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Como todas las noches de febrero en Estocolmo, el frío no dio tregua, y como era usual, la gente prefirió resguardarse de la helada en cualquier bar cálido que tuvieran cerca. Si bien la nieve no daba respiro, la gente no dejaba que eso se convirtiera en un obstáculo para la diversión; y Clint Barton ya tenía su clientela fiel que a pesar de llegar temblando a ese «antro sofocante», como lo llamaba él, siempre se hacían presentes dispuestos a disfrutar unas buenas bebidas, unos puros exquisitos, los clásicos musicales que sonaban en los parlantes de cada esquina y una buena partida de pool entre amigos que a veces recién se formaban.
El bar esa noche cerró tarde, pero Natasha no se marchó. Se había quedado apretujada cerca de la barra, a veces sentada en una esquina con una botella de cerveza en mano observando atenta a la gente divertirse, y hasta le ofreció ayuda al rubio, que aunque tenía tres empleados trabajando para él, esa noche parecía que las personas no dejaban de entrar y de generar más movimiento y trabajo de lo usual. Levantó copas de las mesas, repuso las bebidas en la nevera y hasta sirvió varios tragos en la barra (a pesar de la dificultad que tenía para entender el idioma) para hombres pasados de copas que al parecer solo se acercaban a pedir más por ella. Cuando se dejó de reproducir música, la gente entendió que el bar iba a cerrar, que era hora de irse. Media hora después, ya a pocos pasos de las cinco de la mañana, las luces se estaban apagando, Clint estaba saludando a sus empleados y las persianas se estaban bajando. Natasha observó la rutina de cierre a un costado del dueño del bar, a la espera de una orden para brindar más ayuda, o haciendo tiempo para quedarse a su lado un rato más, alargando lo más posible la inevitable despedida. Cuando ya todo estaba hecho, ambos se dirigieron a la puerta trasera sin mediar palabras. Ella se puso su abrigo, sus guantes, una bufanda ancha y su gorro de lana gris. Barton la miró dudoso por un momento.
—No te vayas —le dijo.
—La noche ya terminó.
—No la nuestra.
—Quiero dejarte descansar, trabajaste mucho, fue una noche larga.
—Mira, no puedo dejarte ir después de todo lo que hiciste por mí. Tenes un viaje largo hasta el hotel, a esta hora no pasan los taxis y debes estar cansada para caminar —le dijo. Sonó a una excusa aunque Natasha no se detuvo a distinguirlo bien—. Además, hace un frío de mierda. Quédate acá, pasemos el tiempo que no pudimos pasar juntos esta noche. Se suponía que venías para pasar el rato conmigo, no a trabajar.
—No me molestó, Clint.
—Igual, esa no era la idea. Quédate.
La pelirroja miró la puerta, pensó por unos segundos y con una pequeña sonrisa asintió. A Clint se le formó algo parecido a una sonrisa triunfadora y satisfactoria en sus labios y sacó las llaves de su bolsillo para cerrar la puerta trasera. Luego le hizo una seña con la cabeza a la escalera que estaba contigua y comenzó a subir, seguro de que ella lo iba a seguir, y así hizo.
Si bien la zona donde está ubicado el bar de Clint no es la más transitada ni la preferida por los turistas que visitan la capital de Suecia, lo que le convenció de comprar aquel lugar poco llamativo fue que el local tenía incluido un piso en la parte superior, que con el tiempo y sin mucho esfuerzo, Clint lo convirtió en un departamento cómodo, eficaz pero no muy agradable a la vista; con muebles viejos y mal posicionados, poca luz, un poco frío, y desordenado. Pero a Natasha, que ya había estado ahí pero por poco tiempo, no le importaba porque la comodidad que sentía Clint al estar ahí se lo contagiaba a ella.
Apenas puso un pie dentro del hogar Natasha se percató que había cosas nuevas y que el lugar de los muebles varió a la última vez que lo vio, hace ya casi ocho meses. El televisor era diferente, un modelo más actualizado, pero no nuevo; la cama, que era un sommier y un colchón viejo con frazadas, se movió hasta estar prácticamente pegada al mueble donde descansaba la tv; la cocina, a lo lejos en una esquina, seguiría casi igual a no ser por lo ordenada (o vacía) que se la veía. Un poco más cerca de la entrada estaba la ya familiar mesa con tres sillas y una cuarta más cerca de la cama, repleta de ropa. Todo lo demás seguía igual, casi intacto, como si se hubiera mantenido así a la espera de ella.
—Cada vez que vienes siento que tengo que disculparme por el desorden —comentó Clint un poco apenado, mientras cerraba la puerta con llave y encendía la luz, intensificando la luminosidad que ya entraba por la ventana.
—Sabes que no tienes que hacerlo —dijo Natasha, observaba todo lo que la rodeaba, como memorizando para distinguirlo al próximo cambio que seguro el rubio iba a hacer para cuando ella volviera a visitarlo dentro de unos meses. Se volvió hacia Clint—. Ya te conozco, no me molesta y lo sabas.
Él le regaló una sonrisa a modo de agradecimiento.
—¿Cerveza o café?
Pensativa, se presionó los labios. Los sintió fríos.
—Café.
—Buena elección, la calefacción se averió así que algo nos tiene que mantener calentitos. —Clint se acercó a la mesa, tomó el control remoto y encendió el televisor. La pantalla se iluminó, y en el canal de noticias, el periodista repasaba sin muchas ganas las novedades del día anterior. Él se fue hasta la cocina a preparar el café, ella se detuvo a ver la temperatura que señalaba la parte inferior de la pantalla; decidió, después de ver que no sobrepasaba el bajo cero, quitarse el abrigo para estar más cómoda pero mantuvo la gorra y los guantes puestos, y se subió el cuello del sweater hasta casi llegar a sus labios.
—Todo cambió bastante —comentó Natasha, a lo alto, para que él la escuche.
—Bueno, no me puedo quedar siempre estancado en lo mismo —le respondió Clint y luego se escuchó el sonido de la cafetera.
Sin quitar la mirada del televisor, la invitada se apoyó en la mesa y con los brazos cruzados a resguardo del frío comenzó a reflexionar sobre lo que Clint le dijo. No, él nunca se quedaba en lo mismo; tal vez le costaba progresar pero lo hacía, avanzaba (lentamente) en la búsqueda de algo nuevo o distinto. Cuando lo conoció, ya había cambiado de país de residencia dos veces y una vez de trabajo. Todo lo que le había contado por mensajes o llamadas sobre los cambios que iba a hacer en el bar los concretó a su tiempo, hasta incluso varios que ella no sabía. Natasha creía que ese parsimonioso pero constante movimiento y cambio lo hacía para mantener su mente lejos de invocar las imágenes de la tragedia que lo marcó de por vida y que podría hundirlo en un hoyo de depresión si lo hiciera.
Lo vio acercarse con las dos tazas cargadas de café y ahí se dio cuenta que algo en él también había cambiado. No en su físico, Clint seguía siendo el mismo hombre alto, de pelo corto y rubio destellante, ojos con un azul profundo e hipnotizantes, rasgos finos y bien marcados, cuerpo flaco pero tonificado que le brindaban una belleza que heredó de su madre única y casi perfecta que la cautivaba, aunque no lo quería admitir. Si bien su edad ya cercana a los treinta y seis era un factor posible de ese cambio, lo que verdaderamente tenía diferente era su expresión. Ella creía que esa tristeza y dolor talladas en su rostro y que ese manto de rabia e indiferencia que lo cubría eran permanentes en él, pero cuando lo vio se dio cuenta que se redujeron hasta sólo dejar leves marcas, secuelas difíciles de notar. Natasha supuso que al hombre que veía ahora era algo semejante a lo que solía ser hace años atrás, cuando era feliz con su familia antes de ser asesinada.
—Gracias —le dijo Natasha al tomar la taza entre sus manos, el calor de café se coló a través de la tela de sus guantes y la sensación fue tan reconfortante que suspiró aliviada. Clint se posicionó a su lado, apoyando su cintura en la mesa y rozando su brazo con el de Natasha, con la mirada puesta en el televisor.
—¿Y cómo va tu vida? —le preguntó él de forma casual, luego de darle el primer sorbo al café.
—Supongo que bien, avanzando de a poco. Bueno, muy de a poco. —Y aunque no consideraba su respuesta una con tintes alegres o divertidos, sonrió igual.
—¿Seguís en California?
—Sí, quedé fija en el empleo. No es la gran cosa, pero me alcanza para vivir y ya tengo amigos.
—Entonces no vas a volver a Rusia —Supuso Clint y la miró por un momento.
—No puedo —susurró, con tono lastimero, como si lo considerara un secreto—. Demasiados recuerdos y gente que sabe demasiado sobre mí.
—Probablemente no pase nada. Todas las pruebas de que trabajaste con Dreykov desaparecieron junto a él.
—Lo sé pero —hizo una pequeña pausa, y lo miró directo a los ojos— no quiero vivir con miedo a que pase algo otra vez. A tener que volver a empezar de cero. Eso siempre me cuesta. —finalizó con una mueca.
—Sí, ya lo sé —quiso rodearla con su brazo para brindarle soporte y para demostrarle que la entendía y entendía lo que sentía, pero terminó regalándole una pequeña sonrisa y una mirada cálida y tranquilizadora, que para Natasha tenía el mismo efecto.
Ella le devolvió la sonrisa, una más alegre y ladina, por un momento casi juguetona, y tomó un sorbo del café. Descubrió que el café sueco no tenía nada que envidiarle al de las cafeterías californianas que ella frecuentaba, con un gusto entre quemado y gastado, y que podría acostumbrarse a ese sabor si decidiera quedarse a vivir ahí, pero eliminó ese pensamiento antes de que pudiera reconsiderarlo.
—¿Y qué tal la tuya? —preguntó ella.
—Bien, construyéndola todavía, como pudiste ver. Ladrillo por ladrillo.
—Me gustó lo que hiciste en el bar.
—Sí, lo agrandé —afirmó, con orgullo reflejado en su rostro—. Ese antro ya me sofocaba, además era tan chiquito que la gente se amontonaba y estaba incómoda.
—¿Y con lo demás?
—En eso es lo único que no puedo progresar —contestó con la mirada baja.
—¿Y qué hay con tu empleada? ¿Cómo se llamaba? Sin… Sindy. ¿No tienes algo con ella?
—¿Cómo te diste cuenta?
—No dejaba de mirarte, Barton. Creo que era obvio para todos —sonrió divertida.
—Ella no cuenta como progreso. —la pelirroja lo miró confundida, Clint se adelantó a responder la pregunta que ya sabía que ella quería hacerle—. Fue algo de una sola noche, estaba borracho. Además… no sé si quiero volver a tener lo que tenía antes. Estoy bien así, tranquilo, confiado, siento que tengo todo en orden. La idea de una familia no me suena bien para la clase de vida que tengo ahora. Tampoco quiero sentirme perseguido.
Ambos aprovecharon el silencio pensativo de Natasha para beber más del café; que para él era solo una fuente de calor y para ella una nueva dosis de energía, ya que la anterior se había agotado con la ayuda que le brindó a su amigo.
—Pero no necesariamente tiene que ser una familia tu progreso, sino una pareja, alguien que te acompañe. Estás muy solo.
—Una cosa es algo de una noche y otra cosa es una novia, y Sindy no me agrada para que sea la mía. Ya tengo alguien en mente de todas formas.
—Bueno, ese es un progreso —le animó.
Luego un silencio se instaló entre ambos. Clint y Natasha se limitaron a ver la televisión pero no muy enfocados verdaderamente en eso. Ella estaba tratando de adivinar quién era la afortunada que se había ganado un puesto en la complicada, reservada e imprevisible mente del hombre que tenía al lado, en cómo era físicamente aquella mujer, en su personalidad, y en cómo llegó a conocerla. Le hubiera gustado que sea más abierto y sincero con ella, que le ahorrara tanto pensamiento abrupto diciéndole el nombre de esa persona y terminar con el misterio de una vez. Por otro lado, el rubio dejó de lado esa última conversación —a la que mucha importancia no le dio— y solo se dispuso a pensar únicamente en la chica que tenía a su lado; en como con tan solo su presencia alegró su día y ahuyentó toda imagen y recuerdo de su pasado que amenazaba con arrastrarlo a un hueco de dolor y miseria, de los que se producen por una pérdida, pero en este caso, en tres.
Se detuvo a observarla, sin que ella se diera cuenta, por unos largos segundos. Se la veía concentrada, con una mirada perdida en la pantalla y con una expresión que alertó a Clint y que Natasha no sabía que estaba mostrando.
—Nat —le dijo él, ella giró su cabeza para mirarlo, saliendo de ese trance lleno de pensamientos en el que se había metido y se dejó llevar—. ¿Qué te parece si a la tarde salimos a comer algo? —le preguntó, más animado, con la intención de borrar esa tristeza del rostro de Natasha, pero no funcionó.
—Mi vuelo sale a las dos de la tarde —respondió en voz baja, como disculpándose.
—¿Viniste solo por un día?
—En el trabajo no quisieron darme un día libre, así que tengo que volver antes del lunes. Perdón, Theo. Por lo menos pudimos vernos y hablar aunque haya sido por poco tiempo.
Él asintió con la cabeza, de acuerdo, pero con desilusión en su corazón. ¿Acaso Natasha no planeaba decírselo hasta minutos antes de partir? Creía que entre ellos ya estaba instalada esa seguridad y confianza para contárselo todo.
—Todavía tenemos unas horas para estar juntos igual —resaltó él, dejando ese ligero enojo a un lado, quería disfrutar lo que le quedaba con ella sin que nada altere su momento.
—Peor es nada.
—¿Puedo… puedo darte mi regalo de despedida ahora?
—¿Qué, como un souvenir? —inquirió divertida e intrigada.
—Más como un recuerdo.
—Está bien —contestó con intriga.
Natasha tomó un sorbo largo de café y esperó ver a Clint irse para buscar su regalo, pero no lo hizo. Se sintió muy confundida. Siguió con la mirada cada movimiento que él hizo; dejó la taza sobre la mesa, se giró para quedar en frente suyo y se inclinó un poco hasta que su rostro quedó a la misma altura que el de ella. Natasha se quedó inmóvil, desconcertada por todo.
Para ser una mujer que anticipaba movimientos y reacciones de ante mano, de intuir con facilidad y con una clara visión para reflejos, le costó darse cuenta que la estaba por besar hasta que lo vio acercarse peligrosamente a sus labios y detenerse a tan solo centímetros de ellos, como si esperara a que le diera permiso de seguir. En ese momento, estudió y guardó en su memoria cada mínimo detalle del rostro de Theodoro, nunca lo había tenido así de cerca. Notó que su piel tenía la fortuna de no tener ninguna mancha, que era limpia y lisa y que no veía mucho la luz del sol por lo pálida que era; que sus ojos eran tan azules como el mar que había visitado cuando era niña; y también que su aroma era una mezcla que ahora sí podía distinguir detalladamente: a perfume, alcohol de algún trago frutal y a sudor de toda una noche de trabajo. Quería decirle algo, mover algún extremo de su cuerpo, pero la tomó tan desprevenida que seguía paralizada.
Clint, que en realidad se había detenido para también guardar en su memoria cada detalle de el rostro hermoso y delicado de Natasha, no esperó más y depósito un beso sutil, tímido y corto en sus labios. Se apartó de ella solo un poco y descubrió que todavía tenía los ojos cerrados, disfrutándolo. A la pelirroja le pareció que en vez de darle un beso, le estaba robando uno. Sin embargo, creía que para ser el primero, era perfecto; simple, no tan codicioso e íntimo. Sencillo, como guardándose lo mejor, algo más pasional e impulsivo, para después. Le pareció que los labios fríos de Clint con el café caliente que todavía saboreaba en su boca podrían mandarla directo a rehabilitación de lo adictivos que eran, y que necesitaba más. Así que volvieron a unirse con un mismo beso, pero esta vez sin privarse de tocarse. Natasha llevó su mano directo a la mejilla rasposa de Clint mientras éste se aferraba a su cintura.
—Eso es trampa, Clinton —le susurró ella, a centímetros de sus labios—. Así no me dan ganas de irme.
Y no lo hizo. Se quedó un día más con él, sin más besos pero con caricias que perdían la timidez a medida que aumentaban, no dándole importancia en absoluto a que le descuenten ese día laboral que se ausentó de su salario.
