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El silencio que se dio a lugar se asimilaba a esos que anticipaba el final de la llamada. Capaz que apareció porque ya se habían puesto al tanto y se habían contado suficientes banalidades, intentando estirar ese momento para que no termine. Ya estaba todo dicho pero ninguna de las dos quería cortar. Hacia no mucho tiempo que habían adquirido la costumbre de llamarse y les encantaba.
Natasha esperó a que su hermana dijera algo más. No oyó nada del otro lado de la línea, así que decidió que era buen momento para comentar lo que había tenido en mente durante esos días. Algo que no debería darle mucha importancia pero por alguna razón estaba ahí, presente en sus pensamientos cotidianos
—Mi compañero me parece lindo —lo dijo de la misma forma en que comentaría sobre el clima de ese día.
Sí, compañero. No lo llamó amigo o usó su nombre de pila. Compañero. Con eso bastaba. Titularlo así era como no mostrarse involucrada sentimentalmente con él, aunque era todo lo contrario.
Pasaron unos segundos hasta que Yelena le contestó.
—¿Quién? ¿Tu compañero de trabajo?
—SÍ.
—¿El arquero?
—Sí, él.
—¿Cómo es?
Se tomó un momento antes de contestar. Fue hace una semana que se dio cuenta de eso. Bueno, en realidad desde que lo conoció, pero lo aceptó recién ahora.
—Es un poco más alto que yo. Tiene buen físico, es atlético y musculoso, tiene lindos brazos. También lindos ojos, son celestes, se parece al color del agua de esa playa que fuimos en Grecia, ¿recuerdas? Así de celestes. Casi azules. Y es rubio, a veces me parece que es demasiado rubio para mi gusto, cuando le pega el sol yo le digo que tiene risitos de oro, aunque tiene el pelo corto y lacio. Usa la barba bien corta cuando puede —hizo una pausa silenciosa que Yelena no interrumpió—. Es gracioso, aunque trato de no reirne de todo lo que dice porque entra en confianza y comienza a decir chistes muy malos. Le gusta mucho el café por alguna razón.
Yelena emitió un sonido gutural que se asemejaba a una risita contenida. Fue un ruidito chistoso.
—Esa descripción que hiciste no es propia de alguien al que solo consideras un compañero. —y volvió a reírse.
—Es mi amigo —admitió. Estaba sonriendo.
—Lo quiero ver. ¿Tienes una foto?
—Eh... no
—¿Ninguna?
—No, no tengo.
—¿Cómo es eso?
—Es que no ando guardándome fotos de mis compañeros de trabajo porque sí.
—¿No tienes alguna foto con él? ¿Nunca le sacaste una? O se sacaron los dos.
—Nop.
—Los amigos suelen sacarle fotos a sus amigos, creo.
—Nunca lo hice.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—¿Tiene alguna red social?
—No. Dice que no las entiende y que eso es para los jóvenes.
—¿Cuántos años tiene?
—Treinta y tres.
—Duh, no es tan viejo. Ve a sacarle una. Lo quiero ver. Tengo que comprobar que lo que dices es verdad.
Natasha chasqueó la lengua.
—¡Hazlo! Nada de quejas. Me dices que es lindo y no lo demuestras. Estas obligada ahora. Quiero ver si es de los de tu tipo.
—No es de mi tipo. De hecho, no tengo tipos. Y si lo tuviera es lo mismo, tiene novia. Hace mucho que está con ella.
—¿Y ella es linda?
—Sí, es bonita. Igual, que me parezca lindo no significa que me guste —sintió la necesidad de aclararlo—. Es tan amigo como colega.
—Ajá, sí.
—Hablo en serio.
—¡Yo también! Envíame la foto.
Suspiró.
—No te prometo nada.
Dos días después de esa llamada, y luego de no verse por casi un mes por misiones separadas, Clint le preguntó si quería acompañarlo a una exposición de autos, tenía una entrada de sobra. Si bien podía invitar a algún que otro amigo como a Daniel, la eligió a ella porque le parecía que habían pasado mucho tiempo sin verse. Natasha aceptó porque le parecía lo mismo. En otras palabras, se extrañaban.
El predio donde se hizo la exposición era enorme, estaban rodeados de autos de todo tipo. Desde los más antiguos hasta los novedosos. Desde los más simples hasta los más ostentosos. Clásicos, deportivos, nuevos lanzamientos. Clint estaba en su salsa, Natasha la estaba pasando bien.
—¡No puede ser! —exclamó el arquero, y se acercó rápido a un coche gris con una franja negra en el capó. Natasha tuvo que acelerar el paso para alcanzarlo—. Es un Challenger del 73 —le avisó, se había inclinado un poquito hacia ella para hablarle pero tenía la vista fija en el auto—. En mi opinión no hay como el del 70. Mi sueño. No veo si hay alguno —estiró el cuello y lo buscó con la mirada.
—Está lindo —acotó Natasha.
—Sí. Es parecido al del 70. Me encantan.
Clint se alejó unos pasos, sacó su celular y le tomó una foto al coche. "Algún día voy a tener uno" dijo mientras lo fotografiaba. Natasha se acordó de Yelena. Hizo lo mismo: sacó su celular del bolsillo, abrió la aplicación de la cámara y hasta se ubicó en un lugar para tener un buen enfoque como para que Clint no se negara. Señaló con el dedo el espacio contiguo al auto.
—Ponte ahí que te saco una foto —le indicó y esperó que el arquero no le rechazara.
Y aunque esa era la primera vez desde que se conocían que Natasha se ofrecía para sacarle una foto, Clint ni siquiera se extrañó. De hecho, actuó como si eso fuera algo que hicieran siempre, como esos amigos que atesoran y congelan momentos en miles de fotos. Ellos no eran así, lo tenían todo guardado en la cabeza, en sus recuerdos. Se paró al lado del coche y posó simplemente metiéndose las manos en los bolsillos. La pelirroja apuntó la cámara de su celular hacía él.
Clint sonrió. Era apenas una curvatura de labios pero en ese gestito estaba toda su esencia. Sus sonrisas siempre eran (o por lo menos con ella) auténticas y con su medida justa de confianza, como si en el fondo supiera que lo hacía aún más lindo cuando sonreía.
Natasha solo tomó una foto, pues con una bastó. Se la quedó mirando.
—¿Salí bien? —le preguntó él mientras se acercaba.
iSn dejar de mirar la pantalla, respondió:
—Más o menos.
Usaba el mismos tipo de jean de siempre, una camiseta blanca, una campera violeta y esas infaltables Converse. No había nada en especial, nada que no fuera lo que siempre era cuando estaba con ella, sin embargo, en esa imagen se le hizo ideal. La personificación del Clint Barton perfecto y legítimo. Su porte evidenciaba que estaba cómodo y despreocupado. También contento. Contento en ese lugar, frente a ella, contento con la idea de que Natasha guardaría una foto suya en su celular.
Clint le dio un empujoncito.
—Qué mala. A ver.
Y por sobre el hombro de la rusa espió la foto. A él le parecía que estaba bien.
—Ahora tú —dijo él.
—¿Eh?
—Porte ahí. Te saco una.
—Yo no soy tan fan del auto.
—Pero yo soy fan tuyo y del auto. Ponte —le pidió mientras volvía a sacar su móvil y preparaba la cámara. Limpió un poco el lente porque estaba marcado con sus huellas.
La pelirroja se paró en el mismo lugar que se había parado su amigo y su pose tampoco fue la gran cosa. Sonrió un poco, ladeó apenas la cabeza.
Una vez que tomó la foto, se le acercó.
—¿Y? ¿Qué tal?
—Saliste un poco fea —bromeó él.
—Más te vale que la borres entonces.
—Jamás. Cuando esté triste la voy a ver para reírme un poco.
Natasha le dió un golpecito suave en las costillas. Tenían una camaradería cómplice y en sintonía que les resultaba ya muy propio como para algún día perderlo.
—¿Si nos sacamos una selfie saldrá el auto de fondo? —inquirió Clint.
Puso la cámara frontal del celular y se paró al lado de la espía. Estuvieron un rato tratando de que saliera una imagen digna. No lo lograron. Natasha le entregó su celular a un hombre que pasaba por ahi y le pidió que les tomara la foto.
Al principio el único contacto que había era el de sus hombros rozándose, pero en seguida Clint la abrazó por la cintura y Natasha imitó la acción, pero por la espalda. Cada uno inclinó levemente la cabeza hacia el otro. El señor les tomó tres fotos. En las tres salieron casi iguales. Una vez que recuperaron el celular, las chequearon y el arquero le pidió que le enviara la primera. Esa había sido la mejor.
—Bueno, sigamos, Nat —dijo Clint—. Tenemos mucho por recorrer. ¿Venderán pizza acá adentro?
Al volver a su casa, ya acostada y a pocos minutos de dormir, volvió a ver las fotos. Contemplar la que le había sacado a Clint reafirmaba lo que le había dicho a su hermana.
Clint le parecía lindo.
¿Qué haría con esa aceptación? Nada. Le parecía lindo y ya, ¿no?
Le envío las dos fotos a Yelena. La que aparecía él solo y la de los dos. La rubia estuvo escribiendo mucho tiempo una respuesta que Natasha esperó ansiosa. Parecía que le iba a mandar un testamento, pero solo puso:
“No es la gran cosa.”
Para Natasha sí lo era.
