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Imperio Austríaco, 1856.
En la noche del 10 de julio, en el pueblo de Smiljan, se produjo una potente tormenta eléctrica que asustó a muchos supersticiosos porque se interpretaba como una señal de desgracia, aunque para otros fue el nacimiento de un integrante importante de su familia.
Una mujer permanecía tumbada en una cama, resistiendo las contracciones del parto, pujando y llorando hasta que sus esfuerzos trajeron al mundo a su hijo, al que los médicos apodaron "el hijo de la oscuridad"; sin embargo, ella acunó al pequeño en sus cálidos brazos y afirmó que era el hijo de la Luz.
Tres años más tarde, el mismo niño se encontraba en su habitación, acariciando el lomo de su gato y el roce le produjo chispas, un hecho que le dejó anonadado, pero con muchas dudas invadiendo su cabeza. Para despejarlas, buscó de su padre, un sacerdote ortodoxo, y le explicó el increíble descubrimiento que apareció ante sus ojos.
Para su padre era algo muy sencillo de responder, no les costaba nada transmitir sus conocimientos a un infante tan ávido de aprender.
—Es el mismo fenómeno que se produce en los árboles durante una tormenta. Es la electricidad —le reveló su padre.
—¡¿En serio?! ¿Así que he generado electricidad? —dijo asombrado el niño llamado Nikola Tesla.
—Básicamente, hijo.
A partir de ese momento, Nikola se dedicó a resolver el misterio de la electricidad. Ingresó en la universidad y, siendo estudiante, comenzó a desarrollar un propósito que le acompañaría en su camino como hombre de ciencia: idear una forma en la que la energía libre pudiera llegar a todo el mundo.
Aficionado al conocimiento, memorizó libros enteros, aprovechando su excepcional memoria, y también aprendió ocho idiomas.
Se había convertido en un joven inteligente de veintitrés años que ya desarrollaba sus ideas como cualquier ser humano que aspira a convertirse en una figura reconocida en el mundo. Lo estaba logrando con mucho esfuerzo, realmente, hasta que sus colegas en su área de trabajo ensuciaron su reputación y le negaron la posibilidad de invertir en sus proyectos innovadores debido a que no se podían arriesgar por algo que nadie había hecho antes.
Las ideas innovadoras conllevan riesgos.
Sin embargo, el joven Tesla no perdió de vista sus aspiraciones, de modo que tuvo que trabajar como simple obrero y, poco a poco, con sus ganancias, financiar su futuro.
Se aferró a una rígida rutina que lo convirtió en un sabio loco sin contacto con la gente. Se privó de las relaciones amorosas, pues no quería que el amor apasionado desfigurara su maravillosa mente, dado que podría arruinar sus perfectos planes para un mañana mejor.
Tenía un propósito en la sociedad. No era un hombre egoísta, su padre no crio a un avaro hambriento.
Nikola vivía en un piso de alquiler, estaba muy endeudado y no podía alimentarse adecuadamente. Cultivaba su sudor y sus horas de sueño en exceso hasta que un día se desplomó de repente en el suelo.
Se había desmayado.
Se convirtió en un ser descompuesto.
Horas después se despertó sobre el mueble de la sala de estar, le dolía la cabeza y unos destellos blancos bailaban frente a él, trayendo vagas visiones de un universo paralelo.
—Señor Tesla... —lo llamó el dueño del edificio, impidiéndole descifrar lo que la inconsciencia le había mostrado.
—¿Uhm? —Su cabeza se volvió hacia el lado derecho, donde estaba el hombre.
—Siento decirle en su estado que no puede seguir en nuestro establecimiento —observó que el hombre tragaba saliva. Parecía que le costaba informarle de su decisión—. No le cobraré los meses atrasados con la condición de que abandone el local hoy mismo.
—Tardaste mucho en comunicarlo, ¿no es así? —preguntó, moviendo la cabeza de un lado a otro.
—Lo siento —bajó la mirada, avergonzado y salió del apartamento.
La puerta se cerró con lentitud, el silencio se apoderó del ambiente y Nikola cayó al suelo por un movimiento mal ejecutado en el sofá.
—Qué mierda de vida.
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Sin ningún lugar al que ir, Tesla regresó a su ciudad natal con el poco dinero que guardaba en una caja de cereales. Fue la mejor decisión que pudo tomar, sus padres seguían vivos y en su casa estaban los libros de física que antes leía para satisfacer su curiosidad.
Lo único que echaba de menos de las grandes ciudades que visitaba eran las palomas que alimentaba en los parques que frecuentaba para meditar y tomar aire fresco. Aunque no se llevaba bien con las personas, los animales eran una gran compañía.
Al cruzar la puerta de su antigua casa, se encontró con su padre, leyendo el periódico. Ni siquiera lo miró, pero no le molestó, comprendió que lo consideraba un fracasado por no terminar la universidad y dedicarse a sus aventuras en Estados Unidos.
Su paso continuó hasta la cocina y allí estaba su dulce madre, cocinando la deliciosa comida que en su infancia le llenaba el estómago y le alegraba el corazón. Ella le recibió con alegría, el calor de su abrazo le reconfortó y le devolvió la vida.
—Bienvenido a casa —le dijo ella, apretando sus mejillas.
—Por mucho que se crezca, siempre se vuelve a la cuna que nos mantuvo a salvo —respondió con una genuina sonrisa.
Se separó del único contacto corporal afectuoso que había tenido en tanto tiempo y continuó su camino hacia su habitación.
Al entrar, visualizó el entorno lleno de polvo, telarañas, recuerdos y sueños frustrados. Se sintió nostálgico, no obstante, las lágrimas no resbalaron por la superficie de sus pómulos, se preparó con anterioridad para ese momento.
Recorrió su pequeña cueva, tocando cada objeto como si quisiera revivir el pasado.
La estantería en la que descansaban sus libros seguía en el orden que dejó establecido. Todos catalogados por fecha de publicación, nombre del autor y color.
Qué gran placer.
Sus días en Smiljan le sirvieron al principio a modo de retiro espiritual, recuperó la fe en sí mismo, las ganas de vivir y el sueño de seguir creando instrumentos que ayudaran a la sociedad en su constante evolución; sin embargo, las frecuentes quejas del hombre que en el pasado abrió las puertas al misterio de la electricidad y la muerte de su madre por una enfermedad mortal, le quitaron la chispa vital.
La depresión le consumió y le llevó al precipicio de una montaña, donde planeaba acabar con su pena.
La brisa que golpeaba su cara, los ruiseñores cantaban y el sol que calentaba su cuerpo mientras mantenía los ojos cerrados fueron los últimos estímulos que pretendía percibir.
Cuando creyó que era suficiente, se despertó de su medio sueño y frente a sus ojos cruzó una hermosa paloma blanca, que se abalanzó bruscamente sobre su espalda, golpeando el suelo.
Nikola olvidó la idea de lanzarse al vacío y acudió en ayuda de la paloma. Por el momento, le necesitaba y su bondad con los animales que una vez le acompañaron en la soledad debía prestarse como agradecimiento.
Recogió el ave en sus manos y se dirigió a su casa. Allí lo examinó, dándose cuenta de que tenía el ala derecha rota, de manera que tuvo que inmovilizarlo enrollando una venda con mucho cuidado, pasándola por debajo de la axila, luego a lo ancho y después por el cuerpo, dándole un par de vueltas en el pecho.
Ahora tenía que encontrar una jaula, alimentarla e hidratarla, quién sabe cuánto tiempo llevaba con su dolencia. Es posible que ni siquiera haya podido conseguir comida por sus méritos.
Tesla asumió una responsabilidad que le mantuvo distraído por un largo período de tiempo.
En el transcurso de la estadía de la especie emplumada en su morada, la trató como a una invitada de renombre. Conversaba con ella y se reía cuando se daba cuenta de que parecía muy patético hablar con un animal emplumado, pero era el único ser vivo que no se aburría con sus interminables discursos sobre temas científicos y de gran complejidad.
Entre estos temas destacó el enigma del 3-6-9, que surgió durante una noche de insomnio cuando pensó que las horas del reloj, en una operación matemática, daban como resultado el número 3. A Nikola le asombró tanto su magnificencia que afirmó que con esos números encontraría la clave del Universo, por lo que catalogó el patrón 3-6-9 como el "Código de la Creación".
Semanas después, el pájaro se recuperó de su dolencia y Tesla decidió liberarlo en la naturaleza porque era allí donde debía estar; sin embargo, el animal había despertado un sentimiento hacia él que le impedía abandonarlo. Era su salvador, se merecía devolverle el bienestar que le había proporcionado.
Nikola no tenía corazón para rechazar el capricho de su compañera, si ella quería quedarse con él, no se interpondría en su camino. Además, seguiría cuidando de ella como lo haría un hombre enamorado de la mujer que ama.
—Querida —Tesla llamó a su ave, que estaba posada en el marco de la ventana, esperando una asignación—, ¿qué opinas de un artefacto que posibilite la transmisión de señales de audio mediante la modulación de ondas electromagnéticas?
El piar de la paloma fue la respuesta que recibió a la exposición de su idea. Se limitó a sonreír porque imaginó que, si su pájaro hablara, escucharía sus comentarios.
—Desarrollaré esta idea y, cuando esté seguro de que puede funcionar, la mostraré a las empresas para que se interesen en invertir en el invento y lo construyan realmente —declaró con entusiasmo al tiempo que estrujaba una barra de pan, creando migas a las que luego colocó en las patas de la paloma.
Y así fue, meses tras meses trabajó en el diseño del artefacto sonoro, a través de complejos cálculos que se escribía en pizarras alrededor de su taller, piezas mecánicas que se encajaban con la lógica y el conocimiento mágico germinado de su cerebro analítico.
Tesla recortó sus horarios de sueño para lograr su objetivo, se obsesionó tanto que no había otra prioridad en su vida salvo su paloma que nunca le abandonó en el proceso.
Orgulloso de su trabajo, Nikola se preparó para presentar su obra a grandes empresas dedicadas a las mejoras tecnológicas en Estados Unidos. Pidió dinero prestado a un amigo cercano y viajó ilusionado porque intuía que el éxito le caería como el rocío; pero se encontró con una avalancha de rechazos por parte de los inversores debido a que otros ingenieros ya habían presentado una idea igual a la suya.
El aparato que emitiría señales sonoras tenía incluso un nombre y era "radio".
El joven soñador se sintió avergonzado, pudo contemplar las risas ante su incompetencia y falta de creatividad. Tampoco se dignaron a darle la oportunidad de demostrar que su trabajo era mejor que otro, simplemente lo descartaron y le sugirieron que se retirara.
Con el corazón roto y la conciencia atormentándole con la palabra mediocridad, retornó de nuevo a su lugar seguro, Smiljan. Una vez allí, enloqueció de rabia y comenzó a destruir su taller.
Destrozó los tableros, sus planos, las maquetas de anteriores inventos, las piezas de recambio y diversos libros; todo lo que una vez fue lo deshizo en una noche. Lloró de frustración hasta vaciar su humanidad y se derrumbó en el suelo ante el caos provocado.
El hombre racional y pulcro parecía un loco de plaza, aniquilado por un sobreesfuerzo sin recompensa. Ya no quería seguir en el mundo de la ciencia, no era tan fuerte como los demás y su deseo de ayudar a los de su especie se apagó.
¿Por qué iba a explotar su inteligente cerebro en beneficio de la sociedad si no le daban un espacio para salvarlos de una vida complicada?
—Algún día se van a arrepentir —declaró, apoyando la cabeza en la pared—. No puedo actuar si no me lo permiten.
Los gritos estallaron, el dolor de las ilusiones rotas se podía sentir en cada latido del corazón, la respiración se dificultaba por la secreción pegajosa de sus fosas nasales y los cristales rotos amenazaban con cortar las venas de la muñeca de Nikola con un simple movimiento preciso.
La muerte es una oportunidad para alcanzar el descanso eterno de las almas desgraciadas.
El error de Tesla fue que se obstinó en ser útil en lugar de encontrar la armonía en su existencia y vivir como un simple mortal rodeado de amor.
Cerró los ojos, no deseando ver la sangre de su organismo derramada en el suelo de su amado taller, y entonces unas manos frías y suaves le impidieron cometer una cobarde barbaridad al sujetarle los brazos. Era una mujer, hermosa y angelical, vestida de blanco, con el pelo largo, liso y blanco como la nieve y los ojos grises.
Tesla creyó que deliraba por su colapso mental.
—¿Me dejará, maestro? —habló aquella entidad con un ligero quiebre en su voz. Le conocía y apreciaba tanto que le trataba como a un superior.
—¿Quién eres?
—Göndul o " Querida" como acostumbra a llamarme.
Era su ave predilecta, pero ¿cómo era posible que se convirtiera en humana? No era lógico.
La sorpresa le dejó sin palabras y Göndul pudo apreciarlo, por lo tanto, decidió explicar el secreto de su presencia.
Pertenecía a las hadas que viven y cuidan la naturaleza de los bosques. Rara vez ayudan a los seres humanos a cumplir la misión de sus vidas, ya que no todos reúnen las cualidades necesarias. Nikola cumplió los requisitos de las hadas y fue bendito por la gracia de Göndul; sin embargo, el fracaso de sus misiones amenazaba la continuidad de su compañía.
Esa fue la razón por la que mostró su verdadera forma. Pretendía llevar a Tesla al bosque para que pudiera obtener la redención y la iluminación durante el resto de su mortalidad.
—¡Esto es una completa locura! —vociferó el inventor y se levantó del piso.
—Por favor, acepte la oportunidad —el hada se arrodilló, inclinando la cabeza en señal de sumisión.
Tesla trató de procesar esto, caminando de un lado a otro y presionando sus manos en el cráneo. No cabía la magia cuando existía la ciencia.
Cuando echó un vistazo a Göndul y la contempló sentada en el suelo, le tendió la mano. Le molestaba que le respetara un ser que era su mayor consuelo en su soledad. Comprendió que ella era su "querida" porque sólo ella era capaz de permanecer en silencio cuando él luchaba contra las crisis existenciales.
—Explícame, ¿la magia existe?
—La ciencia es la magia de los mortales y usted es un mago —le sonrió sincera y le agarró la mano.
Su respuesta fue decepcionante y difícil de entender. No resolvió el enigma de su existencia.
—¿Cuánto tiempo nos queda? — mostró interés en la invitación al reino boscoso de Smiljan.
—Dos horas —le contestó.
Divagó durante unos segundos y concluyó que nada lo ataba al plano de la humanidad, pero ¿sería libre de explorar los misterios del universo?
—¿No me prohibirán que efectúe experimentos?
—Absolutamente, no.
Esto fue una gran noticia. Ser científico era su propósito en la vida, su alma bailaba entre ecuaciones matemáticas y fenómenos físicos, pero aunque disfrutase de los privilegios, aún había algo que le inquietaba.
—¿Y permanecerás a mi lado?
La felicidad no se completaría sin la compañía de su encantadora paloma, y cabe señalar que nunca la consideró una mascota. Era su compañera especial.
Göndul condujo la mano de Tesla al centro de su pecho, sobre el esternón que protegía su corazón, y lo presionó. Se trataba de una declaración de amor incondicional. Ella había visto la belleza del alma de Tesla y lo amaba.
—Por la infinidad de los tiempos, señor Tesla —le aseguró.
Al amanecer, decidieron emprender el camino hacia las montañas del pueblo y adentrarse en el denso bosque donde se ocultaba el mundo de las hadas maravillosas. Un lugar lleno de ciencias mágicas que sólo los iluminados podían estudiar, y donde su relación florecería en un verdadero amor entre dos seres de planos completamente diferentes, pero unidos por la pasión en favor del bienestar de la humanidad.
Fin.
