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Summary:

No era la primera vez que veía un dragón, y aún así fue innegable reconocer que él que surcaba el cielo sobre su palacio, era él Rey de estos.

Notes:

Este es un regalo para un intercambio de San Valentín SukuFushi, espero que que te guste <3

Work Text:

Unos pasos pesados inundaron la elegante alcoba perteneciente al príncipe, seguidas de él sonido de alguien arrojándose a la cama en respuesta al estrés del joven peli-negro perteneciente a la realeza. Tomó una bocanada de aire lo más fuerte que pudo, dejándose procesar la información recientemente dicha por su tutor y a su vez embajador del Reino.

Habían estado en conflicto durante siglos con el Reino vecino, éste pertenecía a los dragones quienes siempre se habían negado a mostrar algo más que hostilidad, y su Reino tampoco dio su brazo a torcer. Un tira y afloja con las fronteras, con la paz bailando entre filas de soldados e imponentes dragones que se negaban a ceder un solo metro de tierra entre si. En las últimas décadas se había logrado mantener un equilibrio entre ambos, mejorando las relaciones comerciales con ofrendas y uno que otro regalo para mantener contenta a la realeza de ambos reinos.

Tantas décadas de esfuerzo entre ambas familias reales, tantos conflictos evitados durante años y años, todo para que el maldito heredero al trono de los Dragones pisoteara todo el esfuerzo sin una pizca de remordimiento, empezando con exigencias y quejas sobre tratados acordados y leyes que pudieron haber mantenido las cosas en marcha para un mejor progreso en ambas tierras.

El poder en manos de un egocéntrico líder podía hacer caer tan fácilmente la paz que ahora pendía de un hilo, todo porque el monarca se había empeñado en conseguir su atención. Embajadores fueron enviados de ida y regreso, tratando de mejorar las conexiones que se veían alteradas y fracturadas por culpa del Rey de los Dragones, Ryomei Sukuna. Exigencias como subir la exportación de plantas mágicas a cambio de mantener ellos la misma tarifa de piedras preciosas con fines mágicos fue más que ridícula, sin embargo, si se negaban bajaría su cuota hasta que decidieran aceptar; cosa que respondieron con la misma actitud de bajar su exportación si seguía con esa postura. Parecía un niño jugando, apostando los reinos como en un juego de azar y un tira y afloja para ver quién cedía primero ante el capricho de obtener su total atención.

Estaba harto, él apenas ascendería al trono en aproximadamente un año en cuanto cumpliera veintiuno y ya estaba cargando con la presión de mantener a flote el Reino que caería sobre sus manos en poco tiempo. Los conflictos no cesaban, y después de los años de progresos entre ambos lados, tanto los viejos del Consejo de su Reino como los de los Dragones habían llegado a una decisión:

Un matrimonio arreglado. No le sorprendió en nada el saber que la idea nació del mismísimo Rey de los Dragones.

Era la mejor decisión para ellos, aseguraban la paz y estabilidad, extenderían el Reino de forma imponente sumando ambas tierras, y bueno, que ambos fueran hombres era lo de menos, había magia que garantizaría un heredero de todas formas. Ryomei Sukuna y Fushiguro Megumi, siendo estos de linaje puro en sus casas reales, portando el primero la mejor genética entre los Dragones, y él segundo una habilidad con la magia envidiable desde la niñez. ¡Claro que era una buena decisión para los viejos, cortaría de raíz los problemas!

Volvió a suspirar de nueva cuenta, peinando su rebelde cabello negro y pensando en sus opciones a estas alturas. La noticia le fue dada por Satoru Gojo, su tutor y también uno de los embajadores más importantes de su Reino. Éste fue acompañado por nada más y nada menos que el hermano menor de Sukuna, Ryomei Itadori, llegando en su forma humana y llevando consigo la propuesta y pedida de su mano, acompañada con un sin fin de tesoros que llenaron la sala principal donde lo habían recibido. No le sorprendía en lo absoluto la cantidad que significaba el regalo que le envió, había recibido cientos de cosas más anteriormente de su parte en busca de una respuesta a su atención, pero claro, siendo éste último envío una mera formalidad y tradición entre la realeza, y por supuesto, una exigencia de los ancianos de los Consejos de ambos Reinos.

Como tradición, no dio su respuesta inmediata, retirándose a “meditar” la propuesta cuando era más que claro que era imposible declinarla. Al menos habría tenido una oportunidad de haber estado ya en el trono, pero faltando meses para ello, no podía dar más que su brazo a torcer ante los viejos que mantenían una votación en el Consejo que pesaba más que la suya por el momento, aceptando casarse con la bestia que decía ser el Rey de los Dragones.

Se dijo a si mismo que su decisión como persona estaba siendo egoísta al no pensar en los beneficios que traería al Reino, su gente saldría de la incertidumbre sobre el conflicto silencioso y político que mantenía sus corazones alterados, y a los maliciosos pendientes de cualquier desliz para caerles encima. Se repitió a si mismo esto todo el tiempo mientras daba su respuesta afirmativa al compromiso, despidiendo al dragón con un tesoro de igual o incluso mayor valor como muestra de su orgullo.

 

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La noticia se expandió como fuego en el trigo, siendo tan inesperada y a su vez recibida con gritos eufóricos por los reinos. Era de esperarse, sus monarcas estaban comprometidos, y con ello aseguraban y asentaban las bases de sus reinos como uno solo. Las quejas no faltaron, aquellos con pensamientos de supremacía entre sus razas se hicieron a notar, pero no duraron mucho, siendo callados por la magnitud del poder que ahora ambas casas reales imponían ante el compromiso de tal estatus.

Sus días estaban siendo controlados de forma asfixiante, abrumado por la cantidad de cosas que se le exigían, y la única ventaja de todo eso, era que al menos al momento de su boda también ascendería como Rey, adelantando la fecha en que podría soltarse de los vejestorios que lo habían metido en todo esto desde un inicio. Nunca creyó que terminaría en esa situación, más allá del compromiso arreglado que siempre esperó, no creyó que se casarían con él por voluntad propia y un interés al punto de atentar contra la seguridad política del Reino.

Como heredero al trono, la atención era lo último que le hacía falta, en su lugar, se sentía asfixiado con ella y apreciaba sus momentos a solas más que a los tesoros en el Palacio. Sin embargo, Sukuna le brindaba otro tipo de atención, enviando regalos constantes, detalles, cartas y buscando cada segundo que algo de su tiempo a solas se le brindara para compartir con él. Aunque al inicio evitó el contacto directo con éste, terminó cediendo ya que tarde o temprano iba a suceder, y no le quedaron dudas de que su prometido realmente estaba anhelando por ese encuentro cuando en tiempo récord, vio su figura en el cielo. No era la primera vez que veía un dragón, y aún así fue innegable reconocer que él que surcaba el cielo sobre su palacio, era él Rey de estos.

Esa había sido la primera de muchas visitas que le siguieron, llevando siempre detalles únicos y mandados a hacer solo para él. Realmente no le impresionaban los objetos, era la forma en que se los entregaba que asentaba en su estómago la sensación de calidez, eran esos ojos que se posaban sobre él lo que lo hacía sentirse cohibido, eran sus palabras las que dejaban a sus labios sin respuesta. Nunca creyó que casarse por beneficios resultaría tan agradable y no como lo pintaban los nobles con los que obligatoriamente se codeaba, esas mujeres que detestaban a sus maridos o las que buscaban una palabra de ellos al menos; Megumi ni siquiera debía estar en la misma habitación o Reino que Sukuna para obtener su atención.

 

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Un sastre y sus ayudantes se encontraban midiéndole su traje de boda, siendo notablemente elegante y fino en cada detalle como alguien de la realeza debería portar, acentuando sus ya hermosos rasgos naturales y figura. Hacia ya varios minutos que sus pies habían empezado a doler, pero se negaba a quejarse sobre ello para evitar que la sesión se alargase más de lo necesario, además que se negaba a usar su magia para algo tan trivial como el dolor de pies. En su mente repasaba la última página del libro que leía esos últimos días, pensando con detalle la historia de misterio como una forma de hacer más amena la tediosa medida de ropa, justo cuando su mente intentaba adivinar al ladrón de aquel cuento, un ruido fuerte se escuchó a la lejanía, un batir de alas potente que chocaba con el aire y sus corrientes llamó su atención de inmediato. Las caras de la gente a su alrededor se mostraban intrigadas sobre la llegada de estos seres, que cruzaban sus cielos con más frecuencia en los últimos meses desde el dichoso anuncio.

A Megumi no le sorprendía tanto, el sonido de las alas se había grabado en su mente sin quererlo durante las últimas semanas ante las constantes visitas de su prometido.

 

En el cielo se observaban dos inmensas figuras, siendo una de esta más pequeña que la otra de un color rojizo acercándose al rosa, y la más grande de un carmesí intenso e hipnotizante a la luz del sol. El sonido de sus alas se volvió más ensordecedor mientras descendían a uno de los inmensos jardines que se veían empequeñecidos ante el tamaño de los Dragones. El más pequeño tomó forma humana al pisar el suelo, siendo Itadori, seguido de su hermano que lanzó un rugido que hizo temblar las paredes del castillo para dejar más que clara su presencia, transformando su figura a una humana que era igual de imponente; ambos fueron bienvenidos por los sirvientes del castillo.

Sukuna sostenía en sus manos una pequeña caja que contenía una esmeralda, tallada sobre una de las superficies estaban las iniciales de Megumi y suyas, al otro lado era la silueta de un dragón. Pasó por los pasillos de forma apresurada buscado al peli-negro, siendo detenido por una pequeña mujer antes de entrar donde se hallaba su prometido, le explicó que se encontraba agregando detalles para si ropa de bodas, y que por ende no podía entrar, cosa que en lugar de desmotivarlo solo lo animó a entrar con más ansias.

—No sabes cuanto espero el día de nuestra boda Fushiguro Megumi.

El sastre se puso pálido como una hoja, claramente la tradición de no ver la ropa antes de la boda era importante para él, lo que significarían más horas de trabajo ahora que eso había sido arruinado. Sin embargo, al igual que todos los presentes, se inclinaron y salieron apresuradamente de la habitación.

—Quiero que ese día llegue cuanto antes, para poder decirle a todo el mundo que finalmente eres mío. —Se acercó a paso lento, sin perder un solo detalle de la vestimenta finamente detallada. —Te he traído un regalo.

—Me has traído mala suerte —Megumi juntó sus cejas en molestia, si bien las tradiciones no eran lo suyo, tampoco el estar parado horas por un traje lo era. —¿No sabes que al verme antes de la boda con mi ropa del día, solo me traerá mala suerte?

—Oh, querido… —Sukuna se acercó aún más, invadiendo su espacio personal. —Y tu, ¿acaso no sabes que los dragones, solo traemos buena suerte?

Se inclinó levemente y le robó un suave beso, apenas un roce entre sus labios, un roce que se sentía tan peligroso ya que no deberían tener ningún contacto íntimo antes de la boda, pero era el mismísimo Rey de los Dragones quien se lo había robado, y él estaba dispuesto a permitírselo. Se miraron a los ojos unos segundos, hasta que Sukuna tomó sus manos para colocar la caja que llevaba consigo entre ellas.

—La busqué especialmente para ti, quería una esmeralda que fuera idéntica al tono de tus ojos, pero no hay ninguna joya que se compare con tu mirada. —Megumi no respondió, pero supo que el calor de sus mejillas era respuesta más que suficiente para el dragón y su ego. Era un coqueteo básico, y sin embargo le gustaba recibirlo.

Decidió entonces que devolver un poco el cortejo con el dragón no estaría mal. Se alejó para tomar un alfiler de la mesa y extendió su mano hacia Sukuna, quien lo observaba expectante y algo intrigado por lo que haría. Una vez le dio su mano, tomó el dedo índice de éste y lo pinchó, la piel había sido dura de atravesar, pero logró su cometido de crear una pequeña herida. Llevó el dedo a sus labios, y la expresión que Sukuna le dedicó lo hizo sentir cohibido. Después de alejar el dedo que ya se encontraba intacto, sacó de su boca una pequeña piedra roja, todo ante la mirada de Sukuna que nunca se apartó de él.

—Bueno, entonces no buscaste lo suficiente al parecer, porque yo soy capaz de crear algo que iguale al rojo de tus escamas. —Limpió levemente el pequeño fragmento con su ropa y se lo extendió, siendo tomado de sus manos casi de forma desesperada.

Con solo ver la expresión de Sukuna, supo que, si tuviera una cola en ese momento, la estaría moviendo como un cachorro en lugar de un dragón. Observaba el pequeño regalo como si le hubiese entregado en esa pequeña piedra todo el planeta.

En ese momento, mientras Sukuna le robaba otro beso, fue más que claro que  si este era el precio que debía pagar por mantener la paz en su Reino, realmente no le importaba pagarlo el resto de su vida.