosas del pasado era claramente estúpido, pero no podía evitar sentir cierto malestar.

No le respondió. Si no lo hacía, tal vez desistiría y se quedaría en su mesa, sin hablarle hasta que llegara el momento de irse y se despidiera.

—¿Quieres hablar? —llamó nuevamente.

Silencio.

Había muchas cosas que quería decirle, pero no se sentía preparado para enfrentarlo, por el bien de ambos, de su amistad. A pesar de que se la debía y era su turno de dar la cara, no sabía cómo ni por dónde comenzar.

Contrario a lo esperado, el murmullo característico de arrastrar la silla sobre la alfombra nunca llegó a los oídos de Akutagawa; en su lugar, escuchó unos pasos ligeros pero firmes acercándose al último pasillo.

Segundos después, el chico de sus sueños y antiguo rival jurado se encontraba sentado justo a su lado, en el angosto pasillo.

Akutagawa tenía los ojos cerrados, pero podía sentirlo; olía a té verde, como siempre. Su corazón tembló al reparar en que eso era lo más cerca que habían estado uno del otro. También era la primera vez que Atsushi se acercaba hasta su escondite.

—¿Te estás saltando Artes?

Ahora que lo tenía enfrente ya no podía ignorarlo, así que le respondió.

—Sí. ¿Y tú?

—Química.

—No sabía que no te gustaba la química.

—No me desagrada. Pero mi compañero de laboratorio, Kajii, puede hacer explotar las cosas él solo por un rato —era la primera vez que decía el nombre de alguien de su salón en sus conversaciones—. Se supone que olvidé mi libro, así que vine por uno.

—Podías solo tomar prestado el de ese chico.

—Kajii nunca trae su libro, dice que se lo sabe de memoria —agregó Atsushi, con extrañeza.

—Si es así de bueno te quitará de los primeros puestos —intrigó Akutagawa. Le siguió un silencio apenas unos segundos más largo de lo habitual en sus conversaciones más animadas.

—Ya quisiera —atajó Atsushi—. Mientras siga metiéndose a los laboratorios sin permiso, experimentando con mezclas explosivas y haciendo de la enfermería su segunda casa por cada vez que se intoxica, jamás lo hará. La otra vez se le ocurrió vaciar todo el ácido nítrico de golpe en un experimento, tuvieron que evacuar medio edificio...

La anécdota continuó, saltando de un hecho a otro, de una persona a otra. Eso era algo que Atsushi solía hacer cuando estaba nervioso: hablar sin parar. Akutagawa no lo pasó por alto, pero tampoco lo detuvo; también le huía la mirada y eso no era normal, porque siempre que le hablaba lo miraba a los ojos.

—A ver, ya ¿Qué te tiene tan nervioso? —preguntó Akutagawa una vez que Atsushi terminó de contarle a detalle cómo había preparado su chazuke de la mañana.

Un suspiro y aquel gesto característico de llevarse la mano a la nuca.

—¡Y todavía preguntas! ¡Tú! ¡Está claro!—espetó el de ojos dorados sin reparo alguno, para sorpresa de su oyente—. Llevas dos semanas evitándome.

—No es cierto.

—Claro que sí.

—Claro que no —insistió Akutagawa porque no tenía nada más para defenderse. Por supuesto que lo había estado evitando.

—Mira, sé que he estado ocupado, pero también sé que ya solo vienes aquí cuando no estoy y las pocas veces que sí he venido, te escondes y no quieres salir. Y se siente un poco... raro. Creo que yo debería preguntar qué pasa.

—No pasa nada.

—¿Entonces volviste a ser ese chico malo y solitario que se esconde para no ir a clases nada más porque sí?

—Tú también te saltas clases.

—Pero yo tengo una excusa. No me cambies el tema.

—Que no pasa nada, ¿ya?

—¡Por supuesto que pasa algo! —reprochó Atsushi, mientras sacudía a Akutagawa por los hombros y movía todo su cuerpo lánguido sobre el suelo alfombrado— ¿Por qué no me quieres decir?

—Porque no es nada de lo que debas preocuparte.

Atsushi hizo una mueca de escepticismo.

—¿Entonces vas a sentarte conmigo en la mesa mañana?

Akutagawa se quejó.

—¿Sí o no?

—No sé

—¿Y me vas a contar qué te pasa?

Silencio.

—No te hagas el muerto. ¡Anda!, dímelo o me pondré fastidioso.

Akutagawa intentó girar sobre su propio costado, pero Atsushi se lo impidió. Sus labios delgados se curvaban risueños y divertidos, su mirada estaba completamente sobre sus ojos. Un ligero espasmo de emoción en su estómago animó a Akutagawa a devolverle la sonrisa. Hacía un buen tiempo que no lo veía y le parecía increíble que fuera el mismo Atsushi de la secundaria; jamás se lo imaginó así.

—Por favor, tú no sabes ser fastidioso.

—No me retes.

—Sí lo hago

—¿Ah, sí?

Atsushi saltó sobre él y comenzó a hacerle cosquillas. Por un instante, Akutagawa se olvidó de todo el asunto del pasado, de su vergüenza, de su fachada y solamente rió. En las costillas, Atsushi le clavaba un poco las uñas sobre la ropa, pero no le molestaba; su mechón bamboleante acariciaba la piel pálida de su cuello. provocando un escalofrío agradable.

Entre risas y amenazas del tipo «me las vas a pagar» los dos se encontraron tirados sobre la alfombra, viéndose uno al lado del otro; se habían extrañado más de lo que imaginaban, los dos podían sentirlo.

Así, sin aviso y con el exceso de oxitocina en el aire, Atsushi depositó un fugaz beso sobre la mejilla de Akutagawa. Un pequeño chasquido saltó al contacto y el de cabello claro se alejó con rapidez.

Akutagawa se quedó en su lugar, conteniendo la respiración e intentando procesar lo que acababa de suceder. No podía dar crédito a sus ojos, pero el cálido tacto de los labios de Atsushi y el roce de su cabello sobre su frente seguían ahí aún después de unos segundos, negándose a desaparecer; la emoción embargaba cada parte de su ser, se extendía como ondas cálidas emitidas desde su corazón.

«Él... Él acaba de...», se llevó la mano a la mejilla, no estaba soñando. Dirigió la mirada al chico que acababa de besarlo.

Estaba sentado con la cabeza gacha, como dispuesto a recibir la reprimenda de su vida. Se tocaba los labios punzantes con las puntas de los dedos mientras su otra mano se crispaba en un puño nervioso; la palidez de su piel le impedía disimular que la sangre ahora se asentaba en sus mejillas. Tenía intenciones de hablar, pero parecía que lloraría si abría la boca.

«Maldita sea la estática.»

Quedaron aprisionados en el típico silencio calmo de la biblioteca durante lo que parecieron horas. Eran dos antiguos jóvenes poetas, pero ninguno encontraba las palabras.

Esta vez, fue Akutagawa quien ya no pudo soportarlo.

—Volveré a la mesa.

—¿Qué? —preguntó Atsushi, con la mirada concentrada en una esquina.

—Ya sabes... la mesa es de madera... y no conduce electricidad como la alfombra, así que no dolerá si tú... o si yo...

—¿No estás molesto conmigo? —quiso asegurarse Atsushi aún con su voz baja y apenada.

Akutagawa negó con la cabeza.

—¿Seguro?

—Maldición, yo... —la vergüenza se lo comía vivo, quería arrancarse el cabello, pero solo se llevó las manos a la cara. Se sentía feliz— llevo meses intentando pero... maldición, acabo de confesar que quiero besarte, no me hagas decirlo otra vez.

Atsushi resopló, divertido ante lo que acababa de escuchar.

—¡¿Qué?! —quiso saber ahora Akutagawa, descubriendo su rostro— ¿De qué te ríes?

—Es que no te entendí a la primera —respondió Atsushi—, es la peor confesión que he escuchado.

Y se suponía que él era el cerebrito.

Atsushi saltó nuevamente al ataque, la incertidumbre disipándose conforme depositaba un beso tras otro sobre el rostro de Akutagawa. Quizá la chispa del beso sí les había fundido un poco el cerebro.

—Espera, espera —pidió Akutagawa una y otra vez, incorporándose y rogando por un instante para recobrar la cordura, para asegurarse de que nada de lo que había ocurrido era producto de su imaginación.

—¡Dime por qué te escondías!

—¡Por nada, lo juro! 

Entre cada beso ambos reían. Ya no les importaba guardar silencio, pero ese no era el punto central.

—¿Entonces esa es suficiente bravuconería para que me digas lo que me escondes?

— No.

Atsushii siempre era el primero en atacar y también el primero en retirarse, pero en esa ocasión Akutagawa tenía claro que no podría dejarlo marcharse, no tan pronto. Ya no.

Sin darse tiempo a temer, atrajo los labios de Atsushi hasta los suyos con algo de torpeza y de un momento a otro, ambos estaban buscando algo más que una respuesta en la boca del otro. Por instinto, las manos de Akutagawa viajaron a la espalda y a la cintura de Atsushi para atraerlo a su cuerpo, mientras las de este paseaban desde los hombros hasta su nuca, entrelazándose en su cabello corto, acariciando la parte trasera de su cuello; el de cabellos claros a horcajadas sobre él; ambos siguiendo el ritmo del beso.

Cada cosa que descubría sobre Atsushi llenaba su corazón, a la par que lo hacía sentir insatisfecho; lo hacía querer más. Más de sus formas, de sus facetas y también quería mostrarle las suyas, la que rechazó antaño y las que surgirían en el futuro.

Mientras Akutagawa recorría la línea de su cadera hasta sus muslos, la campana sonó, inoportuna como siempre. Atsushi se retiró en un sobresalto y Akutagawa jamás en su vida odió tanto a un objeto inanimado.

—No te vayas —suplicó Akutagawa retomando el beso, al cual Atsushi no se negó, al menos por un breve instante. Sus labios estaban rojos y respiraba agitado; él no se veía mejor ni peor.

—Tengo que hacerlo —respondió tratando de serenarse—; Tengo Historia y aunque la Historia es infinita, el límite de faltas no.

—Pero te quiero aquí —atajó Akutagawa con decisión, tratando de ser ese chico malo y autoritario que todos creían que era, aunque el otro escapaba totalmente de su influencia.

—Y lo que yo no quiero es a mi padre en la oficina del director pidiendo que nos cierren este lugar a piedra y lodo.

Después de unos breves segundos, Akutagawa sugirió:

—Entonces podríamos vernos en otro lado.

—¿Qué tienes en mente? —cuestionó Atsushi, con voz traviesa.

Akutagawa se sintió valiente por el momento y lo envolvió otra vez en sus brazos para no dejarlo huir tan fácilmente.

—Busquemos un nuevo escondite hoy por la tarde.

—¿Me estás pidiendo una cita?

Akutagawa sintió un ataque de tos aproximándose ante la palabra, pero se las arregló para contenerlo y afirmar con su cabeza.

El de cabello claro mordió su labio inferior pensando en la respuesta y Akutagawa agradeció al cielo por dejarle ver ese gesto suyo que hasta ahora no conocía. Era tierno, pero a la vez excitante. Se veía tranquilo, pero por dentro, él también quería morder esos labios.

—Bien, te veré en la puerta principal de la escuela después de clases —extendió la mano para ayudarlo a levantarse y Akutagawa la aceptó sólo para volver a atraparlo por la cintura y besarlo nuevamente.

—Atsushi.

—Dime.

—¿Te acompaño a tu salón?

Si pudiera, pasaría el resto del día pegado a él. No sería difícil, en cuanto entraran al salón y tomaran asiento, los de sus alrededores saldrían corriendo.

Finalmente Atsushi le dio una respuesta acompañada de su más grande y brillante sonrisa.

—Pensé que jamás lo dirías.

Caminaron juntos frente a un montón de miradas extrañadas e incrédulas, pero ninguno se atrevió a soltar una sola palabra, tal y como Atsushi no había soltado la manga de Akutagawa desde que salieron de la biblioteca. Los normalmente odiosos pasillos de la escuela de pronto parecían sacados de un sueño.

Llegaron al final del camino y Atsushi se despidió, pasando de la manga a su mano, entrelazando con suavidad sus dedos con la promesa de verse más tarde y de que conseguiría respuestas a sus preguntas; mientras Akutagawa se aseguró a sí mismo que también iba a plantearle las suyas.

Grupo 9, aula 115 en el tercer piso del edificio E. No era mentira.

Tampoco fue mentira lo de salir después de clases. En el fondo, Akutagawa temía que al cruzar el portón principal no encontraría ni rastro de él. Sin embargo ahí estaba, recargado en la pared, tratando de calmar a un par de chicas que parecían nerviosas, pero apenas lo vio, su rostro exasperado cambió por una sonrisa que hizo que las muchachas también volvieran la vista. Lo que vieron no debió gustarles, porque salieron corriendo con las coletas y las trenzas rebotando sobre su espalda. Atsushi se quedó ahí de pie, solo sonriendo. Una instantánea que en otro tiempo me habría imaginado imposible por razones varias. Está vez tomó a Akutagawa de la mano y emprendieron el camino.

Comenzaron poniéndose al día con lo que había pasado en esas semanas.  Atsushi parecía siempre saber qué decir, siempre tenía un tema de conversación.

A la mitad de la tarde, cuando el hambre comenzaba a hacer mella, se dieron cuenta de que apenas contaban con el dinero suficiente para un helado y la cita se redujo a dos conos pequeños y un viejo parque en decadencia con columpios que rechinaban.

—Entonces, A-kun, ¿ya me dirás que sucede?

—Atsushi, ¿te puedo hacer una pregunta?

—¿Sabías que es de mala educación responder preguntas con otras preguntas? —cuestionó.— Pero bueno, adelante.

—¿Conociste a un tal Ryuunosuke en la secundaria?

—¿Por qué la pregunta?

—Curiosidad.

—Mmm... —sopesó Atsushi, mientras rescataba con su dedo una gota de helado derretido que escurría por el cono de galleta y se la llevaba a la boca— Bueno, sí he oído de él. "El genio que se volvió delincuente" o algo así, aunque para mí eso es más un mito que una leyenda. Pero hay un sujeto que se llama igual en nuestro grado y siempre está rozando el top 50. Si es el mismo, no puede ser tan malo.

«¿Genio?»

—¿Y ya? —inquirió Akutagawa

—Pues, creo que sí. En realidad nunca lo conocí.

—Ya..

—Aunque... ahora que lo mencionas. Tuve un pequeño incidente con él en secundaria. Siempre quise disculparme con él, pero no pude hacerlo —su rostro se tornó serio y pensativo—. ¿Por qué te interesa de repente? Es la cúspide de tus rarezas de estos últimos días.

—¿Nunca hablaste con él?

—Lo intenté —dijo Atsushi con rapidez, como excusándose—. ¿Pero qué tiene que...

—¿Te reunirías con él? —lo interrumpió Akutagawa.

—Sería justo. Se lo debo.

Akutagawa se sumió en sus pensamientos.

—No me dirás nada más, ¿verdad? —cuestionó Atsushi esta vez.

—No, lo siento.

—Me la debes A-kun, me la debes.

La conversación al respecto se detuvo ahí y el resto de la tarde se dedicaron a columpiarse y a deslizarse en la vieja resbaladilla con la esperanza de que no cediera ocasionando una tragedia.

Akutagawa agradeció la paciencia de Atsushi para no hacerle más preguntas y se disculpó interna y externamente porque sus respuestas tendrían que esperar.

 


 

La mañana siguiente, Akutagawa se aseguró de ser el primero en aparecer por la escuela a desempolvar sus viejas andanzas de secundaria; llevaba a la mano una nota escrita a su más puro estilo en el bolsillo. Esta vez, sabía en qué lugar no debía dejarla, así que se encaminó hasta la biblioteca, donde sabía que Atsushi la encontraría; y aún si no lo hacía, ahora sabía perfectamente en dónde encontrarlo a él.

Dejó el papel en su lugar de siempre y ya solo tenía que esperar a que llegara el momento.

El día se le hizo eterno. Pasó su descanso fuera de la biblioteca con sus amigos, que extrañados pero gustosos, lo recibieron en su lugar habitual en la cafetería. Tampoco se saltó ninguna clase, lo que incluso alarmó a sus maestros; la profesora de inglés hasta se asustó cuando pasaba lista y Ryuunosuke Akutagawa respondió «presente». Eso fue divertido.

La cita de ese día era atrás de la biblioteca; el mismo lugar de la última vez, pero ahora en preparatoria y después de los clubes. No necesitaba más sorpresas.

Al llegar, no había señales de Atsushi.

Su estómago dolía sólo de pensar en que no aparecería, pero esta vez lo hizo; Con su mochila cruzada, y su mechón meciéndose de un lado a otro. Akutagawa se sintió como un tonto niño de secundaria otra vez. Pensándolo bien, si Atsushi hubiese aparecido a la primera, sin duda él habría salido corriendo.

Se saludaron con la mano y Atsushi preguntó:

—¿Por qué estás aquí?

—Vi la nota esta mañana en la biblioteca. No quiero molestar, pero podría ser... ya sabes, peligroso.

—No pasará nada malo. ¿Alguna vez has visto a este chico? —cuestionó mientras vigilaba el único camino posible al lugar del encuentro y jugueteaba con la nota en la mano.

Akutagawa comenzó a describir al remitente de las formas más intimidantes y aterradoras que se le ocurrieron, pero Atsushi insistió en que ninguna podía ser realidad.

—Pues yo no creo que sea tan malo como dicen —concluyó. Sin problemas podría ser un ángel.

—¿Y qué dicen?

—Tontería y media. Cuando intenté buscarlo, hasta los maestros me dijeron que no sería una buena compañía para mí y que sería una pérdida de tiempo y esfuerzo hablar con alguien como él. Pero eso no tenía sentido.

—Se la pasaba metido en peleas, ¿qué esperabas?

—¿Cuándo fue la última vez que viste con tus propios ojos una pelea en esta escuela? Y que no fueran provocadas por gente rara como la que viene a buscarle pelea a MiyaKen... —Akutagawa solo encogió los hombros en respuesta— Exacto, ninguna en años. Todos contaban lo que los amigos de sus amigos, de sus conocidos de los amigos de los tipos del club de fútbol les contaron sobre aquel día. ¡Y todo era absurdo! Algunos juraban que le había arrancado la oreja a uno del equipo de una mordida.

— ¡¿En serio?! —Eso sí era gracioso. Quizá Akutagawa debió mezclarse más como un delincuente para parecerse al chico de los rumores. En verdad había desperdiciado su fachada. —Bueno, no es imposible.

—¿Contra todo un equipo de fút? Suena más bien improbable. Aunque si lo hubiera hecho no lo culparía. Esos tipos eran unos cerdos, en alguna ocasión también me molestaron.

—¿Te hicieron algo?

—No, afortunadamente —su semblante decayó un poco—. Pero lo que me pone mal es que lo de aquel chico se pudo evitar. En parte fue por mi culpa.

—¿Por tu culpa?

—Sí, por mi culpa.

—No veo cómo puedes tú estar metido en esto.

Atsushi no contestó, así que Akutagawa volvió a hablar.

—Bueno, no parece que ese genio delincuente vaya a venir.

Atsushi suspiró y se hizo un ovillo en la orilla de la jardinera, resignado.

—¿Me vas a decir por qué te culpas por él?

—Eres un chismoso A-kun.

—¿Ves que no es divertido cuando eres al que presionan?—apuntó, sentándose junto a él en la jardinera. Era hora de conocer la verdad, esa que jamás pensó que volvería a ser así de importante.

—Es que todo fue tan raro —comenzó Atsushi— Creo que en segundo de secundaria ambos obtuvimos el primer lugar en un premio regional de poesía. ¿Puedes creerlo? Escribíamos poesía; también estábamos en la lista de alumnos destacados, siempre en cada prueba, pero jamás coincidimos en persona. Entonces... debe te repente comenzaron a circular todos esos malos rumores y ya solo importaba el hecho de que se había envuelto en una pelea; a la gente le encantan esas cosas por alguna razón —eso parecía molestarle, en serio creía en el pequeño y competitivo Ryuunosuke—. La verdad al inicio me daba bastante igual, pero al final del año escolar descubrí algo interesante.

—¿Qué?

—Notas.

—¿Notas?

—¿Por qué repites todo lo que digo? —preguntó Atsushi con un risueño resoplido.

Estaba tan acostumbrado a ignorar a la gente, que lo único que hacía era repetir lo que le decían para simular interés. Era la primera vez que no funcionaba. Atsushi, prosiguió:

—Sí, notas suyas. Se declaraba mi rival, decía que quería conocerme.

—¿Y fuiste a buscarlo? ¿O te dio miedo? —cuestionó Akutagawa, con tono burlón.

—No le tenía miedo. Es solo que ya era algo tarde... varios meses tarde.

—¿Meses?

—¡Lo haces de nuevo! Pero sí, meses —había cierta gracia en que Atsushi respondiera a cada pregunta de todos modos—. Por eso creo que él nunca ha sido un mal tipo. Quizá algo arrogante, pero no malo. No imagino a un matón dejando cartas como esas. A menos que sí lo hagan...

—¿Pero cómo fue que no las viste?

—¡Es que yo nunca abría ese casillero!

—¿Qué? ¿Es una broma?

—¡No! Es más... como una costumbre. Mira, en mi antigua secundaria los mayores molestaban siempre a los más chicos por cualquier cosa, y los "niños genio" no éramos precisamente populares; la verdad aquí tampoco, y también me han molestado algunas veces, pero allá, tener buenas notas te convertía automáticamente en una diana con piernas.

—Es exagerado.

—¡Es en serio! Una vez llenaron de sopa los zapatos que uno de mis compañeros tenía en su casillero. Animales muertos, comida podrida, basura; nadie se salvaba. Desde entonces siempre llevo todas mis cosas conmigo, no confío en esas cosas.

—¿Y llevas contigo hasta tus zapatos?

— Hasta mis zapatos. ¿Crees que mi mochila es así de grande por gusto?

Akutagawa lo comprendió todo, nunca fue ignorado o al menos no con intención y de paso se dio cuenta de que su vida escolar jamás fue tan mala. Es decir, él al intentó meter las manos en contra de aquellos tipos.

Decidió que si las cosas no se iba a la mierda después de esa charla, cuidaría de Atsushi el tiempo que les quedara juntos en la escuela.

—Y... ¿y cómo fue que las hallaste?

—Al final del año, yo sabía que mi casillero estaría vacío, pero pensé que sería desagradable que alguien más tuviera que limpiar si acaso alguien había tratado de gastarme una mala broma, así que fui a revisarlo y ahí estaban. Me sentí horrible, si hubiera echado un vistazo a ese lugar al menos una vez... si hubiera encontrado esas notas quizá las cosas hubieran sido distintas. Porque no era una sola, eran varias. Me duele imaginar a ese chico esperando, solitario, en algún rincón de la escuela por un tonto niño miedoso que jamás llegó.

—¿Y tú cómo sabes que así pasaron las cosas? —le dijo Akutagawa tratando de hacerlo sentir mejor. Se sentía algo culpable por haberlo creído un arrogante durante años, mientras Atsushi había estado siendo duro consigo mismo todo ese tiempo.

—La última carta me citaba detrás de la biblioteca y todas las historias decían que la pelea fue ahí. Estoy convencido de que así fue, por eso quería buscarlo, para comprobar mi teoría... y para disculparme por todo.

—No creí que pensaras tanto en eso.

—Procuro recordarlo de vez en cuando. Ese chico, Ryuunosuke, decía que era algo así como una cosa del "destino". A veces, me gusta creer en cosas como esa también.

—¿De verdad? Quizá él ya hasta lo olvidó.

—Puede ser... o quizá lo volvió a recordar.

—¿Por qué lo dices?

—Bueno, solo estoy suponiendo, pero creo que no me citaste aquí por casualidad.

Akutagawa lo miró con sorpresa.

—Ese chico... Eres tú, ¿no?

—¿Hace cuánto lo sabes? preguntó Akutagawa, apenado— Y lo más importante... ¡¿Cómo?! No pensé que fuera tan obvio.

—Adivina.

—¿Ango? —sorteó—. Qué sujeto tan desagradable

—¿Desgradable por qué? No es un mal tipo. O sea, sí es algo indiscreto, pero ni siquiera fue él. 

—Eso sí no te lo creo.

—¡De veras! 

—¿Entonces quién... ¿Fue Dazai, verdad? No, espera... Edogawa.

Atsushi asintió.

—Me dijo que un tal Ryuunosuke andaba averiguando cosas sobre mí. Me sorprendió tanto escuchar ese nombre después de tanto tiempo; y aunque no me dio gran seña de él, me dijo que era un chico muy extraño.

—Espera, ¿Cómo que extraño?

Atsushi se encogió de hombros y continuó

—Y la verdad es que... no se, nunca había hecho la conexión hasta que él lo mencionó; y va a sonar patético, pero eres el único que habla conmigo para otra cosa que no sean trabajos escolares, así que de repente se me hizo obvio.

— ¿Ranpo dijo que soy extraño?

—A-kun, ese no es el punto.

—Perdón.

—Cuando empezaste a alejarte, sabía que no me ibas a decir nada, así que me di el tiempo de averiguar y busqué a Dazai-san para preguntarle qué sabía.

—Ese maldito traidor.

Atsushi movió la cabeza en negación.

—De hecho él lo negó todo; tantas veces que casi llegué a pensar que eran paranoias mías, pero luego tú también hablaste sobre él y finalmente todo encajó. A Dazai no le quedó más que confirmármelo. También comparé las notas y tus garabatos en mis libretas.

—¿Guardaste las notas? —Esa fue una linda sorpresa.

—Sí, y empataron.

—¿Desde cuándo sabes?

—¡Oye, se suponía que yo haría las preguntas hoy! —reclamó Atsushi. Pero aún así le contestó.— Bueno, hace una semana Ranpo dijo todo eso, pero en realidad ningún desconocido vino por mí... por el contrario, alguien se alejó. Quería hablarlo antes, pero pensé que si sí eras tú... tal vez estarías enojado por lo que te hice y tendría sentido que lo estuvieras. Supongo que también me asusté.

El silencio se asienta por unos momentos, hasta que Atsushi continúa:

—Pero aunque no lo creas, me alegró mucho saber que eras tú.

—¿De verdad? —Akutagawa se sentía idiota, pero no tanto para no darse cuenta de que el chico que tiene en frente es demasiado bueno, demasiado amable.

—Sí. Aunque sí eres algo raro, eres un buen chico.

—¡¿Raro por qué?!

—¡Porque podrías ser más directo la próxima vez! Buscar, hablar, decir tu nombre real. Aclarar tus malentendidos.

—Tu empezaste a llamarme A-kun. Y sonaba bien... No iba a contradecirte.

—Sólo me dijiste tu larguísimo apellido, pero en aquel entonces ni siquiera firmabas completo, Señor Ryuunosuke A. ¡"A"! ¿Cómo iba a saberlo? ¿Tienes idea de la cantidad de apellidos y nombres que empiezan con "A"?

Akutagawa no tenía nada que refutar.

—Mierda. ¿Cómo haces eso? Siento como si mis argumentos nacieran muertos.

—La elocuencia se práctica, hablando. Pero dejando eso de lado, lo siento. De verdad no fue mi intención ignorarte aquella vez. Lamento que las cosas terminaran tan mal para ti.

—No, yo lo siento —replicó Akutagawa—; lo siento por todo, por ser tan dramático, por las notas, por... ¡por ser tan idiota! Maldición, creo que ni me disculpé por asustarte en la biblioteca todo ese mes...

—No, no lo hiciste —apuntó Atsushi.

Akutagawa suspiró.

—Lo siento por eso y por nunca ser claro con nada. Es injusto que te hayas culpado todo este tiempo por algo en lo que ni siquiera yo puse mucho empeño en cambiar. Los murmullos, los rumores, yo solo lo dejé estar, así que no quiero que te culpes más, porque no es tu culpa. Prométeme que ya no lo harás.

—Prometido —decretó Atsushi, levantando la mano solemnemente—. Todo esto es tan raro.

—Bastante.

Ambos se quedaron callados; había demasiada información para procesar y por primera vez en un buen tiempo, Akutagawa sintió verdadero alivio. Había estado tan asustado y avergonzado de hablar sobre el tema, pero ahora que estaba aclarado, se sentía mejor al saber que no fue el único que le dio tanta importancia.

—Creo que aquella no fue la mejor táctica que he adoptado para acercarme a alguien—dijo rompiendo el silencio.

—Fue solo un poco peor que la de este año —lo molestó Atsushi, empujando levemente su hombro—. Pero mencionaste los rumores, ¿Qué tan cierto es que eres todo un rompecorazones? Es decir, a mí me quitaste el sueño unos meses luego de encontrar tus cartas —dice desviando la mirada—. ¿Pero a cuántas chicas has hecho llorar? He escuchado que a muchas.

Normalmente, Akutagawa ignoraba los rumores, pero ese era el más malo y molesto de todos, porque corría por los pasillos cada que encontraban a una chica llorando. Y no le parecía malo porque fuera triste, sino por lo absurdo del mismo.

—Me habría ofendido que no lo preguntaras —comenzó sarcásticamente—, pero piénsalo: Me escondí tras una estantería por un mes antes de hablar contigo. Y al final ni siquiera te hablé yo. ¿Crees que alguien así podría rechazar a tantas chicas? Ni siquiera se me acercan. Creo que, lo más cerca que he estado de una chica que no fuera mi hermana, fue cuando Oda y Dazai jugaban a las princesas con ella.

—¿Oda? ¿El profe nuevo? —preguntó Atsushi, intentando no reírse de esa ridícula imagen mental.

—Sí, se hizo amigo de Dazai. Pero no te le acerques mucho, él sí es un raro.

—¿Por jugar con tu hermana a las princesas?

—Mi hermana tiene dieciséis, ella ya no juega a eso.

—Está bien, sí son raros —aceptó Atsushi, zanjando el asunto—. Entonces, solo para confirmar, ¿no estás enojado verdad?

—No.

—¿Y ya no me consideras tu rival?

—Eso fue hace mucho —replicó Akutagawa.

—Siempre puedes tratar de limpiar tu nombre y declararme un último duelo académico. ¿Sería algo romántico, no? Y aún quedan unos meses para la graduación. Tenemos tiempo.

—Eso es mucho pedir, ¿no? ¿Qué más quieres? ¿Qué te escriba un poema para declararte mi amor?

Atsushi no contestó.

En sus meses de observación, Akutagawa había notado que cuando Atsushi se avergonzaba, siempre miraba hacia otro lado. Además de su sonrojo inocultable, su vacilar era un tierno complemento.

— Cartas del ayer; suertes y destinos; amor perpetuo.

—¡Dios! ¡Eso fue tan cursi! ¡¿De dónde te inventaron tanta mierda?! —exclamó Atsushi escondiendo su cara entre sus manos—. Pero contaste mal las sílabas.

Podía estar totalmente nervioso, pero su capacidad de recuperación del espíritu era tan impresionante, que se las arregló para corregirlo. Otro de sus inesperados (y quizá futuramente irritantes) encantos.

—Claro que no.

—Claro que sí, son 5-7-5; no 5-6-5, te faltó una sílaba.

Akutagawa repasó su verso y en efecto, era incorrecto.

—Pues no esperes mucho, hace años que dejé estas cursilerías.

—Yo igual.

Akutagawa lo miró sorprendido.

—¡¿Qué?! —exclamó Atsushi al ver aquella cara desencajada—. Gané por pura suerte.

—Mentira. Tu escritura era fluida pero consistente, lo recuerdo. Es imposible que fuera suerte.

—¡Lo fue! Aquella vez... Lo hice por curiosidad y me postulé a más concursos con la esperanza de que cierta persona también lo hiciera, pero no volví a ganar ninguno —admitió rascando su nuca—, los profes solo exageraron lo de ese año. Todos lo hicieron.

—Pero todo lo demás que dijo Ango sí es cierto... ¿Cierto?

—Bueno, dejar de escribir no es sinónimo de echar la escuela por la borda. Así que sí. Y sería aún mejor si fuera el novio genio, de otro chico genio. Me encantan los nerds —comentó Atsushi, con cierta coquetería.

—Pues ayer en la biblioteca entendí otra cosa.

—Porque ya sabía que eras un cerebrito.

—Era.

—Aún puedes serlo.

—¡Ja! ¿Nos ponemos en parejas y lo debatimos, o qué?

—"Ryuunosuke Akutagawa no es un matón; en realidad debería ser temido por ser el chico más tímido, lindo, cursi y guapo de la escuela". Suena como un buen proyecto de tesis.

Akutagawa trata de reírse del chiste que comenzó, pero diablos, el aliento se le fue al escucharlo decir que es guapo.

—Ni de broma —zanjó Akutagawa—. Tengo una reputación que mantener, ¿recuerdas? Aunque yo no necesito del método científico para saber que tú serías el novio perfecto.

—¡Basta! —Dice dándole un empujoncito— Es tan raro que digas esas cosas. Tal vez deberías volver a los monosílabos.

—Tú dijiste que había que ser directos, ¿no? Así voy a serlo. Me encantaría que fueras mi novio.

Atsushi tartamudeó por primera vez, pero al final, con sus manos ligeramente frías empujó la cara de Akutagawa para hacerlo ver a otro lado y en voz baja respondió:

—Lo del receso de ayer... ¿cuenta como respuesta?

La respuesta y el recuerdo de sus besos eran mejores que cualquier "sí" que Akutagawa hubiera visto, leído y escuchado o del que hubiera sabido antes. Atsushi se aferró a su brazo y se quedó ahí. No era necesario preguntar nada más.

El tiempo voló y cuando se dieron cuenta, ya era momento de abandonar la escuela. A paso lento, tomados de la mano, fueron testigos de cómo la luz del sol desaparecía, como pasando la página y dando cierre a un capítulo en sus vidas que no sabían que compartían, pero que los había mantenido silenciosamente enlazados.

La hora de despedirse llegó cuando se detuvieron frente a la casa de Atsushi, pero Akutagawa recordó algo, el motivo por el que inició todo.

—Atsushi, ¿puedo hacerte una pregunta?

—De cualquier manera vas a hacerla, así que dime.

—¿Por qué estás siempre en la biblioteca? Creí que te bastaba con poner atención en clase, así que...

—Oh es cierto, jamás te lo dije.

—Es que por eso empecé a observarte, se me hacía raro que te pasaras cada día ahí.

Bueno, no es nada tan impresionante. Ese lugar estaba en caos desde que la encargada se fue hace unos años y yo comencé a darle orden durante segundo, como proyecto de mérito para recomendación a la universidad.

—¿En serio? ¿Eso se puede?

Atsushi asintió.

—Terminé a finales del año pasado, pero me di cuenta de que amo ese lugar. Así que con permiso del director y gracias a mi insistencia, prácticamente soy el bibliotecario de la escuela.

—Impresionante.

—No lo suficiente para una recomendación y casi nadie se para por allá—respondió con una mueca de leve decepción—, pero estoy satisfecho.

—Lo lamento.

—No importa. Después de todo, ¿quién querría perderse la emoción de presentar el examen de ingreso? —suspiró.

—Hablando de emociones fuertes.

—Lo sé. Pero no es que me arrepienta. Es decir, si no me hubiera quedado, quizá no nos habríamos encontrado. O sí, pero con un resultado distinto. Como sea, supongo que es el mejor resultado posible y estoy feliz de conocerte por fin.

No podía estar más de acuerdo con ello. Agradecía el haberse conocido de esta forma, de ver esta parte de Atsushi que quizá no hubiera visto de haber sido solo rivales.

—Bueno, debo entrar —dijo Atsushi, apuntando la puerta con el pulgar—. Te veré mañana.

—Y todos los días siguientes, al menos hasta la graduación.

Atsushi se rio.

—Si te apuras podré verte incluso después de eso. Necesitaré un rival en la universidad.

—Oye, ¿Sí vas a en serio con eso?

Atsushi solo se encogió de hombros, y tras dejar un corto beso sobre los labios de Akutagawa, se apresuró a entrar en su casa. Ya no se imaginaba cómo hubieran sido cuatro años de competir uno contra el otro, pero sí estaba seguro de que ese presente superaba con creces a cualquier "hubiera" posible.

Ahora tenía un varios grandes motivos para ir a la biblioteca.

Notes:

Están todos mensos, pero no me arrepiento °^°)9

Reitero, este trabajo es adaptación de "Era Ella" un antiguo fic propio que releí y dije "tengo que hacerlo Shin Soukoku, claro que sí".
Cambié algunas (pocas) cosas, sobre todo en la forma en que se expresan, para que sonaran más como Atsu y Aku, pero la premisa es la misma. Igual puede ser algo OoC, me disculpo por eso (si lo es, díganme para añadirlo en los tags ;-; )

Sin más, muchas gracias si llegaron hasta aquí. Comentarios, Kudos, lo que sea, es siempre bien recibido <3