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Integra tenía veinte años cuando vio enfermar por primera vez a Alucard. Fue bastante raro ¿No se suponía que un vampiro no podía enfermarse? ¿Podían? Ella no estaba segura.
El vampiro no se había movido de su trono, eso no era particularmente raro, lo anormal era la cascada de flores derramándose de la boca del inmortal.
¡Flores! Blancas, puras, sobre el cuerpo de Alucard.
No combinaban, no.
El hombre guardó silencio... su mirada era como dos tizones rojos en la noche.
—¿Quién es?
—¿Mi señora?
—Declárate. Solo así podrás sanar.
En la oficina, ella pasó los dedos sobre las hojas del libro que estaba consultando.
La luz de la tarde transformó su silueta en una pintura en claroscuro.
Oh, si tan solo fuera digno para esta mujer de violenta belleza. Digno de esa exótica mente.
Alucard solo pudo sonreír, estaba tan consciente de su lugar.
Y ella había rechazado su sangre ¿Acaso no debía esperar menos?
Mejor volvía a su refugio helado, a vomitar florecitas blancas que luego, con el paso de los años, se arruinarían al mezclarse con su sangre.
Ella se fue una mañana, su alma fue diluida en el viento.
Él, vivo, condenado a ese castigo sempiterno.
