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Cuidar los bosques era un trabajo tremendamente aburrido, si le preguntaban.
Era un lugar repleto de árboles tan enormes, frondosos y antiguos como el sol; de plantas tan diversas, algunas más coloridas, más opacas, algunas benevolentes y unas más bien engañosas y rebosaba en vastedad con todos los animales inquilinos que se paseaba de aquí para allá corriendo, brincando, rumiando.
Sin embargo, aun cuando se trepaba en ellos, los árboles eran silenciosos y estirados; aun cuando hablaba con las plantas, estas se dirigían, caprichosas, en la dirección opuesta buscando un resquicio de sol y los animales, ensimismados, hacían sus propias vidas a pesar de sus intentos de bromear con ellos.
«Nadie nunca tiene tiempo para mí» se lamentó un poco, mientras se balanceaba de cabeza, sujetándose a una rama de grosor medio con las piernas.
Ser un guardián del bosque sonaba como una tarea de prestigio, pero era terriblemente tediosa. Aun así, había numerosas razones para realizarla, pero a él le gustaba resumirlas en dos:
Para empezar, era una labor necesaria sobre todo ante las incursiones cada vez más ambiciosas de las personas, que comenzaban a propagarse sobre la tierra como nada más que una vil y destructiva plaga.
La otra razón era que no tenía muchas más opciones.
Los hombres solían referirse a él como Tengu. Y un tengu —al menos uno menor, como él— no solía tener elección sobre casi nada; no de la clase que le gustaría tener. Sí, podía elegir a qué personas “maldecir” de vez en cuando y eso no estaba nada mal; podía arrojarles piedras y desmayarlos un rato, crear ventiscas y hacerlos confundir el camino o también —y esta era su broma predilecta— jugar a las escondidas con los niños para darles un buen susto a sus padres o ponerle trampas a los monjes, pero en los tiempos más recientes eran pocas las personas que se adentraban tanto en su territorio. Sabía que eso era algo así como «bueno», pues significaba que estaba haciendo bien su trabajo, de hecho, solía recibir elogios al respecto; pero de verdad estaba aburrido, cada día más tremendamente aburrido.
Si dijera que no preferiría decidir, por ejemplo, irse a cuidar de alguna zona más brillante y cálida en alguna costa del sur y menos lúgubre, espesa y olvidada de la que tenía que hacerse cargo en el norte, estaría mintiendo —y eso que mentir y engañar era parte de su propia naturaleza. Sin embargo, decidir cosas como esas no estaba en sus manos, él solo hacía lo que tenía que hacer.
Probablemente eso no estaba en manos de nadie. ¿Cómo podía saberlo?
Tiritó. El aire que solía ser cálido en las copas de los árboles gracias a la cercanía del sol se estaba volviendo cada vez más frío, anunciando la hora de dormir de aquel enorme círculo de fuego y la futura llegada del otoño.
Con un suspiro, relajó sus piernas alrededor de la rama y se dejó caer al vacío, disfrutando del aire que se abría en dos ante su caída, golpeando su cara, alborotando las plumas de su cabeza y haciendo aletear sus ropas, de la sensación cosquillosa que embargaba todo su ser, desde las puntas de los pies hasta los extremos de sus garras. sus alas se mantenían estrechamente plegadas sobre su pecho simulando esas telas metálicas que los hombres llamaban "armadura". Unos metros antes de tocar el suelo, su instinto le dio la señal para abrir sus alas, en un fastuoso despliegue de lustrosas plumas negras y aterrizó sobre sus getas de una sola tablilla, liberando una brisa que agitó la maleza a su alrededor.
El tengu se llevó las manos a la cintura y soltó un ronco graznido jocoso. Ese era, quizá, el mejor momento del día para él… cuando existía en caída libre. Y además había hecho un aterrizaje perfecto.
Sin embargo, su júbilo se desvaneció al ver cómo un cervatillo salió corriendo y el par de zorros que lo acechaban emprendieron la caza detrás de él. Un búho aleteó y se giró hacia dentro de su tronco y una familia de roedores que rumiaban la corteza de un árbol se escondieron a toda velocidad en su madriguera. Ya saldrían cuando el silencio y la calma se asentaran de nuevo.
Todo y todos seguían su rutina, el curso para ellos establecido.
Por su parte, recordó, él pasaba la mayor parte de su tiempo solo.
Cómo siempre, todo seguía su curso.
Había pasado muchísimo tiempo desde la última vez que nadie se había adentrado tan peligrosamente al bosque o había causado un alboroto tan grande que él Tengu tuviera que intervenir. Podrían haber pasado meses, incluso algunos años.
Al inicio después de salir del huevo y tomar conciencia, luego de recorrer cada rincón del bosque y familiarizarse con cada pequeño ser que lo habitaba, comenzó a contar los días.
No recordaba cuando había dicho eso y tampoco recordaba cuando había parado; aún demasiado iluso, temeroso, pensó un día que tal vez esos trazos a los que los hombres llamaban números no fueran suficientes, y simplemente dejó de contar dejó de contar.
«Quizá lo tallé en un árbol», pensó. Y quizá la propia corteza de este ya la había resanado también. Ya no importaba.
Los hombres decían que todo inicio tiene un fin.
Era entre los hombres un dicho muy famoso; auguraba el porvenir de tiempos mejores y el miedo a que estos terminaran. Para un Tengu tan joven, con una eternidad por delante, eran palabras de consuelo inútiles, un temor fútil.
Aun así, rompiendo por completo con el curso de las cosas, el aislamiento del inquieto Tengu llegó a su fin.
Un día nevado, casi en vísperas del solsticio de invierno, el silencio inusual del bosque y el consiguiente resueno de una cuerda tensa lo alertó y apareció un hombre.
Los hombres que llegaban desde aquella zona solían aparecer por el camino escarpado, podía verles cruzar la cordillera con el gélido sol de invierno detrás, mientras admiraban la tierra a la lejanía. Iban en grupos y con el permiso de los dioses de tomar lo que querían, como si ellos mismos fueran deidades anunciadas por la nieve. Sin embargo este apareció de repente, solo, abriéndose camino entre el denso follaje con nada más que su inusual corpulencia y zancadas gigantescas.
El Tengu decidió seguirlo, saltando por entre las ramas medias de los árboles para observar al hombre mientras decidía qué hacer con él, justo como solía hacerlo. Pero ya que era el primero que realmente perturbaba su territorio después de tanto, no podía dejar pasarla oportunidad de divertirse y jugar una buena broma, así que tenía que pensarlo bien.
Lo observó a conciencia, llevaba un arco de madera en mano y un carcaj con flechas; eso significaba que era un cazador, igual que muchos otros. Aunque había algo extraño en él que no podía definir.
El hombre avanzaba con todo el sigilo que su propia envergadura le permitía. La maleza se negaba a darle cobijo, por lo que la mitad superior de su cuerpo siempre quedaba expuesta y a cada paso, sus pies trituraban numerosas ramitas secas de pino tiradas en el suelo en un ruidoso —casi cacofónico— festival de crujidos.
La forma en que su cabeza envuelta con pieles giraba de un lado al otro era, por decir lo menos, extraña. De hecho, todo en su forma de moverse era completamente distinto a lo que había visto en otros hombres. Donde otros se movían imponentes, suspicaces y conocedores, este parecía un cuerno festivo siendo sonado son de la marcha o más bien, un blasón mal atado, agitándose a punto de ser llevado por el viento. Aquí y allá, se crispaba por completo cada vez que los cuerpos secos de algún gran helecho le acariciaba la cara al pasar.
El Tengu se sintió casi mareado con solo verlo, pero una verdad se reveló entonces ante sus brillantes ojos oscuros: Ese hombre, ese cazador, estaba profundamente asustado.
También parecía algo torpe, chocando con todas las ramas bajas de los árboles que aparecían frente a sus ojos y siendo incapaz de esquivarlas. A pesar de ello, en más de una ocasión dio muestras de bravura, apuntando y disparando en un solo movimiento a los arbustos que el Tengu movía al correr entre ellos y a las ramas que agitaba con sus ventiscas con la intención de probarlo… o de asustarlo.
La criatura alada se sonrió.
Ese hombre era extraño. Y hasta donde entendía a los humanos, "extraño" significaba "interesante". Aunque también podría ser estúpido, pues a diferencia de los cazadores que conocía, este dejaba atrás uno tras otro los rastros de más de una presa en potencia.
La persecución del Tengu se extendió; Por su parte, el hombre persistía en su camino que parecía sin sentido, hasta que llegó a algún punto de la parte más densa y oscura del bosque y se detuvo. Miró en derredor, como si supiera que lo seguían, pero al percatarse de su soledad, dejó su arco en el suelo, a un costado de él y comenzó a escarbar en la nieve a los pies de un árbol en específico.
El Tengu había visto a los hombres escarbar en los valles e inundar sus parcelas, pero pocas veces había visto a un hombre escarbar en las tierras del bosque. Eso era más una cosa de martas, topos y otros animalillos; los hombres vivían en sus cajas de madera.
Cómo fuera, era momento de hacer que el sujeto se largara.
Comenzó como siempre, con corcoveo grave y desafinado que hacía las veces de grito de guerra, alertando al cazador, quién detuvo su tarea. Entonces, con la gracia digna de una grulla, el Tengu comenzó a saltar de un árbol a otro, haciendo resonar la madera de sus getas de una tablilla. Pero el hombre lejos de salir corriendo, apuró su labor.
Molesto, el Tengu hizo que sus alas negras danzaran a la par. Comenzó a agitar los árboles en torno al hombre y con la fuerza concéntrica del viento movido en espiral, la nieve no pudo hacer más que resbalar por ellas, una por una.
Las manos del hombre se movían más y más rápido, denotando su temor. Intentó tomar el arco que había dejado a su lado, pero este ya no se encontraba ahí. El Tengu graznó una vez más y gracias al eco, su grito sonó como una bandada completa de cuervos alebrestados. Se estaba divirtiendo.
Asustado, el hombre llevó su mano a su cadera y cuando el cúmulo de nieve más cercano a él alcanzó el suelo, de su mano salió disparado un cuchillo afilado. No llevaba un objetivo en específico, pero la aceleración del disparo no era distinta de la ejercida en una flecha por su arco, que ahora colgaba del hombro del Tengu.
Un chillido pequeño y agudo irrumpió en el aire, poniendo un completo cese al caos. El viento salvaje de la danza del Tengu se asentó en segundos.
Lentamente, el sujeto se puso de pie, tratando de intuir de dónde venía el lamento. Lo encontró unos metros más adelante, engarzado a un delgado hilo rojo de sangre. A diferencia de las flechas que hincó en los árboles durante su trayecto, la aguzada hoja se hundió en la carne de una pequeña liebre blanca que volvía a su madriguera.
El hombre se quedó inmóvil por unos instantes, como si se hubiera congelado, aunque el Tengu estaba seguro de que su ventisca no había sido tan fuerte como para que eso sucediera. Cuando por fin volvió a moverse, se agachó junto al animal herido y lo levantó del suelo para envolverlo en lo que parecía un saco de tela.
Sin buscar su arco o terminar su madriguera en la tierra, el individuo emprendió la marcha sin mirar atrás, llevándose a la liebre con él.
«Tonta», pensó el espíritu del bosque, sentado en una rama, observando todo lo que sucedía a sus pies. Bajo cualquier otra circunstancia, podría haber hecho algo más por ella. Pero en invierno, todo aquello que era marcado por el hierro del hombre le pertenecía. Injusto, sí, pero su sola existencia indicaba que también pertenecían al infinito curso de la tierra y como todo ser sobre ella, buscaba la forma de subsistir.
Los hombres elevaron sus plegarias por el favor de su existencia antes de internarse en el bosque, por el favor de su carne. Ese era el trato, todos lo sabían.
El Tengu también elevó su propia plegaria.
No esperaba volver a ver a ese hombre, sin embargo, regresó a finales del invierno.
La nieve en las espinas de pino resplandecía como piedras preciosas bajo la luz del sol mientras que la suelo se reblandecía hasta revolverse con la tierra, humedeciendo los caminos y volviendo resbalosas las piedras, así, los pasos del sujeto eran aún más torpes, lo que era divertido de ver; por otro lado su aura se antojaba más cauta, ocultaba algo debajo de un par de pieles sustancialmente más ligeras.
El Tengu se acercó para ver qué era lo que tramaba, en cambio, se encontró viendo cómo de entre sus ropas sacaba a la misma liebre herida que había tomado del seno del bosque el invierno pasado. Se veía saludable cuando la soltó en el borde de unos arbustos.
Temerosos, los primeros brinquitos del animal fueron pequeños, pero en poco tiempo volvió a sus antiguas carreras habituales. Su pata estaba curada.
Para sorpresa del espíritu, el hombre la había salvado.
Llegada la primavera, el Tengu se divertía agitando los arbustos reverdecientes y asustando a los ciervos, observando a las ardillas compitiendo entre ellas por cuál trepaba más rápido. A veces cantaba con los pajarillos canciones para recibir a los recién nacidos de sus puestas más recientes y otras los molestaba invadiendo su cielo; en otras ocasiones se sentaba sobre las rocas altas a orillas de la cordillera, tomando el sol cálido en las plumas oscuras de sus alas. Las revisaba a diario con la esperanza de encontrar destellos azules como los que tenían los mayores, pero solo eran oscuras y oscuras. No tenía apuro por volverse viejo, pero era capaz de admitir que sus plumas eran majestuosas y él también quería verse así de majestuoso.
También pensaba en aquel cazador. Se encontraba preguntándose por qué habia traído de vuelta a la liebre y siempre llegaba a la misma conclusión: era lo suficientemente tonto como para soltar una presa. Pero a su vez era grande y podía reconocer que definitivamente era fuerte. El Tengu también se preguntaba si alguna vez su cuerpo llegaría a ser así de grande y sus alas se volverían más fuertes.
Al final desechaba esas ansias cada vez y volvía a relajarse. Que deseara algo con tanta fuerza no lo haría llegar más rápido, sobre todo con una eternidad como vida de por medio.
Su próximo encuentro con el cazador se dio bien entrada la primavera.
Llegó por el este, pero no por el camino, fue igual que la primera vez. No había ningún arco ni flechas a su espalda, al parecer, el cuchillo en su cadera era su única arma. Tampoco había pieles, pero sí llevaba un sombrero de paja de arroz y un tejido de hojas largas sobre sus hombros con el que intentaba camuflarse de manera desastrosa.
«Camuflaje sin armas de caza… y un ridículo amuleto», pensó el Tengu, medio animado, medio molesto al ver el saquito de semillas que colgaba cerca del pecho del hombre. Tal era la arrogancia del individuo. Haber escapado ileso la vez anterior no le daba el derecho de pasear a sus anchas por su territorio. El invierno era una cosa y reconocía la valía del gesto hacia la pequeña liebre también, pero el resto del ciclo de la tierra aquel su bosque, así que debía dejarlo claro. No iba a permitir ese tipo de retos.
Sagaz como era, el Tengu resolvió lo que debía hacer: a pesar de su soberbia, la postura del hombre expresaba alerta; si quería tomarlo por sorpresa y darle un buen escarmiento, tenía que dejar que se relajara, así que lo dejó estar. Lo siguió entre los árboles con cierta reserva, aunque anticipando el gusto de su picardía.
Por momentos, cuando se acercaba a algún animalito, el hombre se detenía, revolvía algo entre sus ropas y después se internaba mucho más entre el verdor del bosque. ¿Era una nueva forma de caza que no conocía?
La curiosidad del Tengu no dejaba de crecer. Pero debía mantenerse firme. Ese hombre no podía andar a sus anchas por su territorio sin enterarse de quién era.
La siguiente vez que el sujeto se tiró sobre la tierra se encontraba cerca de un azulejo que brincaba sobre sus dos pequeñas patas, picoteando el suelo en busca de comida; parecía encontrarse cada vez más cómodo entre la maleza.
Un rayo de sol se estampaba en el sombrero del hombre como si señalara un punto específico sobre una diana, mostrado ante el Tengu la ocasión perfecta. En cuanto el hombre se pusiera de pie, él haría su movimiento.
Y así lo hizo.
Apenas anticipó el más ligero afán de incorporarse, el espíritu alado sacó un guijarro de entre sus ropas y lo lanzó tan fuerte como pudo. Solo necesitaba un golpe para que ese hombre no volvería a meterse en su tierra durante un buen tiempo… y él era conocido por su puntería exacta.
La piedra se dirigía rápida y peligrosamente hacia su objetivo, que por mala suerte, buen destino o mérito propio, volvió a agacharse con la intención de levantar algo del suelo.
El Tengu se llevó las alas a la cara y cubrió por sí mismo sus ojos, porque no daba crédito a lo que veía. Por primera ocasión en tantísimos años, el proyectil no acertó de lleno en la cabeza del hombre. Graznó de rabia e hizo berrinche, no importando si el hombre lo escuchaba o no, después de todo no lo vería.
¡Maldito el cielo, maldita la tierra y quienes en ella habitaban!. Apenas había logrado tumbar su sombrero, pero no estaba todo perdido. Si lograba ver su rostro, si el Tengu lo aprendía, entonces se iba a enterar. ¡¿Quién era esa criatura que osaba burlarse de él de tal manera?! ¡Sin duda iban a pagarlo sus hijos y los hijos de los hijos de sus hijos hasta el final de los tiempos!
Se quitó las alas de la cara para conocer al hombre que sufriría su eterna venganza… sólo que no era un hombre, no como los que solían adentrarse en el bosque para cazar.
Tenía las cejas pobladas, el cabello largo, desaliñado y desteñido por el sol, atado en un intento de moño adulto, aunque no lograba serlo; portaba una barbita incipiente en el mentón y su piel estaba muy morena, aunque no esbozaba las mismas cicatrices que los otros.
Sí, era grande, muy grande, de hecho. Quizá el humano más grande que el Tengu había visto en su no tan corta vida, pero era más como una cría de hombre, tan solo un muchacho; podía verlo en sus ojos grandes y castaños, carecía de suspicacia, de mala intención y con esa misma mirada, ahora también inyectada de sorpresa, el muchacho buscaba entre los árboles a quien fuera que le había tumbado el sombrero en los árboles, sin saber que no lograría encontrarlo.
Por su parte, el Tengu se quedó inmóvil en su lugar. Sabía perfectamente que el chico no podría verlo, pero aún se sentía expuesto. No, «expuesto» no era la palabra adecuada, aunque tampoco podía decir cuál era. En realidad, no podía formular ninguna.
Quizá era solo la luz del sol sobre la cara del joven, pero sus ojos parecían brillar.
Un interés distinto despertó en el Tengu mientras lo observaba encogerse de hombros, calarse una vez más el sombrero y desaparecer entre la maleza.
El muchacho volvió muchas otras veces, pero no volvió a molestarlo.
Además de cuidar el bosque —y hacer travesuras— los Tengu menores tenían otras tareas. Recoger los mensajes para los espíritus mayores durante los «Días de audiencia» era una de ellas.
Los hombres les llamaban «Fiestas de verano» y durante esos días se acercaban a los lugares que consideraban sagrados en la ladera del bosque o a los pequeños templos que organizaban junto a sus cajas de madera.
Cierto espíritu alado tenía una aversión enorme hacia dicho encargo y más a propósito que por descuido, solía eludir ese encargo a menudo, sin embargo, no podía escapar de ello por siempre. De hecho, para su propia sorpresa, por primera vez en más o menos… siempre, el Tengu no sentía ganas de saltarse esa labor en específico.
Odiaba ser el recadero de otros, pero eran los únicos días en los que podía tomar su forma animal sin restricciones y si optaba por acercarse a los templos, entonces podía salir del bosque, lo que no era una mala recompensa.
Tampoco iba a admitirlo, pero el Tengu había estado esperando con cierta impaciencia a que la joven cría de hombre apareciera nuevamente por el bosque. Las criaturas como él estaban predeterminados a invadir lo prohibido, a meterse en líos. El Tengu se había encargado de —casi— proporcionárselos en ambas ocasiones. Debería volver en algún momento, pero una vez pasado el cambio de estación, no regresó.
Y no entendía por qué, pero sentía que tenía que ver otra vez a aquella cría de hombre. Si quería verlo, si quería entenderlo y él no parecía dispuesto a volver, entonces ir hasta él era la única manera en que podía.
Aunque no contó con que encontrarlo sería tan difícil.
No recordaba la última vez que hizo de mensajero, pero en algún punto, los hombres y sus cajas de madera se habían multiplicado de tal forma que ahora se distribuían en colonias y colonias alrededor de los bosques. Se acercó al templo más cercano, lo buscó en los rostros de cada hombre, de cada joven, de cada niño, sin éxito. Recorrió cada caja, cada lugar posible de la colonia en los días siguientes, después de los ritos, después de los banquetes, después de las fiestas, pero él no estaba ahí.
Si lo pensaba, no tenía idea de dónde venía exactamente. Sólo recordaba aquel rostro moreno, esos ojos brillantes sin malicia.
Hacía mucho tiempo que el Tengu había dejado de contar los días, pero aquel verano, se consagró como el primer verano de varios en los que el Tengu fue incapaz de encontrar al muchacho.
Pero sus veranos no pasaron en vano.
Año con año, el espíritu vuelto cuervo viajaba a una colonia diferente a escuchar con atención a los humanos; algunos creían que podían hablar con los espíritus de sus antepasados, les solicitaban protección y les deseaban un buen camino en la muerte; la mayoría pedía anticipadamente por una buena cosecha de otoño y una buena caza en invierno. Sin embargo, había quienes expresaban peticiones más específicas a los dioses: que algún familiar sanara de una enfermedad, que un hijo naciera con bien o que otro volviera de la guerra, que un amor se volviera realizado y de ser posible que culminara en un matrimonio feliz.
«Amor» y «felicidad», eran algunos conceptos que el Tengu escuchaba más comúnmente entre los jóvenes de los diversos pueblos. Todos parecían ansiar algo como eso, aunque él no lo entendía del todo. Sabía que un hombre y una mujer podían engendrar a otro humano, pero hasta ahí.
Fue así como el espíritu comenzó a poner más atención a los hombres que se acercaban al bosque en lugar de solo ahuyentarlos y en determinadas ocasiones, él mismo se acercaba más a los lindes del mismo con la misión de comprender qué era eso que llamaban amor y que solía poner una sonrisa en sus rostros.
Cuando los hombres iban en grupos a cazar, los seguía de cerca y con sigilo, rondaba sus campamentos improvisados o se colaba en sus cuevas como un cuervo cualquiera para escucharlos hasta que se quedaran dormidos.
A veces hablaban del botín del día y de sus planes para el siguiente, pero había veces en las que hablaban de sus mujeres. Cómo añoraban acariciar su cabello, escuchar sus voces cantar o simplemente verlas. Eso, verlas. Y eso era suficiente para que sonrieran, bebieran en honor a ellas y se dieran palmadas cargadas de camaradería.
Con las mujeres era igual. Cuando iban rumbo al río a lavar sus ropas, él caminaba junto a ellas por la orilla del bosque y las escuchaba hablar de sus hombres. De cómo amaban descansar en sus brazos o jugar con sus barbas tupidas que les hacían cosquillas. De lo mucho que admiraban su fortaleza, sus habilidades de caza o su sentido del humor. De cómo sentían «cosquillas en el estómago» cuando los veían llegar por la colina después de los meses de cacería.
Durante todo ese tiempo, también se dedicó a recopilar el lenguaje afectivo físico de los humanos. Los «besos» en sus bocas, tomarse de la mano, los abrazos y las caricias en el rostro eran distintas entre los adultos de lo que lo eran entre ellos y sus hijos. Y exceptuando los momentos de luto o momentos difíciles, casi siempre iban acompañados de sonrisas.
Llevar flores, cuidar del otro cuando enfermaba, acompañarlo o esperar por él, comer juntos, escuchar sus problemas, reír juntos, eso era «amor».
El Tengu solo había visto a aquel joven una vez, pero una vez escuchó hablar del «amor a primera vista», así que comenzó a preguntarse si su espera, si su búsqueda, también era amor.
Un verano, el décimo desde que había decidido ser un mensajero responsable, el Tengu viajó más lejos de lo que nunca lo había hecho; llegó a un pueblo grande cercano a la costa y se dispuso a escuchar las peticiones de los humanos.
No estaba seguro de que pudiera escuchar algo muy distinto a lo que había escuchado ya de los otros humanos en los anteriores pueblos, hasta que escuchó una petición curiosa.
«Por favor, que estas telas sean bien recibidas por sus futuros dueños. Que sean duraderas y les lleven felicidad», rogó una voz grave y profunda, cargada de fe y expectativas, pero sobre todo con una nota de emoción.
El Tengu miró, parado desde la ventana a quien solicitaba tal favor.
Era él, era el muchacho, pero ahora estaba convertido en hombre. Sus manos eran más grandes que entonces, sus hombros se habían vuelto más amplios y sus rasgos se habían acentuado, pero era él, pues su mirada, aunque mucho más madura, seguía siendo igual de clara.
Se le escapó un graznido y todos voltearon a verlo, incluido el muchacho. Algo así como lo que él imaginaba como «cosquillas» asaltaron su pequeño estómago de cuervo, obligándolo a emprender el vuelo. ¿Era eso lo que los hombres llamaban «emoción»? Porque si era así, sí, claramente estaba emocionado por haber cumplido su metas.
¿Pero qué seguía ahora? ¿Cómo podía aclarar lo que sentía? ¿Cómo justificar su búsqueda ahora que se veía resuelta?
Entonces se dio cuenta de lo poco que confiaba en volver a verlo, porque no tenía ni la menor idea.
El Tengu volvió a casa sin una respuesta.
Un día de otoño, un zorro apareció de paso por el bosque del Tengu.
Tenía nueve colas y pelaje claro y resplandeciente que contrastaba hermosamente con las hojas cafés, amarillas, rojas y naranjas de parte de la vegetación del bosque. Claramente, no era cualquier zorro, era uno muy viejo y muy sabio, de esos que ameritaban respeto y él Tengu no iba a ser quien se lo negara, no a él, así que lo acompañó en su travesía por el bosque.
El zorro era listo y tenía experiencia. No necesitó mucho tiempo para que percibiera la aflicción del Tengu y necesitó mucho menos para determinarlo como un «mal de amores».
Charlaron ampliamente al respecto. Cómo conoció a aquel sujeto, cómo trató de maldecirlo con su roca, sobre «amores a primera vista» y cómo se había dedicado los últimos diez veranos a buscarlo hasta encontrarlo. También sobre cómo escapó una vez que lo encontró, sin poder hacer más que volar de la manera más ridícula posible mientras trataba de aplacar las «cosquillas», esas que lo aquejaron el resto del verano. Esas que aún lo aquejaban luego de tanto.
El zorro lo escuchó con atención y también le compartió su experiencia. Varias de sus experiencias, de hecho y cómo todas habían terminado de manera trágica. El cómo él había llegado hasta ahí y lo había hecho completamente solo, muy a pesar de aquellos amores.
—Amor imposible —le dijo el zorro cuando llegaron a las lindes del bosque—. Ese el tipo de amor que tú tienes.
Pero el Tengu no iba a darse por vencido. Tenía un invierno y una primavera para resolverlo y ya sabía cómo hacerlo.
El onceavo verano, un viajero llegó hasta un pueblo grande cercano a la costa.
Usaba ropas anticuadas, getas de un diente y tenía el cabello más negro que la madera carbonizada de una fogata, tan oscuro como una noche sin luna y sin estrellas, alborotado y puntiagudo como la rama e un pino. Algunos decían que eran inventos, otros que les fallaba la vista, pero los primeros en recibirlo en el pueblo aseguraban que tenía reflejos azules en el cabello, aunque coincidían en que lo más extraño era el mechón claro que caía justo sobre su frente. Tenía una complexión muy delgada y una estatura baja que compensaba con sus getas de un diente. Si fuera por su mirada despierta, penetrante y aguda, como un cuervo al ataque sobre la carroña del día, bien podría pasar por un chiquillo.
Con una voz ronca, como esa que precede a un resfrío, preguntó por un hombre en específico, uno muy grande, demasiado grande para confundirlo.
—Ese debe ser Asahi-sensei. —reconoció con sorpresa una de las mujeres del mercado. Estaban con los preparativos de las Fiestas de verano —Aunque es raro que lo busque alguien que no conocemos… ¿Podemos saber quién lo busca?
«Así que se llama Asahi», era hermoso, llevaba el amanecer en el nombre. El viajero nunca se había referido a sí mismo por un nombre. Pero si necesitaba uno, entonces debía elegirlo. En tal caso, él sería el anochecer.
—Yuu. Un viejo amigo suyo.
«Ojalá»
—Ah. En ese caso, ¿ve aquella casa tan colorida? —dijo la mujer señalando a la distancia, una casa antes de la última. —Él vive ahí. Seguro que se alegrará de verle.
El viajero agradeció con una reverencia y se dispuso a seguir sus instrucciones. La mujer volvió a su labor. Se notaba tan apurada, pero lo atendió de todas formas. Seguro que le daría especial atención a sus peticiones.
Yuu recorrió la fila de cajas.
«Casas, ellos las llaman casas», se corrigió a sí mismo.
Recorrió la fila de casas hasta llegar a la más colorida. En la entrada, muchísimas telas de los colores más variopintos le dieron la bienvenida. Algunas se encontraban en rollos, otras colgaban dobladas en varas de caña como si fueran cortinas, mostrando sus patrones intrincados y sus temas diversos: desde flores enormes hasta pequeños valles de ellas, peces coloridos, grullas blancas y patrones simples pero elegantes en hilos delgados de oro.
Al fondo, el hombre que tanto había estado buscando se encontraba frente a una máquina extraña que parecía repleta de hilos simples, aunque del lado contrario estos se juntaban y entretejían con otros, formando poco a poco las telas que eventualmente estarían en exhibición. Su brazos amplios y manos gruesas, espalda ancha, su barba más tupida, el cabello bien arreglado.
Aún más al fondo, una pieza entera de tela en diversos tonos de verde cubría la pared de madera. Algunos hilos amarillos simulaban el sol y los cafés los troncos de los árboles. Había muchísimas plantas a detalle y animales como los que él solía ver en su bosque. Cerca del centro, en la rama del árbol más grande, había una figura negra de ropas coloridas y alas tan oscuras que podían perderse si no les ponías la atención suficiente. Poseía garras afiladas y un pico muy fuerte.
El viajero sintió las cosquillas apoderándose de su estómago humano; aún eran raras, pero definitivamente más soportables. Esta vez, tuvieron sobre él un único efecto secundario: una sonrisa. Tan grande que sus pómulos echaban arriba sus párpados inferiores y sus ojos casi se cerraban para poder expresarla. ¿Felicidad, tal vez?
—¿Qué es esa figura al centro? —preguntó Yuu con una voz un poco más entonada que antes.
Asahi abandonó su trabajo con los hilos volteó a mirarlo. Sus ojos claros y amables se encontraron con los más afilados del viajero y el tiempo prácticamente se detuvo.
Las cosquillas de Yuu se intensificaron y no estaba del todo seguro, pero apostaría a qué Asahi sintió lo mismo. Tenía la misma mirada perpleja de la primera vez que lo vio a la cara, sumado a un par de mejillas en las que podía apreciarse un cierto tono de rojo. Era como si lo reconociera, aunque eso era imposible.
—¡Ah!, no te escuché entrar —se recompuso el hombre unos instantes después.
Con un ademán, Yuu le hizo saber que no había problema; de hecho, él había sido especialmente silencioso a propósito.
—Eh… —Asahi tartamudeó— es un tengu… supongo.
—¿Supones?
—Bueno, es que viéndolo bien, quizá no lo parece.
—Pero tú sabes que lo es —aseguró Yuu.
—Sí. Aunque definitivamente no es mi mejor trabajo.
—¿Y por qué está ahí colgado?
—Porque es especial —respondió Asahi con una sonrisa—, es mi primer trabajo de esa complejidad. Pero si necesitas algo en especial…
El hombre hizo ademán de ponerse de pie y soltarse de la cintura la máquina en la que tejía.
Yuu lo detuvo.
—En realidad, me interesa ese trabajo en específico.
—Me temo que no está en venta.
—Me refería a su historia. ¿Por qué un tengu? ¿Qué tiene de especial?
—Bueno… sé que muchos no creen en ellos, pero cuando vivía cerca de las montañas, estoy seguro que uno me seguía.
Yuu volvió a graznar de la emoción, aunque esta vez con su voz de humano, era lo que ellos llamaban «risa».
Y Asahi pensó que era la risa más contagiosa y hechizante que jamás había escuchado en su vida.
—Lo sé, lo sé. Suena ridículo —comentó Asahi con una nota de disculpa en la voz. Una voz cálida y amable, más bella de lo que Yuu habría podido imaginar— pero yo lo vi una vez… varias, de hecho…. O algo así. Era más, como una sombra, por eso tan feo retrato.
—¿Estás diciendo que era feo? —preguntó Yuu con un poco de decepción en la voz.
—No, no, para nada. Era tan… majestuoso. Aunque creo que intentó maldecirme una vez.
—¿Y cómo estás tan seguro?
—Me lanzó esto una vez —dijo mientras buscaba entre sus ropas, cerca de su pecho en un gesto casi idéntico al que había hecho con la liebre, solo que no sacó un animalito de ahí, sino un guijarro transparente y muy pulido, casi brillante—. Dicen las leyendas que lanzan rocas y te maldicen, pero solo lo intentó una vez. Luego solo me seguía. Para ser sincero, apreciaba su compañía.
Asahi le ofreció la roca a Yuu y él la tomó. No mentía, era el mismo guijarro que él le había lanzado una vez.
—Ya veo. ¿Qué tonto, no? —ironizó Yuu sobre sí mismo. —Aunque es bueno que haya fallado.
—¿Tú crees?
—Si no lo hubiera hecho, quién sabe si…
—Quien sabe si estaría aquí hoy —completó Asahi con una sonrisa. Yuu secundó con un movimiento de cabeza.
Las manos humanas de Yuu se pusieron frías de repente. A pesar del calor del verano incluso temblaron un poco. Los humanos eran tan raros, se sentía feliz, estaba emocionado, ¿entonces por qué estaba temblando? ¿Estaba dudando? Él no dudaba jamás… excepto con Asahi, el año anterior y los anteriores mientras lo buscaba.
—Esta noche —espetó Yuu en una voz. «Sólo dame esta noche y lo sabré» —Esta noche… ¿Crees que podríamos hablar un poco más? Creo que tu historia es muy interesante, pero de verdad tengo que irme.
—Bueno, esta noche son las fiestas, así que no veo por qué no. También me gustaría escuchar tu historia. ¿No eres de aquí, verdad?
El viajero negó con la cabeza. Sentía su garganta cerrarse.
—Entonces te veré esta noche…
—Yuu —le dijo con la voz y la cabeza baja, mientras volvía a poner el guijarro en sus manos.
—Nos vemos, Yuu.
El viajero salió corriendo de la tienda. Hilos salados de agua bajaban por sus mejillas, empapando su tersa piel humana. En algún punto de su carrera, el viajero nuevamente convertido en cuervo emprendió su vuelo y entendió a lo que se refería el zorro «un amor imposible».
Un montón de pensamientos pasaron por su mente: la diferencia entre aquel primer lienzo y el último, sus manos callosas como producto de tanto esfuerzo, había unas cuantas cicatrices más en sus brazos, un par de líneas de expresión en su rostro que a pesar de todo se mantenía amable.
Habían pasado once veranos, una cifra tan insignificante para él, pero tan importantes y tan largos para Asahi. Las cosas habían cambiado, habían avanzado tanto.
Podía ir a verlo esa noche o no volver a verlo jamás, pero, ¿cuánto tiempo iba a pensarlo? ¿Cuánto tiempo iba a extrañarlo? la única palabra que le venía al pico era «siempre».
Yuu se presentó esa noche a su cita y hablaron largo y tendido acerca de ellos.
Yuu habló sobre su relación con el bosque. Asahi sobre muchas otras cosas.
Sobre cómo había sido atrapado en la ventisca de invierno mientras buscaba unas hierbas muy raras para que su madre enferma mejorara.
Sobre cómo sabía cazar, pero detestaba hacerlo, así que se volvió aprendiz de tejedor.
De sus paseos en el bosque haciendo bosquejos de los animales y plantas que quería poner en su primer lienzo y cómo el tengu del bosque se volvió su sombra.
De cómo había salido de su pueblo para aprender nuevas técnicas y mejorar su trabajo. Para darle una mejor vida a su familia hasta que sus padres murieron y sus hermanos hicieron su vida. Ahora él hacía telas para algunos señores importantes del pueblo y algunas llegaban hasta algo llamado «capital», que también sonaba importante.
La manera en la que Asahi hablaba sobre todo lo que le gustaba hacía que Yuu cayera cada vez más en él. El calor que irradiaba lo llamaba a retozar en sus fuertes brazos y sus ojos brillantes lo hipnotizaban, a la luz de las lámparas que colgaban a lo largo de la zona comercial del pueblo parecían un par de gemas ámbar oscuro y no podía dejar de mirarlo. Sabía que a algunos humanos eso les incomodaba, pero de verdad, no podía dejar de mirarlo, así que se disculpó cientos de veces al respecto.
El propio Yuu descubrió a Asahi mirándolo de una manera curiosa e intensa en un par de ocasiones también, sobre todo sobre su cabello oscuro, el mayor orgullo de Yuu, haciendo acelerar su corazón humano.
Hablaron, comieron, bebieron, bailaron y jugaron durante toda la noche.
Los ojos brillantes de Asahi se apagaron un momento, cuando Yuu anunció que debía retirarse. Pero se encendieron de nuevo cuando este le prometió que volvería el año siguiente o antes si podía.
Asahi prometió esperarlo y sellaron la promesa con el guijarro. El hombre lo puso en sus manos delicadamente, como si tratara con el tejido de seda más fino del mundo. Cerró los dedos de Yuu alrededor de ellos y depositó un beso rápido sobre ellos.
Las cosquillas volvieron al estómago de Yuu, quien desapareció entre la gente hasta internarse de nuevo en la oscuridad, donde emprendió el vuelo de vuelta a casa, graznando alegremente.
Luego de la visita del zorro, el Tengu había intentado transformarse en humano a partir de la teoría que conocía sobre los de los zorros y tras numerosos experimentos, lo había logrado, pero no podía mantenerla más de medio día. No sabía si tenía alguna consecuencia, pero no podría decir que le importara.
Desde entonces, cada año, Yuu visitaba aquel pueblo durante las Fiestas de verano.
El catorceavo verano, Asahi se atrevió a besarlo en los labios.
Aunque el dieciseisavo lo pasaron encerrados en sus habitaciones, pues Yuu se intoxicó con un líquido claro y extraño que Asahi había conseguido en la capital.
El décimo noveno verano se juraron amor eterno, a pesar de que no podían verse más de tres noches al año. Yuu estaba seguro de que Asahi sabía sobre él, pero este nunca dijo nada al respecto, tan solo se dedicaban a disfrutar de esas noches al máximo y así fue durante muchísimos veranos más.
Para el verano número cuarenta y cinco, el cabello de Asahi había encanecido, su musculatura tiraba a inexistente y su piel comenzaba a arrugarse. Pero el viajero no había cambiado apenas nada, si acaso, más destellos azules adornaban su cabello.
Ese verano, Yuu le regresó el guijarro, engarzado en un tejido de hilos de colores que se había ido llevando consigo cada año desde la primera vez que hablaron.
—Así parece un verdadero amuleto —le dijo con una sonrisa que intentaba no ser triste—, no como ese ridículo colgante que llevabas ese día en el bosque.
Asahi se rió con su voz más gruesa y apagada y lo aceptó de buena gana. Por su parte, él le regaló el lienzo que aún colgaba en su pared. Aunque las orillas estaban bien cuidadas, el paso del tiempo y la exposición no habían dejado que los colores pasaran indemnes.
—Lo siento por eso —se disculpó el anciano. —No es mi mejor trabajo.
—Pero es especial, completó Yuu.
El otoño de ese año, el Tengu tuvo un sueño.
En ese sueño había un cuervo y el cuervo soñaba.
Soñaba con tener todo el tiempo posible en la tierra para ver y recorrer el mundo. Un sueño interesante y comprensible, pero arrogante y ambicioso.
La rueda giró y su sueño se cumplió, pero eso no lo hizo más feliz.
El cuervo se dio cuenta de que su mundo, el mundo al que él se refería, era terriblemente pequeño y su tiempo era demasiado. Era apenas una mínima y triste parte de todo lo que era la verdadera tierra y extrañó su libertad y extrañó sus alas negras y fuertes con destellos azules contra la luz del sol y viento cálido.
El Tengu despertó.
De verdad se sentía tan miserable como el cuervo.
Esa noche, el propio Tengu elevó una plegaria:
«Si pudiera, si tan solo fuera posible, aún si no es en esta vida, haz que sea capaz de caminar de la mano con él algún día, por favor.»
Cuando el verano número cuarenta y seis llegó, Yuu no estaba seguro de si debía o no ir hasta la costa.
Aun así lo hizo.
Pero su Asahi ya no estaba ahí.
Noya salió de su casa casi azotando la puerta, con sus cabellos alborotados, su mechón dorado y toda la energía que solía derrochar más o menos… siempre. Si fuera un poco más alto, seguro que también ignoraría su puertecita de la entrada y la pasaría por encima de un brinco, porque de verdad que ya iban tarde a la escuela.
Corrección, no necesitaba ser más alto, pues la escaló en un movimiento y casi sin esfuerzo, de un momento a otro ya se encontraba del lado de la calle, brincando una vez más, esta vez sobre su enorme novio, para darle los buenos días con un abrazo de koala y un beso.
—Noya, ¿volviste a quedarte dormido? —le preguntó Asahi con una falsa mueca de cansancio. Adoraba a ese chico. Muchos afirmaban cansarse con solo verlo, pero junto a él, a Azumane se le hacían más ligeros los días.
—Es que tuve un sueño… —comenzó. —Y era tan genial que no pude solo despertarme, además, tenía que comer.
Sabía que Noya prefería quedarse de pie en el pasillo que ir a la escuela sin comer. El único problema era que bajo esas circunstancias, él no sería el único en quedarse en el pasillo. Aun así, se sentía incapaz de dejarlo atrás, después de todo era su último año juntos en Karasuno y no sabían a ciencia cierta lo que vendría después. Ya habían perdido suficiente tiempo distanciados por sus inseguridades como para ponerse a discutir de nuevo por cosas tan triviales como un retardo… ¿sí era trivial? Asahi no solía llegar tarde, así que no estaba seguro de cómo iba a afectarlo eso, pero ya lo averiguaría, todo a su tiempo.
Y si miraba el lado positivo —una práctica que estaba intentando poner en práctica más seguido—, al menos su edificio estaba de frente al de Noya, así que podía verlo por la ventana mientras estaban castigados.
—¿Y qué soñaste? Si se puede saber —animó a su novio a que le contara. Amaba que le contara sus historias.
—Soñé que había un cuervo y ese cuervo a su vez soñaba…
