Work Text:
Sakusa Kiyoomi nunca ha sido una persona muy romántica y todo el mundo lo sabe. A Sakusa Kiyoomi nunca le han gustado los ramos de flores ni las cajas de bombones, nunca le ha gustado ir al cine ni compartir palomitas, nunca le han gustado los picnics ni las excursiones a la playa.
Sakusa Kiyoomi nunca ha sido una persona romántica. Y todo el mundo lo sabe.
Aunque, quizás, todo el mundo esté equivocado, incluido el propio Sakusa Kiyoomi.
Sakusa supo desde muy pronto que no le gustaban las chicas -románticamente hablando, fue un poco más tarde cuando se dio cuenta de que tampoco le gustaban en el ámbito sexual- y, por tanto, también supo desde muy pronto que nunca tendría regalos por San Valentín. Al menos, no regalos que él quisiera recibir. Quizás, el hecho de saber que nunca iba a recibirlos, fue lo que le obligó a convencerse de que no quería recibirlos.
Sakusa Kiyoomi nunca ha sido una persona romántica. Por eso, cuando cierto catorce de febrero, alguien llama a su puerta a las ocho en punto de la mañana, lo único que hace es refunfuñar entre sus mantas y taparse la cabeza. Es su día libre, no hay entrenamiento y podía aprovechar para descansar. Pero alguien ha decidido despojarle de ese privilegio y hacer que se levante la cama antes de lo previsto. No se molesta en lavarse la cara o pasarse las manos por los rizos despeinados, simplemente se arrastra como puede hasta la puerta y la abre.
Abre la puerta, pero allí no hay nadie. El pasillo está vacío y en silencio y eso solo hace que Kiyoomi gruña por lo bajo. Decide asomarse por la escalera, para ver si es capaz de vislumbrar a quienquiera que haya llamado al timbre a esa hora, pero no es hasta que da un paso fuera de su casa y se tropieza, que se da cuenta de que allí, en el suelo, hay una pequeña planta.
De pronto, el enfado desaparece y se agacha para mirarla mejor. No es una simple maceta con una simple flor. A sus pies se encuentra un diminuto arce japonés, con sus hojas rojas y sus raíces rebeldes, con una bandeja oscura y ovalada que resalta el color del árbol y el movimiento de las ramas. Pinchado en el sustrato, hay un trozo de bambú con una nota grabada. Tiene una caligrafía horrible pero una ortografía impecable:
«Un Haiku es un bonsái de letras.»
Al darle la vuelta al bambú, se encuentra con otro grabado:
Kaede ga e wa (Arce en rama
omou kisama no ¿el aroma de ti
kaori kana mi más amado?)
Conoce demasiado bien la escritura de Den Sute-jo como para saber que ese haiku está modificado, que el poema original habla de un ciruelo y este lo hace de un arce. Porque está acompañando a un arce. Porque podría decirse que el arce es su árbol favorito.
Con todo el cuidado que puede, recoge el bonsái del suelo y lo lleva dentro, lo coloca en el mueble que tiene dedicado para sus plantas, donde aún queda algún hueco, e inspecciona que el pequeño árbol no ha sufrido ningún daño.
A Sakusa Kiyoomi nunca le han gustado los ramos de flores. Seres muertos a los que no puedes hacer nada por salvar, solo verlos marchitarse poco a poco hasta tener que tirarlos. Pero las plantas sí le gustan. Le gusta poder cuidarlas y ver cómo crecen, ayudarlas a convertirse en hermosos seres vivos y verlas dar sus flores o frutos.
Mientas se cerciora de que su nueva planta está bien, encuentra un trozo de papel enterrado entre las raíces. Está doblado en cuatro y escrito por ambas caras. Por un lado pone: «Sabía que, en algún momento, removerías la tierra. Nunca dejarías un rincón sin inspeccionar». Y, por el otro, una dirección y un número de pedido.
¿Un número de pedido?
Puede que, en cualquier otro momento, Kiyoomi hubiera tirado aquel papel a la basura y hubiera seguido con su día. Pero aquel papel estaba enterrado en el sustrato de un bonsái que alguien se había molestado en llevar a su casa. Está intrigado. Así que, tras comprobar que la dirección es la de una pequeña cafetería que se esconde en una pequeña calle entre su barrio y el centro, se viste y va hacia ella.
Como bien decía Google, es una cafetería diminuta, con tres mesas en su interior y un ambiente muy cálido y agradable. Cuando se acerca a la barra con aquel dichoso papel en la mano, la chica que trabaja allí parece reconocerle de inmediato, antes incluso de que diga el número de pedido.
—Sakusa Kiyoomi, ¿verdad?
Kiyoomi está confuso, pero asiente.
—¿Cómo lo sabes?
La chica -Yuuki, según pone en su chapita-, saca un papel -doblado en cuatro, escrito por ambas caras- y lee.
—«Pedido para Sakusa Kiyoomi. Kiyoomi es moreno, alto y muy guapo» … cito textualmente —se apresura a añadir Yuuki—. «Tiene el pelo rizado y dos lunares sobre la ceja. Tiene una sonrisa preciosa, pero apuesto a que no podrás verla porque llevará puesta una mascarilla que le cubra la boca. Seguramente vaya vestido de negro, con ese abrigo largo suyo. Será fácil reconocerle.»
—¿Quién te ha dado eso?
—No puedo decírtelo —la chica sonríe—. Pero sí puedo llevarte a la mesa el pedido.
Kiyoomi suspira y va a sentarse a una mesa libre, junto a la ventana. Una vez allí, se quita la mascarilla y saca el móvil, donde comienza una lista de las personas que saben dónde vive.
El primero es su primo, claro. Y, junto a él, sus novies. Pero viven en Nagano. Su madre, pero está en Tokio, al igual que su hermana mayor. La pequeña está en España. Algunos de sus compañeros de equipo, aunque no todos: Bokuto, Hinata, Atsumu, Meian…
Sus pensamientos se ven interrumpidos cuando Yuuki aparece frente a él y deja sobre la mesa un café con canela y una tarta de arándanos decorada con un pequeño corazón de azúcar.
A Sakusa Kiyoomi nunca le han gustado las cajas de bombones, ni el chocolate en general. Una vez le dio reacción alérgica y, desde entonces, le da mucho asco y no es capaz de comerlo. Pero eso no quiere decir que no le guste el dulce. Le encantan, sobre todo, las tartas de fruta. Pero, especialmente, le gusta la tarta de arándanos. Si pudiera, la comería todos los días, pero eso no es factible para un deportista profesional. Por eso, aprovecha cualquier fecha especial para comerla. Y parece que hoy, catorce de febrero, es una fecha especial.
Cuando termina el desayuno, Yuuki vuelve a acercarse a la mesa.
—¿Cuánto es? —pregunta Sakusa.
—Ya está pagado, vengo a darte esto.
Deja un sobre en la mesa antes de recogerla y se aleja. Kiyoomi inspecciona el sobre kraft antes de abrirlo. Dentro hay:
Una postal.
Un mapa.
Una carta.
Y, lo primero que hace, es desdoblar el papel de la carta y leerla:
«Querido Kiyoomi;
¿Por qué no puedes ver las cosas en orden? He guardado expresamente la carta al final para que sea lo último que veas. Pero no, tú tienes que leerla primero. ¿Que cómo lo sé? Porque te conozco. Porque sé que siempre vas a buscar las palabras que expliquen algo, porque siempre quieres una respuesta clara y concisa. Pero, lo siento, hoy no la vas a tener.
Espero que te haya gustado el café y que hayas disfrutado de la tarta. Espero que, bajo la mascarilla negra que siempre llevas, se haya dibujado esa sonrisa tan bonita que tienes y que tan poco puedo ver. (Es broma, la veo mucho. Porque siempre que sonríes, estoy mirando. No pienso perderme ni una de tus sonrisas.)
La siguiente parada de nuestro viaje no te la voy a dar como te di esta. No te he dejado una dirección ni un nombre. Pero tampoco creo que haga falta. Porque sé que sabes a dónde ir.
¿Que cómo lo sé? Porque ya fuimos una vez.
Y allí te vi sonreír. Por eso quiero volver. Porque quiero que vuelvas a sonreír.
Tu admirador secreto (o a lo mejor no tanto)
Pd. ¿Sabes ya quién soy?»
Aquella carta deja a Kiyoomi un poco confuso. ¿Admirador secreto? ¿Cómo va a saber quién es si no ha dejado ni una sola pista? ¿Y cómo va a saber a dónde tiene que ir si no le da una dirección? Quizás en el mapa… pero no hay nada marcado. No hay ninguna equis que marque el lugar ni tampoco un círculo que rodee el destino. Es más, el mapa está roto. Le falta la mitad de la ciudad y algunos sitios en cuyo lugar hay agujeros. Eso confunde aún más a Kiyoomi. No es hasta que ve la postal que sabe a dónde tiene que ir.
En la postal aparece la foto de un puente de piedra blanca y una estructura de madera al fondo, todo rodeado de verde. Podría ser cualquier sitio, pero no lo es. Lo conoce, ha cruzado ese puente y se ha resguardado de la lluvia bajo aquel techo. Tiene fotos sentado en ese césped y se ha mojado las manos en ese río. Son los jardines del Castillo de Osaka.
Y allí ha ido tres veces:
Cuando llegó an Osaka, Atsumu insistió en que era de vital importancia que fuesen a ver el castillo, así que fueron de excursión junto a Bokuto y Hinata.
Cuando unos compañeros de la universidad fueron a visitarle, les hizo un tour por la ciudad y aquello incluía visitar el castillo.
Cuando su primo fue a verle durante las vacaciones, fueron al castillo junto con Suna, Osamu y, por supuesto, Atsumu, que no deja de ser el cuñado de de Komori.
Kiyoomi sonríe al recordar aquel día: llovía como si se fuese a acabar el mundo y ningune de les cinco llevaba paraguas. Su primo y Suna no dejaban de correr bajo el agua mientras Osamu les gritaba que, si enfermaban, él no les iba a cuidar. Él estaba resguardado bajo aquel techo de madera viendo el agua caer y el suelo encharcarse.
—¿Qué pasa, Omi? —Atsumu estaba a su lado, dejado caer de la baranda y mirándole a él en lugar de al cielo o al propio castillo.
—No sé cómo vamos a salir de aquí.
—Andando, ¿cómo, si no?
—Está todo… embarrado…
—Ah, no te preocupes, Omi. Todo príncipe tiene un caballero, ¿no? —y le guiñó el ojo.
Y, por caballero, Atsumu se refería a caballo, porque decidió cargar con Kiyoomi todo el camino de vuelta a casa. Ni siquiera cuando salieron de los jardines y el suelo volvía a ser rígido le soltó. Sakusa no tocó el suelo hasta que estuvo dentro de su casa. No en el edificio, no en el ascensor, no en el pasillo. Dentro de su casa.
Cuarenta minutos y dos viajes en tren después, Kiyoomi está frente al Castillo de Osaka.
A Sakusa Kiyoomi nunca le han gustado las excursiones a la playa. Arena por todas partes, la sal pegada al cuerpo, el sol quemándole la piel. Pero sí le gustan las excursiones. Le gusta ir a la montaña y pasear por los bosques, le encanta visitar pueblos, ciudades, aldeas. Adora ir a castillos y museos. Quizás por eso no ha dudado en ir venir cuando ha descubierto que esta era su siguiente parada.
La pregunta ahora es… ¿qué está esperando? ¿A quién está esperando? ¿Debería entrar?
—¿Señor Sakusa?
Kiyoomi se sobresalta al escuchar una voz tan cerca suya. Cuando se da la vuelta, encuentra a un guardia del recinto.
“¿Hasta dónde ha podido llegar el dichoso admirador?” se pregunta.
—Sí, soy yo.
—Si es tan amable de acompañarme…
El guardia le hace un gesto con el brazo, indicándole hacia dónde debe ir. De alguna forma, entra en el recinto de los jardines del castillo sin haber pagado la entrada y sin haber esperado cola. Una vez dentro, el guardia le entrega un sobre antes de despedirse y marcharse.
Otro sobre. ¿Qué habrá en este?
Un -otro- papel doblado en cuatro.
Un papel doblado en dos.
Otro sobre más pequeño -donde pone «No me abras todavía.»-.
¿Cuándo? Se pregunta Kiyoomi, pero le hace caso y no lo abre. En su lugar, desdobla el papel doblado en cuatro.
«¿Qué es lo primero que te viene a la mente cuando miras este castillo? A mí me vienen dos cosas: la primera eres tú. La segunda es:
hana chirite (las flores se espolvorean
ko no ma no tera to y un pequeño templo
nari ni keri aparece entre los árboles)
Apuesto a que acabas de sonreír, como la última vez que estuviste aquí. Lo sé porque este haiku te hace sonreír. Y lo sé porque me lo enseñaste tú. Aunque en realidad me pregunto si lo que te hace sonreír es el poema o el poeta. Porque te recuerdo hablando de Buson con una chispa en tus ojos digna de su propio poema.
¿Me dejas intentarlo?
tus ojos cantan
danza a medianoche
gritan sin hablar
O también:
estrellas que adornan
noche sin luna
allí me quiero perder
Perdona Omi, nunca fui un gran poeta.»
El corazón de Kiyoomi late con más fuerza de lo normal, tanto que sus mejillas se han sonrojado y sus manos tiemblan. Está tan nervioso y azorado por esos haikus que su admirador secreto le ha escrito, que ni siquiera se ha dado cuenta de que, quizás, no sea tan secreto como cree.
Mira alrededor, no ve a nadie. Sigue andando, aunque no sabe a donde. Sí, si lo sabe, pero ha tardado en darse cuenta. Mientras camina, abre el otro papel que había en el sobre. En este, solo hay tres líneas escritas. Suficientes.
futari mishi (juntos veremos
ame wa kotoshi mo la lluvia caer
furiketu ka este año de nuevo)
Kiyoomi reconoce el poema. Es uno bastante famoso de Bashō, pero… es diferente. El original habla de la nieve y, este, de la lluvia. De la lluvia que juntos vieron caer una vez y que esperan volver a verla.
¿Acaso…?
Mira al cielo, celeste y frío. Sin nubes, lluvia o nieve a la vista. Con el sol a punto de ponerse y esconderse tras el castillo. Pero frente a él no se yergue el imponente edificio de piedra que todo el mundo va a visitar, delante suya hay un pequeño templete de madera, octogonal y sin ningún sitio para sentarse. Un buen refugio. Así que va a refugiarse, no de la lluvia, sino de sus propias emociones, porque empiezan a abrumarle.
Allí se acerca a la baranda, hay siete barandas a las que acercarse, pero él va directo a una. Aquella donde vio llover una vez, y donde espera que vuelva a ocurrir, como dice el poema de Bashō.
Casi se echa a reír cuando encuentra allí mismo otro sobre. Lo abre y otros dos papeles caen. Uno doblado en cuatro. Otro doblado en dos.
Esta vez, el primero era más pequeño y solo tenía escrita una frase: «Ya puedes abrir el sobre pequeño.»
Pero Kiyoomi no lo abre todavía, antes, desdobla el otro papel. Está escrito por ambas caras, de nuevo. En una pone:
«Koi no yokan»
Kiyoomi lee aquellas tres palabras una y otra vez. Sabe lo que significan. Lo estudió en el instituto, leyó sobre ello y, más tarde, lo vivió en su propia piel.
Las manos le siguen temblando, no han parado desde hace un rato, pero debe intentar calmarse. No tiene sentido comportase de esta forma. Así que, respira hondo, y le da la vuelta al papel.
«La premonición de que te vas a enamorar irremediablemente de alguien a quien acabas de conocer. Sabes bien que es distinto al amor a primera vista, que no se parece en absoluto a un flechazo. Sentí la certeza de que me iba a enamorar de ti, aunque aún no había ocurrido.
¿Y sabes qué, Omi?
Me enamoré.»
Omi.
Solo hay dos personas en el mundo que le llaman así, y una lleva un año prometida con su pareja. Así que…
Kiyoomi, sin poder controlar de ninguna manera el temblor de sus dedos, se las apaña para abrir el sobrecito de antes. Dentro hay un cuadrado de papel con una fecha escrita. Trece de mayo de hace cuatro años. Hace cuatro años estaba en la universidad, pero no recuerda qué pasó el trece de mayo.
Trece de mayo.
¿Qué pasó el trece de mayo?
Se apoya en la baranda y cierra los ojos, se frota la frente con el dorso de la mano, como si eso le ayudara a pensar. Mayo. En mayo se celebra el torneo Kurowashiki y, hace cuatro años… Fue el año que su equipo ganó. El año en que le nombraron MVP por primera vez. El año en que recibió una oferta en firme de los Black Jackals y negoció para posponerla. Pero, ¿el trece de mayo? Justo el día trece…
Cuando abre los ojos, se da cuenta de que lo que tiene en la mano no es un trozo de papel normal y corriente. Esa fecha está escrita por la parte de atrás de una foto.
Ya recuerda el trece de mayo.
Aquel día, después de que se hubiera terminado el torneo, Atsumu le invitó a dar una vuelta por Osaka y enseñárselo. Se ofreció de guía turística como premio por haber ganado. Aquel día… aquel día también visitaron el Castillo de Osaka, ¿cómo podia haberse olvidado? Fue una visita corta, desde luego. Vieron los jardines y el castillo en apenas una hora. ¿Qué podía verse en tan poco tiempo? Nada importante, solo pequeños detalles que las personas que van más despacio no aprecian, como una pierda picada en el muro del castillo o un grabado minúsculo en la madera del templete donde ahora se encuentra.
Después de aquello, Atsumu llevó a Kiyoomi al Hep Five, el centro comercial donde decidieron que sería maravilloso poner una noria en el techo. ¿A quién quería engañar? Fue maravilloso.
Y, por último, aquella noche, Atsumu le llevó al cierre del festival de las marionetas.
—¿Marionetas? —preguntó Kiyoomi, desconfiado.
—¡Marionetas! Ya verás, son increíbles.
Y lo eran. No solo contaban cuentos para niñes, también había teatros para personas adultas que maravillaron a Kiyoomi. Allí, en aquel festival, cenaron.
A Sakusa Kiyoomi nunca le han gustado los picnics. La comida en el suelo, tan cerca de las pisadas y la suciedad, era algo superior a él. No podía comer en el suelo. No podía comer sabiendo que estaba compartiendo asiento con cientos de insectos, con otros animales y con los zapatos de tantas personas. Le faltaba la respiración solo de pensarlo. Pero aquello no quería decir que a Kiyoomi no le gustara comer al aire libre. Le gustaba comer en parques donde hubiera mesas, en festivales donde se garantizara la higiene de los puestos. A Sakusa Kiyoomi le gustaba cenar bajo las estrellas y junto al río, alejado de las personas pero respirando aire fresco.
Por eso, aquella cena la disfrutó tanto. Consintió compartir con Atsumu los platos que habían pedido, dejó que su acompañante pinchara con un palillo uno de sus takoyaki, y él le robó unos trozos de su okonomiyaki. Incluso compartieron el postre, comieron un taiyaki entre los dos.
Y esa es la foto que tiene entre sus dedos: los dos -Atsumu y Kiyoomi- riéndose intentando morder aquel pececito dulce. Los ojos de Atsumu brillaban, las mejillas de Kiyoomi estaban enrojecidas. Pero la sonrisa era tan sincera que, en el presente, no puede evitar sonreír también.
—¿Recuerdas ese día? —una voz aparece detrás suya, haciéndole dar un salto del susto, pero no es capaz de girarse. Es una voz que conoce bien. La ha oído gritar, susurrar, reír y llorar. Es una voz que le gusta—. Fue el día que me enamoré de ti.
Pum. Pum. Pum.
Su corazón late con fuerza, demasiada. Se está empezando a marear. El estómago se le retuerce, pero no siente náuseas. No es… desagradable.
Pum. Pum. Pum.
Sus dedos tiemblan en torno a la fotografía que sujetan.
Pum. Pum. Pum.
Respira hondo y se obliga a darse la vuelta.
Allí de pie, en la entrada del templete, está Atsumu Miya. Está sonriendo, pero no con aquella sonrisa que utiliza para las fotos con les fans o para para subir a Instagram. Es una sonrisa pequeña y tímida, diminuta y preciosa. Sus mejillas están tan rojas como seguramente están las suyas propias, y juguetea con sus dedos como si no supiera qué hacer con sus manos.
—Feliz San Valentín.
La voz de Atsumu tiembla y a Kiyoomi le parece lo más tierno del mundo. Tanto, que tarda un momento en comprender lo que le está diciendo. Feliz San Valentín. A él, a Sakusa Kiyoomi, a la persona menos romántica del mundo. A quien no le gustan los ramos de flores, las cajas de bombones, las excursiones a la playa, los picnics, ni ir al cine. Sakusa Kiyoomi, quien no sabe qué contestar cuando le dicen “Feliz San Valentín” porque, hasta ahora, nadie se lo había dicho.
—Igualmente.
Quizás no es lo que debería haber dicho. O, quizás, es justo lo que debía decir.
—Tengo… algo para ti —termina por decir Atsumu, que ahora mira al suelo.
—¿Algo más?
—Algo más.
Cada uno está en un extremo del templete, pero, aun así, Atsumu levanta el brazo extendiendo un nuevo sobre.
—Has debido de asaltar una papelería —murmura Kiyoomi, al tiempo que avanza hacia el otro muchacho. Atsumu se ríe, flojito, suave. Y al corazón de Kiyoomi parece gustarle ese sonido.
Una vez delante suya, le quita el sobre. Lo abre. Hay dos cartulinas pequeñas; una parece una entrada de cine, la otra, una canción de Spotify.
—Dandelions —murmura Kiyoomi, que no puede evitar sonreír.
—Me recuerda a ti.
Sus mejillas deben de estar incandescentes en este punto, pero ya le da igual. Inspecciona la entrada de cine hasta que se da cuenta de que, en realidad, no es de cine. Lo entiende cuando lee:
Sesión: única.
Sala: no, salón.
Fila: única.
Asiento: a la derecha del sofá.
Proyección: Given.
Restricciones: está permitida la entrada de comida y bebida, está prohibido el chocolate, está permitido hablar y cantar, está permitido llorar.
Incluye: caja de pañuelos, mimos post-proyección, cena.
Extra: compañía toda la noche.
—Given —murmura Kiyoomi, después de leer la “entrada” varias veces.
—Titanic era demasiado evidente.
—Tienes razón, lo es.
No dicen mucho más antes de ir hasta casa de Atsumu, tampoco hablan mucho por el camino: ambos sienten demasiada vergüenza como para sacar ninguna conversación, así que disfrutan del silencio y la compañía, de la cercanía de sus cuerpos y del calorcito que desprenden.
Una vez llegan a la puerta del apartamento de Atsumu, este la abre, pero no deja que Kiyoomi entre.
—¿Me permite su entrada, señor Omi?
Y él no puede evitar reírse ante aquella formalidad tan informal. Pero, aún así, saca la entrada que le dio en el templete y se la entrega.
—Parece que está todo correcto, adelante.
Y, solo entones, se echa a un lado para que Kiyoomi pueda pasar.
No es la primera vez que está allí, no es la primera vez que va a ver una película o una serie, pero sí es la primera vez que está allí en San Valentín y es la primera vez que ve el apartamento de Atsumu decorado así.
Está todo lleno de mantas y cojines, la chimenea está encendida y, sobre la mesilla, hay varios platos con distintos dulces. También hay dos cajas de pañuelos.
A Sakusa Kiyoomi nunca le ha gustado ir al cine. Es una sala cerrada llena de gente que no usa mascarilla y que no respeta el espacio personal de les demás. Un sitio donde la gente tose, se mueve y habla por encima del sonido de la película. Pero eso no quiere decir que no le guste ver películas. A Sakusa Kiyoomi le encanta el cine y las series. Siempre reserva, al menos, dos noches semanales para ver algo en su casa o en casa de alguien que tenga cierto sentido común. Quizás por eso le hace tanta ilusión ver cómo está dispuesto el salón, que Atsumu haya tenido la decencia de no llevarle a una sala de cine y, en su lugar, crearla él mismo.
El dueño del piso ya se ha quitado el abrigo y está acomodado en el sofá. Kiyoomi, sin embargo, sigue de pie.
—Atsumu…
—¿Sí, Omi?
—¿Por qué haces todo esto?
Atsumu le mira sorprendido, puede que un poco confuso.
—¿No es evidente?
—No lo sé.
—¿Nunca te han regalado nada por San Valentín?
—Una vez, en secundaria —confiesa Kiyoomi—. Una chica. Pero cuando le dije que me gustaban los chicos y se corrió la voz… no, no me han vuelto a regalar nada.
—Has leído mis notas, ¿verdad?
—Sí.
—¿Todas? —insiste Atsumu.
—Todas.
—También la del koi no yokan.
—Sí.
—Entonces ya debes saber por qué hago todo esto.
—¿Porque estás…?
La voz de Kiyoomi desaparece antes de que pueda llegar a decir la palabra. ¿Cómo va a decirla? Le da miedo, nunca la ha usado antes. ¿Es raro? Todo el mundo ha querido a alguien alguna vez a su edad. Todo el mundo ha estado con alguien a su edad. Pero él no. Él nunca ha querido estar con nadie, no ha encontrado a nadie que le haga sentir… Lo que Atsumu le hace sentir.
—Enamorado —confirma Atsumu—. Estoy enamorado, de ti. Y llevo varios años así, pero…
—¿Pero?
—Bueno, no eres la persona más expresiva del mundo y me daba miedo cagarla.
—Nunca he entendido el amor —confiesa Kiyoomi—. Nunca me he enamorado, nunca había entendido a mi primo que, no solo ama a una persona, sino a dos. No podía concebirlo.
—Oh…
—Pero, aunque no lo entienda… Supongo que, contigo, lo siento.
—¿En serio? —los ojos de Atsumu brillan, como si estuviera contendiendo todos los océanos en ellos.
—¿Me ayudarías a entender?
—¿Es tu forma de pedirme que sea tu San Valentín, Omi?
—Supongo…
Atsumu se ríe y corre hacia Kiyoomi, le abraza, le toma en brazos y le da una vuelta en volandas.
—No, Atsumu.
Aquellas palabras le detienen en seco, aunque no se separa de Kiyoomi.
—¿No?
—No, no quiero que seas mi San Valentín, porque eso es una vez al año. Quiero que seas mi Atsumu. Cada día.
—Soy todo tuyo, Omi. Desde el principio y hasta el final.
Kiyoomi es incapaz de mirarle a los ojos, pero no hace falta, porque Atsumu coloca su mano en la mejilla y le guía hasta que sus labios se unen. Kiyoomi nunca ha besado a nadie, siempre ha pensado que es algo asqueroso y que las bacterias y gérmenes que hay en la boca son demasiadas como para acercarse a alguna que no sea la suya. Y, sin embargo, ahora no quiere separarse de la de Atsumu.
—Te quiero, Omi.
—Te… te quiero, Atsumu.
Sakusa Kiyoomi nunca ha sido una persona romántica. Y todo el mundo lo sabe.
Aunque, quizás, todo el mundo esté equivocado, incluido el propio Sakusa Kiyoomi.
Quizás, lo que Sakusa Kiyoomi necesitaba para ser romántico, era encontrar a la persona que le empujase a serlo. Y resulta que esa persona ya la había encontrado, que había estado a su lado todo este tiempo y que, en algún momento, él mismo supo que podría llegar a enamorarse de él. No sabe cuándo ha pasado, a diferencia de Atsumu que conoce la fecha exacta. Quizás haya sido progresivo, poco a a poco, como un vaso que se llena gota a gota. Tarda tiempo y no sabes en qué momento pasa de estar vacío a estar lleno. Pero termina por llenarse.
Quizás han sido todos los detallas, que se haya preocupado por él, que haya querido conocerle, que no le haya forzado a nada. Que siempre le haya respetado. Que haya aprendido a quererle con todas sus peculiaridades. O, quizás, simplemente tenía que pasar. Quizás Sakusa Kiyoomi solo puede enamorarse una vez en la vida y, esa vez, ya ha ocurrido.
