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Rating:
Archive Warning:
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Fandom:
Relationships:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2023-03-10
Completed:
2023-03-12
Words:
50,722
Chapters:
18/18
Comments:
16
Kudos:
57
Bookmarks:
5
Hits:
1,113

Still Loving You

Summary:

*NO es un songfic. Odio elegir títulos y mi cerebro funciona mejor con música en loop.


Tras regresar de San Lorenzo, Helga y Arnold al fin están saliendo; y aunque la chica está contenta, su terapeuta no puede ignorar las condiciones en las que vive y decide que lo mejor es que tenga nuevos tutores. Este cambio afecta a la joven pareja al punto en que no son capaces de seguir juntos.
Y para empeorar la situación, justo antes de empezar la secundaria, Arnold se va a San Lorenzo con sus padres.
A su regreso, nada es como lo recuerda y la chica que tanto extrañaba no solo no es la misma, también hace todo lo posible por evitarlo. Pero ella no es la única que ha cambiado y él está decidido a enmendar sus errores, ¿Seguirán ahí esos sentimientos que alguna vez compartieron?

Chapter 1: Recuerdos

Notes:

Time, it needs time, to win back your love again

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

El viaje a San Lorenzo fue una locura: Sus vidas estuvieron en peligro, a merced de La Sombra, descifraron las pistas del diario, llegaron a la Aldea de Los Ojos Verdes que consideraban al estúpido cabeza de balón como una especie de divinidad << Y quién podría culparlos >>, lograron obtener esa llave corazón del mecanismo, casi pierden la vida, de nuevo... y lograron usar el relicario de Helga, el que casi pierde de no ser por el estúpido de Brainy << Cristo, había besado a Brainy >>, para hacer funcionar esa loca cosa y salvar a todo el pueblo y a los padres de Arnold...

–Y después de todo eso Arnold y yo ahora estamos saliendo ¿puede creerlo? –le decía una emocionada Helga a su terapeuta.

No era la primera vez que repetía la historia. Bliss le sonrió con comprensión.

–¿Y cómo te sientes con eso? – dijo la mujer.

–¿Bromea? Es lo más maravilloso que me ha pasado – se levantó del asiento y empezó a dar vueltas por la consulta –. Tuvimos citas en el parque de diversiones, el cine, fuimos a patinar, a comer helado y hasta paseamos por el muelle. Además... – Helga se tranquilizó y bajó la mirada, avergonzada – siempre sonríe, incluso cuando me desquicio y lo trato mal... me ayuda a calmarme y no entiendo por qué es tan considerado

–Podrías preguntarle, pero apostaría que tiene que ver con que le importas

–Sé que le importo. Siempre intenta que hagamos cosas lindas, su familia me trata bien. Arnold es el alma más dulce que existe, cuando estamos en público me ofrece la mano en vez de tomar la mía y pregunta si puede besarme o me pide que lo bese porque sabe que me incomoda que nos vean

–Y en cuanto a eso ¿cómo van las cosas en la escuela? ¿Sus compañeros ya saben que ustedes están saliendo?

–Sí, lo saben, pero es... difícil – Helga volvió a sentarse. Jugaba con sus dedos –. En verdad estoy tratando de ser amable con él... con todos, y no meterme en tantas peleas, pero ¿y si el resto cree que me he ablandado? ¿Dejarán de respetarme?

–Helga, puedes ser amable y todavía dejarle en claro a los demás que no pueden burlarse

–¿Entonces puedo golpearlos?

–No, Helga, trata de no golpearlos

–¿Y entonces qué hago? ¿Cómo van a respetarme si no los golpeo?

Las dos conversaron sobre las distintas opciones que tenía la chica. Bliss sugería y Helga descartaba, en parte porque disfrutaba el poder que le daba la violencia y en parte porque algunas eran cursis, dignas del profesor Simmons. Pero al rato la chica se relajó y aceptó entre risas algunas ideas.

–Estás progresando mucho, Helga – miró a la chica –. Todavía tenemos tiempo, ¿quieres hablar de algo más?

–Nada en especial –Helga miró alrededor.

–¿Siguen viviendo en la tienda?

–Sí, no es tan malo

–¿Qué ha dicho tu madre al respecto?

–Bueno, Miriam no dice mucho... ella sigue con su problema, ya sabe

Bliss tomó nota.

–Y Bob insiste en esperar que lleguen clientes en busca de sus estúpidos localizadores

–Helga, sé que has intentado evitarlo, pero me gustaría tener una sesión con tus padres

–Pero...

–Necesito analizar su perspectiva sobre lo que has vivido y cómo has progresado en este tiempo

–¿Quiere su perspectiva sobre mí? – alzó los brazos dramáticamente – Se la daré: soy una carga –comenzó a enumerar con sus dedos –, una molestia o una piedra en sus zapatos. Excepto cuando está Olga, entonces soy completamente invisible – concluyó frustrada, cruzándose de brazos y dejándose caer en el sillón.

–Por favor, Helga, es importante. Será solo una sesión y no volveremos a tocar el tema

–Solo una sesión –la chica ablandó su mirada, atenta a la mujer –¿Promete no contarles ninguno de mis secretos?

–Lo prometo. Si te deja más tranquila, me interesa lo que ellos tengan que decir ¿te parece bien?

–Creo que puedo intentarlo


–No lo soporto

Esa noche Suzie daba vueltas por la habitación, molesta.

–¿Cómo se atreven? – decía – Como si no fuera capaz de cuidar a nadie... ah claro, pero le encanta tenerme como plan de respaldo

–Querida – rogaba Oskar, siguiéndola.

–Y encima recordarme que eres un vago, como si no lo supiera ¿Por qué volví contigo?

–¿Es porque me amas? – dijo el hombre con mirada abatida.

–Ay, Oskar, querido, lo siento – se dejó caer en el sofá, frustrada –. Mi prima no deja de quejarse de lo difícil que es criar un hijo para luego echarme en cara que no lo entendería. Y mi madre la apoya y me reclama por no tener un nieto ¡Es descabellado!

–Pero querida, ya hemos conversado de esto

–Lo sé, lo sé – suspiró –. Y encima dicen que no puedo entender porque no tenemos hijos

–¿Y si adoptamos un cachorro?

–Eso no funcionará, Oskar

–Lo siento, cariño

–Vamos a dormir, tal vez eso me quite el mal humor.

Pero Oskar no pudo dormir y cuando escuchó roncar a su esposa salió a dar vueltas por La Casa de Huéspedes.


–Bien, Abner, es el último bocadillo nocturno que te daré – dijo el rubio preadolescente, dejando un plato en el suelo, sobre el que el cerdo se abalanzó. Luego levantó la mirada –. Oh, hola, señor Kokoshka

–Hola, Arnold

El niño miró al adulto frente a él.

–Escuché gritar a la señora Kokoshka ¿Están bien?

–Está enfadada – admitió –, aunque esta vez no es conmigo – añadió con una sonrisa incómoda.

El chico caminó de regreso a su habitación, mientras el hombre le contaba sobre su dilema.

–Al menos mañana es sábado – dijo Arnold para sí, bostezando, mientras subía la escalera a su habitación, notando con resignación que el hombre aún lo seguía – ¿Y qué tal... si hacen voluntariado en un orfanato?

–¿Y eso de qué se trata? – dijo el hombre.

–Será mejor que pase

Arnold, se dirigió a su computadora y la encendió.

–Podrían apadrinar a algún niño en alguna organización benéfica – explicó, esperando que la pantalla le dejara ingresar a su sesión, luego abrió el navegador y tecleó algunas cosas en la barra de búsqueda.

Kokoshka leía todo a un ritmo lento, pero el rubio lo dejaba, sabía que todavía le costaba trabajo, pero no iba a hacerlo sentir mal por eso y mientras más practicara, mejor.

Entre las opciones salió un anuncio del programa de padres de acogida temporal y Oskar pinchó el enlace, leyendo superficialmente.

–El go-bier-no le en-tre-ga-rá una a-sig-na-ción mone-ta-ria – leyó en voz alta, luego golpeó el brazo del chico – ¿El gobierno da dinero a los padres?

Arnold, que se estaba quedando dormido sobre el escritorio, lo miró confundido.

–Oh... no lo sé – bostezó –, pero tendrían que hablarlo con el abuelo

–Gracias, Arnold, eres un buen amigo... hablaré de esto con Suzie mañana –se levantó y salió del cuarto del chico –. Buenas noches, Arnold

–Buenas noches, señor Kokoshka – cerró la puerta con otro bostezo y regresó a la computadora para apagarla.

Su atención se desvió hacia la pizarra de corcho donde la información de San Lorenzo fue reemplazada por algunas fotografías con su familia y otras con su novia. Los últimos meses después del viaje habían sido extraños.

Cuando estuvieron a salvo y reunidos con los demás, Arnold le preguntó a Helga si quería salir con él cuando volvieran a Hillwood. Recordaba esa conversación con detalle: 

–La respuesta es no

–¿Qué? Pero pensé que...

–Escucha, cabeza de balón, no es que no quiera, pero acabas de recuperar a tus padres, querrás disfrutarlos. Si empezamos a salir, vamos a competir por tu tiempo y sé que no voy a ganar. Además, tú lo dijiste, –añadió rascando su brazo – vivimos muchas cosas en la selva, es fácil creer que te gusto. Si en unas semanas, con la cabeza fría, todavía crees que quieres salir conmigo, entonces sí

Helga tenía razón. Todo lo que ella hizo fue grandioso: Lo ayudó a ganar ese concurso, lo ayudó a escapar de La Sombra, ella notó que el medallón brillaba cerca del diario y cómo les daba las pistas, fue su relicario el que permitió salvar a sus padres. Claro que era fácil caer a sus pies después de eso.

Y Arnold agradeció la lucidez de la chica, porque los primeros días no podía creer que tenía a sus padres. Pasaba todo el tiempo con ellos y sus abuelos, enseñándoles álbumes de fotografías, los anuarios y periódicos de la escuela, contándoles las historias detrás de cada imagen. 

Y por las noches llegaban las pesadillas. En algunas recorría su hogar y los huéspedes o sus abuelos le decían que sus padres nunca regresaron y que no sabían de qué viaje hablaba; en otras creía que todo lo de San Lorenzo no era más que una fantasía y en otras se marchaban otra vez.

Cuando la angustia lo obligaba a salir de la cama, paseaba por la casa de madrugada, vagando en la oscuridad, sintiendo que perdía el aire, hasta que se topaba con algún objeto (un abrigo, un sombrero, un par de zapatos, lo que fuera) que le demostrara que sus padres estaban ahí y que los vería al amanecer.

Por suerte, con el pasar de los días la euforia y el miedo inicial se diluyeron. Entonces Helga se volvió una constante en sus pensamientos. Se preguntaba cómo estaría, qué estaría haciendo, si estaría con su familia o con Phoebe. Recordaba la sensación de sus manos, soñaba con el azul de sus ojos y fantaseaba con la idea de besarla otra vez. 

Durante esas semanas, el poco tiempo que compartió con sus amigos, ella lo evitó, quizá como una forma de darle espacio, quizá arrepentida de lo que dijo. Arnold no lo sabía y ella no le daba oportunidad de hablar. Pronto se dio cuenta que se volvería loco si seguía postergando las cosas.

Pero era Helga y dijo “algunas semanas” y él se esforzó por cumplir. El límite para el chico fue de tres. Con la ayuda de Gerald y Phoebe, se reunieron una tarde en Slausen’s y en cuanto la pareja encontró una excusa para alejarse, Helga llenó la incomodidad con bromas que se ahogaron en un instante:

–Helga, sé que te gusto, bueno... que tú me... am...

–¡No lo digas! – interrumpió ella, nerviosa, haciéndolo sonreír.

–He estado pensando en lo que dijiste y realmente me gustas, tú en serio me gustas-gustas –dijo con una sonrisa – ¿Quieres salir conmigo?

Arnold sacó de la pizarra de corcho la foto de esa primera cita, una que Phoebe les tomó a escondidas en ese momento y le dio con permiso de su ahora novia. Helga parecía nerviosa y evitaba su mirada, sonrojada. Adoraba lo dulce que se veía con esa expresión.

La calidez creció en su pecho mientras examinaba la fotografía. La dejó en su lugar y observó las otras con aire enamorado, hasta que un bostezo llegó a él.

Apagó la luz y se metió a la cama, preguntándose si su linda novia estaría ya dormida.

Notes:

No puedo creer que ha pasado más de un año desde que subí esto.
Estoy corrigiendo algunos typos que se me pasaron ;) no hay cambios significativos.