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Español
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2023-02-14
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1/1
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Fue Tan Bueno

Summary:

Martín cierra los puños y encaja la mandíbula. Ha dado un golpe, y corresponde que Luciano responda. Siempre fue así entre ellos, y no es justo que Luciano cambie las reglas del juego a estas alturas.

Notes:

Los personajes de las tans latinas pertenecen a la comunidad Latin Hetalia ♥

Argentina: Martín Hernández.
Brasil: Luciano Da Silva.
Chile: Manuel González.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Martín deja escapar un suspiro entre sueños en cuanto la alarma de su despertador lo despierta.

Se aferra a su almohada, terco, y pretende no escuchar el chillido irritante que parece incrementar de volumen con cada segundo que pasa. Se despereza, estirándose como un gato panzón y perezoso bajo el sol, y se gira para encarar la otra plaza de su cama.

Abre los ojos, apenas, como quien todavía no está listo para despedirse de Morfeo, y extiende su mano en la oscuridad, tanteando a ciegas. Recorre las sábanas, despacio y cauteloso, hasta alcanzar el espacio a su lado. No encuentra nada - no hay siquiera un rezago de calidez del cual aferrarse.

Su cama está fría y vacía.

Martín deja escapar un suspiro largo y cansado Es curiosa la decepción que se anida en su pecho cuando en realidad bien sabía ya qué esperar.

Apaga su despertador, que viene sonando incesantemente hace un buen rato, y se obliga a dejar la calidez y comodidad de su cama - es hora de empezar otro día, y Martín no tiene tiempo para ir lamentándose y suspirando por ahí.

Toma una ducha que lo despabila a medias y se lava los dientes, y se calza su traje con cara de quien aún tiene la almohada pegada a la mejilla. Una vez que está vestido, se dirige a la cocina, encendiendo la televisión en el camino.

- … se puede esperar bajas temperaturas y un tiempo inestable para los próximos días - anuncia el meteorólogo en la televisión, pero Martín no le presta mucha atención.

Ni bien pone un pie en la cocina, lo primero que los ojos de Martín buscan como acto reflejo es la vieja y maltrecha cafetera eléctrica. Está vacía e impoluta, por supuesto. Martín chasquea la lengua con fastidio - viejos hábitos y costumbres, se regaña con amargura. Sin voluntad o tiempo de prepararse un café, Martín opta por un vaso de jugo y dos tostadas untadas generosamente con algo de queso que termina en apenas tres mordiscos.

Se calza un abrigo, toma su mochila, y deja su hogar para volver a enfrentarse a la cansina rutina de otro día de trabajo.

El frío helado y punzante de Nueva York abraza a Martín en una rafaga furiosa cuando sale a la calle. Martín maldice entre dientes y se ciñe el abrigo al cuerpo con fuerza en un intento de mantener el aire frío a raya. Es pleno diciembre, y este no es clima al que está acostumbrado por estás épocas del año - o ninguna, para el caso. Buenos Aires tiene inviernos crudos, pero el invierno porteño no se compara a lo cruel y despiadado del invierno neoyorquino.

La ciudad está completamente enterrada en un pesado manto de nieve que tanto autoridades, residentes y comerciantes se esfuerzan en rastrillar de las congeladas calles. Lo único que ve es el blanco de la nieve y el gris del concreto y el pavimento - los arboles que aportaban algo de color a la ciudad apenas son troncos con ramas peladas y penosas.

Martín encuentra Nueva York mucho menos impresionante de lo que Hollywood le vendió durante años. Buenos Aires es una ciudad mucho más bonita, piensa mientras se hinche con orgullo. Pero en Buenos Aires no pagan en dólares, y mudarse al extranjero para trabajar para una empresa multimillonaria internacional era una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar.

Martín llega a la oficina a las nueve y cuarto - más tarde que sus compañeros más aplicados, pero más temprano que el resto. Trabaja en el Departamento de Latinoamérica, lo que lo lleva a compartir piso con muchos otros latinos, tanto hispanos como no. Hay acentos y colores para todos los gustos, tanto que a veces la oficina colectiva del departamento parece una feria cultural.

Están Pedro e Itzel encargados de la atención a México, Miguel en Perú, María en Venezuela y Catalina en Colombia. Sebastián para Uruguay, Manuel en Chile, y en Brasil-

Bueno. A Martín realmente no le interesa pensar sobre quien se encarga de Brasil.

El jefe de departamento, curiosa e irónicamente, es estadounidense. Alfred Jones es un hombre joven y enérgico, algo inusual para el cargo alto que desempeña. De no ser por los buenos resultados de su gestión, Martín hubiese estado seguro que algún superior lo habría acomodado en el puesto. Alfred no es mal tipo, pero no es alguien que a Martín le caiga particularmente bien. Lo encuentra demasiado entrometido y ruidoso, y posee un nivel de energía y entusiasmo que Martín no comparte (ni le interesa compartir).

Como durante estas fechas, por ejemplo.

- Ho, ho, ho! ¡Feliz Navidad!

Alfred se aparece a la hora del almuerzo con un gorro rojo en la cabeza, una saco al hombro y una barba postiza blanca colgando unos buenos centímetros por debajo de su rostro. Su ridícula exhibición en gran parte causa sonrisas y carcajadas, pero Martín no es el único en bufar y revolear los ojos.

- Espero hayan sido niños buenos este año - Alfred se toma la barriga y vuelve a soltar otra estridente carcajada que pretende imitar la característica risa de San Nicolás - ¡Por que es hora de otro Secret Santa!

Alfred no es el jefe promedio, y entre sus muchas excentricidades, se encuentra su desmesurada obsesión por la Navidad. Todos los años organiza en la oficina lo que él llama un Secret Santa . Las reglas son bastantes simples: a inicios de diciembre, se realiza un sorteo entre todos los empleados del departamento en el cual se reparten los nombres de sus compañeros al azar. Cada quien debe hacer un regalo en secreto al nombre que haya sacado del saco que Alfred anda pasando.

- Cambia esa cara, Marty - Alfred guiña un ojo cuando se acerca a su cubículo. Tiene la gentileza de intentar hablar español, aunque sí Martpin tiene que ser honesto, preferiría que no lo hiciera. Su acento es pesado y pastoso, como si se estuviera atragantando con su propia lengua - Es Navidad, ho ho ho!

- Es 10 de diciembre - Martín gruñe entre dientes - Y es Mar tín . Mar- tín.

Alfred ni se inmuta por la corrección - es un caso perdido, Martín bien lo sabe. Sostiene su mirada con cara de pocos amigos, pero saca un papelito del saco que Alfred pacientemente extiende en su dirección. Alfred le sonríe ampliamente, conforme con que Martín se una a su Secret Santa sea a regañadientes o no, y se va al siguiente cubículo a montar otra escena navideña y ofrecer su saco.

Martín lo observa con resentimiento, y apenas se contiene de sacar la lengua cual chiquilín malcriado. Baja la vista al papelito doblado que tomó del saco de Alfred, y lo abre para revelar quien tendrá la fortuna de recibir un regalo de parte de Martín.

Martín suelta una palabrota bajo su respiración.

- No te la puedo creer - rezonga entre dientes a la vez que se soba el rostro con amargura.

 

- Me tocó Luciano.

Martín observa a Manuel con el mentón apoyado sobre la mesa mientras su café se enfría. Manuel no parece muy escandalizado o impresionado por la indecorosa confesión de Martín; le da un sorbo a su café y continúa leyendo en su tableta tal y como lo viene haciendo desde que se sentaron en el café de la esquina del trabajo.

- Lo llaman Santa Secreto por un motivo, Martín - Manuel responde.

Martín frunce el ceño y hace un puchero infantil. Esperaba una respuesta un poco más enfática de parte de Manuel.

- Si a vos estas pavadas te importan mucho menos que a mí - refunfuña.

Manuel no protesta, simplemente se encoge de hombros. No tiene nada que reclamar, si Martín en eso tiene razón. Si hay alguien en esta oficina con menos espíritu navideño que Martín, ese sin duda es Manuel.

- Bueno, si te hace sentir mejor, no erís el único aweonao disconforme con quien le tocó - Manuel dice, deslizando su dedo por la pantalla de su tableta con agilidad - Luciano tampoco está muy contento que digamos.

Martín frunce el ceño y aprieta los labios. No puede decir que le importe que Luciano este disconforme, pero eso no suena muy Luciano. Es difícil pensar en alguien al que Luciano le desagrade, o viceversa. Hasta donde sabe, Luciano no tiene ningún problema con nadie en la oficina. Le cae bien todo el mundo, y a todo el mundo le cae bien. Si Martín tiene que ser honesto, el único que tiene un problema en la oficina con Luciano, es-

Ah.

- ¡¿Le toqué yo? - Martín se incorpora de golpe en su asiento.

Su ímpetu hace que su taza salga volando y ruede por la mesa, volcando café sobre la superficie de madera y su regazo en el proceso. Martín sisea un hilo de maldiciones a la vez que se apresura a limpiar sus pantalones de la infusión que, si bien no está demasiado caliente, quema .

- ¿Le toqué yo a Luciano? - Martín vuelve a preguntar una vez que la emergencia está resuelta. Es una pregunta retorica, no espera que Manuel le responda; frunce el ceño y escupe otra palabrota - Dejame de joder, esto está arreglado…

- Eso mismo dijo Luciano cuando se fue a quejar a la oficina de Alfred - responde Manuel, impasible.

Martín lo observa atónito.

- ¿Se fue a quejar con Alfredo? - pregunta con indignación.

- Quiso disuadir al Alfred para que volviera a hacer el sorteo - Manuel murmura contra el borde su taza, rozando el desinterés - Pero ya ves cómo le fue con eso, aquí estamos.

- Que caradura - Martín resopla indignado. Se cruza de brazos, más molesto que antes - ¿Se fue a quejar con Alfred? ¿ Él ? ¿ Él va a ir a reclamarle a Alfredo? Pero qué impresentable, que cararrota…

Manuel deja su taza en su plato, y finalmente levanta la vista de su tableta. Le arquea una ceja a Martín, y una sonrisa ácida y cínica le surca los labios finos.

- ¿Cararrota? - repite, como si lo entrara gracioso - Pero si tú llevas una hora quejándote de que te tocó tener que hacerle un regalo a su ex, Martín.

 

Martín y Luciano salieron por dos años y medio, y cortaron hace apenas 2 meses y 17 días - no que Martín ande llevando la cuenta.

Luciano es el encargado del área de Brasil, y se conocieron cuando Martín ingresó a la empresa hace unos cinco años. Lo suyo fue algo así como una rivalidad de amor-odio a primera vista: fue un chispazo, cuestión de piel.

Enamorarse de Luciano había sido fácil - es fácil. Tiene una personalidad amistosa y atrayente, ojos cálidos y expresivos, y la sonrisa más bonita que Martín ha visto en su vida. Todo de él es invitante y difícil de resistir. Luciano es de esas personas que son atractivas y magnéticas, como si tuviera una fuerza de gravedad propia que hace que la gente se arremoline a su alrededor.

Enamorarse de Luciano fue fácil, si, y Martín fue muy feliz a su lado. Creyó haber encontrado a esa persona especial en él, alguien que le hiciera sonreír antes de salir de la cama y antes de irse a dormir, alguien que hiciera que su corazón latiera rápido y que se le curvaran los dedos de los pies. Pero al contrario de lo que Martín siempre creyó, amar no es fácil y no todos los romances tiene su “Y vivieron felices y comieron perdices”.

Hoy por hoy, Martín mira para atrás y recuerda su relación con Luciano con amargura. Decir que donde solía haber amor, ahora se anida rencor es poco. Un rencor por Luciano que hace que a Martín se le frunza la nariz con desdén ante la sola mención de su nombre.

Tener que hacerle un regalo parece ser el colmo de los colmos. Sobre todo sabiendo que espera un regalo de parte de Luciano mismo. Martín conoce a Luciano, mejor que nadie probablemente. Sabe la clase de regalo que puede esperar de él. Luciano probablemente crea que sería muy gracioso darle un regalo estupido y frívolo solo para hacerlo enfurecer, o peor, para humillarlo frente a toda la oficina.

Después de todo, no es extraño que entre empleados se intercambien regalos a modo de broma. De hecho, es de lo más frecuente. Si hay confianza suficiente, no hay reglas que especifiquen que el regalo debe ser de buen gusto o del agrado de la persona que le corresponde. Martín lo ha hecho en el pasado, y Luciano también. Conociéndolo, Martín sabe lo que puede esperar de él.

Parece lógico y natural que Martín se decida por pagar con la misma moneda y tener la misma cortesía que sabe que Luciano tendrá para con él.

Martín corre con ventaja, sabe lo que le espera y está preparado para ello. Pero por el momento, finge como si nada. Como un depredador agazapado entre los pastizales, planifica en silencio su golpe de gracia.

 

El 24 de diciembre llega con una alerta meteorológica. Anuncian la llegada de una ola polar que trae consigo una una tormenta de nieve que esperan caiga en Nochebuena. Se advierte cautela, pero Martín no presta atención al hombre regordete de la televisión. Tiene un vuelo a Buenos Aires que con algo de suerte le hará escapar de este infierno helado. Viajar en Nochebuena es algo patético, pero fue una reserva de último momento y lo mejor que pudo conseguir con tan poco antelación. Después de todo, se suponía que iba a tener con quien pasar Navidad en Nueva York hace apenas un par de meses.

Martín termina de preparar su valija, dejándola lista para cuando vuelva del trabajo. No tiene demasiado tiempo de sobra, y la idea es llegar a casa para darse una ducha rápida, tomar la valija e irse al aeropuerto.

A Martín le toca trabajar jornada completa, pero Alfred tiene la delicadeza de anunciar que aquellos que terminen sus tareas antes de su horario de salida, puede retirarse antes. No es mucho, pero es una gentileza que muchos jefes no tienen.

Los regalos del Secret Santa se reparten temprano, no hay motivo para retrasarlo ahora que Alfred anunció que pueden irse temprano. Martín es rápido en sacar del cajón de su escritorio el paquete que tiene guardado hace ya un par de días. Se dirige al escritorio de Luciano, lento y confiado. El resto de los empleados lo observa con atención; no hay secretos en la oficina, y lo de Martín promete ser bueno. Nadie quiere perderse lo jugoso del chisme de los ex.

Martín sonríe. Contaba con tener una audiencia.

Luciano, por su parte, se muestra sorprendido y descolocado cuando Martín se presenta en su escritorio con un regalo entre las manos y una sonrisa que no presagia nada bueno.

- Martín… - susurra - ¿qué…?

- Feliz Navidad - Martín sonríe cual tiburón y ofrece el paquete que lleva entre sus manos.

Luciano lo observa por unos segundos, inmobil. Extiende las manos y lo toma con una cautela propia de quien temiese que fuera a estallarle en la cara. Le dedica una fugaz e insegura mirada a Martín, como si quisiera cerciorarse que realmente no es trampa, y rasga el papel del envoltorio.

Es un libro. Luciano pasa de sorprendido a confundido. Luciano no es ávido lector. Regalarle un libro es un despropósito.

Es cuando lee el título del libro que la expresión de confusión de Luciano se vuelve amarga, y le dedica a Martín un furioso ceño fruncido.

- Don’t Be a Dick to your Partner - Martín recita fuerte y claro para que todos en la oficina puedan escuchar su voz burlona - Considero te vendrá bien a futuro, considerando tu desempeño en el pasado.

La oficina irrumpe en murmullos escandalizados y risillas disimuladas. La cosa se ha puesto picante, y eso que apenas es el comienzo del show.

Martín sonríe, altivo y provocador. Le dedica una mirada venenosa a Luciano, invitándolo a que contraataque.

Pero Luciano no hace nada.

- Gracias - es todo lo que Luciano gruñe.

Deja caer el libro sobre su escritorio con descuido, pero no responde a la provocación más allá de eso. Sin más, simplemente se gira y empieza a teclear en su computadora de forma furiosa y con el ceño fruncido oscureciéndole los ojos morenos.

Martín lo observa anonadado. Luciano lo ignora, empedernido.

- ¿Se te ofrece algo más? - pregunta sin siquiera dignarse a mirarlo - Porque estoy ocupado.

Es un poco anticlimático, y Martín vuelve para su escritorio sintiéndose ligeramente confundido y abatido.

Las horas pasan, y no hay novedades de Luciano. Martín le dedica miradas disimuladas desde su escritorio, pero Luciano está totalmente compenetrado en su labor. Si Martín tiene que ser honesto, jamás lo ha visto tan entregado a su trabajo. Luciano no es ningún holgazán, pero normalmente se toma frecuentes descansos para pasear por la oficina, visitar cubículos ajenos o procastinar junto a la máquina de café en busca de chismes. No es un mal empleado, pero tampoco es un empleado modelo que se dedique a su labor sin respiro - excepto por hoy, aparentemente.

Martín espera el golpe de Luciano con impaciencia, al punto que comienza a ponerse de mal humor. No sabe qué es lo que Luciano le ha preparado, pero con cada minuto que pasa sin saber aumenta su ansiedad y mal humor.

Para la hora del almuerzo, Martín ve movimiento en el escritorio de Luciano. Lo observa atento, y nota con sorpresa que Luciano ha apagado su computadora y se encuentra juntando sus cosas. Martín lo observa calzarse el abrigo y su bufanda, tomar su mochila y salir de la oficina con paso firme y ligero y cara de pocos amigos.

Es la gota que rebalsa el vaso.

Martín se pone de pie bruscamente, y va tras él. Sale del Departamento y alcanza a Luciano mientras espera el elevador.

- ¿Eso es todo? - reclama furioso, mirando a Luciano desde arriba echando chispas.

- ¿Qué más quieres, Martín? - Luciano responde, iracundo.

Martín cierra los puños y encaja la mandíbula. Ha dado un golpe, y corresponde que Luciano responda. Siempre fue así entre ellos, y no es justo que Luciano cambie las reglas del juego a estas alturas.

- ¿No me vas a dar nada? - desafía levantando el mentón orgulloso. Poniendo el pecho a la bala.

Luciano lo observa con ojos encendidos como el carbón. Las puertas del elevador se abren, pero ninguno le presta ni el mínimo de atención. Se sostienen la mirada por un largo instante, hasta que Luciano mete la mano en la solapa de su traje y saca un sobre.

- Ahí tienes tu regalo, Martín - escupe con amargura  y avienta el sobre a los pies de Martín - Buen viaje, y feliz Navidad.

Luciano se cuela dentro del elevador antes de que pueda perderlo. Intercambian una última mirada iracunda, Martín en el pasillo y Luciano dentro del elevador, antes de que las puertas metálicas se cierren. Y con eso, Luciano se va y Martín queda solo.

Martín observa las puertas del elevador con desazón, como si esperará que Luciano volviera y le jugará una broma pesada que los pusiera a mano. Pero no ocurre.

No es para nada lo que Martín esperaba, o quería.

Dándole una última mirada a las puertas metálicas del elevador, Martín se inclina y levanta el sobre del suelo. Vuelve a su cubículo como una fiera herida, con perfil bajo pero echando humo por las orejas. Se deja caer en su silla, vencido, y observa el sobre entre sus manos. No tiene nada sospechoso, ni parece ser peligroso. Levanta la vista para fulminar con la mirada a los curiosos que lo estudian desde sus escritorios, y más de un par de cabezas vuelven a sus asuntos en el momento que se encuentran con la mirada asesina de Martín. Martín no precisa de una audiencia esta vez.

Abre el sobre con poco cuidado, sin importarle que lo rompe, y saca de su interior lo que parece ser un ticket. Es de buena calidad, de papel caro y letra elegante. Martín lee la leyenda en cursiva y sus cejas se alzan con sorpresa.

Es una reserva. Es una reserva para dos personas para ese restaurante que Martín siempre quiso visitar. Es lujoso y conseguir mesa lleva una reserva de meses, o incluso años, de antelación.

Martín relee el pedazo de cartón en su mano una y otra vez. Se frota las sienes con impaciencia y esconde el rostro entre sus manos.

La cagó. Martín la cagó bien feo.

 

- Ya se pueden sentir la fuerza de las rafagas de aire helado en toda la ciudad… la tormenta de nieve más grande que podemos haber visto en los últimos veinte años está a la vuelta de la esquina, y se espera que las temperaturas desciendan hasta quince grados bajo cero… se recomienda quedarse en casa y evitar salir a la calle…

Martín no presta atención al noticiero, para variar.

Lleva más de media hora sentado en el sillón de su casa sin moverse, un récord personal. Tiene una valija lista y un vuelo que tomar, pero permanece sentado como si le hubiesen salido raíces con la reserva de Luciano en la mano y una copa de vino sin tomar en la otra.

Está confundido, como si se hubiese topado con un callejón sin salida. Tanto ha cambiado en tan poco tiempo, que Martín se siente perdido y mareado.

Estuvo enojado tanto tiempo. Ha estado masticando veneno por días, semanas, meses, pero Luciano lo ha desarmado completamente con tan solo un pequeño e inocente gesto de buena fé. La ira y rencor de Martín nacía de su dolor y despecho, pero Martín ya no siente nada de eso.

Lo que Martín sí siente es que fue un estúpido.

Martín deja su copa de vino en la mesa ratona, y sale del departamento a zancadas.

Es una noche helada y un viento endemoniado recorre las calles de la ciudad entre los imponentes rascacielos. Martín se calza el abrigo que tiene bajo el brazo apresurado, maldiciendo por no haberlo hecho antes de salir. La nieve que cae del cielo en copiosas cantidades es tan densa que Martín apenas puede ver más allá de un par de cuadras. El frío es áspero y punzante y parece cortar la piel, y el viento que se levanta parece querer intentar tirar a Martín de sus pies o querer llevárselo para arriba en tandas.

No hay un alma en la calle, por un buen motivo - los transeúntes que aún merodean por la calle lo hacen de forma apresurada, seguramente con apremio de volver a la seguridad del hogar. Martín se ciñe el abrigo al cuerpo, y hunde las manos en sus axilas y el cogote en su bufanda en un intento de retener el calor.

No pasan muchos autos, y parece un milagro que Martín consiga un taxi en medio de esta tormenta. El taxista lo mira de reojo como si Martín parecería un loco, y puede que algo de razón tuviera; Martín está medio congelado en la parte trasera de su auto, tiritando de frío e intentando disipar algo a través de la ventana congelada del auto.

Martín no se da cuenta de que tal vez no pensó las cosas del todo bien hasta que se encuentra parado frente al edificio de Luciano y se encuentra con su primer obstáculo: Martín ya no tiene la llave.

Es una situación delicada. Martín tiene que hablar con Luciano, es imperativo. Pero teme que Luciano pueda despacharlo fácilmente si toca el timbre. Martín no tiene forma de pasar, no tiene forma de que Luciano lo escuche, porque por supuesta que Luciano no va a querer escucharlo a menos que Martín lo fuerce a hacerlo.

- ¿Martín?

Martín se voltea para encontrarse con una figura bajita y encorvada abrigada de pies a cabeza. La figura se baja el pasamontañas que se encuentra usando para revelar una cara morena y arrugada.

- ¡Carmen! - Martín exclama con alivio, como si un ángel hubiese venido del cielo.

Y bien que la Sra Carmen podría ser justamente eso, un ángel. Carmen Rivera es dominicana y vecina de Luciano. Siempre fue muy amable tanto con Martín como con Luciano, quien la ha ayudado a resolver problemas domésticos en más de una ocasión.

- ¿Te quedaste afuera, dulzura? - pregunta Carmen.

Martín podría caer de rodillas y agradecerle al cielo.

- Deje las llaves adentro - Martín miente con descaro, palpándose los bolsillos dramáticamente.

- Ay, los jóvenes de hoy en día, tienen la cabeza en cualquier lado - regaña Carmen sacudiendo la cabeza.

Pero deja a Martín pasar, y eso es todo lo que a Martín le importa.

- Muchas gracias - Martín agradece sin aire - ¡Mil gracias, Carmen!

- ¡Feliz Navidad! - lo despide Carmen - Saluda a Luciano de mi parte.

El elevador del edificio está fuera de servicio (lo está desde que Martín tiene uso de memoria). A Martín no le queda otra que subir los cuatro pisos al departamento de Luciano por escalera, cosa que en su apremio hace en tiempo récord. Martín salta de a zancadas los escalones, y en un abrir y cerrar de ojos se encuentra frente a la puerta de Luciano.

Sabe que Luciano está en casa por la música ensordecedora que proviene de su departamento. Luciano y su deseo de quedarse sordo a temprana edad es una de las cosas por las que discutían en el pasado.

Martín levanta la mano para tocar, pero cae presa de la duda. Nada le garantiza que Luciano quiera verlo. O peor aún, nada le garantiza que este solo .

La idea hace que Martín se replantee su dramática carrera. Haber venido hasta aquí para encontrarse a Luciano con alguien más y pasar el ridículo sería una humillación de la que Martín no está seguro se pueda recuperar en la vida.

Pero Martín no es ningún cobarde, y no llegó hasta acá para nada.

No le da demasiadas vueltas y golpea la puerta con fuerza, esperando hacerse escuchar por encima de la música ensordecedora. Cuando no tiene respuesta, toca de vuelta una, dos, tres veces, y a la cuarta la puerta del departamento se abre. La ola de calor que emana ni bien se abre la puerta es un contraste que hace que Martín haga un mueca - el abuso de calefacción es otro motivo por el cual solían discutir.

- Disculpa, no… ah.

La disculpa de Luciano se muere en su lengua el momento que encuentra a Martín en su puerta. La sonrisa apologética que llevaba en el rostro termina en un par de labios fruncidos, y sus cejas pobladas oscurecen sus ojos en un ceño fruncido. Está usando un short y una musculosa holgada en pleno invierno, en la peor tormenta de nieve que Nueva York ha visto en décadas, y eso arruina un poco el efecto.

- ¿Y a tí quién te dejo subir? - Luciano reclama, molesto. Sacude la cabeza y murmura bajo su respiración lo que Martín está casi seguro es una plegaría al cielo - Sabes qué, no importa. ¿A qué viniste, Martín?

Es una muy buena pregunta, y Martín no está del todo seguro qué responder.

- ¿Tenés compañía?

Martín no puede evitar espiar sobre el hombro de Luciano al interior de su departamento. No ve a nadie, pero Luciano entorna la puerta y bloquea la entrada con su cuerpo, receloso. De poco sirve el intento; Martín puede ver por encima de su coronilla.

- ¿Importa? - Luciano replica con veneno.

- Mucho - responde Martín, casi que sin aire  - Importa mucho.

No sabe si es su respuesta honesta o lo patético de estar plantado en vísperas de Navidad en lo de su ex, pero Luciano parece bajar un poco la guardia. No pierde su ceño fruncido, pero su postura se relaja visiblemente. Ya no parece esperar una pelea.

- Estoy solo - admiten a regañadientes. Está enojado, y está en todo su derecho - Pero eso no te da derecho a aparecerte sin invitación. Especialmente después de hacerme pasar el ridículo en la oficina.

Es un golpe que Martín se merece y no discute.

- Pensé que ibas a hacer lo mismo - Martín responde.

Es una excusa estúpida ahora que lo dice en voz alta, y es una verdad a medias. Martín cometió el error de esperar lo peor de Luciano, sí, pero eso no fue lo que lo llevó a intentar herirlo y humillarlo frente a una audiencia. Martín viene herido de antes por motivos diferentes, por motivos que los dos saben y que hoy por hoy, a Martín parecen ya no importarle.

- Pensé que ibas a darme un regalo igual de malo…

Pensé que estabas tan enojado y ciego como yo. Pensé que ibas a querer desquitarte también. Pensé que era mejor lastimarte primero, antes de que vos me lastimarás a mí. Pensé en ofrecerte mi desprecio y desdén, porque era más fácil que recibir el tuyo.

Todas estas son cosas que se atoran en la garganta de Martín.

- Pues te equivocaste - Luciano responde con frialdad - O tal vez fui yo el que se equivocó. Tal vez debería haber hecho exactamente eso. Mi error fue escuchar a Alfred y dejarme llevar por toda la cursilería navideña de esta condenada ciudad helada-

- No - Martín interrumpe antes que Luciano pueda irse por las ramas, como bien sabe que hace cuando se ofusca - No, no fuiste vos el que se equivocó.

No es exactamente lo que Martín debería decir, pero decir lo que debería decir es demasiado difícil. No es algo que este acostumbrado a decir, ni Luciano a escuchar.

- No te equivocaste vos - repite Martín.

Martín no se merece el regalo de Luciano, eso lo sabe y en eso están de acuerdo. Pero incluso a pesar de saber no merecerlo, tiene que objetar; si Luciano no le hubiese regalado esta reserva, Martín no se hubiese tragado su orgullo y no hubiese tocado su puerta para hablar.

Luciano lo mira con las cejas alzadas; no es cosa de todos los días que Martín admita un error. Lo observa con sorpresa y hasta curiosidad, y se mantiene en silencio por un instante.

- No es tan fácil como aparecerte en mi puerta luciendo patético y bonito en vísperas de Navidad - responde, cauteloso y desconfiado.

Eso Martín ya lo sabe. No, no es fácil. ¿Pero cuando Luciano le ha puesto las cosas fáciles?

- Dijiste que me veo bonito - puntualiza con un atisbo de esperanza.

Luciano aprieta los labios y frunce más el ceño. Martín está casi seguro que le dará un portazo en la cara (y sabe que se lo tendría merecidísimo). Pero Luciano simplemente decide cambiar de tema como si no hubiese escuchado a Martín.

- ¿No tienes un vuelo que tomar? - pregunta con desdén.

El vuelo de Martín debe estar despegando en estos precisos momentos, si es que la tormenta lo permite, pero a Martín no podría importarle menos. Su silencio debe ser lo suficientemente incriminador, porque Luciano suelta un suspiro largo y agota y sacude la cabeza.

- Ay, Martín… - deja escapar bajo su respiración. Lo mira con cansancio, como vencido - ¿Y ahora cuáles son tus planes para Nochebuena?

- Eso depende enteramente de vos.

Martín no tiene nada en su casa. Si Luciano lo despacha, probablemente pasará navidad comiendo lo que sea que pueda rejuntar de su alacena. No es nada festivo, más bien todo lo contrario. Es bastante deprimente.

Casi tanto como estar parado en la puerta de su ex esperando que lo deje entrar.

Es Nochebuena, hay una tormenta de nieve afuera y Martín no tiene a nadie a quien volver. Depende enteramente de la merced de Luciano, quien parece estar considerando si será su verdugo o no.

Las cosas con Luciano no son fáciles, pero siempre lo hicieron funcionar. Luciano, como siempre lo ha hecho, lo encuentra en el medio; deja escapar un suspiro, y se postura se relaja completamente en un gesto que Martín reconoce como una ofrenda de paz.

- Podrías haber traído un vino, ya que te invitaste solo - Luciano dice a la vez que se hace a un lado para dejarlo pasar.

- Mala mía - Martín baja la cabeza con una sonrisa tímida y esperanzada, y entra al departamento de Luciano.

Martín pierde su avión a Buenos Aires y Luciano termina poniendo un plato más a su mesa. La tormenta produce un apagón de luz y terminan cenando bajo luz de vela tal y como en las viejas épocas. Es una Navidad estrellada e improvisada, pero Martín no hubiese querido pasar la noche en otro lado ni con otra persona. 

 

La tormenta que azotó la ciudad finalmente mengua para la mañana de Navidad - lo que único que queda ya de ella es un montón de nieve en el alféizar de la ventana.

Una luz blanquecina y tenue se cuela entre las cortinas, y Martín se despereza sin prisa. Su cama está vacía y fría. Martín amanece solo, y por un momento siente que se ha despertado de un bello sueño para caer en una triste realidad. Es un sensación fría y dolorosa en el pecho que se desvanece en cuanto  escucha la ducha corriendo en el baño y huele el fuerte aroma de café recién hecho filtrándose desde la cocina.

No, no fue sueño.

Martín hunde el rostro en las almohadas y frota su nariz contra el familiar aroma a vainilla y coco que desprenden las sábanas. Su corazón late con fuerza dentro de su pecho, y una sonrisa que apenas le cabe en el rostro surca sus labios.

Permanece así por lo que podrían ser horas, y lo único que lo motiva a moverse es sentir la mano ancha y húmeda de Luciano en su cabello y sus labios suaves y cálidos en su sien. Martín entonces se yergue, rodea a Luciano entre sus brazos entre besos, susurros y risillas, y lo arrastra de vuelta a su cama.

La cama de Martín ya no está ni fría ni vacía.

Notes:

Siempre sobre la hora, pero acá estamooos ♥ Regalo del Brarg Secret Santa slash San Valentín para Aluha, FELICIDADES LINDA ESPERO TE GUSTE ♥