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—¿Qué haces aquí?
Si, vivían en el mismo edificio, pero eso no era una excusa para que Chifuyu estuviera en su puerta, estaba en el quinto piso.
—Ryoko-san me invitó a comer ayer —contestó el rubio, desviando la mirada.
Baji frunció el ceño. Era el colmo de los colmo, esta era la tercera vez en lo que va del mes.
—Keisuke, ¿por qué te quedas en la puerta? Deja pasar a Chifuyu de una vez o la comida se enfriará.
Baji bufó y se hizo a un lado, Chifuyu pasó sin siquiera verlo a los ojos. No es que Baji quiera que lo haga, no lo ha hecho desde hace mucho tiempo.
—Mamá, te dije el otro día que Chifuyu y yo terminamos hace dos meses —le recordó a la mujer cuando los dos estaban en la cocina.
Ryoko levantó una ceja con cara de "¿y a mi eso qué me importa?", antes de darle un plato.
—Ya te dije, a mi me agrada mucho Chifuyu, es mi invitado, no tuyo. Así que sé buen hijo y ve a servirle.
Keisuke apretó los dientes, ella estaba hablando tan alto que Chifuyu debió escucharlo, la casa no era tan grande. Sintió sus mejillas arder, aún así, salió al comedor.
Matsuno, estaba mirando distraídamente la ventana de la sala, estaba abierta como siempre, con un plato de agua para los gatos que se acercaran. Ese en particular llevaba el nombre de Peke J, el gato de Chifuyu.
—Ha estado saliendo más de lo habitual, ¿lo has alimentado tú? Cada día lo veo más gordo —comentó el chico, sonriendo inadvertidamente. Keisuke frunció los labios y asentó el plato, quizá más duro de lo que había querido—. Ah, gracias, Ke- Baji-san.
—No es nada —se limitó a decir, miró el plato de comida, sabiendo que Chifuyu lo estaba viendo—. Y si, le he estado dando unas cuantas cosas.
Habían terminado hace dos meses, desde entonces tenían este extraño acuerdo implícito. Siempre uno desviaba la mirada a otro lado a sabiendas de que el otro lo veía. O eso es lo que había notado Keisuke, no estaba seguro de que Chifuyu estuviera al tanto, no habían hablado, de todos modos.
—¡Hoy he preparado tu plato favorito, Chifuyu! —llegó Ryoko, disminuyendo la tensión del momento.
—Muchas gracias, Ryoko-san.
—No, no, no es nada, siempre me estás ayudando —sonrió ella mientras asentaba su propio plato—. No como este mocoso, Keisuke, te hacen falta los modales de Chifuyu.
—Si supieras —Baji rió.
Chifuyu era cortés con las personas mayores, en concreto, solo con las que pensaba que se lo merecían. ¿Pero el resto? ¡Ja! Era un pandillero al igual que él, aunque no formaban parte de una pandilla, solían buscar pelea con cualquiera a menudo. Se habían conocido de esa forma, después de todo.
—Baji-san, ¿tú no comerás?
—Paso —dijo, antes de meter la mano en sus bolsillos—. Iré un rato a fuera.
—Keisuke, ¿has hecho tus deberes?
—Ah, eres muy molesta, los haré después.
—Si vuelves a repetir año, estarás en…
Ni siquiera escuchó el resto antes de cerrar la puerta. Se quedó ahí unos segundos, escuchando los susurros de adentro. Su madre se quejaba del hijo tan problemático que tenía, mientras que Chifuyu decía algo que no distinguía.
Como sea, Baji sabía que no diría nada malo en realidad. Habían terminado su relación, pero no fue en malos términos, o eso es lo que Keisuke quiere creer.
La razón de su ruptura no era muy clara, ni siquiera para él, que fue quien dijo las palabras mágicas.
Un día simplemente comenzó a sentirse incómodo junto a él, entonces simplemente dijo: "deberíamos terminar", y Chifuyu tras un largo silencio contestó: "Bien".
En el fondo, Keisuke había esperado una larga discusión, unas palabras fuertes, algún reclamo o algo. Demonios, al menos que le preguntara por qué . Sabía que era desconsiderado de su parte simplemente terminarlo sin siquiera dar una razón, al menos después de casi un año de relación. Habían terminado a principios de Julio.
Apenas estaba anocheciendo cuando escuchó los pasos de Chifuyu bajar las escaleras. Baji exhaló el humo de su cigarro.
—¿Por qué sigues aceptando las invitaciones de mi madre?
—Ryoko-san me agrada, es muy amable conmigo.
—Todo lo contrario a mi, ¿no?
—Baji-san nunca ha sido malo conmigo tampoco.
Keisuke apagó su cigarro. Chifuyu estaba a sus espaldas, pero podía ver su sombra proyectada por la luz de la luna.
—Ni siquiera te dí una razón, simplemente te deseché sin importar más, ¿eso no es suficientemente malo para ti?
—Sé que estabas pasando por un tiempo difícil.
Esa fue la gota que derramó el vaso. Baji se levantó, tiró su cigarrillo y lo aplastó, apretando los dientes.
—No hables como si supieras todo de mi, Chifuyu —de repente, se sentía furioso. Era como una bola de sentimientos que había explotado espontáneamente. Su voz raspaba su garganta.
Finalmente, después de casi dos meses, Keisuke volteó con ferocidad y se encontró con la mirada de Chifuyu.
Su furia pareció evaporarse de inmediato. Chifuyu se veía preocupado, era siempre tan fácil de leer. Baji se dio cuenta tarde que quizá estaba poniendo una cara extraña, porque las cejas de Chifuyu bajaron aún más. Mierda.
—Baji-san no habla mucho de sí mismo, incluso después de años de conocernos. Pero sé que esas fechas son duras para ti, no sé la historia completa, pero vi la fotografía en tu habitación el otro día… y Ryoko-san me ha contado que…
—¡No lo digas! —Ambos se miraron sorprendidos, ni siquiera Baji se dio cuenta de que había sido él quien gritó, su pecho aún dolía—. No los menciones…
Sabía a qué fotos se refería. Esa foto era su más preciado tesoro. Una foto que les había tomado Shinichiro, en el dojo, fue tomada después de una tarde de entrenamiento, donde Mikey arrinconaba su cabeza bajo su brazo, mientras Sanzu se burlaba abiertamente, Senjuu se burlaba discretamente y Emma regañaba a Mikey. De fondo, el abuelo de los Sano suspiraba. Era tan perfecta, lo transportaba a esos días, antes del accidente. Antes de que todo se fuera a la mierda.
En Julio de hace tres años Mikey había muerto y Shinichiro se había suicidado; Sanzu lo había visto hacerlo y no había sido capaz de siquiera volver a hablar desde entonces, meses más tarde había sido internado por intentarlo también. Tenía mucho más años que no sabía siquiera si Emma estaba viva, y Senjuu se ha convertido en una verdadera extraña para él.
En Julio siempre recordaba lo que había perdido. Siempre le recordaba el inicio del final.
—Baji-san, sé que no quieres hablarlo, pero no creo que sea bueno para tu salud que…
—¿Qué mierda te importa mi salud? Ya terminamos, olvídate de mí de una vez, Chifuyu.
Era un mentiroso, lo sabía.
No había terminado a Chifuyu solo porque sí, conocía la razón. Lo había atormentado durante meses.
Un día, mientras veía la sonrisa de Chifuyu, se dio cuenta que la suya había crecido con una increíble facilidad. Se dio cuenta que estaba comenzando a ser feliz de nuevo, a sentirse vivo de nuevo.
¿Y cómo se había atrevido?
¿Cómo podía ser posible sentirse así cuando todos tus amigos han sufrido tanto? ¿Por qué es él el único que ha podido ser feliz? ¿Por qué él, cuando Mikey nunca tuvo esa oportunidad?
¿Por qué fue el único que quedó?
No se dio cuenta que estaba llorando, hasta que sintió las manos de Chifuyu secar las lágrimas sobre sus mejillas. Alzó la mirada para verlo, ahí, un escalón por delante de él, poniéndose a su altura, aún con el aura de la luna sobre su cabellera rubia.
—Está bien, Kei, déjalo salir.
—No necesito que-
Aún con sus quejas, no se apartó cuando Chifuyu lo abrazó y lo llevó hacia su pecho. Era cálido como siempre, ruidoso por los latidos de su corazón, pero a la vez, melodiosos.
Odiaba no poder odiar eso. No poder simplemente olvidar lo mucho que amaba a Chifuyu, que adoraba tenerlo cerca en momentos como este, que admiraba tanto la forma en que podía leerlo, en que podía confiar.
Odiaba ser tan amado, cuando no debía serlo, cuando no se lo merecía.
—Chifuyu…
Odiaba ser tan débil.
—No tienes que decir nada, Kei.
—¿Puedo dormir contigo hoy?
No quería tener que volver a casa y darle explicaciones a su madre sobre sus ojos rojos. No quería volver a su habitación, en dónde inevitablemente vería de nuevo aquella foto. Donde los fantasmas de su pasado lo atormentaban y susurraba en su oído, reclamando el cómo podía haberlos olvidado.
Las manos de Chifuyu, que acariciaban suavemente su cabello, se detuvieron un segundo.
—Si… siempre serás bienvenido.
El corazón de Chifuyu siempre era muy ruidoso. Keisuke se apartó un poco, para mirarlo de nuevo. Sin mediar palabras, tomó su mentón y lo atrajo a un hambriento beso.
No importa cuantas veces lo intentara, le era imposible dejarlo, dejar esto.
Le era imposible no sentirse extasiado, feliz y vivo, no cuando tenía a Chifuyu.
No importaba lo culpable que se sintiera después. Era un ciclo que parecía no tener fin.
Keisuke sabía que Chifuyu no se merecía esto, un amor tan intermitente, descuidado y doloroso; pero Baji cargaba con espinas desde que se conocieron, y Chifuyu siempre estuvo dispuesto a sangrar con ellas, abrazarlas y besarlas, sin importar el ardor de su piel.
Chifuyu se merecía más que esto, pero era todo lo que Baji podía ofrecer.
