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17 onomásticos
Aegon estaba siendo víctima de otra intervención.
Laenor había bautizado como tal esas reuniones en que él, Rhaenyra y el resto de su harén se amontonaban sobre Aegon como un montón de aves de rapiña para regañarlo por sus actos controversiales.
Aegon detestaba las intervenciones, no importaba que fueran la consecuencia de sus acciones y que no tendría que ser sometido a ellas si mejoraba su comportamiento. Un chico no podía ser feliz y libre sin que su familia muy disfuncionalmente unida lo regañara por ello.
Y él era el único que las tenía.
Era completamente injusto.
Helaena era una bendición enviada por los mismos dioses, aseguraban todos.
Daeron era todo un caballero, galante, inteligente y generoso.
Jacaerys era un chico tan bueno, tan educado y protector.
Lucerys era el chico más dulce, el favorito de todos, el nuevo Deleite del Reino en ciernes.
Baela era hábil, tenaz, segura de sí misma y de voluntad fuerte.
Rhaena era tan capaz, tan gentil, tan valiente y elocuente.
Incluso Joffrey, un bebé de brazos, era encantador y sociable, ya con un espíritu ardiente.
Y Aemond, perfecto Aemond, nunca se equivocaba, nunca hacía nada mal, era el epítome de un príncipe Targaryen.
Ninguno de ellos, tan correctos, tan maravillosos y hermosos, tenían que soportar horas siendo regañados como cachorros demasiado traviesos. Cuando ellos hacían algo mal, todo lo que obtenían era una palmadita en la cabeza y la extracción de una promesa para no volverlo a hacer.
Ellos siempre veían y aceptaban el error en sus caminos, pero no Aegon.
Aegon descarriado y desenfrenado, que había aceptado que nunca sería capaz de complacer a nadie y decidió aferrarse a la poca libertad que tenía y simplemente divertirse.
—Egg, ¿estás escuchando, cariño?
Ugh, detestaba cuando Laenor usaba ese horrible apodo y términos cariñosos en la misma frase.
—Estoy escuchando, siempre escucho —contestó sin ganas, su brazo estaba sobre sus ojos y su cabeza descansaba en el regazo de Rhaenyra, quien le estaba acariciando el cabello.
—Escuchas, dices —habló su madre desde algún lugar detrás del sofá donde él y Rhaenyra descansaban.
Su madre, la piadosa Reina Alicent, siempre podía encontrarse cerca de la espalda de la princesa heredera.
Siempre detrás del amor de su infancia.
El tío Daemon les había contado sobre eso a Aegon y Aemond. Mientras que él atesoró la historia y rezaba por usarla algún día como chantaje, su hermanito obsesionado con la perfección fingió que lo aprendido fue una pesadilla y lo borró de su mente. Su madre, ¿víctima dispuesta de deseos tan oscuros y mundanos? Inconcebible.
—Si realmente lo hicieras no caerías en lo mismo una y otra vez —terminó ella de decir.
—Déjalo en paz, no es el primer chico que disfruta del libertinaje —por eso Laena era su favorita.
— ¡Él no es sólo un chico, es un príncipe! —exclamó su madre.
—Tampoco es el primer príncipe que se deja llevar por los placeres, ni será el último —Aegon sabía que Laena se había encogido de hombros pese a lo indecoroso que era el gesto.
Eran almas afines.
Si tan sólo Aegon fuera mayor y Laena estuviera soltera.
Malditos sean Daemon y su suerte.
Y hablando de su tío suertudo y sanguinario —: ¿Pararán esto pronto? ¿Alguna vez? Todos sabemos que el engendro de mi hermano es un caso perdido. Si no ha parado antes, no lo hará ahora.
—Daemon —amonestó Rhaenyra, deteniendo sus caricias.
Aegon se quejó, las manos de su hermana eran sanadoras, siempre aliviaban su dolor de cabeza producido por la resaca.
—Míralo, Rhaenyra, ¿no es la cuarta vez que te vomita el vestido en esta semana? —sólo Daemon Targaryen podía combinar perfectamente condescendencia, burla y amonestación en su voz.
—Te compraré nuevos vestidos, hermana —se movió para enterrar su rostro en el estómago de Rhaenyra.
Actuar lindo siempre le funcionaba a Luce.
— ¿Con qué dinero? —Laenor rio sin malicia.
—Ese no es el problema, Egg —dijo Rhaenyra, regresando a sus caricias.
—Deja de mimarlo, Rhaenyra —amonestó su madre a la vez que Daemon la regañó.
—Por los dioses, Rhaenyra, por eso el chico no se despega de tus faldas.
¿Qué tenía de malo? Luce siempre se escondía en las faldas de Rhaenyra y nadie nunca se quejaba por eso.
Además, pura hipocresía. Excepto por su madre, Daemon era la persona más decidida a aferrarse a las faldas de Rhaenyra.
—Seré mejor, lo prometo.
Sí, mejoraría en evitar que lo atraparan.
Y una nueva discusión surgió, todos sabían que sus promesas eran pura mierda de caballo.
21 onomásticos
La boda de Jace y Helaena había sucedido una semana atrás y ahora, durante la tercera cena familiar –de cuatro– de la semana, a la que su abuelo, Lord Corlys y la Princesa Rhaenys también asistieron –los tres preferían prescindir del honor la mayoría de las veces, Aegon tenía una copa de vino dorniense en la mano y la mente perdida en criticar el atuendo de su sobrino más querido.
Lucerys vestía un vestido largo, de mangas que le tapaban hasta los huesos de las muñecas y estaba cerrado hasta lo alto del cuello. No tenía bordados o encaje o pequeñas joyas enhebradas, era pura tela lisa. Era el vestido más aburrido que Aegon le había visto usar hasta el momento. Tampoco usaba joyas; ni un collar, ni un anillo o un arete, ni los adornos de perlas para el cabello que tanto le habían gustado usar desde que era un niño que se tropezaba con sus propios pies.
Su sobrino vestía como la reina.
Su sobrino vestía como un mojigato.
Vergüenza.
Lucerys se había presentado como un omega, uno dominante, además y por si fuera poco, era una belleza recién florecida. Al igual que Jace y Joffrey, Luce tenía piel blanca, cabello negro y ojos púrpura oscuros; los tres heredaron los colores de su abuela paterna y la Princesa Rhaenys estaba muy orgullosa de eso.
Sin embargo, seguían careciendo de cualquier rasgo Velaryon. Ni los rizos, ni la piel besada por el sol, ni la boca, ni la nariz, ni los ojos, nada. Muchos en la Corte todavía los acusaban de bastardos por ello, pero tampoco tenían rasgos evidentes que los relacionaran con un supuesto verdadero padre.
Los hijos de Rhaenyra eran completamente Targaryen (y un poco Baratheon y Arryn, si el cabello era una indicación, además del rostro de la Reina Aemma que Lucerys también heredó).
De cualquier manera, volviendo al tema, Lucerys podría pasar por septa o septón con su vestimenta. Y si los susurros viperinos eran para creer, Lucerys se esforzaba tanto en su imagen correcta y piadosa por Aemond.
Por Aemond, de quien estaba enamorado.
Aemond, cuya madre era el ideal perfecto de omega, esposa y madre (según él).
Razón por la que Lucerys empezó a modelarse siguiendo el ejemplo de su abuelastra.
Puaj.
Estúpido, asqueroso, aburrido.
¿Y todo por Aemond?
Su hermanito igualmente aburrido que parecía ya estar casado con su espada y sus libros, con su ropa de cuero bien ajustada, su estúpido cabello largo y brillante, su expresión de estreñido y su parche horrible y zafiro más horrible en el ojo.
Su estúpido, estúpido hermano que perdió un ojo por intentar reclamar un dragón y que, tuerto y todo, no se detuvo hasta que el tío Daemon lo llevó a perseguir a cada uno de los dragones salvajes en el continente hasta que reclamó a Grey Ghost.
Aegon suspiró, desconcertado y compasivo.
Lucerys podía tener a alguien mejor.
—… por ello sería mi mayor placer que Aemond y Lucerys se unieran en matrimonio —la voz decrepita de su amadísimo padre lo sacó de sus pensamientos.
—Un pensamiento maravilloso, querido, estoy completamente de acuerdo —su madre colocó su mano sobre la del rey, pero su mirada estaba en Rhaenyra, quien ya sonreía con felicidad ante la expresión de deleite de Lucerys.
Luce sonreía y veía con ojos brillantes a Aemond.
Todos en la mesa tenían sonrisas complacidas y felices en diferente medida, era obvio que todos estaban contentos con la idea, más que nada por la felicidad que traía a su dulce niño. Incluso el abuelo de Aegon tenía una pequeña sonrisa satisfecha, pero sospechaba que tenía más que ver con que Lucerys era el próximo Señor de las Mareas y sus títulos irían a los bisnietos de sangre Hightower.
Aegon miró a su hermano.
Aemond seguía tan serio como siempre y miraba a su padre.
—Concuerdo en que es maravilloso mantener unida a nuestra familia, padre, pero considero que también merecemos el derecho de casarnos por amor, como se les concedió a mi hermana y sobrino.
Las sonrisas cayeron.
Nadie hizo un sonido.
La música también paró y ni siquiera los sirvientes se movieron.
— ¿No amas a Lucerys, hijo? —las palabras del rey salieron como un gemido lastimero.
—Lo amo, pero como un tío a su sobrino —y como eso no significaba nada en su familia, agregó —: No románticamente.
Lucerys se mordió los labios y bajó el rostro; escondió sus ojos llorosos, seguramente.
—Ni pasionalmente —agregó Aemond, sin darse cuenta que sus palabras eran un clavo más que perforaba el tierno corazón de su sobrino.
— ¿Estás… estás seguro? —tartamudeó su madre, lanzándole una mirada preocupada a su nietastro.
Aemond asintió.
—Nunca he visto a Luce como nada más que mi familia y él me ve sólo como su tío, no como hombre o alfa.
Daemon se veía asesino.
Peor, Laenor y la Princesa Rhaenys se veían asesinos.
—Todos lo saben, padre.
¿Todos sabían que Lucerys veía a Aemond como hombre, esposo y alfa? Sí. ¿Todos sabían que esa era, probablemente, la última noche con vida de Aemond? También sí.
— ¿No es así, Luce? —se atrevió a ver y a preguntar a la desafortunada víctima de su ignorancia.
Fue entonces que Jace se levantó y golpeó sus manos sobre la mesa, Baela y Rhaena también se pusieron de pie, pero antes de que empezaran los gritos, Lord Corlys se acercó a Luce con la calma más falsa que Aegon le vio nunca.
—Ahora recuerdo que hay algo que debo mostrarte, Lucerys, es extremadamente urgente y no puede esperar más. Mis disculpas, Sus Gracias, me llevaré a Luce ahora. Vamos, nieto —y lo guio fuera de la habitación.
Luce no levantó la cabeza y sólo se encorvó más, tampoco dijo una sola palabra.
—También tengo algo para mostrarte, hermano —Daeron jaló a Aemond de su silla y lo empujó para que saliera por la puerta contraria por la que Lucerys se fue —. Buenas noches, familia.
Las miradas que prometían muerte siguieron a Aemond.
Rhaenyra lo vio con decepción, que si era honesto, era mil veces peor que las promesas de retribución de Laenor, Daemon y la Princesa Rhaenys. Y eso era porque Aemond era el hermano favorito de Rhaenyra, y Aegon también sabía que su hermano tenía a Rhaenyra en un pedestal tan alto como en los que tenía a su madre y a Helaena.
Daemon comenzó a quejarse con el rey sobre ese idiota hijo tuyo. Su abuelo escuchaba y asentía, ni siquiera él defendería a su nieto después de esa muestra de inconsciencia y derroche de oportunidades.
Su madre y Rhaenyra se apresuraron a irse, en busca de Lucerys, sin duda. Las gemelas, Jace y Helaena la siguieron. Laenor y la Princesa Rhaenys tenían las cabezas juntas y hablaban con furia.
— ¿El tío Aemond hizo algo estúpido? —preguntó Joffrey, balanceando sus piernas debajo de la mesa.
—Lo hizo —Aegon asintió sabiamente mientras se servía más vino —. ¿Ya te dije lo ridículo que es que te llames Joffrey?
Su sobrino bebé de cinco onomásticos se encogió de hombros.
—Es el nombre del mejor amigo de mi padre.
Su mejor amigo, claro.
— ¿Puedo probar, tío Egg? —Joffrey miraba con ojos saltones la copa en mano de Aegon.
Aegon miró hacia el padre y la abuela del niño, seguían concentrados tramando el asesinato de Aemond.
—Sólo un sorbo, uno muy pequeño —concedió.
Si consentía a Joff, tal vez Aegon por fin se convertiría en el favorito de alguien.
22 onomásticos
Mientras volaba en Sunfyre, Aegon recordó aquella noche de la que nadie hablaba, al menos no donde Lucerys fuera capaz de escuchar, y a la que Aemond, de hecho, sobrevivió. Había sido un desastre y durante días estuvo en auge lo ocurrido, los círculos de chismes de Desembarco del Rey nunca estuvieron más bulliciosos.
No sólo fue lo que sucedió al final de la cena, sino que corrió la desgarradora historia de cómo el Príncipe Lucerys lloró inconsolablemente durante toda esa noche. Nuestro príncipe del mar sufre por un corazón roto, decían con aflicción, oh, nuestro dulce príncipe, nuestro príncipe más dulce, pobrecito.
Pasó un año y esa congoja en particular no se había detenido, y que Lucerys se fuera con su abuela a Driftmark para aprender adecuadamente sobre su herencia y entrenar para su futura señoría sólo le dio más peso a la trágica historia de su corazón roto.
Era sorprendente que Aemond siguiera ignorante a los sentimientos de Lucerys cuando todos a su alrededor hablaban de ello. Bueno, Aemond se consideraba muy por encima de cosas tan vulgares como los chismes, así que había una oportunidad legítima de que verdaderamente no supiera nada. O podía estar siendo ignorante a propósito, ¿quién podría decirlo? Aegon definitivamente no, su hermano violento no le decía nada, nadie le decía nada nunca.
Especialmente no las cosas que realmente importaban.
Y cuando lo hacían, era hasta el último momento.
Como acababa de suceder.
Aegon vio el mar que se extendía debajo de él y Sunfyre.
Se preguntó si Lucerys lloró en Driftmark como lloró esa noche, pero ahora no por un corazón roto, sino por su compromiso recién anunciado con el tío que no amaba.
Se preguntó también si los círculos de chismes ya se estaban estremeciendo y compadeciendo por el compromiso matrimonial de su dulce príncipe con el príncipe descarriado de los Siete Reinos.
