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Language:
Español
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Published:
2023-03-05
Words:
4,462
Chapters:
1/1
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19
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253
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1,375

Dios, Patria y mucho Margus.

Summary:

Donde Marcos Ginocchio pasa un domingo común con su familia, en su hogar. Solo eso.

O donde la autora cumple su fantasía de escribir el "Gordo, pone la mesa que ya está el asado".

Notes:

regalito para las gordas de tw <3

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Marcos lo vió levantarse de la cama con una camiseta de Argentina. Aquella que anteriormente le pertenecía a él, aquella favorita del rubio, aquella que apenas llegaba a cubrir la mitad de los glúteos redondos y regordetes de Agustín. El más bajito se movía lenta y perezosamente hasta el baño del cuarto, casi como si se tratase de un sensual baile.

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Marcos sabía que Agustín algo le había dicho, reconoció su ronca voz matutina como un zumbido, probablemente informando que se iba a bañar. La realidad es que al alto poco le importó, porque hasta que la puerta del baño se cerró solo pudo concentrarse en una cosa: el cuerpo de su marido, y las infinitas marcas, moretones y mordidas en él. Sobretodo en su cuello, glúteos y muslos. Tanto internos como externos.

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Habían tenido sexo recientemente, oh, claro que sí. Una ronda en la noche y una ronda apenas despertaron. El sexo mañanero era el favorito de Agustín desde que se habían casado, hace ya cinco años, y Marcos era devoto a cumplir cada uno de los caprichos que su marido quisiera.

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Además, de todas formas hubiera accedido. Marcos era un total fanático del cuerpo de Agustín.

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Resignado al hecho de que no podría pasar todo el día en la cama, se levantó y vistió con su camisa rosa favorita y sus bermudas blancas a hacer el desayuno. Era un domingo de enero, sus preferidos. Pero no era uno cualquiera, era uno especial: Agustín y él habían invitado a un par de sus ex compañeros de Gran Hermano a compartir una tarde con ellos en su hogar.

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No iba a mentir, tan pronto como terminó el programa y él se consagró como el ganador de la edición, poco le importaron sus ex compañeros. No porque el egocentrismo haya subido repentinamente a su cabeza, sino porque, al pasar los días, pudo enterarse del infierno que le hicieron vivir a Agustín en diferentes formas y del que él no estaba enterado.

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Pasó muchos años amargado por ello, resguardándose en su pareja y en su familia, culpándose por no haberse dado cuenta antes de la clase de personas a las que, dentro de la casa, había considerado "amigos". Pero eso ya era pasado, ¿no? Ahora la pareja estaba bien, unida y feliz.
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Y sabía lo mucho que significaba ese almuerzo para Agustín. No podía defraudar a su pedacito de cielo.

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La sobreanalización no le duró demasiado. Porque al momento de comenzar a preparar las infusiones que Agustín y él beberían, además de las tostadas francesas, oyó un par de pasitos apresurados acercarse. Y supo inmediatamente de quien se trataba.

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-Buen día, pá.

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-Buen día, campeonazo- exclamó contento, acercándose hacia al pequeño cuerpo de su hijo, Martín, que lo miraba desde el marco de la puerta.

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-¿Estás preparando el desayuno?- balbucea una vez en los brazos de su padre, mientras su manito frota uno de sus ojitos dormidos. Así era Martín, apenas sentía el movimiento de alguno de sus padres por las mañanas, se despertaba y bajaba las escaleras apurado, a pesar de que Marcos ya lo había regañado en varias ocasiones por ello.

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-Como todas las mañanas. ¿Vos qué vas a querer desayunar, campeonazo?

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Vió como el pequeño de rulos oscuros meditaba antes de decir la respuesta conocida: chocolatada. Y simplemente Marcos no pudo evitar comérselo a besos.

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'Igual al Agus', pensó.

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Lo que siguió fue una pequeña charla de la que en realidad no era participe, donde el pequeño entre sus brazos le contaba los interminables sueños que tenía con cohetes y estrellas involucradas mientras terminaba de preparar y servir el desayuno.

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Cuando por fin Martín terminó con su tesis oral, pudo sentarlo en su sillita para bebés y lo entretuvo con un capítulo de Los Simpson que transmitían por algún canal de televisión que ni se molestó en identificar. Dios, ¿era posible que un ser humano tan pequeño pudiera tener tal cantidad de energía aún siendo temprano en la mañana?

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Y cuando sintió que la calma fue demasiada, hasta el punto de incomodarlo, la esbelta figura de su Agus apareció en el comedor, rodeando el pequeño cuerpito de Martín y repartiendo infitos besos por toda su carita.

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—¿Cómo se despertó el principito de esta casa, huh?

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Marcos observaba la escena embelesado. Agustín tomando en brazos al más pequeño, dándole vueltas sobre su propio eje mientras Martín reía y apretaba las mejillas de su papi tan amorosamente.

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Dios Santo.

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Marcos estaba tan enamorado. Tan enamorado que a veces se asustaba a sí mismo.

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Con frecuencia se encontraba pensando en lo que sería capaz de hacer si Agustín se lo pidiese, si Agustín lo necesitase. El rubio amaba al de rulos, lo amaba con una intensidad de la que nunca había tenido una previa experiencia. Casi diez años a su lado y aún parecía buscar razones a algo inexplicable.

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Amaba todo de Agustín. Amaba su sonrisa, sus rulos y sus mejillas naturalmente sonrojadas. Amaba sus labios pomposos, a los que chuponeaba hasta dejarlos hinchados. Amaba verlo enojado por las mañanas y sensible por las noches. Amaba la forma en que Agustín cuidaba y llenaba de mimos a Martín, como lo arropaba en las noches para luego acostarse juntos, mimarse mutuamente entre charlas triviales y dormir en cucharita hasta que luz del amanecer se colase entre las cortinas y se fusione con los rulitos desordenados del mayor.

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Pero lo que más amaba era la forma en la que Agustín lo amaba a él.

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La forma en la que lo abrazaba después de un día complicado. La forma en la que lo besaba cuando se encontraba eufórico. La forma en que acariciaba suavemente su cabello como si fuera un cachorro. O simplemente la forma en la que sus labios y su melodiosa voz pronunciaba su nombre.

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Todos aquellos sentimientos floraron una vez más desde su pecho hasta sus entrañas, produciendo un leve temblor en todo su cuerpo cuando vió a su amado acercarse a paso acelerado hacia él después de haber liberado a Martín.

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—¿Y cómo está el hombre más lindo de esta casa?— susurró, besuqueando su mandíbula.

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—Y... Ahora que estás conmigo, muchísimo mejor— ambos conservaron el mismo tono de voz, bajito, apenas podían oírse entre ellos. Era como si estuvieran guardando un secreto.

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Agustín le sonrió con dulzura, y procedió a tomar asiento en las piernas del menor. Acunó con amor el rostro de Marcos entre sus manos y dejó apenas un piquito en la punta de su nariz:—Te amo.

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—Y yo muchísimo más, Agu.

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El ambiente que los rodeaba era cálido, muy cálido. Y no era una cuestión del clima, sino de los sentimientos aflorados en sus pechos. Ellos habían construído una burbuja de amor, y no solo en aquel momento, sino a través de los años, con dedicación y paciencia. Construyeron su propio hogar estable junto a su relación día tras días. Se demostraban el inmenso amor que se tenían con palabras y por sobretodo, con acciones. Si podía presumir algo, era que Agustín y él eran sin duda una pareja muy estable.
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El rubio se encontraba escondido en el cuello de su marido, disfrutando en silencio de los mimitos que su nuca estaba recibiendo. No tenía noción de cuánto tiempo había pasado, pero lo único que supo es que de la nada Martin estaba encima de ellos, llenando de babas el rostro de su papi.

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—Ah, no me va a dejar tener un momento a solas con su papá usted, ¿no? —inquirió, fingiendo un tono molesto mientras Martín fruncía el ceño exageradamente—Bastante celosito resultó ser usted.

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Agustín bufó divertido y rodó los ojos:—Igual al padre.

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Marcos soltó una carcajada y besó la mejilla de su hijo.

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—No te enojes conmigo, Martincito, si vos sabés que al Agus lo podemos compartir.

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El más pequeño lo miró y sonrió satisfecho.

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—Y vos...—susurró, volviendo la vista a los ojos azules que lo observaban fijo—Mucho no te quejes, que celoso y todo me amas.

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Agustín rió. Y le dedicó la sonrisa más hermosa que alguna vez pudo haber visto.

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—¡Mora! ¡Martín! Jueguen despacio.

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Agustín estaba casi histérico. Luego de que Gran Hermano haya terminado, Marcos y Nacho habían seguido con los iniciales planes de adoptar a Mora y Caramelo respectivamente, y gracias al cielo todo había salido bien.

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Así que ahí estaba Mora, o Morita, como le decían en la familia, jugando bruscamente con el pequeño Ginnochio-Guardis, a jalar un muñeco de trapo viejo, de los primeros que la pareja le había comprado a la mascota.

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Agustín amaba verlos jugar, más que a nada en el mundo. Es por eso que había insistido tanto en tener una casa con patio, para que sus dos amores sean felices correteando en el pasto verde.

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El problema era que Mora era Mora, y Martín era Martín.

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Y los dos eran unos brutos bárbaros.

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Marcos miraba todo sin decir nada, mientras acomodaba la larga mesa de madera en el medio del patio y Agustín lo ayudaba con las sillas. Mientras veía a Martincito tratando inútilmente de quitarle el muñeco viejo a la cacharra -que en realidad, ya no era tan cachorra-, algunos recuerdos de su propio hijo llegaron a su mente. Y en todos se involucraba el patio, el pasto y caídas. Muchas caídas.

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—¿Y vos de qué tanto te andas riendo? —Marcos se voltea y obtiene una vista que lo enternece de pies a cabeza: su esposo parado frente a él fingiendo enojo, con sus manos en su cadera.

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—¿Y vos qué tanto me controlas? Si se puede saber.

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El bajito lo miró fijo y luego dejó escapar una risita, colgándose del cuello de su pareja para dejar castos besos en sus labios:—En un rato llegan Coti y Alexis. Parece que se pelearon, otra vez.

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El rubio revolea la mirada:—Deciles que se arreglen antes de llegar o no los dejo pasar.

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—Sos un exagerado.

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—Habló Floricienta.

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Ambos se miraron instantáneamente con las cejas enarcadas. Marcos le dedica una media sonrisa al bajito, y puede detectar como el mismo abre y cierra la boca repetidas veces, como si intentara retrucar de alguna forma, pero ninguna palabra abandona su boca.

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Bingo.

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Marcos ganó esta vez.

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—Nos levantamos graciosos hoy, me parece...—Agustín se acerca a él de forma peligrosa, alzando sus cejas en un gesto que amaba ver. Se planta a escasos centímetros de su rostro y el rubio puede detallar lo precioso que era el rostro del de rulos.

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Los ojitos azules, su naricita levemente desviada con un piercing acompañando, sus mejillas, sus labios, su no existente barba del momento debido a que se había afeitado temprano. Todo en él era perfecto. Y Marcos no puede dejar de notarlo cada día de su vida.

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—Va a ser mejor que te pongas a hacer ese asado, Don Comedia, no vaya a ser que terminemos comiendo a las cinco de la tarde. Y que hoy tengas que dormir en el sillón.

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El nombrado ríe por el apodo:—Y para vos, va a ser mejor que vayas a cambiar a Martincito. No vaya a ser que lleguen nuestros invitados y él esté lleno de barro.

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Su interlocutor abre grande los ojos y su mirada se dirige rápidamente al menor de la casa. "¡Martín!" grita. Y sale corriendo detrás de él pequeño, que se retorcía eufóricamente con Mora en el charco de barro.

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Marcos deja escapar una sonora carcajada y se va en busca del carbón.

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Para el mediodía, los 'ex hermanitos' invitados estaban en el patio de la casa de Marcos y Agustín, junto a familiares y amigos cercanos de la pareja.

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Todos habían sido bien recibidos por Agustín, quien en ese momento se turnaba entre los grupos para conversar.

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Marcos por su parte, se encontraba al lado de la parrilla, junto a Nacho y Santiago, quienes le ayudaban a hacer la carne.

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—¿Usted cómo está, primito? Me enteré que con Lucila terminaron.

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El rubio menor lo miró incrédulo:—Marquitos, eso fue hace años.

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El nombrado frunció el ceño. Definitivamente estaba bastante desactualizado con respecto a sus ex compañeros. No sabía si era el trabajo o, aunque sonara cruel, el desinterés hacia sus vidas privadas una vez que el reality acabó y pudo continuar con su vida normal junto a su amante.
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De todas formas, más por cortesía que por mero interés, el rubio se disculpó ante su distracción e inquirió:—¿Se puede saber por qué, digamos? Si es que querés contarme, obvio.

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Nacho río y apoyó la mitad de su cuerpo en el roble que se encontraba a un lado de ellos, cruzando sus brazos sobre su pecho antes de empezar a contar:—Supongo que fue el aburrimiento. Vos sabés. En la casa estábamos muy bien siendo rutinarios porque no teníamos otra cosa para hacer, pero aunque parezca raro, afuera de la casa eso nos funcionó solo por un tiempo.

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—¿Probaron hacer otras cosas? Como salir a citas, viajar, cosas así, digamos.

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—De todo. Nosotros habíamos acordado que al salir de la casa íbamos a conocernos más. Imaginate que no es lo mismo la intensidad dentro de la casa que en el afuera.

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Marcos torció su sonrisa. Y Santiago dejó salir una sonora carcajada.

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—Nacho, Marcos se casó con Garrita. El pibe del que se enganchó adentro de la casa.

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Los tres hombres rieron juntos y el rubio negó con la cabeza.

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—Bueno, es verdad. Pero para nosotros fue distinto.— tomó un respiro, paseando su mirada por los alrededores, pensando seriamente por dónde comenzar a contar—Nos funcionó bien los primeros dos años y llegué a pensar que iba a durar muchísimo más. Pero nos aburrimos, los dos teníamos diferentes planes y, fácil, terminamos.

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Marcos tragó su propia saliva, no sabía exactamente si estaba exagerando o fue el tono bajo e inusualmente melancólico que Ignacio había utilizado para referirse a su ex novia, pero sintió una pequeña opresión en su pecho y el sentimiento de compasión por su amigo llegó a él:—Que pena, primito... Pero ahora están bien, ¿no?

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Nacho le sonrió y le palmeó su hombro:—Obvio, Marquitos. La ruptura fue tranqui y todavía a veces nos juntamos para charlar de lo que sea, y estoy agradecido de eso.

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—Che, Marquitos, perdón que te cambie el tema pero... ¿Y vos? Digo, ¿cómo te llevas con el tema de la paternidad?

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El nombrado respiró hondo y sonrió orgulloso:—Martín es un amor, creo que Agus y yo estamos agradecidos de que nos haya tocado un nene tan churito.

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Y nada de lo que decía era mentira. Martín estaba a punto de cumplir sus cuatro añitos y Marcos aún no podía tomar dimensión que aquel pequeño de cabello esponjoso y negro, de mejillas y pancita regordeta, era su hijo. Y el de Agustín. ¡Agustín y él tenían un hijo! ¡Tenían una familia!

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Aún estando lejos de aquel día, podía detallar de forma perfecta el día en que Agustín le dijo, entre susurros y medio dormido, que quería tener una familia con él, luego de salir del cine en una de sus tantas citas.

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El pecho aún se le inflamaba de alegría al recordar el día en que tomaron valor para investigar acerca de la adopción de infantes. Al recordar las veces en las que se ilusionaron y en las que se decepcionaron ante rechazo tras rechazo por el simple hecho de ser un matrimonio entre dos hombres.

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Recordaba con viveza la sensación de las saladas lágrimas de Agustín sobre su arrugada remera, que no dejaban de brotar de sus ojos cuando sentía que ya no podía más, casi resignándose al sueño de una familia. Pero recordaba aún más las lágrimas en los ojitos de su amante y en los propios cuando Martín, de apenas cuatro meses, fue entregado a sus brazos después de tanto tiempo.

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Su pequeño Martín, de ahora casi cuatro años, se encontraba sentado sobre las piernas de su papi, conversando con sus abuelos y mostrando el álbum familiar que habían hecho entre los tres. En él habían fotos de sus cumpleaños, su escapadas a Salta y a otros lugares recónditos del país, o simples fotos de Martín siendo feliz con sus padres.

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Marcos lo amaba. Muchísimo. Nunca había sentido un amor tan puro hasta que la pequeñísima existencia de su hijo llegó a su vida.

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Y sabía que Agustín lo amaba con igual intensidad. Ambos eran unos sobreprotectores y amorosos padres. Tal vez en exageración.

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Pero no podía evitar no sentirse levemente orgulloso. Ellos eran felices así. En su pequeña familia. Y nadie iba a cambiar eso.

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—Fua.

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El rubio salió de su ensoñación después de haberse prácticamente enganchado a mirar a su esposo e hijo por un minuto que pareció eterno:—¿Pasó algo?

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—No, nada.— Santiago compartió miradas cómplices con Nacho y rieron, antes de comenzar dirigirse lejos de él —Solo que no dejes que se te queme la carne.

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El rubio miró a la parrilla y, efectivamente, la carne ya estaba en su punto justo. Detalló a sus espaldas la carcajada de Martin, probablemente en ese momento estaba siendo alzado por Santiago.

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Y eso significaba una cosa. Que Agustín estaba libre.

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—Gordo—llamó. Y su amante se acercó de manera inmediata, sonriente. Sabía que por alguna extraña razón, a su Agu le encantaba que le llame de aquella forma, y a él le encantaba su Agu.

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—¿Pasó algo?

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Marcos miró los pomposos labios por unos segundos y luego los besó.

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—Poné la mesa. Que ya está el asado.

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Agustín sonrió ampliamente.

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Agustín se encontraba ahora mismo lavando los platos en la cocina mientras hablaba por teléfono, y su voz llegaba hasta el patio.

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Marcos había terminado de guardar la mesa de madera y las sillas en el garage de casa. Hace una hora ya que la casa había quedado libre de invitados, y hace apenas unos veinte minutos Martín había quedado dormido en el pasto, apoyando su cabecita en la panza de Mora.

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El rubio no dudó en tomarlo en brazos, mientras se agachaba para dejar un casto beso en la cabeza de Morita:—Gracias por cuidarlo, gordita. Andá a dormir.

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Tan pronto como su llamada finalizó, y despojado de sus ropas formales, el de rulos salió nuevamente al patio y se topó con la escena más maravillosa que sus ojos azules podrían haber presenciado: bajo aquel cielo de colores pasteles como rosa, naranja y amarillo, acompañado de unas esponjosas nubes blancas; su amante se encontraba sentado en la hamaca de madera colgada del gran roble a un lado de su casa con un Martin entregado a Morfeo en brazos, siendo mimado por su padre.

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Se cuestionó si, de tener una cámara en mano en aquel momento, hubiera capturado la escena en una fotografía. La respuesta era no. Porque incluso aunque la foto fuera eterna, nunca podría transmitir el amor que invadió su pecho.

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Se acercó a paso sigiloso y se sentó a un lado de Marcos, no sin antes dejar una pequeña caricia en la mejilla de Martín quien se encontraba en su pecho, acurrucándose de inmediato y siendo bien recibido por el brazo musculoso de su esposo, quien rodeó sus hombros.

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—Hola, ¿todo bien?—dijo el rubio, utilizando aquella voz gangosa que a Agustín tanto hacía reír.

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—Todo bien—sonrió, y besó su mejilla—Te tengo noticias. La próxima semana tenemos reunión con el jardín de Martín. No es nada serio, solo que nos quieren conocer antes de que las clases empiecen.

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Marcos asintió y el silencio llegó. Pasaron un buen rato así, hasta que Marcos estiró el brazo y el de rulos reconoció el sonido de una flor siendo arrancada a sus espaldas.

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—Mire, Floriciento, pa'usted.

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—¿Una flor amarilla?—Agustín lo miró entre incrédulo y divertido, tomando la flor entre sus dedos cuidadosamente y acomodándola por detrás de su oreja—Ya estoy para que Cris Morena me llame para hacer el remake.

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Marcos rió con la sola idea. Y no tan solo era una risa, era una carcajada. El rubio estaba realmente tentado con la idea de ver a su marido con una peluca de rulos y en ropas coloridas, bailando y cantando mientras portaba unas zapatillas Converse.

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El bajito no supo que fue lo que dijo exactamente para producir tal estrago en su acompañante y protestó, golpeando el hombro y el brazo de Marcos, quien estaba casi rojo de no poder respirar.

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Pronto Agustín comenzó a reír de solo verlo y oírlo a él. Y ambos acabaron tentados por un buen rato.

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—Usted está terriblemente loco, Agu— dijo más calmado, recuperando su respiración normal mientras controlaba que el pequeño escondido en su hombro no se haya despertado debido a tal escándalo. Para suerte o desgracia, Martín seguía durmiendo como un tronco, sin siquiera inmutarse por las caricias de sus padres.

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Agustín se acercó a besar la mejilla de Martín y, sin dejar de tomar la manito del mismo, miró con tranquilidad a su pareja:—Puede ser, pero así me amas.

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El rubio se volteó a él, mirándolo con los ojos brillosos. Sí, definitivamente lo amaba. Amaba cada pizca de aquel hombre que ahora parecía un ángel sin aureola, con la luz dorada del atardecer bañándolo. Su pecho se infló y suspiró.

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—¿Disfrutaste tu domingo con tus papás y tus amigos?

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—Lo hice, sí...—Agustín frunció levemente el ceño y sonrió de lado—Pero más disfruto los domingos con mi familia.

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El pecho de Marcos volvió a inflarse junto a sus mejillas, esta vez con mucha más dificultad. Era casi imposible para él ignorar el nudo en su garganta cada vez que su amante le dedicaba ese tipo de declaraciones, donde dejaba en claro que lo amaba tanto como él.

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El rubio dejó un beso en la coronilla de Martín y seguido, apoyó su cabeza contra la del pequeño, sintiendo el suave toque del de rulos limpiar una lagrimita traicionera alojada en su lagrimal.

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Tomó la mano de Agustín y la besó. Justo en su dedo anular, donde estaba el delicado anillo de oro con la letra 'M' tallada.

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En ningún momento la pareja había roto el contacto visual. Y no lo hicieron sino hasta que sus labios se encontraron en el beso más dulce que alguna vez habían compartido.

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Marcos creyó en ese mismo momento que Dios lo había preparado toda la vida para ese momento. Para ser solamente él y su familia siendo felices.

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Notes:

como cuatro mil palabras y no m gustó encima kjj PALAN'T