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El teorema Sofía

Summary:

Terminó Gran Hermano y Agus está enterado del teorema de las Sofías en Instagram.

Notes:

Alguien tiró la idea en Twitter de hacer al enano celoso por la cantidad de Sofías que sigue el otro gatero. Obviamente la tomé e hice absolutamente todo lo contrario a lo que la persona quería. Agus no está celoso, solamente deprimido. Y Marcos también. Termina feliz lo juro.

Work Text:

Las palabras de Camila resonaban sin parar en la parte trasera del cerebro de Agustín, en el lugar exacto en donde sus pensamientos se enrollaban y parecían hace piruetas y danzar en ronda. Aumentaban en tamaño y en volumen con cada segundo que pasaba y parecía que, de tanto pensarlas —de tanto masticarlas—, iban a cobrar vida propia y escapar por sus oídos, danzando en ronda y haciendo piruetas.

—El teorema de las Sofías, bobo —le había dicho Camila en su momento. Hablaba hasta por los codos y era difícil seguirle el hilo, incluso para una persona verborrágica y charlatana como lo era él. Se había perdido a mitad de la conversación, por lo que solo se dedicaba a asentir en cuanto Camila le otorgaba una pausa (de esas pausas dedicadas a que tu oyente asienta, o diga “mirá vos”), pero la palabra Sofía llamó su atención. Tal vez fue el hecho de oír un nombre propio ajeno a los que estaba acostumbrado a escuchar allí dentro, o la forma en la que Camila pronunció la palabra Sofías —muy rápido y comiéndose la “s”—, que hizo a Agustín levantar la mirada del pasto y prestar atención.

—Lo vi en Twitter. Es así: a vos te gusta un chico, ¿no? —la pregunta obviamente no iba dirigida a él, era una pregunta hipotética dedicada a explicar un punto, pero Agustín asintió casi por inercia, lo que lo hizo sentirse algo tonto—. Entonces lo que tenés que hacer es: ir a su seguidos en Instagram, y contar a cuántas Sofías sigue. Sí, sí, una por una. Si sigue a más de veinte…— hizo un gesto como cortándose la cabeza.

Agustín entendía lo que quería decir, pero de todas formas indagó:

—Si sigue a más de veinte… ¿qué tiene?

Camila resopló, cansada.

—Es obvio que es un gato, ¿para qué va a seguir a treinta, cuarenta Sofías?, ¿quién conoce a más de diez?”

¿Quién conoce a más de diez? Agustín no, por supuesto. Sus seguidos en Instagram consistían en familiares, algún que otro streamer, Dua Lipa, Lisa, política, ministerios, y boludeces del estilo. Llegaba a contar con los dedos de una mano a las Sofías que conocía, y le sobraban dedos.

Pero, al parecer, Marcos sí conocía a varias Sofías. A bastantes. A más de setenta. Y setenta es mucho más que veinte.

Dentro de la casa no podía preocuparse por banalidades como esas. Teoremas triviales creados por un usuario de Twitter no cabían en su cabeza, otras palabras danzaban en su cerebro. Pero ya afuera, una madrugaba calurosa en donde el aire sofocante de Buenos Aires era su única compañía, sí que se daba el lujo de preocuparse. Con el celular en una mano y un ventilador portátil viejo y estropeado en la otra, se preocupaba. Parecía que las Sofías que Marcos seguía no terminaban nunca. Sofía Barro, Sofía Rubiolo, Sofía Martínez, Sofía Fleming, Sofía, Sofía, Sofía. De tanto repetirlo, el nombre ya no parecía una palabra real, y las letras de los distintos apellidos se mezclaban, saltaban y bailaban en la cabeza de Agustín para formar otras palabras y volverlo loco. La gota que rebalsó el vaso fue el encontrar al menos veinte Sofías más al buscar “Sofi” en vez del nombre completo.

Estrelló su celular contra el colchón y observó la luna que lo iluminaba. La luz era mucho más poderosa que otras noches, lo que lo hizo sentirse algo cohibido. Al observarse a sí mismo, podía ver las luces y sombras de su propia figura. Apretó sus muslos y acarició su pecho, sin poder evitar pensar que su cuerpo y su naturaleza eran muy distintos a los que había visto en las Sofías. Cansado, se levantó a tomar un vaso de agua con el que bajar un somnoliente no prescripto.

 

~

 

La habitación de Marcos se veía de la forma en la que uno esperaría que se viera: blanca, pulcra, con una cruz colgada sobra la cama matrimonial y fotos familiares en el velador. La luz del sol madrugador la iluminaba casi en su totalidad y las paredes blancas le daban una triste pinta de hospital. Tal vez si respirabas hondo podrías encontrar dejos a desinfectante y a esterilidad. Casi no estaba decoraba. Marcos sabía que no se quedaría mucho tiempo en Buenos Aires, y le había parecido un despropósito adornarla demasiado.

Se despertaba siempre con la luz del sol. Las alarmas lo ponían nervioso y le hacían empezar el día de mal humor. Permanecía unos segundos mirando al techo impoluto y se persignaba, tal vez agradeciendo, tal vez pidiendo. Se desperezó y, al escuchar la vibración de su celular, sonrió casi inmediatamente. Sabía quién era. A Agustín le encantaba enviarle mensajes de buenos días, y él se regocijaba de felicidad al recibirlos. Le gustaba saber que aún estaba ahí, que era real, que ellos eran reales.  

Su relación con Agustín no había cambiado demasiado al reencontrase en “el afuera”. Parecía que la intensidad de la libertad los apretujaba, y no sabían cómo comportarse ahora que no tenían cámaras siguiéndolos, ni nadie a quién complacer más que a ellos mismos. Hablaban —o, bueno, Agustín hablaba y Marcos respondía— de todo. Pero, en algún punto, parecían conversaciones ensayadas, réplicas de sus conversaciones dentro de la casa: si alguien los hubiera visto en la intimidad, diría que todavía los perseguía el fantasma del encierro, y que en cualquier momento Big les diría que carguen las baterías de sus micrófonos. Nada había cambiado. Lamentablemente.

Marcos tomó el celular en su mano, casi ensayando en su cabeza la respuesta que le daría hoy al mensaje de Agustín, pero lo único que encontró al desbloquearlo fue una notificación de solicitudes de seguimiento en Instagram. Frunció un poco el ceño, no solo confundido por la ausencia de comunicación de su amigo, sino también porque recordaba haber silenciado las notificaciones de esa aplicación. Convencido de que debía ser un error en el sistema de su celular, y ahora curioso por saber quién pretendía seguirlo, hizo click en el ícono de Instagram que aparecía en la pantalla. Más de 99 solicitudes de amistad: Sofía Bianchi, Sofía Ahumada, Lu Gutiérrez, Sofi Roman. Le entretuvo la coincidencia en los nombres, y sonrío un poco.

Pero la media sonrisa se borró de su rostro al confirmar que, de hecho, no había recibido ningún mensaje de Agustín. ¿Cómo se suponía que debía empezar el día ahora? Se levantó resoplando, confortándose en la idea de que, tal vez, Agustín se había quedado dormido, y su mensaje llegaría más tarde que de costumbre.

Pero el mensaje nunca llegó, y a Marcos le costaba reconocer que estaba afectado. Agustín no solo se ahorró su mensaje, sino que tampoco le estaba respondiendo los suyos. Se sentía ridículo. No tenía por qué estar irritado, ni siquiera preocupado, pero lo estaba. Sabía que no podía exigirle nada, sabía que los amigos no dependían emocionalmente del otro. Pero también sabía que su vínculo iba mucho más allá de una amistad. Tenía una necesidad férvida de tocarlo, de acariciarlo, de saber que estaba allí y que no iba a desaparecer en el aire en cuanto su mirada se posara en otro sitio. Ansiaba observarlo siempre y para siempre. Lo quería todo para él, y su pecho se comprimía en cuanto se separaban.

—Te gusta, es obvio —le había dicho Coti en su momento—. No sé por qué no se dejan de histeriquear y concretan, son uno más lento que el otro. Tarados.

Su acento correntino marcado y la seguridad con la que hablaba hicieron sonreír a Marcos. Coti le había dicho algo que ya sabía, pero le asustaba. Se le revolvía el estómago de solo pensar en la expresión en el rostro de Agustín si en algún momento se animara a confesarse. Frunciría levemente el ceño, el color de sus ojos se volvería más oscuro, y lo rechazaría de la forma más fría y políticamente correcta que encontrara. Hablaría mucho, probablemente con palabras largas y difíciles que sonarían fuera de lugar en una conversación de este ímpetu. No quería pasar por eso, ni quería hacerlo pasar por eso a él.

Divagando preocupado, el día se escurrió entre los dedos de Marcos. Salió al balcón y observó las luces que iluminaban la noche de esa ciudad tan desconocida, tan ajena a sí mismo. No se sentía presente, y definitivamente no era su lugar. Una gotita de lluvia cayó sobre su rostro. Había empezado a lloviznar y las nubes oscuras estaban por esconder la luz que la luna le proveía. Pensó en los momentos compartidos con Agustín, y sonrío al recordar la forma en la que su rostro se iluminaba al hablar de sus intereses y de sus pasiones, y las expresiones que hacía al contar una anécdota, y cómo movía sus extremidades para explicar un punto —levantaba los brazos, los bajaba, y cuando se frustraba los volvía a levantar—. Quiso tenerlo enfrente, y que le hablara de cualquier cosa, de lo que él quisiera; que le explicara el ciclo reproductivo de algún insecto, la trama enmarañada de un anime, o que le muestre cómo hacer el nudo más complicado que aprendió cuando era scout. Lo quería a él, todo lo que era y todo lo que representaba.

La pequeña llovizna se había transformado en una lluvia intensa, y la parte frontal de su remera se estaba empezando a empapar. Sintió la tela húmeda adhiriéndose a su pecho. La sensación lo hizo estremecer, pero no se movió. En uno de los ventanales del edificio frente a él pudo observar las sombras de una pareja. Se movían con gracia, se perseguían y se abrazaban por detrás. Quiso ser una sombra, poder dar y recibir amor como ellas lo daban y lo recibían.

En un impulso irreflexivo, entró a su departamento y tomó su casco y las llaves de su moto. Quería dar y recibir amor, él también.

 

~

 

Agustín había dormido todo lo que no pudo dormir en semanas. Al despertarse luego de casi quince horas de sueño, la angustia que le presionaba el pecho no había desaparecido, pero se había vuelto tolerable. Se preguntó si tendría que convivir con ese sentimiento para siempre. Agotado, frotó con fuerza las palmas de sus manos contra su rostro. Se negaba a seguir el hilo de sus pensamientos negativos.

Arrastrando los pies, abrió el ventanal de su departamento. La brisa fresca que arrastraba la lluvia saturó el ambiente normalmente caluroso del encierro. Se dirigió al baño, y se estaba lavando los dientes cuando escuchó golpecitos en la puerta de entrada. Eran tan suaves que apenas se escuchaban, por lo que imaginó que se trataba de la abuelita del departamento contiguo. Se llevaban muy bien y, a cambio de un poco de charla, la señora le cocinaba galletitas (quemadas, generalmente, pero Agustín no iba a admitir que él también iba por la charla). Suspirando, y aún con el cepillo entre los dientes, abrió la puerta.

Obviamente, quien había golpeado no era la abuelita simpática. Desde el otro lado del marco de la puerta lo miraba un Marcos empapado y con la cabeza gacha. Tenía el casco en la mano y parecía ser lo único que llevaba con él, además de un aura de desasosiego que hacía que el aire a su alrededor se volviera más pesado. Las gotitas de agua que destilaba su pelo se estiraban y deformaban por la gravedad, como resistiéndose a separarse de él, hasta que finalmente se estrellaban contra el polvoriento piso cerámico. Las manos le temblaban.

—Marcos… — la voz de Agustín no solo sonó algo quebrada por la sorpresa, sino acallada por el cepillo de dientes que aún se encontraba en su boca— ¿Qué te pasó? ¿Estás bien?

Lo miró de arriba abajo, sin poder aún encontrar su mirada. Marcos no le respondió ninguna de sus preguntas. Parecía avergonzado por haber ido, y Agustín supuso que en cualquier momento escaparía corriendo despavorido, por lo que se apresuró a tomarlo de la mano y atraerlo hacia el interior del departamento.

Afuera, la lluvia que había comenzado a cesar se volvió repentinamente más intensa. El sepulcral silencio que reinaba dentro del monoambiente hacía que los sonidos del exterior se escucharan más vivamente: el repiqueteo de las gotas de lluvia, el viento golpeando contra el ventanal, los bocinazos de conductores desesperados en la avenida, y el eventual estruendo que advierte una tormenta eléctrica. Por los segundos en los que estuvieron así, tomados casi involuntariamente de la mano, Marcos sintiendo la calidez de la mano de Agustín y él sintiendo la frialdad de la contraria, lo supieron todo. Sintieron haber experimentado todo lo que el universo les había ofrecido para experimentar, y parecía que les susurrara: “esto es todo lo que hay, y es todo suyo”.

Un relámpago los hizo escapar del breve trance en el que se encontraban, y Agustín rápidamente soltó su mano y cerró la puerta de entrada. Sentía que el relámpago había caído sobre él, y lo había dejado electrizado. Le dirigió una mirada fugaz a Marcos —que ahora parecía más atento y se la devolvió—, para luego caminar hacia el baño y terminar de cepillarse los dientes. Quería pensar en qué decirle, en cómo actuar, pero su cerebro se había apagado. Había compartido charlas y espacios con Marcos miles de veces, y le frustraba no entender qué hacía a esta ocasión tan diferente.

—Perdón por venir sin avisar, Agu’ —la voz que venía desde la otra habitación lo sorprendió, y se apresuró a lavarse la cara para luego salir del baño—. Pero no me contestabas los mensajes, pensé que había pasado algo.

La lámpara de techo que los alumbraba titiló sobre sus cabezas. Agustín sabía que, con el violento clima que golpeaba a la ciudad, la electricidad en su edificio viejo y destartalado estaba amenazada.

—Me acabo de despertar, ni siquiera alcancé a revisar el celular —respondió el más bajo, levantando su holgada remera para secarse la cara. La mirada de Marcos, que hasta ese punto había deambulado por todo el departamento para evitar el rostro de su amigo, se clavó en la fracción de torso que había quedado descubierta. Levemente sonrojado, Agustín volvió a bajar la prenda, haciendo que ahora el otro lo mirara a los ojos.

—Van a ser la nueve de la noche —dijo Marcos, ladeando la cabeza en confusión. Había relajado los hombros y suavizado la mirada.

—Me dormí bastante tarde —respondió, tratando de evadir esta conversación—. Estás todo mojado, dejá el casco y sentate ahí.

Marcos observó como el bajito se dirigía de a pasos cortos y rápidos hacia el baño, mientras él se sentaba en la única silla del departamento. Sonrío al recordar cómo Agustín le había explicado con fervor lo inútil que sería comprar otra silla viviendo solo, y lo que podría eventualmente comprar con el dinero ahorrado. La solitaria silla se veía ridícula sin sus acompañantes, pero cumplía su objetivo práctico, que era todo lo que parecía importarle a su amigo.

Agustín volvió con una toalla y una remera limpia, la más grande que había encontrado. Se sentía raramente tenso, en composé con el clima que los atravesaba. Le costaba reconocer que seguía afligido por lo vivido en la madrugada. Se sentía estúpido y algo lamentable. Parecía que los sentimientos no querían soltarlo, y se aferraban a su piel, a su ropa, a su pelo. Quería creer que Marcos no lo notaba, pero lo hacía.

—Toma, secate — arrojó la toalla y la remera al regazo del más alto—. Qué pelotudo, venir en moto cuando está lloviendo. Podría haber pasado cualquier cosa, y ahora te vas a resfriar. ¿Comiste?

Agustín ya había empezado a revisar su heladera en busca de algo que los dos puedan compartir para cenar, cuando Marcos habló.

—Secame vos.

La voz sonó un tanto desconocida para los dos, imposible de descifrar. Demandante, o suplicante.

—El pelo. Por favor.

Suplicante.

Agustín se mantuvo inmóvil por unos segundos, antes de caminar hacia él. Los pensamientos en su cabeza eran tantos y se movían tan rápido que se transformaron en la nada misma. Así lo prefería. Intentaba aferrarse a su razón, pero se le escapaba, se disipaba con cada paso que daba.

No se miraron al encontrarse frente a frente. Marcos observaba sus propias manos, que descansaban sobre su regazo. Contó sus dedos, trazo el recorrido de sus venas, y se preguntó por qué el hueso de su muñeca era tan prominente. Evitaba concentrarse en el cuerpo que ahora se encontraba a su lado y que, por el calor que transmitía, semejaba a un pequeño fueguito.

Agustín tampoco se detuvo a observarlo, demasiado compenetrado con la tarea asignada. Tomó la toalla que Marcos le ofrecía y comenzó a secarle el pelo. Tal vez era porque todavía se encontraba algo dormido, pero se sentía sedado.

Parecía que la luz se hacía cada vez más tenue, y Agustín comenzó a revolver el cabello del contrario con más entusiasmo. Los relámpagos ahora se escuchaban claramente, y la lluvia se intensificó. La tormenta se sentía simbólica, no real. Al menos para ellos.

—¿No podías dormir? —habló Marcos, casi susurrando — Anoche, digo.

Las cinco palabras se le hicieron casi imposibles de pronunciar. No podía concentrarse en nada que no fuera el movimiento de las manos de Agustín sobre su cabeza, y lo bien que se sentía.

—No — la voz del más bajo sonó un poco ronca —. Tuve que tomarme una pastilla.

Marcos se quejó por lo bajo. Había cerrado los ojos.

—Sabes que te hace mal, genera dependencia.

Agustín no respondió. Ya habían discutido este tema, y no deseaba volver a tocarlo.

Despacio y, quiso creer, inadvertidamente, Marcos relajó su espalda sobre el respaldar de la silla y separó un poco sus piernas, haciendo que una de ellas rozara levemente la rodilla del contrario. Lanzó un suspiro, que el aire fatigante del encierro recibió encantado. Le gustaba ese contacto, y quería más de él.

Indudablemente, el toque que Marcos había rogado pasara desapercibido, fue advertido inmediatamente por el más bajo, que intentaba con fuerzas concentrarse en lo que estaba haciendo. Inhalaba hondo, y exhalaba largamente. Hubiera podido regularizar su respiración de no ser porque la mano derecha del más alto se posó en su muslo interior, acariciándolo con el pulgar. Se sintió bien.

Para Agustín, secarle el pelo al más alto había pasado a segundo plano hace tiempo. Se movía erráticamente, concentrándose en su respiración. Su pecho subía y bajaba rápidamente, haciéndolo soltar un suspiro cada tanto. Trataba de prestarle atención a los pasos que se escuchaban desde el piso de arriba, al olor a lluvia y humedad que provenía de la ventana ligeramente abierta, al sabor a pasta de dientes que aún conversaba su boca. Todo era inútil, indudablemente. Sus pensamientos parecían dar vueltas en círculos para siempre llegar al mismo lugar: Marcos estaba acariciándolo. Y, recordaba, era distinto a cualquier otro contacto que haya tenido con él en el pasado. Esto era infinitamente más íntimo. Le gustaba, y quería más de él.

—Extrañé tu mensaje de buenos días.

Marcos hablaba mientras movía levemente su cabeza, intentando amoldarse a las manos de Agustín. El suave movimiento tenía algo de instintivo, de animalístico.

—Mirá cómo te cuesta vivir sin mí, eh —bromeó el contrario, aun con la voz algo ronca.

—Me cuesta mucho —susurró, echando la cabeza ligeramente hacia atrás—. Muchísimo.

Agustín no sabía qué responder a eso, por lo que se quedó callado. Al parecer, su cuerpo tampoco entendía la situación, ni sabía de qué forma responder, porque tenía que pensar cada movimiento como si fuera transcendental. Estaba a punto de separarse y —literalmente—tirar la toalla cuando Marcos volvió a hablar.

—Me haces mucha falta, siempre —su voz fue arrastrada por un suspiro—. Me cuesta… me cuesta estar sin vos, digamos. No sé cómo explicarlo.

Tomó aire y su pechó se ensanchó. Agustín sabía que la pausa no era para respirar, sino para pensar en qué decir, en qué palabras utilizar. Quiso darle todo el tiempo que necesite, así que no se movió ni dijo nada.

—Desde que salí de la casa, pareciera que todos están esperando algo de mí. Algo que no puedo darles —retomó luego de unos segundos—. Y vos nunca me exigiste nada. Y es como si vieras más de lo que ven todos, digamos. Y ahora no sé cómo estar sin vos más de un día. Soy un desastre.

La última frase la soltó apresuradamente, y en un tono de voz tan bajo que se hizo casi imperceptible.

Agustín había dejado de secarle el pelo. Dejó la toalla en el respaldo de la silla y tomó el rostro del contrario para acercarlo a su pecho. Las manos le temblaban, y lo tocó como se toca algo sagrado y muy frágil, intentando no romperlo. Enterró las manos en su pelo aún húmedo, acariciándolo.

El ruido ensordecedor de un relámpago colmó la pequeña habitación, haciendo que Agustín oprima la cabeza del contrario con más firmeza contra su propio cuerpo. Se sintió como si la tormenta los estuviera atravesando. La luz, ya debilitada, se apagó por completo. Ninguno se movió.

La oscuridad era un lugar seguro para los dos. No los perseguía ninguna claridad, y tampoco ninguna sombra. Parecían estar flotando en un espacio que sí era propio, un espacio en el que se sentían parte. Por primera vez en mucho tiempo, ambos sintieron estar libres del encierro, fuera de la casa. Ya no sentían el peso del micrófono y la riñonera tirándolos hacia abajo. Se olvidaron cual era el timbre de las voces de sus compañeros. Se olvidaron de sus caras, hasta que incluso imaginárselas se volvía dificultoso. Se olvidaron el tono rojizo que tenía el sillón del confesionario, ¿merlot? ¿o más caoba? En realidad, tiraba a rojo cereza, pero ellos no tenían forma de saberlo. Ahí, en la única silla de un monoambiente cayéndose a pedazos, su realidad había virado.

Habían pasado unos minutos cuando Agustín sintió que algo empezaba a mojar su remera, y escuchó como los tímidos sollozos de Marcos se volvían más intensos con el correr de los segundos.

—Te quiero —la voz del más alto sonó acallada por el contacto con el cuerpo del contrario.

Agustín se encorvó ligeramente para acercarse a la cabeza de su amigo. Olía a shampoo de manzana.

—Ya sé, yo… —le hubiera dicho que él también lo quería, si no lo hubiera interrumpido.

—No, no sabés —habló mientras se separaba de Agustín, y miró hacia arriba intentando encontrar unos ojos azules mirándolo de vuelta—. Quiero que me quieras como yo te quiero a vos.

El apagón no se había limitado a su edificio, y desde el balcón no se distinguía ningún rastro de luminosidad más allá de los esporádicos relámpagos que alumbraban la ciudad por microsegundos. Agustín no veía a Marcos, pero se lo imaginaba. Estaría mirándolo desde abajo, a unos centímetros de su cara. Tendría los ojos algo hinchados y los cachetes rosas, con alguna lagrimita solitaria cayendo por uno de ellos. Habría separado los labios para respirar por la boca, tragando saliva más seguido de lo habitual. Agustín casi podía ver como su nuez de Adán subía y bajaba, lento. Sintió la mano de Marcos aferrarse a su remera, y tirar de ella para atraerlo hacía sí mismo. El movimiento no fue funcional, porque ya estaban lo más cerca que podían estar uno del otro, pero indicaba una necesidad.

—Por favor… —la voz del más alto sonó rota.

Las manos de Agustín aún se encontraban enterradas en el cabello del contrario, acariciando su cabeza. Se tomó un tiempo bajando una de ellas hacia su rostro, acunándolo y sintiendo la humedad que había dejado el rastro de lágrimas. Se movía por impulso, pero muy lentamente. Le gustaba la sensación de Marcos moviéndose, buscando su tacto. Y le gustaba tocarlo. Acarició su mejilla con el pulgar, y trazó un pequeño camino por la mandíbula, hasta llegar a sus labios. Efectivamente, tenía la boca ligeramente abierta. Marcos volvió a tirar de su remera.

El estruendo de un relámpago saturó el medio extrañamente silencioso, y su luz hizo posible que ambos tuvieran un muy insuficiente vistazo del otro. Al volver a reinar la oscuridad, sus dudas —si es que aún estaban allí—, habían desaparecido. Marcos se irguió ligeramente, y posó su mano derecha en la nuca de Agustín, su otra mano aún aferrada a la remera ya arrugada. No tuvo que atraerlo hacia sí, porque el más bajo ya sabía lo que quería hacer. Siempre lo supo.

Se sintió como un estallido, aunque ninguno de los dos podría especificar de qué. Parecían adolescentes inexpertos, y no se preocuparon en adoptar un ritmo que ambos llevaran bien. Fue tempestuoso e irreprimible. Podían saborear la desesperación en los labios del otro, en cómo se movían, indóciles. Marcos no toleraba la posición en la que se encontraban por lo que, con ambas manos, tomó las caderas del otro y lo atrajo hacia sí, buscando sentarlo en su regazo. Lo logró rápidamente y, por la cercanía, Agustín pudo sentir la humedad en la remera que Marcos todavía no se había cambiado. Casi por inercia, comenzó a acariciar el torso del contrario por encima de la prenda. Disfrutaba la textura de la tela mojada, y las caricias se transformaron en apretones y rasguños. Marcos deslizó una de sus manos por debajo de la remera de pijama que estaba usando el contario, sonriendo levemente por lo grande que le quedaba. Sus manos aún estaban frías, quizás por la deficiente calefacción del edificio, lo que hizo que Agustín se estremeciera ante el tacto y abriera ligeramente la boca, soltando un jadeo muy bajo, recatado.

Un relámpago se hizo presente en la habitación, mucho más intenso y ruidoso que los anteriores, haciéndolos sobresaltar y separarse. Ambos respiraban con dificultad. No quisieron abrir los ojos, cada uno por distintas razones. Marcos había construido un espacio para ellos en la oscuridad y temía que, al abrir los ojos, se encontraran cegados por luces blancas en una habitación con demasiadas camas, demasiados espejos, demasiadas miradas. Temía abrir los ojos y descubrir que estaba siendo filmado, que había sido filmado todo este tiempo. No quería ser percibido, ni quería percibir a nadie que no fuera a quien tenía enfrente. Agustín no abría los ojos porque sabía que, sin luz, no podría verlo, y no le interesaba una vista en la que no se encontrara él.

Despacio, y acompañado de lentas caricias en la nuca, Agustín fue dejando pequeños besitos por toda la cara del contrario. Tenía los cachetes calientes y sabía que, si pudiera verlo, estaría rojo como tomate. Sonrió ante la imagen mental.

—¿Estás bien? —preguntó Agustín, abriendo un tanto los ojos. Seguía sin ver nada.

—Muy bien, super —habló rápido, enseguida sintiendo vergüenza por sonar tan emocionado, y se sonrojó aún más.

Agustín lanzó una carcajada que rebotó en las paredes del departamento, haciendo eco por lo vacío que se encontraba. Se echó hacia atrás riendo, y Marcos tuvo que sujetarlo de la cintura para que no se cayera. Mantuvo sus manos allí aun cuando Agustín volvió a su posición original.

—Qué tierno —La sonrisa del más bajo podía oírse en la exclamación, e iba a decir otra cosa cuando la habitación se iluminó de repente, siendo la luz mucho más tenue de lo que era en un principio—. Volvió.

Volvió.

Marcos abrió los ojos, y se sorprendió al encontrarse en el único lugar en el que quería estar, con quien quería estar. Por primera vez en mucho tiempo se sintió dichoso realmente, y no pudo evitar pensar que este era su lugar, el que Dios había reservado únicamente para él. No podría reprenderlo por intentar ser feliz.

—Pensé que no se nos iba a dar nunca —Agustín habló muy despacio, entrecerrando los ojos por el retorno súbito de la luz.

—¿Por qué no? —preguntó el más alto, distraído. Se entretenía mirando los rulos desordenados del contrario.

Agustín emitió un sonido que intentaba ser una risa sarcástica y algo burlona, pero salió tan débil que la hacía parecer triste. Usó sus dos manos para señalarse vagamente a sí mismo antes de dejarlas caer sobre sus muslos. Marcos lo miraba confundido, esperando que el contrario sea un tanto más esclarecedor.

—Yo, boludón —le dedicó una sonrisa que no alcanzó sus ojos—. No sé qué me viste.

No buscaba aprobación ni simpatía por parte del otro, así era como se sentía y lo expresó como una realidad ya aceptada, tal vez un tanto resignado. Pero Marcos parecía estar más confundido que antes, y frunció el entrecejo echando la cabeza hacia atrás. Agustín rio genuinamente, encorvándose hasta apoyar su cabeza en el hombro del más alto. Quizás ciertos temas tendría que guardárselos para él y su mente retorcida.

—Nada, no importa. Mambos míos. ¿Tenés hambre? —habló rápido y atinó a levantarse, pero Marcos no aflojó el agarre en su cintura.

—Yo te quiero a vos, Agu’ —el tiempo en capital había logrado atenuar ciertos aspectos de su acento, pero se seguía comiendo la “s” al pronunciar el nombre del más bajo—. Solamente. Y desde siempre, así que no diga esas cosas.

Agustín no lo estaba viendo, pero el hecho de que sonara irritado lo hizo sonreír.

—Bueno, no digo más nada —habló divertido mientras se enderezaba para poder verlo a los ojos—. No me retes.

Ambos rieron bajito, y Agustín se acercó para dejarle un pequeño beso en los labios. Cuando quiso separarse, un “¿a dónde vas?” del más alto lo hizo quedarse en su lugar. Su lugar, autoproclamado.

Marcos no se cambió la remera, y la tormenta no cesó hasta altas horas de la madrugada, haciendo que todo lo demás se volviera secundario. Parecía que la lluvia hubiera subido hasta el piso siete de ese edificio viejo solamente para ellos, y Agustín supo nadar, casi de forma familiar, en el mar que era Marcos. Y pudieron amar y ser amados en una ciudad estática que, por primera vez, les pertenecía.