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25 de octubre, 1240; Dingle, Señorío de Irlanda.
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A veces se cuestionaba por qué seguía aguantando el viaje hasta allí.
El problema no era la mar; ella siempre le daba una agradable bienvenida. Quizá no al nivel de su hermano, puesto que desde el principio había sido su claro favorito, pero no podía quejarse.
Tampoco lo era el frío, por más que amenazase por congelar sus dedos.
Inspiró hondo mientras alzaba sus ojos hacia el cielo, e hizo una mueca al no encontrar nada más allá de un destello escondido tras el espeso manto grisáceo. Llevó su mano hacia su cintura y dobló sus dedos en torno al frío metal del mango.
—Ahí estáis estorbando.
Él se limitó a flexionar sus rodillas hasta pegarlas a su pecho mientras soltaba un pequeño suspiro y giraba su cuello hacia el barco en el que, por alguna razón, se había subido en dirección a la isla. A buenas horas había encontrado la otra su voz.
Pero su sombra no desapareció de su lado por más que lo desease.
—Seguís estorbando —recalcó, con un tono aún más hastiado.
La figura había puesto sus brazos en jarras y él no pudo hacer más que restregarse los ojos. Francia había tenido razón hacía bastantes siglos; ella iba a ser su perdición.
Carraspeó.
—Me han dicho que espere aquí. —A él se le ocurrió la brillante idea de girar su cuello hacia ella, y entendió que había sido un craso error nada más fijar sus ojos en su rostro.
El intenso verde esmeralda de sus pupilas atrajo su atención de inmediato, haciéndole ignorar su ceño fruncido y la manera en la que los párpados dejaban sus ojos en simples rendijas. Era muy consciente de que no debería sentir aquel cosquilleo en su estómago, y mucho menos mantenerle la mirada.
Sin embargo, era incapaz de prohibirse apreciar su rostro, incluso cuando en algunas partes de su tez las pecas se confundían con las manchas del barro de sus mejillas. Incluso si sus rizos anaranjados se esforzaban por impedirle ver sus labios y nariz, fruncidos.
Ni siquiera el vestido harapiento que llevaba, de un verde tenue, y el gastado cinturón lograban deslucirla.
—Pues aquí no podéis estar, así que tendréis que buscar otro lugar.
Él alzó sus comisuras con un chascarrillo en la punta de la lengua, aunque se abstuvo de expresarlo en voz alta ante las nuevas arrugas de la nariz de esta.
Era consciente de que estaba enfadada con él.
No sabía qué pecado había cometido hacía unos siglos atrás, cuando su padre aún estaba vivo, pero ella todavía no se lo había perdonado. O al menos no completamente, a pesar de lo que le hubiese parecido otras veces. Y él no iba a disculparse por algo que no se le había permitido conocer.
Echaba de menos a la niña risueña que bufaba ante sus palabras pero que le dirigía sonrisas fugaces. Ahora se parecía mucho más a su hermano, a aquel enano con una mata rubia de pelo que le tapaba los ojos y que le miraba con el ceño fruncido y mejillas hinchadas cuando alguna vez se le ocurría estar en la misma estancia que él.
(Tampoco conocía sus motivos, pero nunca lo había visto de otra manera.)
Ella interrumpió sus pensamientos mediante un breve suspiro, que consiguió relajar sus cejas.
—Hispania…
Él se permitió inspirar hondo de una forma áspera.
—Eso era antes. —Apretó sus dientes con fuerza, consciente de que a ella no podían interesarle menos los detalles. A nadie le interesaban.
Ella puso sus ojos en blanco y calvó sus dientes en su prominente labio inferior.
—¿Por qué lo hacéis todo tan difícil? —masculló.
Él infló su pecho, pero no se permitió liberar la respuesta. Discutirle cuando tenía sus pupilas clavadas sobre él era algo completamente fuera de sus posibilidades, aunque, ¿cómo se atrevía a echarle la culpa a él de la incomodidad de sus encuentros?
Era ella la que se había pasado el último siglo sin siquiera venir a recibirlo, sentada en algún punto del muelle y con su atención puesta cualquier otra parte que no fuese él. Siempre se encontraba demasiado ocupada contando monedas, adecentando una pluma negra, peinando la crin de algún caballo o leyendo alguna carta.
De hecho, la única vez en la que había venido a recibirlo había sido en aquella en la que había llegado con Francia. No había sonreído, pero sí que había mostrado una mayor predisposición a escucharlo.
Por eso, aquella vez se había negado a observarla en sus quehaceres y gastar una sonrisa en ella.
Tras aguantar la mirada de esta tras un tiempo que no pudo determinar, él terminó por apoyar sus manos en el suelo e impulsarse para ponerse en pie. Ella se apartó con el fin de permitírselo, aunque prosiguió a su lado una vez que se hubo adecentado el jubón.
—¿Qué habéis venido a hacer? —cuestionó ella al cabo de un rato—. Más allá de molestar, me refiero. ¿No tenéis otra cosa más entretenida que hacer por vuestros reinos?
Él volvió a retener las palabras en su pecho y apretó sus labios.
Los caballeros no trataban mal a las damas, y mucho menos cuando estas los miraban con sus enormes pupilas verdes. Por más imposible que pareciese ganárselas.
Ella bufó.
—Antes erais mucho más hablador.
Él se giró hacia ella con su ceja alzada y con una de sus comisuras dubitativa.
—¿Acaso os gusta que hable? —preguntó.
Por primera vez, ella desvió la mirada y juntó sus manos sobre su falda. Le pareció notar un tinte carmín en sus mejillas y en la punta de su nariz, aunque él no podía asegurar que no hubiese estado ahí antes a causa de aquel frío.
Tras unos momentos que se le hicieron eternos, ella inspiró y volvió a alzar sus ojos hacia él.
—¿Habéis traído vino?
—No hace falta tanta formalidad.
Ella despegó sus labios, aunque se limitó a fulminarle con la mirada antes de peinarse el flequillo con los dedos y suspirar.
—¿Has traído vino?
Él le echó un vistazo hacia el barco y después hacia el muelle. Había ayudado a descargar varios de ellos antes de que sus gentes se integrasen en la localidad, y pudo localizar uno de los barriles justo donde lo había dejado.
Le echó un vistazo antes de aproximarse a él y tomar uno de los vasos de madera. Se devolvió entonces hacia ella, que se había quedado al principio del muelle, y extendió su brazo en su dirección, aunque ella no lo tomó de inmediato.
Solo se dedicó a mirar su contenido y a olisquear.
Y, cuando por fin se lo quitó de las manos, él no pudo evitar estremecerse ante el roce de sus fríos dedos sobre su piel.
Ella ni siquiera se inmutó antes de tomar el primer sorbo.
Él agachó la mirada y apretó sus labios con fuerza.
Desde luego, ella sí que había conseguido madurar, y no le hacía falta bajar sus ojos más allá de su clavícula para comprobarlo. A él, el jubón le quedaba grande, arrastraba su abrigo por el suelo y a veces tenía que ajustarse el cinto para evitar que se le cayese, a pesar de que físicamente había alcanzado la edad en la que a la mayoría de sus gentes se las consideraba maduros, fuese lo que fuese que eso significase.
Solo su aclamado manejo de la espada y sus dotes en batalla impedían que todos y cada uno de sus Reyes, nobles y autoridades de la Iglesia le reclamasen que madurase. O al menos de una manera mucho más directa a la que ya lo hacían las miradas.
Quizá era eso lo que le alejaba de ella.
—¿Vienes? —cuestionó su voz, haciéndole levantar los ojos en su dirección.
Él apretó sus labios y negó con la cabeza mientras se llevaba la mano hacia el frío metal de su cinto.
—El resto debe estar al caer. Y la mar se puede volver muy complicada en estas épocas y ninguno quiere arriesgarse a no volver.
Ella clavó sus ojos verdes en él antes de resoplar, girarse sobre sus talones y alejarse en dirección contraria al muelle. El ritmo de sus pasos le pareció furioso, pero, ¿quién era él para concretar algo relacionado con ella?
Chasqueó la lengua y devolvió sus ojos hacia la mar.
Desafortunadamente, ni ella podía darle las respuestas que buscaba.
