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Shampoo de limón, dulce olor de miel y naranja que anidaba en su pecho la sensación de una salvación, olores que no volvería a sentir en ese hogar y que había sido reemplazado por la nostalgia, que cada mañana lo despertaba con el cansancio de ir siempre al mismo lugar.
Despierto en esa cama de sábanas verdes, miraba el vacío que tenía a su lado; su mente aburrida de hacer lo mismo cada día empezaba con su labor de recordar detalle por detalle del olor y la forma de algo que ya no volvería a poner un pie en esa casa.
Empezaban atacando las imágenes de su rostro cuando despertaba, como esos cabellos lilas llegaban hasta su hombro, a veces enredados siempre rebeldes; en aquellos recuerdos Taiju se hacía el dormido con tal de apreciarlo un poco más.
Sus ojos lilas desperezándose, los achinaba y se cubría con una mano cuando la luz natural de un encantador sol lo molestaba, apreciaba como cada mañana deslizaba sus delgados dedos con marcas de sábanas y un buen sueño, y en su cabello dejaba caricias que ni al pasar los años había logrado olvidar. En parte nunca lo había intentado siquiera.
Y cuando decidía que era el mejor momento de “despertar”, podía tener ante sus ojos aquel precioso hombre que rescataba cada día un poco más de su alma, un pequeño gesto tan simple como su sonrisa quedaría grabado como símbolo de su despertar; un recuerdo, un delirio, con nombre y apellido; Takashi Mitsuya.
Demasiado polvo se colaba bajo las pesadas cortinas que abría, se olvidaba de cerrar las ventanas, en otros tiempos Takashi las hubiera cerrado todos los días sin falta, y aunque sabía que Taiju no las cerraría nunca porque se olvidaba, se lo repetía cada día como un ritual, “Cierra las ventanas, que todo el cuarto se llena de polvo”, Taiju pondría algunas muecas, y Mitsuya repetiría hasta el cansancio que toda el polvo entraba al cuarto, sabiendo que a pesar de todo Taiju jamás cerraría las ventanas.
Las ventanas nunca volverían a cerrarse en esa casa, la voz suave no volvió a regañar a nadie. Aquello no volvería a ocurrir más. En esa casa el tiempo estaba detenido.
En deliciosas fantasías salió de la habitación, el portazo que dio retumbó por toda la casa acallando el silencio, que parecía ser el dueño de la morada desde que el amo con los ojos de lilas salvajes había desaparecido; le pesaban las manos, los pies, la cabeza y el corazón.
El autocontrol desaparecía de su cuerpo como lo hacía todos los días al llegar a los pasillos, una amplia galería de recuerdos invisibles le demostraba que su memoria no era frágil; cuando entre besos y jadeos trataban de llegar a la habitación o cuando corrían entre risas detrás de su gato que decidía huir con alguna papa que robaba de la cocina; y los cuadros visibles que se reían en su cara mostrándole lo feliz que había sido y lo miserable que se había vuelto.
El olor de su piel que entre frescuras dulces de miel y naranja habían sido el viento renovador en su decrépita cotidianidad, energía pura, aquella chispa que hacía falta en su vida. Era dulce de lilas, era su vida.
Dolor, claramente eso sentía al estar en aquella casa, aún así jamás se le ocurrió dar un paso fuera de ahí. Tan débil que no se imaginaba abandonando su tumba de memorias. Tan débil que moriría resguardando el tesoro de recuerdos en el que se había convertido esa casa.
Había pensado en irse de ahí, pero era tan débil que sucecaía en un cuento con días desiertos de novedades; un día con Takashi era retar los segundos que pasaban sumidos en conversaciones sarcásticas que revelaban cada vez un poquito de sus almas; era olvidarse de solo vivir un día más.
Después de los pasillos su rutina continuaba en la cocina, aún escuchaba su voz tarareando alguna canción incomprensible, los instantes en los que había intentado ayudarle a cocinar algo y terminaba apoyaba su mentón en su cabeza y aspiraba el cítrico olor a limón de sus cabellos, riéndose de cómo su rostro se fruncía y sus orejas se pintaban de escarchas rosas, hasta que eran interrumpidos por el felino que no estaba de acuerdo con que hubiera alboroto sin su permiso, y menos aún que no lo incluyeran.
Takashi era su delirio mágico de cada nuevo día, se convirtió en aquel hermoso cuento que con pasajes impredecibles ponía en líos a la persona que había sido hasta el día en que lo conoció.
Cada palabra de Takashi las llevaba a viva flor en su piel, y cada momento a su lado había dejado tatuajes que recorrían su mente y alma, como un certero dragón envuelto en las flores de su amor.
Aún recordaba su cumpleaños número 30, un cumpleaños peculiar a los anteriores, dónde había sentido que podía llamar familia a alguien más que a Takashi.
Las hermanas Mitsuya se habían aparecido como solían hacerlo cada que era cumpleaños de Taiju o su hermano mayor. No era un misterio lo mucho que las hermanas estaban encantadas con la presencia de Taiju, siempre soltando comentarios de lo increíble que se lo debía pasar su hermano mayor con un hombre así a su lado, y Taiju no tardaría en decirles que ya estaban grandes para esos comentarios mientras se reía intentando tragar el bochorno al cual ya se había acostumbrado; el trato que tenía con ambas jóvenes, era muy natural y relajado, y no podía ser de otra forma; Taiju se había convertido en una imagen fraternal muy fuerte para ellas, al fin y al cabo, cuando Taiju había comprado esa casa, no había tardado en decirles que eran libres de venir, que sería una casa para ellas también, y claro siempre recalcar que tocarán al menos 3 veces el timbre antes de entrar.
Claro, eran una familia, vivir con Takashi, y recibir las visitas inesperadas de sus hermanas; era esa familia que quería, y la tenía…, pero ya no.
Más recuerdos, su cumpleaños número 30, había sido muy feliz, con las niñas, y el enorme gato negro que según ellas era el regalo que con tanto esmero habían conseguido para él; aunque Taiju sabía que lo habían recogido de la calle, pero como no podían, y menos aún tenían la capacidad de cuidar a un animal, habían decidido llevarlo como regalo improvisado de cumpleaños.
Aún así Taiju estaba complacido, y la mirada de Takashi solo decía que no había razón para no aceptarlo; un miembro más acaba de unirse a su familia, y estaba sentado en el sillón con su esponjoso pelaje, lamiendo su pata, con una mirada estoica.
“-Es un sinvergüenza, cuándo lo quiero acariciar me observa como si fuera un intruso y se va, pero cuando quiere comer ronronea dando vueltas a mis pies”; etéreo, así definiría la figura de Takashi, ahí sentado en un sillón comprado de segunda mano, con un gato que se daba vueltas en su regazo.
¿Si extendía su mano sería capaz de tocar su recuerdo?, ¿si se acercaba más seria capaz de apreciar los ojos de color suave, o sentir su suave aura?
Claro que no, los vivos no pueden tocar memorias.
“Ese gato es un gruñón y está muy engreído, se parece a ti”; y Taiju no había tardado en fruncir el ceño al escuchar aquel canto de su acompañante. “No podría compararme a esa bola de pelos que trae cucarachas como agradecimiento, lo único en lo que coincido y envidio en estos momentos con la pelusa andante, es que tu regazo es muy cómodo”
Y tras esas palabras le había dado la espalda a Takashi fingiendo dormir, con los ojos cerrados, y con sus cabellos del color del cielo chorreando por la mitad de su rostro, cubriendo la nevada de rosas en su mejillas.
Y el aire, y la vida deberían pudrirse en celos al ver como Taiju anhelaba a Takashi, hasta buscarlo en recuerdos.
Solo recuerdos, porque él no era más que un polvo sin limpiar repitiendo la misma rutina todos los días, fantasear en cada esquina de esas paredes de concreto.
Y debía proseguir, antes de que el revoltoso gato empezara a maullar por un plato de comida, porque el animal también extrañaba la vivaz alegría de Takashi, porque Taiju cuidaba a lo único que le quedaba de familia, porque Taiju necesitaba compañía, porque el gato lo acompañaría incluso si cada día después de comer algo debían ir al lugar donde se guardaban las cosas de su amo; -que por alguna razón no veía por años-; y descansar encima de la mesa, donde aquel hombre que parece cada día más roto, se destrozaría en míseros lamentos, ahogándose en mares sufridos.
Y esa era la rutina, arruinar su propia vida un poco más cada día, hundiéndose en el calor inexistente de libretas garabateadas, de pedazos de telas a medio cortar; no había prisa, empezaba a olvidar el tacto frío de Takashi en su piel, se perdía en su memoria la manera en la que ese tacto frío le enredaba un centímetro por el pecho luego por la cintura, jugueteando en su cuello, y surcando su espalda, distrayéndose en sus brazos, y en los tatuajes de su piel, que cantaba con el tacto frío de aquel compañero.
Su rutina, su cuento, su vida, su estrella tan inalcanzable tan irreal, porque así son las memorias, así son los recuerdos.
Nada es eterno, si no la vida sería horrible; pero Taiju consideraba horrible ver ese paquete de flores en una piedra con letras. Consideraba que esa era la verdadera ruina. Meses atrás Takashi agitaba un ramo de flores silvestres en su nariz haciéndole reír, con ojos enamorados, apostando su vida, no más, no menos, lo que tenían, no algo irreal; y ahora todo era tan lejano, su mundo se había achicado tanto, tembló la primavera, el verano, el invierno, el otoño; tembló su corazón.
Temblaba su voz cada vez que quería pronunciar aquel nombre que se había quedado sin dueño, se desbordaba los latidos irrefrenables en sus venas donde el amor le había dejado marcas, se alteraba su piel cuando veía en una ensoñación esa sonrisa que no lo volvería a llevar a casa, esa sonrisa perfecta.
Su ruina, su ruina era amar de la misma forma todos los días, su ruina fue amar como si el mundo de ayer fuera el mismo de hoy.
